Sangre nueva : impresiones de un viaje á la America del Sud · Capítulo real 6 de 35
Capitulo V
Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 1 tramo técnico para mejorar el rendimiento.
Capitulo V
El brisote. — Los emigrantes se agrupan. — Reminiscencias do la última guerra, por testigos presenciales.—Un pasajero caído del cielo.—- La Cruz del Sud. — De cómo vine á ser padrino. — Detalles del bautizo. — Todos alegres.
ONTiNúA el viento y la marejada que no nos permite abrir las ventanillas de los camarotes. Neptuno ha soltado sus borregos que brincan bulliciosos en la interminable llanura.
El Capitán, con esa sonrisa burlona de la gente de mar cuando habla á los terrestres, nos asegura que marchamos acariciados por las suaves brisas del hemisferio austral. El maquinista, en secreto, me ha dicho que á las tales brisas, cuando soplan con tan poca consideración, se las llama ya brisotes. El nombre no puede ser más despreciativo. Al atardecer, los pasajeros de tercera se han irremolinado á babor con grande algazara. Era [ue una juguetona banda de delfines iba salando junto al vapor, como los pílleles que abren
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paso con sus piruetas al regimiento en marcha. Cerca deben de andar los ballenatos.
Ayer me saludó un emigrante que llevaba para mí una carta de recomendación. Al pobre, mientras estaba durmiendo, le robaron el reloj, y, según manifiesta, á otros viajeros les han sustraído carteras y otros objetos. Entre los setecientos pasajeros que encierra el vapor, no podían faltar los criminales. Con los emigrantes va siempre la baraja, y ésta suele ser muchas veces la causa del pecado.
Obsérvase una tendencia entre los pasajeros á juntarse por regiones. Los catalanes han formado ya rancho aparte.
Ha enfermado una niña de tercera, cuyos padres, vascos, no entienden una palabra de castellano. El médico creía que eran alemanes?
A las once de la pasada noche nos encontrábamos á la altura de Fernando de Noronha, que es una isla, estación penitenciaria del Brasil, y á las once de la noche próxima estaremos frente á Pernambuco. A partir de allí navegaremos paralelamente á la costa, si bien, á causa de la mucha distancia, no lograremos descubrirla.
Hemos hablado con los oficiales de las vergüenzas de nuestro desastre nacional, del cual fueron á la vez testigos presenciales y actores en la parte honrosa que corresponde á la marina mercante, que Uos realzó ante el mundo. Uno de ellos iba en el « Antonio López », que
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tuvo que varar junto á San Juan de Puerto Rico después de una terrible persecución de los yankees. El otro era oficial del « San Agustín », que salió de Santiago un día antes de que entrase en la bahía la escuadra de Cervera, llevando la impresión de la inevitable hecatombe, porque habían tenido ocasión de medir el poder enorme de la escuadra americana y su desproporción cruel con la nuestra. Con las luces apagadas el «San Agustín», pasó entre la Martinica y la Guadalupe, llegando salvo al Océano, haciendo luego rumbo á Canarias. Más tarde, desde allí volvió á Santiago y á Guantánamo para embarcar á los soldados españoles sucios, enfermf)s, desarmados, que, como si fueran corderos, iban metiendo en nuestros buques los yankees. Muchos lloraban al embarcarse, sintiéndose heridos por aquella espantosa humillación de un ejército de ciento cincuenta mil hombres, vencido sin pelear, desfilando ante un cabo y cuatro soldados norteamericanos que los contaban fríamente, como si fuesen cabezas de ganado. Los soldados de profesión pasando por las horcas candínas de los mercachifles que ha bían dejado la yarda para tomar el fusil. « A continuación, nos contaba, asistimos á aquella odisea trágica, á las travesías macabres en que los vapores iban sembrando de cadáveres el propio mar en que labraron su surco las carabelas de Colón, entonces cruzado por la estela jue señalaba nuestro infortunio ».
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El mismo vapor formó parte de aquella mísera escuadra que pasó y repasó el Canal de Suez, entre la befa de la multitud cosmopolita que allí tiene su asiento. Los ingleses obligaron á la escuadra á partir de Suez, y entonces el almirante Cámara dispuso que saliese al Mar Rojo para hacer carbón en uno de sus fondeaderos. Antes de zarpar de Suez se recibió la noticia de la rota de Santiago, y el desaliento se apoderó de toda la escuadra.
Desde el « San Agustín » vieron como el « Covadonga » emprendía la marcha otra vez en dirección al Canal, y, por fin, supieron que el Ministro de Marina había dado orden de repasarlo, noticioso de que la escuadra de Wátson navegaba hacia el Estrecho. El « San Agustín » fué el último en pasar, tras del « Pelayo », que debía marchar lentamente y con todas las precauciones, bajo una lluvia de fuego que asfixiaba á los tripulantes.
De esta manera se deshizo el camino andado y se repasó el Canal, después de haber asegurado un particular el pago de los derechos de la escuadra, no prestando la Compañía del Canal crédito alguno á nuestro Gobierno.
Cuando llegaron á Port-Said, el Ministro telegrafió que fuese la escuadra á Mahón, y se dio orden á todos los buques de hacer rumbo en fila, á quince millas de aquel puerto. El « San Agustín », de escaso anclar, fué quedando rezagado y perdió de vista á la escuadra, prosi-
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guiendo el rumbo, hasta una mañana en que gran número de humos le hicieron suponer que estaba próximo á ella. Al acercarse, reconocieron al « Pelayo » á remolque de otro buque, imaginando al punto que se había librado combate, recibiendo dicha nave algún daño. Pronto salieron de dudas, viniendo en conocimiento de que la escuadra americana no había sido vista, tratándose de una avería en la máquina.
Entrados en Mahón, comunicó el Ministro que, según indicios, la escuadra de Watson había embocado el Estrecho, ordenando, en consecuencia, que la nuestra procurase ganar el puerto de Cartagena ó el de Barcelona. Huyendo del enemigo imaginario, en toda su marclia por el Mediterráneo, así llegó la escuadra á Cartagena. Al fondear, se tuvo noticia del armisticio, y los marinos, para bajar á tierra, vistieron de paisano.
« Pasados estos días, que me hicieron el efecto de una pesadilla, me decía este oficial, después de la rápida deshecha, durante la cual no surgió un político ni un militar que salvase la dignidad nacional, hemos sufrido mucho los que salimos de España. Quienes no se movieron á continuación del ignominioso desastre, no saben cuan amargo era el desprecio ó la compasión insultante que notábamos los marinos españoles al llegar á un puerto extranjero. El patriotismo, que era en mí un sentimiento innato, hubo momentos en que cedió el paso al
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rubor y á 3a falta de esperanza <*n nosotros mismos. Por suerte, aquella lástima humillante no la sufrimos ya, porque los hechos se han encargado de evidenciar que nuestra marina mercante dio entonces un admirable ejemplo de organización y de civismo, y, además, porque nos ven con ahinco procurando ensanchar la esfera de acción de nuestro comercio, siendo el símbolo de la España que trabaja y reacciona.
» Ya no tenemos que soportar la pena de an- • taño, sobre todo en esos países donde se ha iniciado una corriente de simpatía hacia España, debido á las circunstancias y también á que, poco á poco, todo se olvida en este mundo ».
1 8 septiembre
El tiempo muéstrase variable y la temperatura ha refrescado. Se adivina claramente que nos apartamos del septiembre para acercarnos al marzo. Dejamos atrás los pámpanos y nos aproximamos á las mieses. El último hálito del invierno austral se difunde en el espacio, destacándose en el cielo las nubes grises de los días invernales, desfilando en retirada.
Estamos á unas doscientas millas de la costa, que se adivina por las nubes lluviosas acumuladas á estribor, mientras á babor el horizonte despejado revela la extensión inmensa del mar libre que llega hasta el Cabo de Buena Esperanza.
Acabo de saber que una pasajera ha dado á luz un niño. Ha venido al mundo marchando á una velocidad de catorce millas por hora. Este nuevo pasajero que nos ha caído del cielo con tan buena marcha inicial, tiene sobre los demás la ventaja de que no paga pasaje. Este hijo del mar, cuando sea mayor, no tendrá derecho á marearse.
19 septiembre
El tiempo es magnífico. Sopla una brisa auténtica (nada de brisote) y el mar presenta un hermoso color azul que recuerda el del Mediterráneo. En el círculo del horizonte, se improvisan chubascos que casi nunca nos alcanzan por su poco radio. Cruzan el cielo nubéculas sueltas, en sentidos diversos, como si fuesen una legión desbandada de los vastos nublados del invierno. Tocamos el término de la zona tórrida y asistimos á la batalla de las estaciones adversas que, con sus fuerzas compensadas, producen aquí el equilibrio.
Acaban de invitarme á ser padrino del recién nacido. Nunca pude sospechar que en medio del Océano me saliese un ahijado. ¿Cómo rehusar tan original padrinazgo, siéndome tan sim- '"ático ese ser que ha venido al mundo, huyendo
e la tierra? El recién nacido ha sido inscrito en el registro
^pecial del buque, actuando de Juez municipal
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el sobrecargo, debiendo enviarse certificado de la inscripción al Ministerio de Estado, donde constan todos los nacidos en buques españoles, que es como si hubieran nacido en territorio español. Ya, al nacer, se codea con la Diplomacia.
El bautizo tendrá lugar mañana,, á las tres, en el salón de primera, al pie del altar que se arreglará para celebrar la misa.
Mi compañero Deulofeu anda loco buscando, entre los pasajeros de tercera, músicos y aficionados bastantes para armar una orquesta. Ahora sólo falta que al tiempo no se le ocurra aguar la fiesta.
20 septiembre
Anoche, al ponerse el sol, los cúmulos del horizonte se adornaron de ribetes dorados que brillaron un momenfo, simulando luego abrupta cordillera, destacándose en una atmósfera diáfana y luminosa. El mar veíase salpicado de blancos brochazos movedizos, y, al reinar la noche, aquellas nubes producían aun más el efecto de montañas de una costa prolongada que se nos venía encima. Diríase que entrábamos en una espaciosa bahía. Desde el puente pude contemplar con todo su esplendor la belleza del hemisferio austral, por la incomparable transparencia del aire que acercaba grandemente las estrellas, avivando su luz radiante.
Por vez primera admiraba la Cruz del Sud,
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formada por cuatro estrellas de desigual magnitud, que en esta época se presenta tendida sobre el horizonte. Encima, Castor y Pólux derramaban sus fúlgidos destellos, y, á estribor, Júpiter lucía su grandeza, dejando percibir con los gemelos los satélites que se adhieren á su rutilante superficie.
Entre los mástiles que llenaban el cielo se divisaba la nube de Magallanes (ó mancha pequeña del Sud) y lo& astros nuevos que vieron brotar del horizonte los osados navegantes que, en frágiles einbarcaciones, surcaron por vez primera estos mares. Transportándome al momento grandioso en que desde el navio vieron aparecer los ignorados soles que transformaron el cielo, el vislumbre de lo sublime y el pavor de lo incomprensible invaden mi alma.
Deulofeu me ha despertado esta mañana para anunciarme que había organizado un quinteto de primer orden, que ya estaba ensayando. Efectivamente, á popa, y entre un grupo compacto, una mandolina, dos guitarras, una bandurria y una flauta tocaban un valz encantador, con acompañamiento de olas. A no ser por la oportunidad que nos indujo á congregarlos, aquellos cinco individuos hubiesen continuado tañendjo aparte, sin conocerse siquiera. Así pasa í menudo en la vida, debiéndose á la falta de Dcasión que, hombres que pudieran entenderse f sumar sus esfuerzos, marchan separados y lesxuiidos.
La idea del bautizo lo llena todo. He pasado á saludar á la madre del niño, hermosa mujer, fuerte y robusta, que no conserva ya huellas de su pasado trance. Hija de mallorquín y de argentma, nació en Tucumán. El padre, aragonés, cuenta 26 años y lleva 17 de residencia en la Argentina.
El Capitán ha dispuesto que se adornara la cubierta con banderas, lo cual resulta muy pintoresco, viéndose discurrir á su través el mar que, con su azul, penetra en todos los colores del abigarrado toldo.
A las dos, dando el brazo á la madrina, una italiana casada con un español, hemos ido en busca de José Federico, que así se llama el niño. La camarera ha ejercido de comadrona, formando en el cortejo el padre de la criatura, el sobrecargo y los argentinos vestidos de etiqueta. El quinteto tocaba en el salón cuando hemos entrado, ocupando por completo las galerías los pasajeros de primera y de segunda, viéndose muchas señoras con mantilla.
Al terminar el bautizo, el quinteto ha tocado la marcha real, y se ha disparado un cañonazo que, haciendo vibrar el aire, apresura el latir de los corazones. Un vapor que se distinguía en el horizonte, al oir el cañonazo, detiene un instante su marcha, temiendo que sea una voz de auxilio; pero, al contemplar las banderas que ondean en todos los mástiles, prosigue su camino, adivinando que reinan en nuestro bu-
({üe aires de fiesta. El cañonazo, que süeíe sfef mensajero de muerte, es allí anuncio de nueva vida.
Cuando hemos entregado á la madre el niño, ya cristiano, en sus ojos brillaban lágrimas y en su voz se notaba emoción intensa al darnos las gracias por nuestros favorables augurios. «Ya que las circunstancias me han erigido en padrino de esta criatura, le hemos dicho, hacemos votos por que sea un hombre de provecho, á fin de que en lejano día podamos envanecernos de haberlo remojado en la pila bautismal».
Para que se vea la diversidad originaria de los que vamos en el vapor, haré notar lo siguiente : el padre del niño es aragonés ; la madre, argentina (de Tucumán); la madrina, italiana; el cura, mallorquín; el sobrecargo, andaluz, y el capitán, vasco. El quinteto se componía de una catalana (que tocaba el mandolín), de dos gallegos, un canario y un oriental.
Hemos obsequiado á los pasajeros de primera y segunda con un refresco, durante el cual han estallado los primeros brindis que en lo sucesivo serán el Mane, Thecel, Fhares de los innumerables banquetes que nos aguardan.
A los pasajeros de tercera les hemos dedicado un sorteo de variados lotes. Se ha .verificado ñor pelotones de á diez, dando un número á
ada cabeza de pelotón. Las suertes han sido
einte (entre ellas, 'dos en metálico). De este modo la alegría y el bullicio han im-
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perado en todo el buque, sin que hayamos sentido, mientras nos divertíamos, el escozor de habernos olvidado de los pobres y humildes que teníamos á nuestro lado, unidos por completo á nosotros en la igualdad del peligro, corriendo la misma suerte en ese mar que nunca se acaba.
No cabe echar en olvido á esos hombres que, en cualquier momento, pueden encontrarse á nuestro lado en el bote que tenemos señalado para el caso de salvamento; en esos botes perfectamente numerados, cada uno de los cuales tiene ya destinado su pasaje, en el que no hay categorías, sufriendo todos la igualdad que acarrea el común peligro.
Lástima que el niño no fuese i bautizado con agua salada, como hubiese deseado. Los cánones, según parece, se oponían á ello; sólo cabe en el trance de no tener á mano agua dulce.