Sangre nueva : impresiones de un viaje á la America del Sud · Capítulo real 12 de 35
Capitulo XI
Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 1 tramo técnico para mejorar el rendimiento.
Capitulo XI
Los extranjeros no se naturalizan. — Los españoles no se inscriben en el Consulado. — Se divorcian del Estado y mantienen el amor á la nacionalidad. — El particularismo reg-ional acrecienta la cohesión. -— La beneficencia animando el espíritu de la colectividad. Sociedad de Beneficencia Española. — El Hospital Español. — Sus excelencias.
|egün el último censo de la República Argentina, llevado á cabo en 1895, solamente 1,638 personas nacidas en el extranjero obtuvieron ciudadanía argentina por medio de la naturalización. Esto corrobora la persistencia del cariño al hogar antiguo. El número de argentinos aumenta, no por efecto de la naturalización, sino por el hecho de ser considerados tales, con arreglo á la Constitución nacional, los hijos de padres extranjeros nacidos en la Argentina.
Junto á la resistencia que ofrece la naturalización á los extranjeros, hay otro hecho que parece una contradiccción del anterior, y es la falta de inscripción en el Consulado de los respectivos nacionales. El Consulado, que debiera
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ser tin centro de atracción para cuantos abandonan la patria, resulta un local ignoto ó desdeñado para la mayor parte de los -españoles que residen en la República. Algo parecido debe ocurrir con los italianos, de manera que la protección que al Estado incumbe para los que abandonan su suelo sin renunciar á sus leyes, no encuentra forma de ejercitarse.
El emigrante siente la nostalgia de la nacionalidad , pero no echa de menos al Estado. Acostumbrado á mirar al agente de. la Administración como á un adversario, lleva á su país adoptivo el mismo recelo y escapa á la acción oficial ó prescinde por completo de ella. El emigrante italiano ó el español que tuvieron que emigrar clandestinamente de su patria, pasan por delante del Consulado ó de la Legación con cierto temor, viendo allí al representante del Estado que quiso privarles la salida en busca del sustento, mientras que no sabía arbitrar los medios para que el suelo sirviera de sostenimiento á su cuerpo miserable.
Recuerdo aún aquella époea en que Italia ponía toda clase de obstáculos y atajaba el paso á la emigración que se dirigía al Sud América, estimándola un mal y una desgracia, obstinada ' en colonizar á la fuerza sus territorios del Mar Rojo. En su colonia de Massaua, pese al Estado, que llevaba allí hombres y recursos, Italia se desangraba y e^iipobrecía, al par que en la América del Sud, por virtud de una emigración clan-
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destína y contrariada, iba poco á poco creando una colonia nacional llamada á abrir nuevos espacios á la producción y al genio de la raza. La expansión nacional, en pugna con la política del Estado, florecía esplendorosa, en tanto que la colonización oficial era un enorme fracaso.
Así como vemos á los españoles y á los italianos divorciados ó poco menos de su Estado, se nos presentan adheridos á lo que constituyen signos de 'su nacionalidad y de su raza. La nostalgia, que es la conciencia dolorosa que tiene el hombre de los cambios y desprendimientos que se operan en su organismo por la influencia de un medio completamente distinto del en que se ha formado, empuja á los extranjeros hacia sus afines para lograr una resistencia mayor y siunar sus medios de defensa. Por lo mismo que prescinden de la acción oficial y de la tutela del Estado, prodigan los esfuerzos de la iniciativa individual para el mejor amparo del núcleo colectivo.
El hombre, abandonado á sí mismo, obligado á la lucha tenaz y sin descanso para sobresalir allí donde todos batallan, sólo fía en sus propias fuerzas y en las de la asociación derivada del común interés y de la atracción de la sangre.
En estos países nuevos, donde el Estado no puede atender, aunque quiera, á las imperiosas exigencias sociales de un crecimiento asombroso, y en los cuales el inmigrante se aparta de la sombra de su antiguo Estado, que, por otra par-
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te, fuera muchas veces incapaz de suplir á esa total protección si le fuese reclamada, la necesidad impulsa el esfuerzo personal y la fecunda acción social, realizándose verdaderos milagros. No sólo se ajinan y se aproximan los hombres procedentes de la misma nacionalidad para acrecentar sus medios de defensa, sino que se manifiesta poco á poco una progresiva diferenciación que hace formar grupos característicos que conservan en el extranjero la fisonomía y el ambiente de las regiones de ima misma nacionalidad. Existe la Sociedad Española de Beneficencia, fimdada el año 1857, que atiende á todos los españoles, irradiando á los más apartados extremos de la República su acción filantrópica; pero, al propio tiempo, se encuentran las agrupaciones regionales que responden al sentimiento particularista de sus individuos. Y al lado del Laurac-Bat, surgen el Centre Cátala y el Centro Gallego, donde se hablan los idiomas de los respectivos países y se entonan sus canciones populares. Esos aires de la patria ausente son los que más atenúan la honda melancolía del alma que sueña con el regreso y la comunicación de esos corazones animados por los propios anhelos, que mantienen idénticos recuerdos, acumula nueva energía para la desesperada lucha. Adonde quiera que se llegue de la República se [icuentra el grupo local de la Beneficencia espacia, que es el eje que sostiene la cohesión de uestros nacionales. De igual modo se nota la
reminiscencia de los particularismos regioníiles, que se acentúa y se reconcentra en esas ferias españolas que se celebran periódicamente en todas las poblaciones de la República* verdadero espejismo de la patria lejana con toda su característica variedad, que resiste perfectamente la trasplantación.
Entre los italianos, obsérvase también esta diferenciación que induce á constituir agrupaciones que sintetizan los varios grupos étnicos que pueblan la Península Adriática, claramente distinguibles en la aparente homogeneidad de la colonia italiana.
De veras se requiere esta concentración defensiva para sostener al individuo que lleva á su máxima tensión el esfuerzo para vivir. El derroche y el desgaste se señalan en todas partes; en el Hospital vemos como el mayor número de defunciones .se debe á la tuberculosis, siguiéndole las lesiones cancerosas y los tumores malignos, y en tercer lugar las lesiones del corazón. Produce triste impresión ver como, en las edades, ocupan el primer lugar los hombres de 21 á 25 años, quienes están cu el período del vigor y del optimismo, predominando en los oficios los jornaleros y los dependientes de comercio entre los hombres, y las jornaleras y las costureras entre las mujeres.
En los Manicomios, donde casi la mitad son extranjeros, pasando de la mitad los urbanos, nótase constante aumento, yendo á la cabeza los
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degenerados^ sin duda por el abuso de estimulantes y excitantes que destrozan el organismo sin reponer el excesivo consumo de fluidos vitales. También el mayor número cuentan de 20 á 30 años, y predominan los jornaleros y los dependientes de comercio, soldados de ese ejército que en el campo! y en la ciudad lucha sin tregua por la conquista del bienestar.
En la. cárcel, allí se observa también la misma proporción, siendo los delitos más generalizados el hurto y la estafa, propios de una sociedad en que la aspiración general es la riqueza, asombrando el número de reincidentes reclutados entre los que saben leer y escribir.
El inmigrante, sin familia por regla general, y en un ambiente exótico, necesita de verdad ese apoyo de la colectividad que constituye su gran familia, para que no turbe la voluntad de su acción* el' fantasma del abandono en que puede yacer el día en que la enfermedad ó el agotamiento le hagan caer en el campo de batalla. La seguridad de que hay manos piadosas que le sostendrán, infunde al trabajo doble energía y enardece la vida social del hombre que por simple cooperación logra resolver el grave problema de la Beneficencia, que en su patria no ha sabido resolver el Estado. Por esto, al visitar el Hospital Español como contemplar el Hospital Italiano, sentimos una ipresión de recogimiento profundo, comprenmdo claramente que eran aquellos edificios
algo más que una casa de curación: son una verdadera institución social, un faro radiante que alienta á los luchadores, ofreciéndoles puerto en los más duros trances de la vidíi.
Los españoles hablan del Hospital Español como de un Santuario. Allí encuentran no sólo la salud del cuerpo, aspiran el ambiente grato del hogar ausente, el bálsamo de la nostalgia, porque entre aquellas paredes se sienten transportados á la patria lejana.
La idea de yacer en el Hospital, que en nuestro país produce repulsión, allí es otra, equivaliendo á la de yacer en su propio lecho. Por esto el primer afán del inmigrante enfermo, solo, es el, de que lo lleven al Hospital Español.
En 1852, á la caída del tirano Rosas, cuando los españoles pudieron llamarse así sin temor alguno, fueron los primeros que crearon en Bue- ' nos Aires un Centro social. En la Sala Española de Comercio, entonces fundada, se reunieron desde el primer día las personas más influyentes de la ciudad. Allí nació la Sociedad Española de Beneficencia (1857) y el gran pensamiento del Hospital Español. Un español, don Pedro Manuel de la Barcena, nombró legataria de todos sus bienes á la Comisión que llevase á término la fundación de un Hospital Español.
Después de sumas dificultades y pleitos sin cuento con los herederos de Manuel de la Barcena, en 1872 se dieron principio á las obras deJ edificio, y en 1877 se inauguró el Hospital.
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Desde entonces, á fuerza de donativos, se ha ido ensanchando y embelleciendo el primitivo edificio, dotándolo de las mejores condiciones higiénicas y convirtiéndolo en un Hospital modelo. Con tener Buenos Aires excelentes hospitales, el nuestro figura en primera línea.
En 1903, el capital del Hospital Español figura en el balance con la suma de 1.291,326 pesosl El coste del edificio importa 592,029'39 pesos y el mobiliario 82,275.
Tienen prelación para gozar de sus beneficios los individuos de la Sociedad de Beneficencia Española con un año de antigüedad, y en segundo lugar el español por el hecho de ser tal. En su Consultorio, encuentran asistencia y medicinas gratuitas los enfermos que pueden salir á la calle.
Fijándome en las provincias, observé que las que aportan un contingente mayor son las gallegas, siguiendo las vasco-navarras, Asturias y Cataluña.
Nos llamó la atención durante nuestra visita la diversidad de naciones europeas representadas entre los enfermos, halagándonos mucho ver que no faltaban tampoco orientales y argentinos, buena prueba del crédito que goza este Hospital.
Por las salas de pensionistas, que nada dejan
ue desear, han pasado las personas de más ca-
dad de la colonia, y en las camas de pobres, íq su mayor parte sostenidas por la caridad de
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un protector, tienen su refugio los, dolientes miserables.
Uno de los títulos más honrosos que puede ostentar un español, es el de haber sido Presidente de la Junta del Hospital Español. Éralo, cuando nosotros recorrimos sus salas, D. Antonio de Aróstegui, un vasco, fornido, parco en palabras y pródigo en acción, que forma en la legión de los triunfadores. Al verle creí contemplar, hecho carne, el famoso retrato de Carlos Montañés, pintado por Velázquez, que tantas veces he admirado en el Prado.
Tuve la satisfacción de encontrar entre los médicos á dos paisanos míos, D. Justo Carié, Director del Hospital, D. José Sola, encargado de la sala de Operaciones, i Con qué placer evocamos los paisajes y los pueblos de nuestro Ampurdán! El padre de Justo Carié había sido profesor de francés del Instituto de Figueras, y allá en los tiempos que precedieron á la revolución de Septiembre vióse obligado á huir, encontrando asilo en Cadaqués, mi pueblo. Así es que nos dimos un hartazgo de las remembranzas siempre sabrosas de la tierra querida.
José Sola se trasladó á Buenos Aires, al terminar la carrera en Barcelona, con su malogrado hermano Felipe, Director que fué del Manicomio Nacional, y es muy apreciado en la sociedad bonaerense como médico y como hombre por su ciencia y por su trato exquisito. Hijo de Garriguella, conserva tan vivo el recuerdo de su villa
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natal, que á una de sus estancias, que andando el tiempo será pueblo, le ha dado el nombre de Nova Garriguella.
Volviendo al Hospital Español, debo confesar, en mi condición de profano, que una de las circunstancias que más admiré en el edificio fué su carácter risueño, la poca fisonomía que luce de Hospital. Su tonalidad clara, la verdor espléndida de sus patios, la luz armoniosa de sus salas, y, en general, la tendencia á distraer el dolor con la apariencia bella de las cosas, me cautivaron y á la vez me entristecieron, pensando en aquellos lúgubres hospitales de nuestro país en que al entrar el enfermo doliente del cuerpo, por fuerza siente desfallecer el alma. Aquí, el dolor físico se siente mitigado por la dulzura moral; el hombre sano, que sufría en las durezas de su vida diaria la nostalgia, al entrar en estas salas saturadas de aires de la patria, siente ya de momento mitigada su afección moral y penetra en una atmósfera de bella placidez.
No podía menos al contrastar la valía de lo que han hecho aquellos españoles, á influjo de su sola iniciativa, con la incapacidad de nuestro Estado para realizar algo parecido, que reconocer la verdad luminosa de aquel dicho de Gracián, cuando decía que los españoles trasplantados son mejores. Esos mismos españoles que allí
do lo p>edían á nuestro Estado, que nada sabe
solver en punto á instituciones sociales, lejos su suelo, estimulados por el ozono que vibra
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en la atmósfera de estos pueblos jóvenes, sin la menor subvención oficial, gracias á los milagros de la cooperación, han levantado un Hospital que, con toda seguridad, no tiene rival en España. Así se explica por qué el Registro del Consulado nada signifique al lado del Registro del Hospital Español.