Sangre nueva : impresiones de un viaje á la America del Sud · Capítulo real 23 de 35
Capitulo XXIII
Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 2 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.
El Doctor Sáenz Peña terminó con esta frase: «Padecemos una hemorragia lenta pero continua de los jugos vitales que habíamos absorbido en otros tiempos».
La conferencia tuvo un carácter marcadamente personal y agresivo, sin que se produjeran airadas protestas, por más que había en el local hombres de todas las opiniones.
No cabe duda que es un país que sabe practicar la propaganda y que está hecho á mitins.
Fijándome al salir en que se hablaban entre el púj^lico diversos idiomas, vislumbré la señalada parte que toman los extranjeros en las luchas políticas de la Argentina, y el influjo que ejercen en su marcha, ayudados por la participación que tienen en la prensa, y por la fuerza de las Asociaciones de Socorros Mutuos, que ejercen un verdadero poder social.
Capitulo XXIII
La cultura moral. —Algo de literatura. — El patriciado de la Inteligencia vive más en relaciones cou Europa que con su país. — Importancia de las publicaciones relativas á la economía comercial y ala población.—Influencia española en la poesía; modernísima influencia francesa. — Los yay adores. — Kl teatro y la novela. — Juan Moreira. — Evolución urbana del teatro y la novela. — Hfhijo el Dotor. — Teodoro Foronda. — El castellano en la Argentina. — Los literatos y la prensa. — El teatro y la novela empujan el neo-espafiol. — La Academia Española y los americanismos. — Augurios sobre el resultado de la lucha. — Ei Arte en la Argentina. — Amor á la apariencia bella. — Galería de Guerrico. — Las obras de arte y los reproductores. — Esfuerzos laudables de José Artal. — La Sociedad Nacional de Fotografía — El Museo Nacional de Bellas Artes. — Presentimientos de un arte propio.
o pretendo ahondar en la materia, porque me ha faltado tiempo para aplicar la atención á las manifestaciones literarias, artísticas é intelectuales de la Argentina. Voy á hablar por mera impresión, refiriéndome á lo que he aprendido á mi paso, que, sumado á la previa lectura y al posterior estudio, me ha permitido formar aproximado concepto de su cultura moral.
En aquel pueblo aquejado por el anhelo del bien material y de la riqueza, me pareció que no
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había encarnado el sentimiento artístico que representa un grado de evolución superior.
El sentimiento literario, que es más asequible, ha penetrado en la masa del pueblo, si bien no reviste todavía un carácter nacional y propio. La literatura se ha difundido principalmente por el poder inmenso de la prensa, cjue es de una entidad desconocida para nosotros, pero más bien que la literatura amena, por la índole misma del periódico, se ha desarrollado la didáctica y, en general, lo que marca tendencias sociales ó de acción.
Por esto, entre los escritores ocupa el primer lugar la falange consagrada á esos estudios modernos, de carácter científico y filosófico, que llenan con sus títulos las Revistas Bibliográficas, en las cuales no solemos parecer los españoles. Hoy los latinos americanos comienzan á suplir este vacío que deja la antigua metrópoli.
En toda América hay un núcleo de hombres, influidos por el afán de investigación y por el ansia de progreso que reina en el mundo de las ideas, que bien merecen formar parte de esa nacionalidad espiritual, superior á todas las nacionalidades, en la cual adquieren carta de naturaleza las inteligencias ^ultivadas y los productores de ideas de todo el orbe.
La Argentina puede envanecerse de haber tenido á Vélez Sarfield, que le dio el sentido jurídicb; á Sarmiento, que le infundió el angelo pedagógico, y á Alberdi, que vertió en su poli-
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tica la realidad de su fin, con la famosa frase: « poblar es gobernar ». Alberdi, por lo poco que he leído de sus obras, llenas de energía estimulante, se me antoja que, andaiído el tiempo, será considerado el Emerson de la América del Sud.
Entre los qi^ actualmente alientan con sus obras la vida intelectual de la Argentina, sintiendo las omisiones en que debo incurrir por faltarme el completo conocimiento de su vida espiritual, bien merece citarse Carlos Calvo, autoridad en el Derecho Internacional; Joaquín V. González, tratadista eminente de Derecho público; Ingenieros, cuyo estudio de la Locura Simulada se codea con las obras de los grandes psicólogos europeos; Ramos Mejía, que en sus Neuroris pinta de mano maestra las 1-ociuras sangrientas que enardecieron el caudillaje; Carios Octavio Bunge, crítico y sociólogo que no deja adivinar en sus libros audaces su brillante juventud; historiógrafos y escritores políticos como Mitre, Estanislao S. Zeballos, Vicente G. Quesada, García Merou, que enlazan las gestas y los hechos de su tierra con el curso de las ideas y de los sucesos universales.
Este patriciado de la inteligencia sobresale grandemente de la masa, y por esto, tal vez su labor no ha sido todavía apreciada en su patria, llegando tan sólo á una minoría selecta de iniciados, los únicos que se preocupan *de estas cosas no sentidas por la generalidad, completa-
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mente absorbida por los azares de la lucha por la vida. Así es que la mayor parte de estos escritores buscan el aplauso y solicitan la atención de los lejanos, siendo digno de observar que muchos imprimen sus obras en el extranjero. En realidad constituyen una rama de la actividad mental europea.
La gente se entera algo más de esa producción intensa y notable que tiene por base la geografía, la economía comercial, la emigración y la higiene, por constituir tan candentes problemas la preocupación de los políticos, por cuyo motivo palpitan en las columnas de los diarios y vibran en los programas de gobierno. Son en gran número los escritores consagrados á esa tarea de defender el crecimiento de la población y de la riqueza, en un suelo que sólo espera la voz redentora del trabajo para levantarse de su sueño y marchar lleno de vida. Latzina, Gabriel Carrasco, Moreno, Lahite, Lix-Klett, Cibils y otros con infatigable ardor, ayudan al conocimiento exacto del país, con sus descripciones, sinopsis y estadísticas que forman un caudal de inapreciable valor para el estudioso.
Volviendo á la literatura propiamente dicha, que se reveló con la poesía después de haber proclamado la colonia su independencia, por más que los poetas y los escritores cantaron y enaltecieron las luchas y los héroes de las jornadas emancipadoras, sin notarlo rendían vasallaje á los escritores y poetas españoles; Ole-
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gario V. Andrade, que ha sido para mí el poeta argentino de más alto vuelo, en sus odas majestuosas revela la influencia de los líricos clásicos, y la moderna de Quintana y Espronceda. Echevarría, Mármol, Rafael Obligado, Gervasio Méndez, Guido Spano, aun cuando por los asuntoá parecen argentinos, por el ropaje y los adornos continúan siendo españoles. Los vagos destellos de poesía nacional desaparecen bajo la vestidura exótica, notándose en sus himnos la manera de sentir y el estilo de Becquer, Espronceda, López* García, Zorrilla y Núflez de Arce, que mantienen la servidumbre literaria.
El mismo escritor argentino Juan M.a Gutiérrez, que renuncio al título de académico porque, en su concepto, mal se avenía la independencia política con la subordinación á España en materia de lenguaje, pone todo su empeño en ser castizo. Recuerda á Ovidio jurando en verso á su padre que no haría más versos.
El alma del pueblo no alienta en estos poetas y escritores, que pasaron sin ser vistos, no alcanzando nunca la popularidad; mientras los pobres y sencillos payadores avivaban el sentimiento nacional con sus toscas improvisaciones que en la misma incorrección llevan el germen de la poesía nativa. En aquellos tristes, arrancados del lenguaje bárbaro, encontraba el pueblo la expresión ideal de sus sentimientos, porque exhalaban la melancolía de la llanura infinita y la esperanza de un más allá mejor.
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Por esto el pueblo no se enteraba de Andrade, que pasó poco menos que ignorado y pobre, mientras se extremecía con las canciones de Santos Vega y de Martín Fierro.
En estos últimos tiempos, la poesía se ha resentido también de la moda, y allí se propaga, como aquí, una lírica de importación. Surgen, no es posible negarlo, jóvenes de talento é inspiración, pero en el ambiente cosmopolita de Buenos Aires no imprimen carácter propio á sus creaciones, que se contagian de los asuntos y del estilo de las modernas escuelas francesas. Por esto no llegan al pueblo; porque el decaimiento enervante en que se inspiran y las formas rebuscadas y descompuestas que persiguen, no encajan con las ansias de un pueblo que prodiga su voluntad y que gusta de las formas claras y precisas de los primitivos. Así es que penetran tan sólo en los salones, y son pasto regalado de los que se nutren de la poesía exótica, no diciendo nada al pueblo, mal avenido con esa suavidad enfermiza de la forma, siendo como es forjador de ideas, sentimientos y lenguaje recios, que se templan al choque de pueblos, pensamientos é idiomas distintos. Todavía no ha salido allí el poeta del emigrante, el cantor de los modernos argonautas que invaden la llanura y avanzan triunfadores hacia las más altas cumbres.
Algo hay, sin embargo, que presagia la brotación de una literatura peculiar y propia. Sus
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balbuceos se encuentran en los cantos de los payadores, y su iniciada aurora en el teatro y en la novela.
La novela y el teatro, más que la poesía lírica, reflejan la realidad del ambiente y viven con el espíritu del pueblo. El lenguaje, los hombres, los asuntos responden al medio que rodea al escritor, quien no puede substraerse á la sugestión de la vida colectiva. El poeta lírico puede aislarse y resulta á veces exótico eü su patria; el novelista y el autor dramático tienen que producir en forzosa comunicación con él pueblo. En la novela y en el teatro se descubren las señales del carácter nacional.
Hasta ahora el teatro en la Argentina había engendrado esas obras ingenuas, semibárbaras que se encuentran en los comienzos de todas las literaturas nacionales. El tipo de Juan Moreira, el apasionado gaucho, el espíritu rebelde y dominador, que resume las cualidades buenas y malas que se requieren para ser un caudillo entre los hombres dueños del campo, es el que inspira las primeras creaciones del Teatro Argentino. Me recuerda nuestro Serrallonga y Diego Corrientes, que también reinaron en la escena, por sus audacias y desmanes , simbolizando el valor individual contra la dominación colectiva, la anarquía contra la ley.
A medida que Juan Moreira y los tipos semejantes han ido i-etrocediendo por el avance de los colonos y el creciente imperio de la autoridad,
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han apai^cido los tipos intermedios, que han puesto en relación el campo con la ciudad, la cultura incipiente con la barbarie semivencida. En este período, junto á Moreira han surgido los nuevos colonos, y se han puesto en relación los gauchos con los doctores. Un drama que se representaba con gran éxito durante nuestra estancia en Buenos Aires, respondía ya á esta evolución de la literat/ura dramática. Se titulaba M'hijo el Dotor, y en él se trazaban con acertado claro obscuro estos choques cómico-trágicos • de la ciudad europea con la Pampa salvaje. El gaucho feroz que convierte á su hijo en doctor y sufre luego las consiecuencias de la propia desigualdad, se presta á una cneación típica, que permite la presentación de personajes y costumbres que determinan un período de transición. Se comienza ya á urbanizar la producción dramática, buscando el tema y la acción en la realidad de la vida moderna argentina.
En la novela se marca más señaladamente esta tendencia, propendiendo á presentar ya con más realce y con todos los matices que permite el género esos contrastes verdaderamente bellos y originales que ofrece el contacto de la civilización en marcha con la barbarie que retrocede. La variedad de tipos humanos, la singularidad de las costumbres, la compleja transformación que se opera en todas las manifestaciones de la vida, ofrecen vasto campo para el novelista, que en otros tiempos se concretaba, como Sarmiento,
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á pintar un simple personaje, el de Facundo, sintetizando la época de la energía y del caudillaje. Entre los novelistas argentinos, bien puede figurar un español, Grandmontagne, que en sus cuadros de costumbres, llenos de observación y malicia, y, más especialmente, en su Teodoro Foronda ha trazado verdaderas aguas fuertes, planteando un problema que entenebrece el hogar de muchos emigrantes victoriosos: el divorcio entre los padres y los hijos, que hemos visto también manifestarse en la escena.
Los poetas se esfuerzan por mantener la pureza del habla castellana, y los diarios, por regla general, hacen lo mismo hasta donde cabe, pero los novelistas y los autores dramáticos no pueden prescindir de los modismos, de las corrupciones, de los barbarismos y de las modalidades nuevas que existen en el idioma. No tienen más remedio que respetar el lenguaje "que hablan sus personajes, y en sus obras está el principal demoledor de la pureza del castellano, que sólo se mantiene castizo en algunos libros, perio que en los salones y en el pueblo es ya como el inglés que se usa en el Norte América respecto al que se habla en la Gran Bretaña.
Por más que la Academia Española, desde el año 1884, ha venido aceptando gran número de americanismos, con suma escrupulosidad, proclamando que no quiere sancionar el uso ilegítimo, sino cediendo á fuerza mayor, es tal la producción de voces nuevas,% en la Argentina
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principalmente, á influjos del italiano y por la facilidad que hay allí en aceptar los neologismos y b'arbarismos cuando nó hay nombre para' las cosas, que las transacciones de la Academia, des- . pues de largío regateo, por generosas que sean, no podrán nunca acordar la resistencia excesiva del idioma castellano á crecer con la impulsión corruptora que aumenta las proporciones del lenguaje americano. Será ó no será castellano, en la castiza acepción de la palabra, pero será un idioma vivo, que hablarán mayor número de habitantes que el castellano, que tendrá muy pronto su gran literatura, como lo hacen predecir los primeros pasos de su novela y de su teatro. De igual modo que los Estados Unidos tuvieron un Edgardo Poe y un Longfellów, que escribieron en puro inglés, y hoy cuentan con un Marck Twain y con un Bret-Harte que han publicado obras admirables en el ingles corrompido que se habla en el Far West ó en California, veremos en la República Argentina algún día autores que adquirirán fama universal con libros escritos en el ^lang que se usa en la Boca del Riachuelo ó en las nuevas variedades del castellano que van propagándose en la Pampa ó en la Patagonia.
Quizás tenga razón Ricardo Palma, cuando dice que España se empeña en romper el lazo más fuerte, el del idioma, hiriendo susceptibilidades de nacionalismo. Admite provincialismos de Badajoz, Albacete, Zamora ó Teruel, voces
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usadas por tres ó cuatrocientos mil peninsulares, y es intransigente con los americanismos aceptados por más de cincuenta millones de seres que, en el Mundo Nuevo, se expresan en castellano.
Esta lucha de la fijeza á todo trance con la variación que implica el crecimiento, de la libertad en que se forma el neo-español con la intolerancia clásica de la Academia, es ni más ni menos que una nueva forma de las luchas sostenidas entre la España aferrada al pasado y al uniformismo y la nueva España que va adaptándose naturalmente á las influencias del medio y á los particularismos de la raza. Pese á la Academia, nos envaneceremos, á no tardar, de tener en nuestra literatura obras admirables escritas en español excomunicado, el día que el genio moldee y consagre en él sus concepciones, imponiéndose con su energía individual á la resistencia estéril de las Academias.
Quizá llegue un ticmjK) en que el único español que se hable en el mundo sea el español, ampliado y corrompido á la vez, que crispa los nervios de nuestros académicos, como en otras épocas los hijos del Lacio oían con horror el latín bárbaro que se hablaba en los extremos del imperio, manantial de los idiomas que hoy se estilan.
wSi de la literatura pasamos al arte propiamente dJcho, notamos todavía bastante rezago, (^omo en todos los pueblos en período de
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formación y desarrollo, solicitados por el trabajo manual y por las preocupaciones de la vida aislada, el arte ocupa lugar muy secundario. La fuerza se aprecia más que la belleza; no caben los refinamientos superiores del espíritu ante la necesidad de defenderse y de vivir materialmente.
Una gran ciudad como Buenos Aires, en constante comunicación con los centros de mayor cultura, por fuerza tiene que anidar el sentimiento artístico, irradiándolo en todas direcciones. Sin embargo, no llega á infiltrarse porque la gente necesita su tiempo para adquirir la comodidad y la riqueza. Este afán esencial de vigor físico quita lugar á los anhelos de belleza que caracterizan álos individuos y á las sociedades que han resuelto el problema de la vida.
Los Estados Unidos, que están ya en posesión completa de la riqueza y que han alcanzado el vigor político y económico de la nacionalidad, hoy sienten la aspiración de la belleza y pugnan por ser un pueblo de artistas.
En la Argentina se observa, por de pronto, como hemos señalado en otro capítulo, un gran am,o>r á la apariencia, cierto culto á la forma extema, que es un comienzo de arte.
Ciertos millonarios devenidos que han viajado mucho por Europa, comienzan á adornar sus viviendas con obras de arte, más por moda y vanidad que por genuino amor á las creaciones
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artísticas. Guerrico, un potentado argentino que pasó en París la mayor parte de su vida, formó una galería notable, que puede visitarse en su casa de Buenos Aires, en la cual se ofrecen algunos lienzos auténticos de las escuelas más famosas y algunos primeros premios de los Salones de París.
El Doctor José Prudencio Guerrico fué Secretario de Legación en París y allí fijó su residencia, formando su notable colección. Sufrió durante veinte años una parálisis y se hacía transportar todos los días al Salón, donde había reunido las obras maestras de que era dueño, para distraerse de sus sufrimientos. Hoy poseen la colección sus herederos, siendo de lamentar que no la hubiese donado á su país para iniciar el Museo de Bellas Artes. Los millonarios, en esos países jóvenes, vienen obligados, si cabe, á ser más generosos que en los viejos pueblos de Europa, en razón de que allí las rápidas fortunas son obra principal del esfuerzo colectivo que aumenta el valor de todas las cosas sin el menor trabajo de su dueño.
Vimos en dicha colección, de los antiguos pintores españoles, á Zurbarán, con un fraile arrodillado; á Pérez Villamil, poco conocido en España, con una bella colección de interiores y paisajes que acusan la influencia de Poussin y Claudio de Lorrena, y, por último, á Esquivel, con un retrato admirable de Belgrano. Entre los modernos, destacan dos cuadritos de For-
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tuny, « La Mariposa » y una mujer desnuda, dedicado á Goupil; un retrato del general Castaños, obra de Francisco Domingo; un rabino, de Emilio Sala; « Los diletantis », lienzo encantador de Román Ribera; una parisién, de Raimundo de Madrazo; una calle de Fuenterrabía, de Daniel Hernández ; una marina, de Galofre ; escenas de Boulevard, de Miralles; un baturro, de Barbudo; «El viático en un día de Carnaval», de Villegas, y la notable terracotta «Fígaro», de Vallmitjana.
De las escuelas extranjeras, figuran Teniers, con una familia holandesa; Tiépolo, con dos bocetos para plafones de asunto bíblico, y, entre los modernos, una testa de vieja, de Ribot; una mujer con pañuelo encarnado, de Hermer; un paisaje con figuras, de Lhermitte; el grandioso cuadro de Lefebre « Diana », que obtuvo el diploma de honor el año 88; la «Primavera», de Gabriel Ferrier, premiado con medalla de oro en la Exposición Universal de 1889; im delicioso busto de andaluza, dedicado á Mme. Guerrico, pintado por Lefevre; un paisaje de Normandía, firmado por Corot ; un cartón dedicado al Príncipe de Moskowa, retrato del general Rey, obra de Meissonier ; tm pífano, de Luis Leloir;un bebedor flamenco, de Roybet; dibujos al lápiz, de Rosa Bonheur; el « Rapto », cuadro muy reproducido, de Delort; una exquisita figura de mujer sobre fondo dorado de Chaplin; un niño con un gallo, de Ltiis Deschamps ; naturaleza muerta , de
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Johanncs Fyt; una marina, del inglés Foucking, y, por último, una cabeza de Diana, en bronce, de Falguieres.
Nos hablaron de alguna otra colección particular, de mucho no tan rica é interesante como la de Guerrico.
De todas maneras, en Buenos Aires es más frecuente gastar siete mil pesos en un carnero reproductor que en un buen cuadro. Y se comprende que así sea: aquél ayuda al desarrollo de la riqueza y es un manantial de vida; el lienzo parece como riqueza muerta y materia estéril. Esto decía yo á nn artista español que se lamentaba de esta prodigalidad para la compra de animales y de la avaricia para la adquisición de obras de arte. « Deja, añadía yo, que estas ovejas se multipliquen; ya verás como su lana será la fomentadora de la opulencia y con ella de las obras artísticas. Los pueblos comerciantes, cuando llegan á ser ricos acaban por ser pueblos de artistas: la pobreza y la escasez «suelen estar mal avenidas con la estética ».
Refiriéndome á las estadísticas de importación, las pinturas artísticas introducidas en 1902 fueron 36, con un valor de 1,361 pesos, siendo el total del quinquenio de 326, con un valor de 19,381 pesos. No es mucho, que digamos. En objetos de mayólica, terracotta, biscuit, etc., se han importado en un quinquenio 560 objetos, con un valor de 12,459 pesos.
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Las pinturas pagan el 35 '60 por 100 de su valor, resultando el valor promedio de los cuadros que se importaron de 60 pesos.
Si nos fijamos en los reproductores, veremos que los animales importados en un año representan 500,000 pesos de valor. Al fin y al cabo, no deja de ser un arte el de la zootecnia ó escultura de carne, que enlaza la belleza con la utilidad.
José Artal, catalán, actualmente Director gerente del Banco del Río de la Plata, ha trabajado mucho para introducir aquí las obras de los artistas españoles. A sus esfuerzos se debe que cuelguen de las paredes del Club Español cuadros de Urgell, Vayreda, Meifrén, y en el Museo Nacional de Bellas Artes, de que luego hablaremos, lienzos de SoroUa, Casas, Meifrén, Barbudo y José Benlliure.
La casa de Artal es un verdadero rincón de arte, donde hay obras de la mayor parte de los pintores españoles contemporáneos, avaloradas con cariñosas dedicatorias. Es meritorio lo que ha hecho Artal, gran amador del arte, pese á .la resistencia del medio, siendo dignos de mención sus primorosos cuadernos de Arte Moderno, cuyo texto escribe con suma competencia, acompañado de reproducciones fototípicas de las obras de los artistas que forman el objeto del cuaderno, publicadas con un lujo y una perfección que bastan para acreditar la Compañía Sud Americana de Billetes de Banco, que es la que hace
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el tiraje. Los fruademos dedicados á Villegas y á Jiménez Aranda, de los cuales puede hacer gala, han causado verdadero asombro entre los lite* ratos y artistas de nuestra tierra*. Casi me atrevo á decir que -nada se ha publicado en honor de aquellos dos artistas que pueda comparársele.
] Cuan suave ráfaga de arte nos envolvió en el hogar de Artal, viendo doquiera pinceladas y nombres conocidos, sobre todo después de aquella sucesión de días consagrados á la aridez del problema comercial y á la contemplación de los productos del trabajo material! Estábamos s,aturados de prosa, y respirábamos en el ambiente del ideal.
Al hablar del Arte en la Argentina fuera injusto no hablar de la Sociedad Nacional Fotográfica Argentina, uno de cuyos fundadores fué el abogado español Francisco Ayerra.' Los paisajes hermosos y variados de la Argentina han sido tratados por los aficionados con arte exquisito, pudiendo asegurar que las fotografías de Leonardo de Pereyra atestiguan su temperamento de artista.
Hay que ver esas fotografías, (Jue no son la mera reproducción de la naturaleza, para convencerse de que el hombre hace hablar, cuando quiere, al paisaje, sorprendiéndolo en las horas íntimas en que se manifiesta el alma de las cosas. Viendo esas fotografías subjetivas, dije para mí : muchas veces los fotógrafos pueden enseñar á los pintores.
Hablemos algo también del Museo Nacional de Bellas Artes. El Museo ha sido instalado en un edificio particular llamado el Louvre, y cabe afirmar, que es la obra personal y perseverante de un artista, Enrique Schiaffino, italiano de nombre y argentino de naturaleza. Tiene en el Museo un solo cuadro: una cabeza de mujer que acusa pincelada vigorosa y segura, pero su obra maestra ha sido la formación de este Museo, en un país donde todavía no comprenden bien su finalidad.
Ha procurado reunir algo antiguo y moderno, realizando verdaderos milagros con los pocos recursos de que ha podido disponer.
De la escuela española recordamos « La Educación de la Virgen», de Alonso Cano; una magistral cabeza, de Menéndez Osorio; Un Ecceííomo, de Juan de Juanes, una cabeza que se atribuye á Murillo y un estupendo retrato de Goya que lleva impresa la mano del maestro; de la escuela italiana, una Cleopatra, remedo de Leonardo de Vinci; de la escuela inglesa, un anciano leyendo, de Wilkie, y un muchacho afeitándose, de Jhon Phillip.
Entre los modernos, merecen citarse una cabeza de estudio, de Puvis de Chavannes; varios paisajes, de Corot y de Stadler; unos músicos ambulantes, de Meissonier; características pinturas, de Chaplin, Gervex y Van-Beers ; una mujer junto al piano, de Aublet; un hermoso pastel, de Degas, y, por último, « La femme aux Tau-
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peaux », de Adolfo Roll, de la escuela francesa contemporánea. Este último cuadro, que lució en la Exposición Universal de Barcelona, me produjo el efecto de un amigo querido á quien veía tras de larga ausencia, pudiendo asegurar que para él no han pasado los años.
De la escuela moderna italiana, vimos un cuadro de Fabretto; una mujer pensativa, de Mancini, con todo el colorido y la poesía de tan malogrado artista, y un lienzo, de Domenico Morelli.
Entre los españoles, hay una miniatura encantadora, de Villegas; una cabeza de marinero, de Sorolla, y una de las características chulas, de Casas. Para mí tuvo singular atracción, el hermoso cuadro de Meifrén « PortUigat », que vi colgado de aquellas paredes, rebosante de bella tristeza, pues con su imagen me transportó alas añoradas calas de mi tierra.
Contemplamos largo rato una colección de tablas que firma Miguel González, ejecutadas evidentemente en América durante la dominación española, que representan la Conquista de México. Chapeadas de nácar y compuestas de lacas, lo que más llama la atención en estas tablas es la influencia marcadamente oriental que ostentan.
Entre los pintores argentinos, figuran Ángel del Valle, con su potrero y su cuadro «La Vuelta del 'Chalón », episodio de una de las muchas incursiones de los indios en la provincia
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de Buenos Aires; Ernesto de la Careo va, con su lienzo « Sin pan y sin trabajo », estudio realista de un hogar obrero, influido visiblemente por la escuela italiana; Sivori, con un excelente auto retrato, y un estudio de la Pampa en Olavarría; A. Malhairo, que muestra el influjo de Pissarro y de Monet; Mendilaharzu, con su «Vuelta al Hogar » ; Ripamonte, autor de una hermosa testa de muchacha; Javier Maggiolo, con su «Modelo », buen estudio de desnudo; Augusto Ballerini, con el panorama de la Sierra del Tandil; Alfredo Paris, con sus cuadros « A través de la Paanpa » y « El Greneral Roca al llegar á Río Negro » ; una manada de toros, de Julia Bernike, y, por último, una ¡pintura muy notable de Rodríguez Etchart, que hace lamentar de veras su prematura muerte.
Sin que haya una obra maestra, y aun cuando se notan las divagaciones que produce el influjo contrapuesto de las varias tendencias modernas, en medio de lo exótico, se perciben los balbuceos de un arte propio que pugna por manifestarse, atraído por el misterio recóndito de la Pampa, que está esperando al gran artista revelador de la inagotable tristeza de su monotonía infinita. Las reses y los rebaños que animan en todas las comarcas el paisaje argentino, han logrado fijar también las miradas de los artistas que han razado los primeros borrones de esa pintura lue enaltecerán un día los émulos argentinos de ^andseer y de Rosa Bonheur.
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En todos estos tanteos y vaguedades, palpitan los presagios y presentimiento del arte futuro, que mantendrá estrecho maridaje con ^l medio ambiente, despertando en el pueblo el amor á la belleza, que hoy apenas constituye un sentimiento, acercándose más al instinto.