Sangre nueva : impresiones de un viaje á la America del Sud · Capítulo real 15 de 35

Capitulo XIV

Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 3 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.

Capitulo XIV

Santa Fe. — Los españoles en América después de la IndependeDcia de Cuba. — Españoles é italianos. — Como se suman y restan. — El Rincón de San Antonio. — El esfuerzo de un hombre para mejorar el suelo y la raza. — Los delanteros. — El hachero. — El colono. — El ganadero. — La evolución del trabajo. — Puesta de sol.

ímsí

Jalimos de Rosario para Santa Fe al día siguiente, cautivando nuestra mirada desde el cómodo Iren los campos de lino en flor que, con su matiz azul obscuro en medio de la verde extensión de los trigales y alfalfares, ofrecían el aspecto de aguas pantanosas sombreadas por las nubes.

Al llegar á la estación, encontramos lleno el

andén de gente que nos esperaba, dándonos la

bienvenida D. Ramón Ortíz Jiménez, Presidente

del Centro Español.

Un anciano me abrazó conmovido. Era cata-

1 y en catalán me dijo temblando de emoción:

Estich be y treballo, pero no hi puch fer mes;

.mpre hi pensó ab aquella térra».

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Las lágrimavS asomaron á sus ojos y desapareció, sin que luego le viera en parte alguna. Adiviné en él á un hombre que tiene cerradas las puertas de la patria, y me inspiró compasión por su constante pena nacida de un deseo irrealizable.

Por la tarde visitamos la Casa de Gobierno, un viejo edificio que fué residencia del antiguo Gobierno colonial.

En sus salones se reunió el Congreso Constituyente de 1852 y la Convención de 1860, lo cual le ha revestido de doble valor histórico.

Recorrimos luego el moderno y espléndido Palacio del Consejo de Educación y Escuela Normal, cuya magnificencia acredita la excepcional importancia que conceden los gobernantes á la educación nacional. Mucho infiuye en las aficiones del niño la atracción del local que se destina á escuela, al propio tiempo que el maestro se siente poseído de mayor ascendiente cuando el aula es amplia y luminosa. Una de las cosas que más' contribuyen en nuestro país á la desconsideración del maestro, es la pobreza y muchas veces la suciedad de la escuela.

Por esto admiré el exagerado lujo que despliega actualmente la Argentina en los edificios para escuelas, por lo mismo que con ello se tiende á dignificar al Maestro y á enaltecer la educación

Cuando entramos en el Gran Salón del Con se jo, y oímos allí entonar por centenares d niños el Himno de confraternidad hispano-ar

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gentina, que desde hace poco tiempo se canta en todas las grandes solemnidades, nos embargó profunda emoción. En aquella explosión de voces infantiles, que pregonaban la reconciliación con el pasado histórico, palpitaba el nuevo sentimiento que ¡liga á España con sus antiguas colonias emancipadas. Para engendrarlo ha sido esencial que se haya consumado la total independencia de América, desapareciendo la última huella de la dominación material que mantenía doquiera la aversión al régimen, confundiendo en un solo cuerpo el Estado y la Nación. Hoy España no puede ya enviar á América militares ni empleados, no puede ya fraguar én la oficina el interminable expediente; sólo cuenta para pro'seguir. su obra con el emigrante y con el producto ; la literatura indigesta de la Gaceta ha dejado el campo libre á la producción literaria y artística, y el poder de expansión ha llenado el sitio que ocupaba el pie dominador, entrando triunfante la Nacionalidad allí de donde salía vencido el Estado.

Es un hecho evidente que los españoles han salido ganando en América con la pérdida de las Antillas ; antes eran las víctimas de los errores y vicios de sus gobernantes, y en todas partes se veían obligados á sostener el choque con ^''s americanos simpatizadores de los llamados

fbusteros de Cuba. Suprimido el motivo que.

íaba los bandos, al tiempo que aparecía amena-

ior el peligro yankee, los españoles vieron de

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proiilo cambiada por completo su posición. Los adversarios se trocaron en amigos y aliados; de una manera inconsciente comenzaba á imperar el sentimiento de la nacionalidad y el patriotismo de la raza.

En toda- la América española y muy especialmente en la Argentina, el núcleo español existente lo forman los habitantes del litoral de la Península; vSe ha constituido, excepto en las Antillas, después de la Independencia, por medio de la emigración expontánea de los que tuvieron un día prohibido el acceso en América, y está compuesto de hombixís que han triunfado por el trabajo, representando un elemento de colonización en vez de un instrumento de conquista. Esto justifica en gran parte el cambio de frente que se ha operado en América respecto á los españoles, una vez libres de la responsabilidad moral que les alcanzaba por la política de la metrópoli en las Antillas, con cuya independencia todas las naciones simpatizaban. Hoy han visto claramente que los españoles son allí un elemento de cultuva y de progreso, transformados por completo en aquel medio ambiente estimulante.

En la Argentina, que es la nación que he podido estudiar más de cerca, la emigración italiana sumada á la española ha asegurado el imperio de la raza latina en la América Meridional, pero la emigración española es la llamada á mantener el equilibrio' y á fortalecer la poten-

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cia asimiladora de la joven República. Hasta nuestros tiempos el colono italiano ha sido absorbido, pero si se producía nuevamente la avalancha de otros días, difícilmente se sustraería la América del Sud al predominio italiano, á no mediar la fuerza compensadora de la inmigración española, sin la cual no acumularía resistencia- bastante para impedir su absorción el núcleo nativo. El español aporta una serie de elementos similares y representa un sumando para vencer en la lucha. De ello han tenido plena conciencia los gobernantes argentinos, que miran hoy con marcada simpatía la inmigración española, muy especialmente en la provincia de Santa Fe, donde el italiano ha logrado fundar en el campo verdaderas colonias que conservan su carácter originario. El Ministro de Gobierno, Julián V. Pera, y el Vicegobernador Sr. Miguel Grandoli, por más que son argentinos en cuerpo y alma, ostentan ya apellidos italianos, lo que no se observa en las demás provincias, cuyos gobernantes lucen casi todos nombres muy españoles.

Esto no quiere decir que los españoles se consideren como enemigos de los italianos, habiendo tenido ocasión de comprobar la marcada inclinación que les lleva á cruzarse, sino que son tenidos lógicamente como un elemento natural para evitar el desequilibrio, y un medio adecuado para favorecer la gestación de un tipo étnico en que predomine la raza íbera.

Precisamente tuve el gusto de hablar largo y tendido acerca de este asunto con un médico catalán, compañero de mis años juveniles, establecido desde larga fecha en un pueblo importante de Santa Fe. Dicho amigo me confesó que para visitar en el campo, se había visto obligado á aprender el italiano, pues se encontraba con frecuencia en casas y pueblos enteros donde no se hablaba una palabra de castellano. Añadía sin embargo que no era posible negar que á esos italianos se debía principalmente la riqueza del agro argentino, secundados por los españoles, de manera que, ponderando el trabajo de los unos y los otros, en parangón con la indolencia de los naturales propensos á la burocracia, me decía : « Cada extranjero debe mantener aquí con su trabajo á dos hijos del país».

En el coche salón del Gobernador de la Provincia, puesto galante^iente á nuestra disposición, salimos á la mañana siguiente para San Justo, estación del ferrocarril de Santa Fe. Al partir se juntaron á la comitiva los Sres. Saralegui, Arostegui, López Gomara, Escriña y Landaburu, que llegaron en el mismo tren de Buenos Aires para pasar unos días en el Rincón de San Antonio, que era el final de nuestra jornada.

Hace veinte años, en San Justo no existía ni asomo de población europea, siendo los indios dueños por completo del campo. En esta población moderna, de calles anchas y arboladas, que cuenta 1,200 habitantes, lo que más resaltó á

nuestros ojos fué el edificio para escuela, mixta de niños y niñas, que facilita instrucción á 272 alumnos. En su mayoría vienen de las estancias, á caballo, de manera que junto á las escuela hay un patio destinado á tener los brutos.

Esta escuela, con su taller de trabajo manual, donde se construyen los utensilios propios de la misma, es la base de las superiores escuelas de Artes y Oficios. Los niños traen al taller madera, y, bajo la dirección del maestro, construyen muebles que son luego de su propiedad. Así se despierta en el niño la afición á los oficios, que son los grandes auxiliares en esta existencia que exige un gran cúmulo de aptitudes y habilidades, ya que se encuentra el hombre mtiy á menudo en circunstancias que no puede valerse del concurso ajeno.

Es notable la cooperación que presta la iniciativa particular al Estado para que la escuela llene perfectamente su cometido. La mayor parte del material de la escuela se provee con recursos de los vecinos, según nos manifestó el Maestro, un alemán que poseía á la perfección el castellano. El primer paso para la mejora de la instrucción en la Argentina, lo dio Sarmiento, provocando una gran inmigración de maestros yankees.

Desde San Justo proseguimos nuestro viaje en jardinera, siguiendo la ancha vía que vienen obligados á deja>' los estancieros para el tránito público.

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Antes de media hora llegamos á la tranquera del Rincón de San Antonio.

Este famoso establecimiento situado al Norte de la provincia de Santa Fe, en la confluencia del Río Salado y el arroyo de San Antonio, se compone de ocho estancias. En 1707 fué poblado y bautizado por los jesuítas, quienes lo adoptaron como punto de partida para hacer sus jornadas al int.erior, principalmente á Tuctunán y á Santiago del Estero, por reunir muy buenas condiciones para aguada y pastos.

Fué cedido á Urquiza por el Gobierno de Santa Fe, después de la guerra del Paraguay, en recompensa de los servicios prestados por dicho general, y la familia de Urquiza, al ocurrir su muerte, lo vendió á D. Antonio Saraleguí. Comprendía 20 leguas españolas; más tarde adquirió el Sr. Salaregui otras veinte contiguas, y formó una sola finca de 108,000 hectáreas.

Lo admirable, cuando cualquiera se fija en tan inmensa extensión, es que todo aquello haya sido organizado por el esfuerzo de un solo hombre. Enérgico y perseverante, el Sr. Saralegui, que se ha formado por sí mismo, cuando adquirió el Rincón de San Antonio ignoraba por completo las prácticas agrícolas , teniendo únicamente nociones escasas de ganadería por haber sido su padre ganadero. Desde el pobre caserío de Somorrostro, acostumbrado á la mísera hanegada donde se aprovecha el palmo de tierra, vino á esas extensiones sin límites, donde lo que

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se pierde en caminos solamente constituiría una finca colosal en España, y con su talento organizador y su espíritu de observación, tiene hoy perfectamente organizados el funcionamiento y la administración, de esta enorme finca.

La primera exigencia de una finca como el Rincón de San Antonio, que tiene por base la ganadería, es la defensa del alambrado, que abarca aproximadamente en la que nos ocupa 200 leguas lineales, con siete hilos de alambre que representan en conjunto (á razón de 5,196 metros la legua) 7,274 kilómetros. Para sostener este alambrado, se clavaron en el suelo 300,000 postes de madera de ñandubay, cortados en los bosques del mismo establecimiento.

Tiene D. Antonio Saralegui al frente de la explotación á su sobrino Ovidio Arenaza, un vasco joven, recio, que posee todas las cualidades indispensables al delantero. Trabajador, sufrido, valiente, es un colono que hace sentir su superioridad natural sobre la hueste que gobierna; cuando quiere es un gentlemán y cuando conviene un gaucho. Cazador, jinete, dispuesto á la fatiga, pronto y apto para resolver cualquier dificultad manual, es el hombre que se requiere en aquel pequeño Estado donde hace falta una voluntad regida por una inteligencia positivista.

Cada estancia funciona autonómicamente bajo a dirección del Administrador general. Dos mayordomos de campo reciben las órdenes de la

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Administración y las transmiten á los capataces que están al frente de cada estancia.

En todo el establecimiento viven unas 700 personas, siendo el personal permanente del mismo 125 hombres, consagrados todos á la ganadería.

Los hombres de á caballo se dedican exclusivamente á parar rodeos, á hacer apartes de ganado y á recorrer los campos, siii bajar nunca de su montura. Los peones se consagran á los trabajos manuales, pudiendo comer carne á discreción unos y otros, que, con la yerba mate, constituye su alimentación exclusiva. Se les asignan cuatro kilos al mes de yerba mate, que es su bebida obligada, con la cual suplen el vino y las bebidas alcohólicas, de uso prohibido en la estancia. La yerba mate domina en absoluto á estos hombres, que prescinden del vino, y no conciben la vida ni el trabajo sin esa infusión maravillosa que es un alimento de ahorFO, un estimulante y al mismo tiempo un narcótico. Cuando chupan la bombilla, recuerdan á los chinos fumadores de opio por su actitud soñadora, y en seguida nos muestra la agilidad del marino despierto por el café.

Además de los trabajadores hay para el servicio del establecimiento 1,600 bueyes y 1,000 caballos, sin contar los 500 cedidos á los colonos para las faenas agrícolas.

El establecimiento comprendía una parte de bosque, otra de prado primitivo y otra de bagados. En esa extensión pastaban libremente

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las manadas de ganado salvaje, que era preciso cazar con el lazo. Eran terrenos que se prestaban aún á las incursiones de los indios, que habían sido, hasta muy entrada la última centuria, dueños y señores de aquella región.

Una vez alambrado el establecimiento, puede decirse que tuvo en su poder y pudo distribuir á su antojo la Hacienda criolla >que pastaba y corría libremente por la llanura. Y una vez en condiciones de poder transformar esta raza inferior y esta tierra inculta, D. Antonio Saralegui realizó una labor parecida á la de los políticos, grandes hechores de pueblos, una labor empeñada de refinamiento.

Para llegar al resultado que se proponía, acudió á la inmigración de razas superiores; importó de Europa y compró en la Argentina los más selectos reproductores que se le presentaron para mejorar su raza. Hoy posee más de dos mil toros y ouarenta y cinco padrillos, y con arle va seleccionando los tipos, y afinando la raza. La raza criolla primitiva, degenerada, merced á esa constante sekcción, se ha metamorfoseado y se confunde ya con las primeras razas europeas.

Una de las preocupaciones mayores del estanciero ha de ser el llevar á cabo un buen censo de población animal, y en esto el Sr. Saralegui ha llegado á la perfección. Como está el ganado perfectamente distribuido, puede contarlo y recontarlo por grupos, siempre que quiera, llevando

además un registro en el que constan diariamente, úe lima maneira exacta, los animales que nacen, los que tee sacrifican y los que mueren, con el número de pieles aprovechadas, señalando por kilos el consumo y los despojos. Una innovación acertada es la de tener xm. hombre dedicado exclusivamente á recoger las carroñas, que arroja en un tacho para aprovechar la grasa y los despojos, por cuyo medio realiza un lucro y gana la higiene.

Para refinar la raza era necesario también refinar ^1 campo, y esta ha sido otra de las tareas ^ del Sr. Saralegui. La primera operación era la de cortar árboles para roturar el terreno, y la segunda la de convertir el prado natural y primitivo en pradera artificial y selecta.

En los extremos todavía se encuentran los hacheros, viviendo por su cuenta en pequeñas chozas de paja, al amparo de irnos árboles, quienes realizan la labor primaria de talar el bosque, preparando el terreno para la roturación.

En aquellas tierras vírgenes, cubiertas de matorrales y pasto ordinario, se acude luego con el arado y viene ya el agricultor en pos del hachero que representa el nómada, llevándose á cabo la evolución progresiva de las agrupaciones humanas. Allí se siembra lino ó alfalfa, y, una vez segado el lino, queda ya arraigada perfectamente la pradera artificial.

Para llevar á cabo esta transformación de la tierra y del ganado, había que resolver el pro-

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blema hidráulico. Hay quince leguas de costa en el río Salado, y cuando llueve abundantemente parte de las reses se abrevan en este río, mas cuando hay sequía se pone amargo, y no puede aprovecharse. Para el servicio del establecimiento se necesitan 4.300,000 litros de agua diarios, existiendo dos capas de aguas subterráneas, la primera que se encuentra á una profundidad de uno á ídiez metros, y la segunda á la de diez y ocho. Estas lagunas subterráneas salen á la superficie por medio de cuarenta norias convenientemente distribuidas en cuarenta zonas calculadas, por medio de las cuales se colman grandes depósitos que, á su vez, llenan automáticamente los abrevaderos para los animales.

La poca profundidad del agua permite en muchos sitios la siembra de la alfalfa, que es el pasto más codiciado, y, una vez hecho el alfalfar, ya no hay que preocuparse de su cuidado, convertido en pradera durable. En coche atravesamos campos inacabables de alfalfa, cubriendo, entre las varias estancias, más de 17,000 hectáreas.

Después del rancho improvisado del hachero que cambia de sitio todos los días, contemplamos el carro ambulante, habitación del colono, que se dedica á roturar tierras recién preparadas. Esta es la verdadera y útil habitación del

olonizador, que tiene casa fija, pero que no rauca aún en el terreno. Llega á donde quiere ín su casa portátil y tiene siempre seguro refu-

gio; abre una zanja para asegurar las ruedas del carromato, se previene contra las lluvias y los vientos, labra un pequeño depósito para abrevadero de animales, y ara luego y siembra con su máquina incansable. Una vez terminado el trabajo, va más allá y otra vez fija su habitación para roturar nuevos terrenos. Es el fecundador del suelo que se perfecciona, libre de matorrales, trocándose, gracias al arado y á la siembra, en hermosa pradera, abriendo espacio á la ganadería. En ese nuevo ambiente, creado por el Jiombre, la raza criolla va á su vez mejorándose por medio de estudiados mestizajes que la aproximan cada vez más á las razas puras. Nos hemos asombrado ante un rodeo de vacas finas (raza Herefort) pesando la mayor parte más de 1,000 kilos.

Generalmente, los colonos que emprenden las labores agrícolas toman la tierra en arrendamiento, pagando al dueño el 15 por 100 de los productos brutos. Se les anticipa el dinero (sin interés) para comprar herramientas, útiles, semillas y animales. De la cosecha reembolsan al establecimiento las sumas que se les han anticipado sin garantía. El contrato es por uno ó dos años, con obligación de sembrar en la última cosecha semilla de alfalfa que se les proporciona gratuitamente. En la pasada cosecha se sembraron 6,800 hectáreas con 120,000 kilos de semilla de alfalfa que costaron 84,000 pesos nacionales, incluso los fletes. Los animales de

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trabajo vacunos son del establecimiento (se les entregan novillos chucaros y los convierten en bueyes), mientras el ganado caballar se ks vende.

Roturado el terreno y convertido en pradera por el trabajo agrícola, aparece la ganadería, pero no la criolla que podía vivir entre matorrales y gramíneas, sino el ganado aristocrático, restaurado por las dos grandes fuerzas progresivas, la selección y el medio ambiente, ambas manejadas por el hombre.

Casi todos los colonos que ayudan á ese mejoramiento de las tierras son italianos del Norte, gente sobria y conocedora de las faenas agrícolas.

. En cambio los ganaderos son en su mayoría vascos, especialmente los dedicados al tambo, que es el lugar destinado á las vacas de leche, junto al cual surge la cremería ó fábrica de quesos y mantecas. Esta es ya la forma más útil y perfeccionada de la ganadería, la última evolución que nos lleva á la industria, que hace posible la vida de una población mayor y provoca la agricultura intensiva.

Contemplando de una manera tan clara como una sola voluntad puede cambiar un desierto, haciendo de los yermos praderas y transformando las razas indígenas degeneradas por la pobreza del medio, adquirí el convencimiento de que "un solo hombre puede variar el modo de jer de un pueblo, regenerando su suelo que

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corre parejas con la decadencia de la raza, y refinando sus pobladores por medio de la importación de verdaderos elementos de cullura exóticos.

Me distrajo de estas meditaciones el espectáculo de una puesta de sol espléndida. La llanura, grandiosa y monótona como una laguna verde, hacia el occidente, cuando el sol se acercaba al horizonte, se ha convertido de súbito en un mar lejano. Un tenue vapor rosado se cernía sobre la planicie y el sol majestuoso, como un globo inflamado, ha ido descendiendo hasta penetrar en las entrañas de la tierra. Su disco se hundía lentamente y al desaparecer han brillado en el ocaso llamas que parecían de un apartado incendio. Entonces ha cesado la hermosa ilusión del mar, reapareciendo con tonos obscuros el verdor de la pradera infinita. Los animales permanecían inmóviles destacándose sus siluetas en el cielo luminoso, y, al par de una apoteosis teatral, iluminóse el ocaso con el rojizo color de las bengalas, mientras llenaban el espacio los mugidos de los bueyes, los relinchos de los caballos y los balidos de las ovejas, como un canto de despedida al sol poniente. Duró el crepúsculo largo rato, y luego quedó sumido todo en el silencio.

Cuando íbamos para la casa, con el ruido de nuestros pasos turbábamos el sueño de las aves dormidas en los árboles, que se agitaban con suave rumor de alas, á un tiempo que millares

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de luciérnagas voladoras cruzaban sin el menor ruido el aire en todas direcciones, como estrellas fugaces.

íbamos marchando silenciosos, pareciendo que del cielo caía ima niebla de tristeza que se infiltraba en todas las cosas.

Capitulo XV •

El gran reposo. — Ginetes de nacimiento. — Tipos gauchos. — El ladrón por naturaleza. — Como termina un drama. — El hombre boa. — El trabajo de los gauchos. — La obra de los vascos. — Cruzamiento de vascos é indias. — Tipos vascos. — Rostros infantiles. — Misteriosa gestación de un tipo nuevo. —Cochero millonario. — Perspectivas futuras.

5|esi)e que salí de Barcelona no había dormido con la intensidad que he logrado esta noche en el Rincón de U San Antonio. He podido dormir completamente á obscuras: la ventana tenía postigos. Además la fatiga de estos días imponía un fuerte reposo. ¡Ni brindis, ni lunchs, ni discursos !

Desde la mañana al anochecer hemos recorrido el establecimiento en todos sentidos, siempre en coche, pasando de uno á otro espacio cerrado por las alambreras, á través de los pasos cuyas puertas se cierran automáticamente. Y en todas partes he visto tipos humanos distintos, dignos todos de estudio.

En estos campos nadie va á pie. Así como en mi pueblo, los niños, apenas pueden tenerse, se

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echan al mar y con seguridad nadan, aquí los suben á caballo y en seguida montan. Todos son jinetes de nacimiento.

Según me han dicho, en el período de las guerras civiles se daba el caso estupendo de llegar á una estancia una partida de gauchos á pie y salir, formando regimiento, montados en potros salvajes.

Cuando el gaucho está ebrio y no puede mantener el equilibrio, lo suben al caballo, y, una vez en la silla , se encuentra completamente seguro.

He tenido nueva ocasión de codearme con los gauchos. Me he fijado en su indumentaria: pantalón bombacho, botas de montar, un mandil de cuero, un pañuelo de seda al cuello y chambergo de alas anchas. En el dorso, cruzado con el cinturón, lleva el enorme facón, y sobre las ancas del caballo el indispensable lazo. En días de frío y lluvia cuelga' de sus hombros el poncho de juanaco ó de vicuña. El antiguo chiripá, que substituía el pantalón, ha casi desaparecido en estas latitudes.

Otra vez me intrigó el carácter místico de sus canciones. La idea de la muerte y de la otra vida salen á relucir continuamente al acompañamiento monótono de la guitarra.

Fijóme de nuevo también en el sumo cuidado que ponen en el hablar, procurando no usar palabras imperativas y evitando el empleo de vo- ^es que impliquen injuria, aun en los casos más

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justificados. Así, cuando denuncian un robo, no citan nunca este vocablo, y se contentan con decir que se les ha extraviado ó perdido alguna cosa. ¿Tendrá esto su origen en la sumisión en que vivieron un tiempo y en la necesidad de emplear estudiada dulzura y respeto, aun cuando clamasen justicia? El temor y el recelo, transmitidos por la herencia, tal vez han contribuido á este rasgo distintivo, á la vez señoril y rastrero.

Hemos presenciado una carrera de caballos en que tomaron parte más de treinta jinetes. El premio era un revólver de Eibar. Al avanzar entre nubes de polvo haciendo retemblar la tierra y profiriendo alaridos estridentes, producían pavor porque evocaban la imagen de la irrupción de las hordas salvajes. Estaban en su elemento tirando el lazo y domando potros, pero descubrí luego que su pasión suprema era el juego. Se jugó á la taba (hueso de vaca) y en un momento se cruzaron centenares de pesos. Ya no se pensó en otra cosa ni se interrumpió el juego, encendiendo al llegar la noche platos llenos de sebo para salvar la obscuridad.

Han acudido hoy los trabajadores de todas las estancias, invitados por el Sr. Saralegui, excepto los encargados del ganado, peones á caballo que hacen el oficio de nuestros mastines. Rompiendo la consigna, se les ha obsequiado con una ración de vino, y con este motivo, á pesar de la tasa, han menudeado las borrache-

ras, quizás porque abundan los alcohólicos y el simple olor del vino les altera.

Cuando estábamos más distraídos, del grupo de los jugadores salieron voces de disputa y en seguida ha sonado un tiro, corriendo allí los capataces, resultando que se habfa disparado al azar una pistola, que otra cosa no pudieron sacar en limpio. Por lo visto, están apercibidos siempre para la confabulación. .

Entre los ejemplares allí reunidos, sobresalía el de !un negro ladrón que, sin rebozo, confesaba su instinto perverso. Había sufrido varias condenas, pero resultaba incorregible. « Dios me ha dado el vicio de robar, nos dijo, y es inútil que pretendan quitármelo los hombres ». Era sobre todo un gran ladrón de caballos, explicándose la especialidad de su rapiña por haber tenido á mano durante casi toda la vida los potros salvajes que vagaban sin dueño por el cam- ,po. Habitante de un territorio en que la ocupación de It tierra por uno solo era reciente y acostumbrado al aprovechamiento común, no comprendía la razón de la propiedad individual, Al preguntarle al Sr. Saralegui por qué le dispensaba este derecho de asilo , contestónos : « Este es más temible fuera que dentro. Aquí, como tiene el disfrute de todo, nada codicia; únicamente peligra lo que pasa por la estancia. No hace mucho robó el caballo del Comisario de Policía que durmió una noche en casa y trabajo nos costó rescatarlo ».

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Mirando con atención á aquel hombre que con tanta franqueza confesaba su instinto criminal, no supe ver en él la facies del delincuente nato de Lombroso, pareciéndome en cambio vislumbrar la simplicidad brutal del hombre primitivo.

Me mostraron á un indio mestizo que vivía amancebado con una mujer, de quien abusó un compañero. Desafióle y se batieron á revólver, cambiándose cinco balas que dieron todas en el blanco. Aquél logró curarse y el otro murió á consecuencia de las heridas. El abogado del reo basó la defensa en el hecho de haber matado en defensa propia; pero, contestando al fiscal, manifestó el procesado que al salir de su casa el día del hecho llevaba ya la intención de matarle. Cuando le recriminaron por esta respuesta, que echó por los suelos los argumentos de la defensa, repuso que creía que decir la verdad era motivo para que le hicieran justicia, considerando lícito el desafío. Elto le valió cinco años de prisión. Al salir xie la cárcel fué admitido en esta estancia, donde casualmente la mujer que motivó el duelo vive en compañía de un capataz. Presentóse á la mujer invitándola á reunirse otra vez, pero ésta le manifestó que ^ hacía ya años que estaba con el capataz, quien la trataba ¡muy bien y que no quería abandonarle. Resulta ahora que trabajan á veces juntos en las labores del campo, como si nada hubiese mediado entre ellos.

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Un correntino, tipo marcadamente indio, nos fué presentado como hombre que no quiere dinero ni sabe lo que significa. Trabaja cuando quiere, echa mano de una res cuando el hambre aprieta y en un día se come un cuarto de vaca, siendo luego capaz de dormir cuatro días seguidos, hecho un hombre-boa.

Generalmente duermen á la intemperie y son sobrios hasta la exageración, y, en punto á trabajo, no tienen precio para esas faenas independientes cuya filiación se encuentra en las de los indios salvajes. Nadie mejor para la ganadería ruda que sacrifica la res para tener la piel, ni para las primeras labores confiadas al hachero que habita en el bosque en plena independencia. Reñidos con la disciplina y faltos de cultura, son, sin embargo, indispensables en esta zona semibárbara, donde impera un régimen de transición que no destruye lo existente, sino que simplemente lo aprovecha y lo mejora.

Para esta labor de refinamiento basada en la alta mestización, el vasco viene á completar al gaucho, como las razíis europeas son el complemento del ganado criollo para llegar á los tipos superfinos.

Es singular la facilidad con que los vascos se

cruzan con las indias ó mestizas. Un mestizo

^e visto (llamado Velázquez) que hablaba tan

ólo guaraní y que parecía arrancado del cua-

ro de «Las Lanzas». Al pensar que en las

ínas de muchos de aquellos hombres circula

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sangre de los altivos capitanes de la Conquista, me parece asistir á la decadencia de dos razas, y al mismo tiempo se me ocurre presumir que el gaucho tiene quizás sangre vasca en las venas.

Los cántabros y los astures, que emprendieron la reconquista de la España árabe, sé mezclaron con los moros y dejaron marcado su cruce en Andalucía. Sabiendo que fueron los andaluces los que primero poblaron estas soledades, mezclándose con los indios, no se juzgará tan descaminada mi suposición, que explicaría en parte aquella afinidad electiva.

Esta inclinación natural de los vascos contrasta con la resistencia de los italianos, que no se cruzan, por regla general, hasta la segunda generación.

Tuvimos ocasión de contemplar algunos curiosos tipos vascos, entre ellos un piloto que condujo hasta el Paraguay un vapor de Casado del Alisal, y que, cuando éste abandonó sus negocios, se encontró sin cargo y sin recursos, habiendo aceptado el mísero empleo de portero en la estancia Petronila, como hombre vencido que se conforma ya hasta con lo más insignificante.

tln vasco, casado con una india, me abordó completamente ebrio. Al preguntarle si había renunciado á volver á su país, se serenó como si le hubiese aplicado un tarro de amoníaco á las narices, exclamando: «¿Cómo no? Pero quiero volver con pesos. Si vuelve usted á Es-

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paña, añadió, le quiero dar algo para la vi^ja ». Y se enterneció, acordándose de su rtiadre.

— ¿Es usted el casado con la india gorda?

— No, señor, contestóme, la mía es linda. Por fin vimos á los ingleses, al cuidado del

ganado lanar. Allí estaban, como en todas paríes, tomando su baño, bebiendo su te, apurando el wisJcy, leyendo The Times, sintiendo la repugnancia de las razas interiores, al par que son los primeros mestizadores del mundo con las razas animales.

Lo más digno de estudio es sin duda la gran diversidad de tipos que ofrecían los chiquillos. En muchos rostros infantiles surgía la efigie india suavizada por la sangre europea; en otros, Jos ojos negros del meridional en consorcio cbn la blancura mate de los sajones; se veía reaparecer el negro en rostros cobrizos, y, entre los hijos de una misma india, se observaba ya el refinamiento de la raza á influjo de cruzamientos indefinidos.

Revelábase en aquella variedad de rasgos, el choque de razas diversas que pugnan por a justar el tipo himiano al ambiente; la misteriosa gestación de un hombre destinado á encarnar, el espíritu nacional de este inmenso territorio que clama para su población el concurso de todas las razas del mundo.

Aquí se codean las razas, cruzándose los idiomas y la sangre, elaborándose lentamente el lenguaje y la fisonomía que sellará el caráoter

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de la creciente nacionalidad. Suenan y se entremezclan voces de varios idiomas, desde el antiquísimo guaraní al moderno italiano, dejando marcadas huellas en el habla castellana, cuyas variantes y voces intrusas consagrarán más ó menos tarde* los grandes escritores destinados á florecer en medio de esta vida intensa.

Salimos de la estancia, lloviendo torrencialniente, después de haber pasado allí cuatro días inolvidables que nos rehicieron el cuerpo y el espíritu. D. Antonio Saralegui, envuelto en su poncho, quiso guiar el carruaje, soportando él solo la lluvia, mostrando ser el hombre fuerte y resistente que exige aquella gran obra de avanzada que liaría realizado en su Rincón de San Antonio.

Mientras corríamos por aquella llanura interminable, los ojos se me iban tras de los negros cúmulos que limitaban el círculo del horizonte, sobre los cuales discurrían crasas y cenicientas brumas que les infundían apariencia de montañas, dándome momentáneo alivio de la obsesión de la llanura.

Y, sin querer, volvía á fijarme en nuestro cochero millonario, poseído de verdadera admiración. Por sn formidable impulso se habían allanado los montes, roturado las tierras y abierto anchos espacios á la ganadería creadora y á la agricultura fecunda, los dos grandes manantiales de la riqueza de la República, haciendo avanzar á la civilización y retroceder á la barbarie.

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— Andando el tiempo, me decía, estas cuarenta leguas que coloniza un solo hombre, en las cuales viven únicamente 700 habitantes, serán el asiento de grandes poblaciones. Cuando la emigración afluya á estos parajes y acudan los colonos á roturar los yermos infecundos, se irán poco á poco formando núcleos de población, dividiéndose las tierras, y los prados se convertirán en campos de labor, y los campos de labor en huertas y frutales.

El cultivo intensivo sucederá al cultivo extensivo; el agua, que se encuentra á poca profundidad, irá surgiendo en todas partes solicitada por el hombre; se aprovecharán los ríos y la tierra soportará los medios para que puedan habitarla cada vez mayor número de hombres.

Los ferrocarriles y los canales cruzarán el territorio y lo que fué, quince años ha, desierto dominado por los indios, será un nuevo territorio nacional en el que se levantarán ciudades con todos los refinamientos de la civilización moderna.

Tenía plena conciencia de que asistíamos al crecimiento de una región nueva, donde lo que hoy son estancias serán términos municipales, donde los puestos se trocarán en villas populosas que conservarán tal vez el nombre vulgar con que fué bautizado el puesto por esos mislos hombres que hoy preparan esa transforma-

ón admirable con su labor pródiga de delan-

ros.

Con decir que, en los extremos de la República, existen varios ignorados colonizadores que realizan en el silencio esa misma labor extraordinaria, indispensable para el avance de la masa de inmigrantes; que son muchos Jos que cooperan en todas partes al refinamiento del suelo y de la ganadería que ha de preceder al crecimiento de la población hiunana, 3e vislumbra próximo el progreso inmenso que está reservado á la Argentina.