Sangre nueva : impresiones de un viaje á la America del Sud · Capítulo real 17 de 35

Capitulo XVII

Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 1 tramo técnico para mejorar el rendimiento.

Capitulo XVII

Ciento quince kilómetros de línea en un año. — Riqueza del quebrad 10. — Las nuevas estaciones. — El almacén de campaña. — Las armas de Eibar. — Viaje en la locomotora. — FA ganado en la vía. — Llegada á Concordia. — Situación privilegiada de este puerto. Ventajas de una zona franca. — Los últimos tasajeros. — El paso del Río Uruguay. — Llegada á la República Oriental.

A línea que seguimos es de reciente construcción. Desde Villaguay á Concordia (115 kilómetros) se terminó en tin afio y hace pocos meses que está en explotación.

Según datos que recogí en el camino, el coste de la vía ha sido de 11 á 12,000 pesos por kilómetro, asentándose sobxe durmientes de quebracho. La madera de quebracho, que ha tenido gran aceptación en Alemania, ofrece la veritaja de que, lejos de pudrirse en el suelo, con la humedad de la tierra parece adquirir mayor 'ortaleza. Así es que su mayor coste viene comlensado por su gran resistencia, que la hace iigna del nombre de durmiente, reñido con la dea de descomposición.

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Existen grandes bosque de quebrachos en el Paraguay y en el Chaco, siendo el extracto de quebracho colorado iin curtiente de primer orden, que hoy se emplea en las curtidurías, de preferencia á todos por su rápida eficacia. Así es que la industria que se dedica á producir el extracto de quebracho, ha adquirido sumo desarrollo en la Argentina y en el Paraguay, notándose anual incremento en la exportación de este producto á Europa.

Ofrece, además, este árbol privilegiado, en su fruto y su corteza, raras propiedades medicinales.

Llama la atención el hecho de poderse construir 115 kilómetros de vía férrea en un año, pero basta contemplar aquella llanura sin obstáculos, para comprender la facilidad asombrosa de este avance aproximado de 400 metros diarios, que exige tan sólo la dejación de las durmientes y la fijación de los rieles, siempre en línea recta.

Donde se levanta una estación, surge en seguida el almacén de campaña, y á su alrededor se forma un núcleo de población. El almacén de campaña condensa las exigencias primarias de la vida individual y isocial ; no sólo se encuentran en él los indispensables comestibles y bebidas, así como los artículos necesarios para vestir, sino también ciertos productos que constituyen asomos de refinamiento. No en vano el colono que allí llega, procede de los países europeos y sabe lo que es la comodidad y el adelanto.

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El almacén de campafia brinda al viajero alojamiento y comida más ó menos primitivos, pero de un valor circunstancial enorme. Allí, de momento, se encuentra el botiquín para acudir á un caso urgente, la estafeta de correos improvisada, el club incipiente.

Allí se acumulan el hacha que sirve para la labor iniciadora; el alambrado que determina los límites de las fincas y convierte el ganado nómada en sedentario; las semillas que reclama la tierra y las máquinas agrícolas de última invención, tan dóciles á jia mano del hombre. Lo que menos se puede esperar, en instantes de apuro, allí se encuentra, previsto por la experiencia de largos años ó anticipado por el afán de lucro del comerciante.

Aun el vicio tiene en un rincón su madriguera : el alcohol y el juego, los dos grandes enemigos, acechan desde el fondo del almacén las aficiones nocivas del colono ó los malos hábitos del pasante.

En todos esos almacenes podéis lograr el facón, la guitarra, las boleadoras y las armas de fuego. El facón, disculpable por la necesidad de carnear para comer y que muchas veces abre el paso entre la maleza, heraldo del. instinto pendenciero y fautor del delito de sangre, yace junto al arma de fuego, que es su pHncipal enemigo. En armas de fuego, Eibar domina en absoluto: los revólvers fabricados en la pequeña villa guipuzcoana han penetrado en todas

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partes, disputando el mercado á los americanos y á los belgas. Por más que soy hombre pacífico en extremo, reñido con toda clase de armas, tuve que reconocer allí que el revólver, lejos de significar agresión y violencia, constituye un símbolo de paz y seguridad. Ante el revólver, el facón retrocede cada día y se mantiene quieto en su vaina, la tranquilidad avanza en el campo y el colono va á cualquier lado con un amigo seguro.

Recuerdo que al pasar por Eibar, viendo tantas fábricas dedicadas á elaborar armas de fuego, sentí como un extremecimiento de horror, pensando que allí se fraguaba el alimento del instinto cruel de los hombres; pero al encontrarme en la inmensidad del campo argentino, entre los que van á la vanguardia, comprendí que el revólver llegaba á ser un auxiliar de los instrumentos de trabajo y un medio de acrecentar la confianza en sí mismo. El arado que penetra en las tierras vírgenes requiere el arma de fuego, que, como el fiero mastín, mantiene á raya al criminal con su temible silencio. El revólver es el primitivo guardián y el policía de bolsillo, que acompaña al colono cuando el Gobierno no tiene aún noticia de la fundación de un nuevo poblado.

En esta línea se han formado, en menos de un año, dos nuevas poblaciones, Clara y Yuqueri, alrededor de las estaciones que fueron levantadas en despoblado.

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El conductor del tren nos ha invitado á viajar en el miriñaque de la máquina. Sentados de espaldas á la chimenea, y teniendo delante la barredera de la locomotora, vamos hasta Yuqueri. La impresión es parecida á la de un viaje en automóvil: los ojos lloran, el paisaje nos viene encima y se van ensanchando incesantemente los rieles. Como no hay todavía alambrado que aisle á la vía del campo, los rebaños atraviesan la línea sin inmutarse por los silbidos de la locomotora. Un hato de vacas se obstina en permanecer entre los carriles, obligándonos á moderar la marcha, saliéndose tan sólo de la vía cuando «casi sienten el contacto de la silbante locomotora, no sin volver airadas la cabeza como amenazando al intruso monstruo que viene á turbar su libertad salvaje. A un lado y otro de la vía, yacen cuerpos de reses muertas que acometieron al invasor y fueron lanzadas á distancia, destrozadas, para regocijo de las bandadas de caranchos.

El terreno cambia de aspecto y se convierte de negro en rojizo y arenoso. Aumentan las manadas de ganado bovino que impide la marcha acelerada del tren, pese al continuo silbido de la máquina.

Pasamos el río' Yuqueri chico, y en sus orillas vemos una selva frondosa, en la cual sobresalen las palmeras. A continuación cruzamos una gran extensión inculta, salpicada de palmeras, entre las cuales pacen los rebaños criollos.

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La proximidad de Concordia se anuncia por las huertas, llenas de naranjos y árboles frutales, formando im cinturón de verdura, animado por risueñas casitas de recreo.

Hemos ya atravesado por completo la provincia de Entre Ríos: desde la orilla izquierda del Paraná hemos venido á parar á la margen derecha del famoso Uruguay, donde está situada Concordia, con su puerto en la desíembocadura del Yuqueri. Concordia es una ciudad moderna, de calles anchas, con buenos edificios públicos y particulares. Fundada en 1832, cuenta ya 15,000 habitantes, que ascienden á 20,000 con los lx)l)ladores de las' próximas estancia^ y colonias, p

Hay que reconocer que la situación de Concordia es privilegiada^ A partir de este puerto, el Uruguay no es ya navegable para vapores y buques de algún calado, á causa de los saltos del río y de las rocas que impiden la navegación. Así es que Concordia es el último puerto del comercio exterior de la Argentina, del Paraguay y del Brasil por la vía del Uruguay. Los productos de Entre Ríos tienen por allí su más rápida salida al mar; la provincia de Corrientes está enlazada con Paraná y Buenos Aires por medio de la línea del Este Argentino, que tiene su principal apoyo en Concordia y por el Salto tiene Concordia el más fácil acceso al Uruguay. En este puerto, los pasajeros de Corrientes toman el vapor, en combinación con

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el tren, si quieren realizar el viaje á Buenos Aires con el menor tiempo posible.

Concordia está en relaciones comerciales directas con Montevideo, recibiendo desde allí los tejidos em^opeos y muchos víveres.

Si el Gobierno de la Argentina establece un depósito franco en Concordia, dando facilidades para la manipulación de ciertas mercancías y cambio de envases, Concordia pudiera ser el término del comercio exterior de pai'te del Brasil y del Paraguay, convirtiéndose en el centro de un gran comercio de tránsito. Hoy Concordia es ya uno de los puertos de más tráfico de la Argentina, y no es aventurado augurar que serí^ el gran puerto del interior de la América Meridional, si el Gobierno de la Argentina sabía, como sabrá, aprovechar las ventajas naturales que brinda para el tráfico intern^icional.

Salí de Concordia con la impresión de que, á no tardar, sería una de las ciudades más importantes de la República Argentina.

Allí recorrimos, por vez primera en la República, una viña y una bodega, propiedad de los Sres. Saaze y Baylina, este último catalán. Tenía la viña cincuenta hectáreas, y producía, según nos dijeron, im vino de diez á catorce grados, á tenor de las cosechas. Este vino puede venderse á 20 centavos el litro, mientras el del Priorato, que viene por Montevideo, se vende de 55 á 57 centavos.

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Hasta Concordia llegaban un día los veleros catalanes que cargaban en sus saladeros tasajo para la Isla de Cuba. Aun pudimos contemplar una corbeta catalana, fondeada en el río, que me pareció el último defensor de un baluarte que se desmorona. Todavía allí recuerdan los nombres de nuestros buques y el de los capitanes que los mandaban, mantenedores de aquel espíritu mercantil que en otro tiempo animara las factorías del Mediterráneo Oriental.

A las seis salimos de Concordia para el Salto, en un vaporcito de Mihanovitch. La travesía del Uruguay, durante el crepúsculo vespertino, resultó bellísima. Tiene á aquellas alturas el río un kilómetro de anchura y aparece cerrado por todas partes con sus altas orillas, principalmente hacia la Banda Oriental, produciendo el efecto de un grandioso lago. El sol poniente inflamaba el cielo con resplandores de hoguera, flotando sobre el horizonte im vapor luminoso y dorado que se iniciaba con una faja de color violeta. Las casas de Concordia y del Salto se proyectaban completamente recortadas y obscuras en el diáfano horizonte, mientras el río se enrojecía con los fulgores del cielo, serpenteando azuladas las olas que levantaba el vaporcito, que trazaban en la ígnea superficie sus suaves cambiantes de terciopelo.

Saltamos á tierra cuando obscurecía : nos aguardaban los empleados del resguardo de Aduanas. Estábamos ya en otra nación: flotaba

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en los mástiles otra bandera, circulaba otra moneda, quedábamos sujetos á otras leyes.

Las aves volaban, sin embargo, de una á o Ira orilla, sin obstáculo alguno, bien ignorantes de lo que son nacionalidades entre los hombres, y más aún de lo que significan fronteras.