Sangre nueva : impresiones de un viaje á la America del Sud · Capítulo real 7 de 35
Capitulo VI
Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 1 tramo técnico para mejorar el rendimiento.
Capitulo VI
Reminiscencias del Golfo de Lyon. — Fuera de los trópicos. — El hijo dp un emig-rante. — Emigración clandestina. — Primavera en septiembre. — Puestas de sol. — Los ruidos del mar. — La tierra se acerca.
21 septiembre
|ntes de acostarnos, vimos pasar auno y otro lado varios vapores, por estar en la proximidad de Cabo Frío. A las dos de la madrugada nos hallábamos á su altura, pero no pudimos verlo, á causa de haber hecho antes rumbo al Cabo Polonio.
Me han despertado los violentos bandazos del vapor. .
Este mar, con sus anchurosas olas, causa la impresión de las marinas de mi tierra. Sopla un fuerte viento Nordeste y las montañas de agua se acercan suavemente al vapor y lo llevan un rato sobre su espumante lomo. Vamos en popa; en frente, sobre el mar azul, cabriolan las blancas espumas, y al lado opuesto los rayos iel sol azogan el mar agitado, borrándose el horizonte en la calima.
-66-
Tengo delante de mis ojos la visión de nuestro mar, en íuno de esos días de verano en que soplan los cremadors agostantes. Esperaba de un momento á otro la aparición del Cabo de Creus, ese nido de la tramontana, con sus cumbres tan familiares á mis ojos. La acariciante ilusión que me envuelve mitiga un instante la angustiosa sensación de la distancia que me separa del hogar querido.
Después del almuerzo, contemplamos á estribor un vapor de carga, inglés, luchando contra las irritadas olas. Su proa quedaba á menudo sepultada en las aguas, que levantaban nubes de espuma. Parecía am arrecife moviente contra el cual se estrellaban las olas enfurecidas por el viento.
Comparando la marcha triunfante de nuestro vapor con la lucha despiadada que sostenía el otro para avanzar trabajosamente, en el propio mar y con el mismo tiempo, consideré que en la vida humana y social sucede algo parecido. No radica el mal ni la lucha en el elemento que nos rodea, sino en la dirección que llevamos. Con frecuencia lo que para nosotros es ventaja, para otros es obstáculo.
Nos hallamos á los 25 grados de latitud Sud. ' Hemos salido ya de los trópicos y, por una de las muchas contradicciones que he notado en este viaje, hoy es luio de los días más calurosos que hemos sufrido. Adivínase, sin embargo, que el frío nos saldrá al encuentro de improviso,
- 6-7 -
disparando su helado soplo como un pistoletazo.
M principio del' viaje se me hacía gran confusión, no acertando á distinguir entre los pasajeros. Poco á poco se fueron fijando en mi retina las fisonomías y actitudes; últimamente comienzo á descifrar los caracteres. Con la constante observación á que me condena mi espíritu curioso, hostigado por la permanencia en el mismo sitio, voy descubriendo la gran variedad individual de lo que antes se me ofrecía como uniforme amalgama.
Entre los argentinos viene, pongo por caso, im joven que, á pesar de pronunciar melosamente el castellano y de alardear de argentino, parece de otra raza. En tanto sus compañeros duermen, él madruga; mientras aquéllos gustan de conversaciones frivolas, él muestra singular placer en hablar de negocios. Una pequeña conversación me reveló en seguida el secreto de esta diferencia. Aunque nacido en la Argentina, sus padres fueron inmigrantes. Era hijo de un pobre albañil italiano, que formó en las avanzadas del ejército que fecunda los desiertos y da valor á las tierras abandonadas.
Durante su infancia probó las privaciones de los rudos años de prueba. Es, por lo mismo, un temperamento templado en la lucha, y, aun cuanlo su posición hoy sea brillante, posee el hábito del trabajo y aspira á otros ideales que no >e cifran en consumir estérilmente las rentas.
— (« -
Ha realizado el viaje en compañía de un amigo estanciero, y se dolía en el seno de la intimidad de haberse dejado llevar en su excursión únicamente del afán de divertirse, prometiéndose enmendar el yerro en sus viajes futuros.
Ha visitado Como, que es el lugar de sus padres, y allí ha cedido la pequeña propiedad que constituía la herencia de sus abuelos, á unos parientes pobres. Con ello ha renunciado ya definitivamente á la patria antigua. « Mi madre, contóme, no ha querido acompañarme en mi visita á su pueblo natal. Si pudiese llevar á mis muertos y á mis vivos, exclamó, iría contigo, pero, como esto no es posible, aquí me quedo, en la casa que edificó tu padre con sus propias manos, en el pueblo que él ayudó á fundar, velando su eterno sueño ». En esta forma, las familias trasplantadas echan raíces en el nuevo suelo. ¡Quién sabe si á las dos generaciones, los descendientes de este emigrante luchador serán ya estancieros improductivos que irán á consumir sus rentas á París ó á Tokio, en busca del goce material!
He repasado las listas de los emigrantes que van á bordo, viendo que son jornaleros en su mayor parte. Casi todos cuentan allí con parientes que les darán la mano, y algunos van para emplearse en los servicios públicos de la capital. Pocos son los que se acogen á los beneficios de 1 a ley de iimiigración, que des da de- - recho á alojamiento temporal en el Hotel de
emigrantes á la llegada y á ser transportados gratuitamente al sitio en que se reclame su trabajo. Por lo visto, en su mayoría tienen destino fijo.
Al pasar lista para extender las declaraciones á que obliga la ley argentina, hube de convencerme de que casi todos se habían embarcado con documentos falsos. Muchos tenían que hacer visible esfuerzo para recordar su nombre y su edad; algunos rectificaban su estado, es decir, manifestaban que eran casados después de haber dicho que eran solteros, y la edad que algunos producían estaba reñida manifiestamente con su fisonomía. Para lograr estas cédulas y documentos falsos, existen agentes que los explotan inicuamente á las barbas de la autoridad, muchas veces cómplice ó encubridora de tales abusos. Esto ocurre principalmente en Galicia. Palpando estas corruptelas, me afirmo más y más en el convencimiento de que sería más provechoso encauzar y proteger la emigración que ponerle vanos obstáculos que se salvan con malas artes, cortando así los lazos que conviene mantener entre el que se va y la antigua patria.
22 septiembre
Ayer entramos en la Primavera y parece que hayamos llegado al Otoño.
Al caer de la tarde, cuando iba el sol á la presta, me llamaron para que admirase el her-
- 70 -
moso aspecto que presentaba el Ocaso. El sol, como una esfera' roja, con un casquete luminoso, emergía de una franja de niebla obscura tendida en el horizonte. A medida que se iba hundiendo, el color rojo de cereza invadía toda la esfera, que semejó un fez, luego un disco y por fin una ceja luminosa.
Desapareció por completo el astro solar tras de la espesa cortina, y la niebla se fué coloreando poco á poco, formando una ancha faja irisada, de colores desteñidos.
Es curiosa la escasa duración de los crepúsculos en esta zona. Apenas puesto el sol, reina en el Oriente la noche, y en el Ocaso, el espacio todavía luminoso queda ceñido á una pequeña extensión, limitada bruscamente por las negras sombras. En tierra, generalmente, cuando el sol se i>one, queda todavía en el horizonte oculto tras de las montañas, mientras aquí se pone de veras.
A la una de la noche me despertó un violento vaivén que me hizo coger los barrotes de la cama. Sin duda sufríamos el contraste de los dos vientos. Efectivamente, esta mañana, al abrir los ojos, por la ventanilla he contemplado el cielo velado y las olas que nos embestían de proa.
El horizonte tiene mal cariz, con su cerrazón lluviosa. El mar es sombrío y los rociones menudean por la proa, llegando al puente. Las olas deshechas por ^el tajamar desparraman anchamente sus espumas que parecen tul^s tendi-
- •VI -
dos sobre seda de color verde. Contrasta el matiz luminoso de la espmiia con el color de orujo del mar. .
Al chocar las olas con los costados producen el sordo rumor de un cañonazo lejano.
Los ruidos del mar cambian sin cesar como sus matices. En los primeros días, cuando estábamos en el comedor y la nave apenas se movía, soplando ligeras brisas, creía en ciertos momentos oír el rumor próximo de una multitud en la plaza pública. Ayer noche en el salón, en tanto el buque no sufría balanceo, al escuchar el ruido de las olas que se estrellaban suaver mente contra las planchas, á medida que iba partiéndolas la quilla, se hubiera dicho que nos encontrábamos en la terraza cubierta de una villa, situada junto á la playa, cuyos cimientos batía el oleaje. A lo mejor volvía el cabeceo, y la hélice quedaba fuera del agua, lanzando el estruendo de un automóvil al emprender su carrera. Por la noche llegan al oído los más variados rumores ; en tiempo de bonanza, las aguas que discurren suavemente á ambos costados, engendran el susurro de la corriente de un río; con el mal tiempo repercute en el oído seguidamente el golpe seco del vapor al dar con una ola monstruosa que ataja un momento su avance. Los más diversos crujidos y rumores llenan el aire: de la madera comprimida, de las lámparas, cortinas y objetos que se balancean, de las sillas giratorias, de la ni^-
— 72 —
quina y del timón, que vienen á turbar el sueño mientras no se ha adquirido el hábito de oir sus voces incoherentes.
Ha llovido casi todo el día, con mar gruesa. A la hora del almuerzo hemos sentido brusca sacudida, al mismo tiempo que llegaba á nosotros el estrépito de una cascada. Fué una ola que, entrando por la proa, envolvió á los infelices de tercera que estaban comiendo.
El pasaje saca los sobretodos y viste de invierno. Con este día gris y la aparición de los trajes más gruesos y obscuros, se nota un cambio marcado en la tonalidad del conjunto.
Hoy no se ha podido observar el sol y ha tenido que calcularse por simple estima la posición y la distancia recorrida. A las doce nos encontrábamos á los 28 grados de latitud Sud.
El mareo ha hecho nueva aparición á bordo. Una dama bilbaína, qué ayer se sentó por vez primera á la mesa, se ha visto obligada á encerrarse de nuevo en el camarote. Está visto que hay mareos invencibles.
Los pasajeros están deseando llegar á tierra, revelándose en las conversaciones y en los gestos el ansia de pisar suelo firme. Todo el mundo cuenta las millas y los grados, tomando lecciones prácticas de geografía, enterándose de la latitud de Buenos Aires y de Montevideo, y aprendiendo que un grado tiene veinte leguas, equivalentes á sesenta millas.
Al anochecer, el tiempo mejoró sensiblemente.
— 73 —
23 septiembre
El mar ha cambiado completamente de color por la fuerza de penetración del gran río que se aproxima. En plena luz ostenta un color verde obscuro, transparentando la espuma de las rompientes un matiz amarillento, y, al ponerse el sol, parece un mar de asfalto.
Dentro de poco estaremos en el seno del agua dulce, la que hizo bautizar estos parajes por Díaz de' Solís y los primeros navegantes españoles con el nombre de Mar Dulce.
Comenzamos á prepararnos para la llegada. Los compañeros de pasaje nos dan sus tarjetas y el sobrecargo exige la declaración de los objetos y artículos sujetos á derechos de Aduana.