Sangre nueva : impresiones de un viaje á la America del Sud · Capítulo real 4 de 35

Capitulo III

Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 1 tramo técnico para mejorar el rendimiento.

Capitulo III

Hacia los trópicos. — Efectos psicológicos del aislamiento de los emigr.antes. — Conversaciones de sobremesa.— La misa del domingo. — El paso del «Satrústegui».

9 y 10 de septiembre

ESPüís de Tenerife hemos encontrado buen tiempo. La vida de á bordo ha adquirido su normalidad, dejándose ver en la cubierta rostros nuevos que mantenía ocultos el mareo.

El azul del mar palidece y, á medida que nos internamos en el Océano, el agua se tiñe de verdes matices.

Me he dedicado á observar el efecto que produce en el ánimo de los que me rodean ese apartamiento en que nos hallamos del mundo, solos en la inmensidad de las aguas insondables. Por lo que á mí toca, noto que concentro más mi atención en las interioridades del vapor, en los detalles de la vida del pasaje, en los accidentes del pequeño minado que me circunda. Viendo

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desde el puente el círculo infinito que nos aprisiona, del cual parece que estemos condenados á ser el centro, siento vaga angustia al pensar que no podemos fiar más que en nosotros mismos. Con la silueta variable de la costa ha desaparecido la perspectiva consoladora del auxilio ajeno.

Los pasajeros que, apoyados en la orla, contemplaban antes con avidez la tierra que discurría ante los ojos como película de cinematógrafo, me he fijado en que ahora apenas miran el mar, sintiendo quizás el peso de su tiranía. Todo el pasaje adolece de un ansia forzada de divertirse, hostigado por tristeza inconsciente.

Los emigrantes cantan y bailan desesperadamente. La gallegada tiene un público numeroso ; los pasajeros de primera se asoman á la baranda para presenciar el regocijo forzado de una pareja que baila la jota. Un par de catalanes, con gran seriedad, no se cansan de dar palmaditas acompañando los movimientos libidinosos de un andaluz con aires de torero, que gargariza una canción, bailando flamenco.

Los argentinos se duelen de que los de tercera se diviertan más que nosotros. ¡Infelices! ¿Cómo pueden divertirse los que abandonan su ■'3rra y tienen por inmediata perspectiva la es-

ncia en el Hotel de Inmigrantes y la amenaza lo desconocido ?

Aquello no es diversión j es excitación nerviosa.

afán de distraerse del aprisionamiento en que nos tiene el mar y de la atroz monotonía del horizonte.

Al contemplar la inconmensurable planicie, todos, como yo, apuran la pesadumbre de lo inacabable. Hoy, mañana y muchos días más, siempre lo mismo, sin nada que nos obligue á torcer el rumbo en este desierto líquido, en cuyo horizonte las olas ondulan suavcmenle como las estepas en los grandes desiertos.

En medio de este absoluto aislamiento, me acuerdp de los seres queridos que he dejado en tierra, de los cuales nada sabré hasta mi llegada á América.

Con los residentes en la Argentina hemos discurrido hoy acerca del valor de los emigrantes españoles. Los que prestan mayores servicios son los vascos, quienes se consagran especialmente á la ganadería. Con su labor é inteligencia han ayudado muchísimo al refinamiento de las razas lanar y bovina. Se distinguen por su honradez, implicando el simple nombre de vasco una recomendación, para ser admitido en cualquier estancia. Por excepción, el vasco que resulta malo deja atrás á los peores emigrantes.

Según parece, las hijas de vasco y argentina resaltan por su belleza.

Los gallegos desempeñan cargos de confianza: porteros, serenos, vigilantes en las estancias. Sirven generalmente para todo lo indefinido y so-

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bresalen por su fidelidad y por el empeño tenaz con que cumplen la consigna.

Los catalanes no suelen ir al campo, empleándose en los oficios, en el comercio y en la industria.

El andaluz y el valenciano, por regla general, no resultan ni son apreciados, por su falla de apego al trabajo y por su tendencia a} jolgorio. Los compadritos de Buenos Aires vienen á ser una mezcla de gaucho y chulo, aficionados á la navaja, pendencieros y cultivadores de la juerga,- que se conoce allí con el nombre de farra.

Esias son impresiones n^cogidas en conversación superficial, que aquilataré con mis propias observaciones.

12 septiembre

Hay que hacer un gran esfuerzo para precisar el día y la fecha en que vivimos.

Los pasajeros van y vienen sin objeto fijo, cansados de la lentitud con que transcurren las horas.

El tiempo es magnífico y comienza á apretar el calor.* Los peces voladores, que levanta á bandadas el tajamar, quebrantan la monotonía de la líquida superficie, revelando como chispas de una hoguera la gran vida submarina, agitada ""or luchas crueles y combates sin interrupción.

La lejana tierra nois ha enviado hoy dos galotas que me han parecido alegres mensajeras

el Nuevo Continente,

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Estamos próximos á Cabo Verde y antes de la noche quizás nos encontraremos con el « Satrústegui ».

De sobremesa hemos departido ac;erca del resurgimiento de las antiguas nacionalidades, y especialmente sobre si el renacimiento de los idiomas regionales constituía im atraso ó un adelanto.

Un joven español, que va á desempeñar un Consulado de América, atribuía al sentimiento particularista la decadencia de España.

— No concibo, exclamaba, esa extraña manía que se ha apoderado de algunos vascos que quie-«' ren galvanizar un idioma muerto. Sabiendo inglés voy á todas partes; el saber vasco de nada me sirve.

— No lo crea, interrumpió el Capitán violentando su sobriedad de palabra ; sepa usted vasco y en la Pampa Argentina y en las Cuchillas del Ui'Uguay encontrará quien le entienda y le considere.

— Inglaterra, que es la que da la pauta á todas las nacionalidades, repuso el Cónsul, ha implantado doquiera su idioma. El gaélieo y el escocés han desaparecido con los típicos trajes del país de Gales y del Highland.

Mi compañero Zulueta observó oportunamente :

— Yo creo que con el progreso de los pueblos no perecen los idiomas regionales, que reflejan la diferenciación dentro de im mismo Estado,

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Lo que sucede es que, además del idioma familiar é íntimo, se poseen dos 6 más idiomas para la vida de relación y para los viajes.

El Cónsul. — En Londres circulan todos los día& cinco millones de personas, el mayor movimiento humano que se conoce, y se entienden con Tin solo idioma.

*** — Al contraigo, entre esos cinco millones se hablan todos los idiomas de la tierra, pues será difícil que no esté representado en aquel enorme núcleo humano ninguno de los idiomas ó dialectos del planeta. Lo que debiera resultar una Babel, es un conjunto armónico en el que se concilla el uso del medio de expresión ingénito con el medio de expresión adquirido.

La inferioridad de nuestros empleados en Filipinas comparados con los holandeses de Java, deriva de que éstos van allí conociendo los idiomas que se hablan en sus colonias, mientras nosotros íbamos ignorantes de ese medio de predominio, empeñados en que los indígenas nos hablasen en castellano.

Tuve que hacer hincapié para convencerle de que el Provenzal era un idioma vivo , porfiado en sostener que á Mistral no le entendían más que los literatos y los filólogos.

13 septiembre

A media noche, cuando nos acostamos, crasos nubarrones cerraban el horizonte, cuya negrura

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acentuaba el resplandor de la luna, que brillaba encima, plateando las olas.

A la madrugada nos despertó el resplandor vivísimo de los relámpagos y el seco estallido de los truenos. Poco después, una lluvia torrencial barría la cubierta y el vapor tomaba súbito balanceo.

A no tardar, cesó la lluvia y los resplandores del astro nocturno se difundieron de nuevo por el espacio, recobrando entonces el buque su estabilidad.

Se habían iniciado los chubascos de la línea.

A las ocho y media se ha rezado una misa en un altar improvisado en la galería del salón, que tenía por fondo la bandera española. Los pasajeros de tercera han tenido acceso al recinto de primera, que les está prohibido, oyendo la misa desde los pasillos, asomados á • los grandes ventanales del salón. Serían unos tres- " cientos, la mayor parte gallegos y vascos; rezaban con gran devoción, descubriéndose en su mirada ansiosa é implorante que sus oraciones se ligaban estrechamente á los temores de su porvenir.

— ¿A dónde vas, rapacifio? pregúntele á un chicuelo gallego. — A América, para ganar dinero.— ¿No piensas en volver á España? — Cuando haya ganado dinero, respondió sin vacilar.

Seguramente que todos ellos rogaban al Señor que les permitiese regresar pronto á su tierra, ricos, Ib^nse á la conquista del bienestar para

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disfrutarlo en la vieja casa solariega, sin sospechar que sus hijos tal vez labrarían su propio hogar en la nueva patria.

Cuando se estaba terminando la misa, un compañero me ha dicho que teníamos el « Satrústegui » á la vista.

He subido al puente y á corta distancia se divisaba el esperado vapor, saludándonos con sus banderas multicolores y alegrándonos con su humareda voladora.

Los pasajeros se han agrupado á babor con febril ansiedad, en tanto se acercaba aceleradamente entre espumas el otro buque, pareciendo que nos venía encima. Derivó un poco y, al pasar por nuestro lado, las sirenas han sonado vibrantes como voces amigas que cambian sus afectos al cruzarse dos trenes, y un estremecimiento nervioso ha circulado como una ráfaga de proa á popa, alcanzando á todos los corazones.

Dei vapor que huía, atestado de pasajeros que agitaban frenéticamente sus pañuelos, correspondiendo á nuestros saludos no menos efusivos, escapaban adioses intensos, gritos y palabras ardientes de cariño que han llenado el espacio confundiéndose con nuestros gritos y exclamaciones en que iba toda el alma.

El vapor ha adquirido en aquellos momentos a apai^encia de un ser viviente que rompía Luestro aislamiento de tantos días con su amooso estruendo. ¡Vaya un espectáculo emocio-

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nante! Materialmente se percibían las dos misteriosas corrientes de afecto cambiadas entre los dos vapores, la comimicación penetrante entre personas desconocidas que se veían pasar sin distingiiirse el rostro, pero que se encontraban en la imponente soledad del Océano y trocaban sus augurios al par que se sentían hondamente conmovidos por las mismas olas de tristezas y esperanzas que envolvían á ambos buques. He sentido un nudo en la garganta y las lágrimas han humedecido mis ojos. A mi lado muchos lloraban.

El « Satrústegui » estaba ya lejos, y creía escuchar aún el inmenso clamor de aquel breve mundo que respondía al clamor del nuestro, vibrando todavía en el aire el concierto de e^Lclamaciones y gritos que constituía el latido unísono de más de mil corazones.

En ambos vapores iban seres que regresaban á la patria, y tristes que la abandonaban; en ambas cubiertas se amontonaban los que iban y los que volvían. Los argentinos y orientales que viajaban en el « Satrústegui », al alejarse de su hogar, nos hacían mensajeros de sus afectos y de sus recuerdos, mientras nosotros les confiábamos el pensamiento de nuestra mente y los efluvios de nuestro cariño á los que habíamos dejado.

Quedaba rota la incomunicación con eljnundo. El « Satrústegui » telegrafió que no tenía novedad y que llevaba la Compañía de Opera que

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había actuado en Buenos Aires; nosotros le habíamos dicho que llevábamos buen viaje para que lo telegrafiase á Cádiz desde las Palmas.

Eran las nueve y media de la mañana, á los 12o de latitud, 18o longitud Oeste del meridiano de San Femando.