Sangre nueva : impresiones de un viaje á la America del Sud · Capítulo real 11 de 35
Capitulo X
Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 1 tramo técnico para mejorar el rendimiento.
Capitulo X
Buenos Aires implica un estado congestivo. - Cansas de ese estancamiento humano. — Falta de justicia en el interior. — Fascinación que ejerce la capital sobre el inmigrante. — La ley de Residencia. — Opinión de Juan A. Alsina. — Buenos Aires como metrópoli de la población humana y de la hacienda de toda la República. — El desarrollo prematuro de la industria manufacturera. — lil lujo y la miseria. — El reverso de la medalla.
ORPRENDE, en verdad, la desproporción enorme entre la población de Buenos Aires, la capital federal, y la población total de la República. Tiene aqueiia más de 900,000 habitantes, siendo ésta de cinco millones, lo que significa que la capital absorbe la quinta parte de los habitantes de la Argentina.
Semejante hipertrofia, que contrasta con la despoblación del interior, revela un estado congestivo que se presta á graves meditaciones. Ese estancamiento de hombres en un país que está reclamando en sus grandes soledades la fecunda corriente humana, se atribuye principalmente á la falta de justicia en el interior. Por nuestra
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parte, creemos que no es una sola la causa, sino varias.
Dentro de la gran ciudad existen la seguridad y la justicia, pero en el campo se cometen grandes desafueros, y se explica por la dificultad de comunicaciones, que erige á los gobernantes en dueños de la situación, franqueando la impunidad de los abusos.
Según me han manifestado, el Comisario prescinde, generalmente, de los autos del juez, convirtiéndose en dictadorcillo, y, á medida que crecen y se desarrollan los centros de población y de riqueza, los criollos que no encuentran en ellos natural cabida (porque no sirven para el trabajo activo) se apoderan de las funciones de la Administración y de la Justicia, que responden á sus aficiones burocráticas. No fuera esto temible si no mediara cierta convicción de superioridad sobre el emigrante, que predispone á la opresión y á la granjeria. ,
Algo habrá de cierto, cuando los periódicos relatan continuamente sucesos que acusan la inseguridad personal y la de los bienes en los lejanos territorios nacionales.
La Prensa, por ejemplo, publica uno de estos días , un artículo titulado « La vida sin garantías», encabezado así: «Un eco significativo han encontrado siempre en la prensa metropolitana las reiteradas denuncias que llegaban del Neuquen sobre la inseguridad de la vida y hacienda de aquel vecindario, á causa del bando-
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lerismo reinante y de la poca actividad que desplegaba la policía en todos los casos en que sus servicios eran requeridos».
Los diarios insertan á menudo sueltos parecidos qne, si por una parte evidencian el mal, prueban también que no se mantiene oculto, lo cual implica una esperanza de remedio.
Un dato expresivo es el de la enorme desproporción entre los naturales y los extranjeros en la capital federal. Según el Anuario Argentino de 1903, en una total población de cerca 900,00J habitantes, 350,000 han nacido en el extranjero. En la Provincia de Buenos Aires se nota la misma aglomeración desproporcionada respecto al resto de la República (1).
Esta anormalidad crónica preocupa justamente á los gobernantes. Nos decía el señor Civit, Ministro de Obras públicas, que es de lamentar esa obsesión que se apodera de los emigrantes, empeñados en permanecer en la ciudad, desdeñando la campiña, con lo cual acrecientan la legión de sobrantes que existe en los bajos oficios urbanos.
Quizás ayuda á esta atracción la circunstancia de penetrar casi siempre el inmigrante en la República por Buenos Aires. Al llegar sufre, por lo tanto, el deslumbramiento de esa gran ciu- ,
(1) The Argentine Year Mook , 1903. — The City of Buenos Aires ;^os 350,000 extranjeros se distribuyen como sigue: 182,000 italianos, 1,000 españoles, 33,500 franceses, 2 >.0ü0 uruguayos, 7,000 ingleses, 3,500 alemanes.
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dad, con su lujo y febril movimiento, donde parece que no quedan huecos para la miseria. Allí oye hablar de fortunas improvisadas, siente la fascinación del goce material y, aun cuando vaya al campo, sale con el propósito de regresar, así que pueda, á Buenos Aires, llevando la nostalgia urbana.
En estos últimos años los únicos labradores, ó, por mejor decir, los que llegaban para trabajar en el campo, eran los italianos. La emigración gallega, que es la más numerosa española, tiende á quedarse en las ciudades, y esto será causa principal de nuestra inferioridad en lo futuro, puesto que allí donde se labran las fortunas y se crean las posiciones es en las comarcas rurales, empleando la actividad en la agricultura y en la ganadería. En los campos yacen muchas veces las mieses sin segar por falta de brazos, y la gente se arrastra ante las oficinas de las ciudades, leyendo en todas partes : « No hay empleos ».
¡Quién sabe, decíamos, si la dirección fuera distinta, si entraba la inmigración por un puerto distinto, el de Bahía Blanca, pongo por caso, donde, en vez de sufrir la dominación de la ciudad, tendría la sugestión del campo que llega allí triunfador, con su avalancha de productos naturales !
Esta capitis augmentum, que puede estimarse como un síntoma del gran desenvolvimiento que espera á la República, fué para mí .motiva de
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constante indagación. Por esto quise oir la opinión de diversas personalidades.
La ley de Residencia, en sentir de muchos, ha venido á agravar la situación del extranjero en el campó, porque da mayores armas á la arbitrariedad. Esta ley fué dictada en un momento de pánico, por efecto de una huelga pavorosa, y ha sido un gran error político, según mi modo de sentir. En este país, el incremento de la inmigración debe ser principalmente el objeto de los gobernantes y estadistas; cuanto tienda á atajarla es contrario al progreso y a la prosperidad de la República. Una de las fuerzas que más arraigan al hombre á un suelo extraño, es la seguridad plena de su permanencia y la garantía absoluta de su trabajo. Cuando el hombre tiene ante sí la constante amenaza del destierro, no trabaja con fe ni produce con toda la intensidad de su esfuerzo; sueña tan sólo con el regreso. Cuando existe la posibilidad de verse obligado á abandonar los frutos de su labor, no hay el incentivo de las futuras cosechas ni se ofrecen perspectivas al ahorro.
La ley de Residencia pone al extranjero á la disposición del Comisario de Policía. La Justicia no puede ampararle; si una preocupación, un temor infundado ó una venganza personal le arrojan fuera del territorio, no encuentra de nomento amparo contra la injusticia. El Juez, sn este gravísimo trance para un colono, queda upeditado al polizonte,
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Es, por lo tanto, muy natural que el inmigrante prefiera la ciudad, donde no se encuentra tan aislado y en que no caben los grandes abusos, por la publicidad que alcanzan los hechos más insignificantes.
Cumple hacer constar que la ley de Residencia cuenta entre los naturales grandes adversarios, y razón tienen que les sobra. Póngase reparo, si se quiere, en dejar entrar á determinados individuos, pero, una vez admitido el inmigran-, te, ya radicado en el país, désele la seguridad de que no será expulsado en tanto no medie una resolución judicial, fundada en actos contrarios á la ley ó perjudiciales á la nación que le ha acogido en su seno. Establézcase, si se quiere, un procedimiento sumarísimo, pero déjese en manos del Juez la libertad del residente á fin de que tenga el derecho de defensa.
Sólo así recobrará la tranquilidad que ha perdido el colono, aumentando la resistencia que ofrece la estancia en el campo, cuyo fomento de población debe de ser el capital interés de la República. Puedo declarar, porque lo he oído en el seno de la intimidad, que aun los más reñidos con todo linaje de radicalismos, ante la ley de Residencia han sentido hondo sobresalto, previendo la contingencia de ser víctimas de ella. Es más, algunos hay que han realizado sus escasos bienes, y han emigrado de su patria adoptiva, aquejados del natural temor que inspira una ley ejecutiva tan sumaria que no consiente
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defensa, aun cuando sea del todo evidente el atropello.
El Jefe de la Sección de Inmigración, D. Juan A. Alsina, departió largamente con nosotros acerca de esa desproporción entre la cabeza y el cuerpo de la República, y sus opiniones causaron cierta mell^ en mi ánimo. La grandiosidad de Buenos Aires, que parece un desequilibrio morboso, comparando su población humana con la del resto de la nación, se explica, si bien se considera, que el inmenso territorio de la República no aparece tan despoblado si á los hombres se suman los ganados que viven en sus praderas, trabajando inconscientes, sin interrupción, para la mejora de su suelo y el aumento de su riqueza. Estas reses que, solas, discurren entre los alambrados, son genuinos productores que con su labor incesante fertilizan la tierra y ayudan al desenvolvimiento y sostén de la Argentina. Según el censo de 1901, la ganadería argentina comprende 30 millones de ganado bovino, 5 millones de caballar, 500,000 de asnal y mular, 120 millones de lanar, y unos 4 millones entre porcino y cabrío. En conjunto, 159 millones y medio de cabezas, que en doce años (desde 1888), ha aumentado en 60 por 100. Esta población animal, repartida en una extensión de 3 millones de kilómetros, ocupa un kilómetro cuadrado por cada 53 cabezas, mientras la población humana no llega á dos habitantes por igual extensión, Pocas ciudades habrá en el
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mundo que aventajen á Buenos Aires en punto á población caballar, ni que tengan esa copia de vacas lecheras que producen sin cesar para el sustento de la población. Entre carros y carruajes, el número de vehículos, prescindiendo de los tranvías, pasa de 20,000.
Por todas estas razones, Aisina sostiene que no hay que considerar á Buenos Aires tan sólo como capital de los hombres, como metrópoli de la población racional, sino como la capital de todos los seres que viven en la República, la ciudad cabeza de los ganados, el emporio de la hacienda, como llaman al conjunto de las reses en la Argentina. De esta manera se justifica su grandiosidad y aparente desproporción, porque en ella se condensa toda la producción y el crecimiento de la vida zoológica, convirtiéndola en núcleo de una población enorme que, con su labor no interrumpida, transforma y enriquece la tierra que es la base física, moral y económica de la nacionalidad. Desde este punto de vista Buenos Aires se trueca en la capital de 160 millones de seres productores que encuentran en ella el corazón que impulsa el torrente circulatorio' de la riqueza creada y la nueva energía que reclama el esfuerzo incesante.
Según mi propia manera de ver, ha influido grandemente también en este desarrollo excesivo de la capital la fabricación, ó sea el empeño por desarrollar las industrias manufactureras, forzando la evolución del desenvolvimiento eco-
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nómico. Un país que está en los comienzos de su crecimiento, que tiene toda su potencialidad en el suelo desierto c inexplotado, á fuerza de una protección exagerada ha querido implantar toda suerte de industrias, robando gente á la industria natural en la Argentina: la Agricultura. Esto ha sido origen de la aglomeración urbana que sufre la República, causa manifiesta de dos males que no se conciben en un pueblo joven y donde toda actividad tiene aplicación adecuada: el pauperismo y el proletariado. La industria retiene en las urbes la masa que requiere el campo, los brazas que pide la tierra generosa que guarda en sus entrañas tesoros que responden siempre al trabajo.
Después de haber visto Buenos Aires, donde la gente sobra y hay hambrientos, pensando en las grandes comarcas faltas de hombres y pródigas en frutos, se siente uno fisiócrata, creyendo que sólo en la tierra, en el suelo y en el subsuelo se encuentra el manantial de la riqueza. Más, todavía, cuando vemos confirmado ese contraste doloroso que señala tan bien Georges entre el progreso material y la miseria, entre el mayor lujo y la pobreza más profunda que se observa en las grandes ciudades, donde la propiedad de pocas áreas de terreno constituye un patrimonio. Por una gran injusticia, es allí donde el Droducto del trabajo se acumula á favor de los lue no trabajan, y donde la labor social y co- 'ectiva aprovecha á los que permanecen cruza-
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dos de brazos, limitándose á ser poseedores de un trozo de tierra baldía.
Imaginad por un momento la ciudad sola, después de un cataclismo que hubiese inundado nuevamente la llanura incomensurable, y tendríais la laguna que desaparece cuando se agotan los manantiales que proveían á su caudal. Y, sin embargo, la ciudad es ingrata con el campo: en los países viejos la vemos atrayendo á sí por todos los senderos á los habitantes del campo, y en las naciones jóvenes intercepta el paso de los que debieran ir al agro; aquí despuebla la campiña, y allí impide poblar las grandes extensiones que esperan la llegada del hombre para mandar á la ciudad sus frutos.
Fijándonos en el reverso de la medalla, no negaremos que una gran ciudad se convierte en foco donde se concentra la vida y la cultura, siendo una escuela de sociabilidad y un centro apropiado ;para la selección de los hombres. El cuerpo padece en su ambiente, pero el nivel intelectual se eleva, sucediendo que la citidad, por cada cien que retiene en su seno, envía uno al campo con facultades directivas y pensamiento propio. Además, una gran capital es la cifra que hace ostensible la prosperidad ó la valía de un pueblo desde el exterior, calificando á un pueblo ante el mundo, y en este punto los bonaerenses pueden envanecerse de haber conquistado para su ciudad el título de París de América,
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El ideal fuera aprovechar la ciudad y su estancamiento humano para filtrar la inmigración, como se depuran las aguas de un río en los grandes depósitos que sirven para almacenar las aguas corrientes. El problema consiste en aprovechar la condensación de hombres que se produce en la capital para derivar raudales que vayan á fecundizar la tierra inexplotada. Conseguir lo contrario de lo que se produce en los países viejos: la emigración de la ciudad á los campos.
El coronel Holdich, que recorrió todo el país, fijándose en los terrenos baldíos á corta distancia de la colosal metrópoli que absorbe la mitad de la inmigración nacional para distraerla en tareas manuales é improductivas, llegó á la sana conclusión de que para corregir esa tendencia hipertrófica es necesario implantar la colonización, sin la cual la emigración nada significa, difundiendo la población por virtud de iniciativas que la estimulen á formar centros de industrias rurales.
Hay que desbordar el remanso, deshinchar la gran capital, quitando campo de a,cción á los funcionarios y á los oficinistas, convirtiendo á los proletarios en agricultores, trocando los glóbulos blancos de la sangre estancada en los glóbulos rojos de la sangre circulante.