Sangre nueva : impresiones de un viaje á la America del Sud · Capítulo real 28 de 35

Capitulo XXIX

Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 2 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.

Capitulo XXIX

Terremotos en Mendoza. — Señales del último. — Ruinas del de 1861. — Una diana alarmante. — La Casa de España. — El trasandino. — Las gargantas de Cacheuta.— Los Potrerillos. — El Valle de Uspallata. Un gran desierto de montañas. — El pilón del Tupungato. — Los Penitentes. — Puente del Inca.— Mal de las montañas. — Las Cuevas. — Paisajes de los Andes.—El Aconcagua. — El invierno en las alturas. La perforación de la cumbre. — Varios proyectos de líneas trasandinas. — Asombro que producen los antiguos viajes á través de la cordillera. — Bellezas del regreso. — Adiós á los Andes.

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L despedimos para Mendoza, los amigos de Buenos Aires, invariablemente, en tono joco-serio, nos decían: < Guárdense ustedes de terremotos . Los volcanes inextinguidos de los Andes extienden hacia esa i'egión los efectos de sus estremecimientos. Aquí el suelo permanece en constanlc estado seísmico, como si la tierra fuese coréica. La gente está acostumbrada á la trepidación, que, desgraciadamente, adquiere en momentos determinados proporciones de terremoto. El día 12 de Agosto, tres meses antes de nuestra llegada, un violento temblor produjo la ruina de varios edificios y algunas muertes. Lo primero que

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vimos al entrar en el Hotel, fueron las obras de reparación que llevaban á cabo en la agrietada fachada, que presentaba aún el hueco de un trozo de cornisa desprendido.

En 1861 ocurrió un terremoto espantoso que todavía se recuerda con pavor. Era el día de jueves santo, cuando los templos estaban llenos de fieles, y^ al desplomarvse las bóvedas, quedaron sepultadas miles de personas entre sus escombros. Doce mil muertos se contaron en tan triste fecha.

Pudimos contemplar todavía las enormes ruinas del templo de San Francísico y de la iglesia de Santo Domingo. Grandes bloques, formados por los muros rotos, yacen allí como losas de aquella inmensa sepultura, destacándose las parietarias en su superficie, al par de piadoso epitafio. La noche de difuntos, los deudos y allegados de los que murieron en aquel infausto día siembran de luces aquella fosa común horripilante.

Entre las ruinas de Santo Domingo sobresale un pino gigantesco, que resistió impávido el terremoto, más fuerte que las obras de los hombres, creciendo luego frondoso, verdadero árbol de la muerte.

Con estas impresiones nos acostamos, y juzgúese cuál sería nuestro susto, al amanecer, sintiéndonos despertar por un ruido ensordecedor que hacía retemblar las paredes. Salté ligero de la cama, convencido de que era aquello un terremoto, pero en seguida la armonía del es-

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Iruendo me hizo entrever la verdad. Una banda militar, en el patio del Hotel, tocaba á diana, en obsequio nuestro. El general Fotheringham, comandante en jefe de la región de Cuyo, nos había enviado á preguntar el día anterior á qué hora pensábamos levantarnos con el propósito, sin duda, de despertarnos con tan ruidosa diana. En realidad, pudimos así experimentar la impresión terrible de un terremoto, sin asomo de peligro.

xVnles de partir de Mendoza, que recordaremos siempre con deleite, recorrimos el edificio llamado : Casa de España í>, que está construyendo la colectividad española, compuesta de 2,500 individuos. Se han presupuesto las obras en 60,000 pesos, pero llegarán á cien mil, á pesar de los donativos en especies (ladrillos, cal, arena, rails, paja, carros). Contiene un espacioso teatro de tres pisos y galería, y tiene á un lado la cancha de pelota y al otro lado un balneario y las oficinas. A la fachada corresponde el edificio social, domicilio de la Sociedad de Socorros Mutuos, compuesta de 620 miembros, que preside un catalán, D. Agustín Mercader. La colectividad española debe muchas de sus iniciativas al vicecónsul y comerciante D. Remigio Acevedo, que ejerce verdadero y merecido influjo sobre sus compatricios.

Con ser este edificio el más alto de Mendoza, no sufrió el más leve deterioro durante el último terremoto.

A las once y media de la mañana salimos en el tren trasandino, de vía estrecha, para Puente del Inca.

Al salir sigue la línea el fondo de un canal seco, formado por montecillos de cantos rodados, llenos de arbiistillos y cactus en pleno florecimiento.

Después de haber cruzado el río Mendoza, atraviesa el tren una meseta cubierta de matorrales que amarillean floridos. En el fondo, tras del circo montañoso, aparecen entre las rasgadas nubes, los manchones de nieve de los altos picos.

Al entrar en las gargantas de Cacheuta, me señalan el sitio donde hasta ahora se han explotado unas minas de petróleo que parecen agotadas. En este mismo sitio - Boca del Río - se ha intentado construir una presa para 5,000 caballos, destruyendo las primeras obras una gran avenida. Hay un establecimiento termal, próximo al río, pudiendo tomarse los baños de vapor en una gruta.

Al dejar Cacheuta se ensancha el valle y se descubre plenamente el anfiteatro augusto de la (cordillera. Las cimas están envueltas por cúmulos de una blancura luminosa que se confunde con la nieve que desciende en estrías hacia los valles.

Seguimos entre las grandes estribaciones, completamente desprovistas de vegetación. Fuera de la vía, no se ve durante largo trecho ni una casa ni un árbol ni señal de trabajo humano.

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Llegamos luego á los PotreríUos, propiedad de D. Carlos González, donde reposa y refresca el ganado que va á Chile, en los campos de alfalfa y entre los grupos de árboles.

Al dejar Potrerillos, discurrimos junto á grandes molas rojizas, sin vegetación alguna. A medida que nos internamos, aumenta la grandiosidad de las montañas y la severidad imponente del paisaje. La Vía sigue constantemente el cauce del río Mendoza, viéndose casi siempre serpentear á uno y otro lado el camino que trazaron los antiguos españoles. Las masas cambian á cada paso de color, contrastando las rocas asfálticas, negras y brillantes, con las extensas superficies ferruginosas que dejan ver los brochazos dorados del azufre y las manchas del ocre. En las altas regiones del aire nos señalan un punto negro que se mueve pausadamente: es el primer cóndor que se ofrece á nuestra vista en su natural elemento.

Estamos en pleno terreno eruptivo, arrastrándose la línea al pie de los inexpugnables desfiladeros cortados á pico.

Al ensancharse la garganta, surgen de nuevo las cimas gigantes con las nieves eternas.

A la ^derecha contemplamos una montaña rojiza, llena de hendiduras y grietas, semejante á uun montón colosal de barro petrificado, deformado por huellas é impresiones de Una acción violenta.

Tras de una larga extensión pedregosa, se distinguen los prados de la estancia de D. Carlos

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González, y se deleitan los ojos con el soberbio panorama del valle de Uspallata. Estamos á 1,800 metros sobre el nivel del mar.

En esta región los buscadores de minas han hecho muchas calicatas sin resultado alguno. Únicamente en el Paramillo de Uspallata se explotan filones de plomo argentífero.

A la salida de Uspallata se cruza una planicie pedregullosa, salpicada de jarillas y pichanas, lecho enjuto de un gran lago andino. La naturaleza se torna salvaje y primitiva; el paisaje llega al colmo de la desnudez. En estas soledades no se concibe apenas la vida humana: ni siquiera agua se encuentra, á no ser la fangosa agua del río Mendoza. En todas partes impera una aridez y una carencia de. vida orgánica que producen anonadamiento. Dondequiera se posa la vista alcanza una desolación sublime que convierte el sitio en gran desierto de montañas.

Aquí, sin embargo, están los depósitos inexhatistos que han engendrado la llanura inconmensurable y la pampa misteriosa; las masas que, en continuo y silencioso desgaste, al bajar al llano con las aguas truecan su aparente pobreza en causa de fertilidad y de abundancia.

En estos lugares pasan á menudo ocho y nueve meses sin llover, lo que atribuyo á la elevación y á la falta de arbolado. Motivos hay para suponer que nunca ha habido aquí vegetación, pues no se encuentran vestigios de lignito ni de formaciones carboníferas.

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Al pasar por Río Blanco nos fijamos en los restos del antiguo campamento que se levantó al -construirse la vía. Tocando la línea se divisa el cementerio de los trabajadores que murieron en la cordillera durante la epidemia colérica de 1886. A las cinco estábamos en Zanjón Amarillo, donde existe el depósito de máquinas y la Casa de los Ingenieros.

A partir de Río Colorado el tren se convierte en tren de cremallera. A uno y otro lado de la vía se distinguen colosales taludes de rocas descompuestas, mezcladas con pedregullo. Es una visión imponente qu€ sugiere el temor de un desprendimiento inaudito que ciegue el vacío de la lóbrega angostura.

Antes de llegar á Punta de Vacas (2,476 metros), el río se despeña impetuoso en un canal estrecho, abierto naturalmente entre las rocas.

En Vacas hay algunos pastos que se venden á los ganados, de paso para Chile. Como Potrerillos y Uspallata, resulta un verdadero oasis en medio del desierto de montañas.

Al salir de Punta de Vacas existe la confluencia del Tupungato y del Colorado, descubriéndose un momento, por el canal de montañas, el pilón soberbio del Tupungato, circundado de nubes brillantes que entre sus desgarros permiten admirar la nitidez de las blancas vestiduras del coloso.

Continúan irguiéndose á entrambos lados los altos peñascales revestidos de sus propios des-

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"pojos, con rozaganttívS vestiduras de variados colores que se arrastran hasta el valle.

De pronto se vislumbra allá á lo lejos la cumbre, el paso de Chile, rebosante de nieve, obscurecida por la sombra, al par que los montes que dejamos atrás ostentan sus cimas blandamente iluminadas por el sol poniente, mientras ciñe sus faldas la negra proyección de las lejanas masas que interceptan los rayos solares.

Estamos tocando á la nieve, sepultada por inmensurables terraplenes, que han rellenado los abismos, á cuyo través filtran las nieves derretidas que salen en turbios arroyuelos.

Próximos á Puente de Inca, á la izquierda de la vía, contemplamos la montaña llamada de los Penitentes. Los peñascales inhiestos semejan torres y ^campanarios, y el muro acantilado en que se apoyan, libre de la nieve que se extiende como un mar á sus pies, se levanta con la pátina dorada de las viejas catedrales. Entre la nieve amontonada á sus pies, que va á parar al fondo, en suave declive, asoman una serie de pequeños picos que tienen el aspecto de una comitiva de frailes y penitentes que se dirigen en procesión á la catedral. A los rayos del sol ponient-e y en medio de aquella soledad pasmosa, produce tan súbita aparición el efecto de un hermoso espejismo.

A las siete llegamos á Puente del Inca, que recibe este nombre de la maravilla natural que existe en aquel lugar: un colosal puente de pie-

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(Ira labrado por la naturaleza, que deja libre paso á las aguas manantes de las nieves etenias. De su bóveda penden caprichosas estalactitas, y en sus estribos- existe el famoso manantial de aguas gaseosas que brota de una gruta, donde algunos de nuestros compafíeros tomaron uñ baño, en una piscina natural. Mientras dura el baño, es necesario agitar constantemente el aire para evitar la intoxicaciói; por el ácido carbónico.

Día vendrá en que este Hotel de paso y este l)año instalado en forma tan primitiva, se transformarán en establecimiento famoso y en lugar de moda para el verano austral.

Se nota el enrarecimiento del aire, acompañado (le una sensación de mayor agilidad corporal, j)ropia de la elevación de 2,780 metros á que nos encontramos. Uno de nuestros compañeros sufre la funa ó mal de la montaña, que viene á ser el mareo de las alturas. Nos llama la atención ver que no contesta á nuestras pi'eguntas, y que permanece indiferente á (*uanto le rodea, dormido \ con los ojos abiertos. A fuerza de estimulantes y acostándole, logramos qiue entre en . reacción, saliendo de su anestesia.

Experimento singular deleite mirando la b('>- veda celeste. Nunca he visto las estrellas tan cercanas ni tan brillantes. Si bien el termómetro pasa del bajo cero, el ambiente resulta agradable y la permanencia al aire libre no molesta. No se percibe el menor soplo de viento.

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Ignoro si es la falta de presión lo que har-c tan reparador el sueño en las elevadas montañas, especialmente cuando viene uno del mar ó de la llanura. Es el caso que he dormido opíparamente.

Por la mañana el cielo hace gala de una pui'eza y de una diafanidad incomparables. La cresta de los montes se ofrece al alcance de la mano, perfectamente recortada sobre el azul intenso.

A las seis de la mañana salimos para Cuevas, la última estación del ferrocarril trasandino. Este es el trayecto últimamente construido. Durante el camino siempre ascendente, en el espacio abierto por un desfiladero, surge de golpe la masa augusta y dominadora de la Aconcagua, con su envoltura de nieves sempiternas. ¡Qué grandiosa imagen ! La visión espléndida del gigante andino dura un instante. Se vislumbran los abismos de los eternos heleros, que descubren desde lejos sus cortes inmensos, y el relieve de sus murallas de hielo inquebrantable.

El sol parece iluminar orgulloso aquella blancura Infinita que no ha pisado la planta humana.

Nadie puede substraerse á la fascinación que ejerce la cumbre inaccesible. Un inglés, Fitz (teralt, en 1895, acompañado de un guía suizo, Zubriggen, llegó á escalar, según cuentan, la cima de la Aconcagua.

Ronkin, otro inglés, se empeñó en subir hace poco tiempo en día de temporal, desoyendo á los

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guías, y tuvieron que amputarle los dedos de los pies.

Nos hablaron de un inglés, que reside en el Hotel del Puente de Inca, y que hace ya dos meses que viene preparándose para renovar la tentativa. El alma de Icaro palpita en el afán de esos grandes escaladores de montañas, á quienes embriaga la vista de las alturas inalcanzables.

A las nueve y cuarto estábamos en las Cuevas. ;3,19() metros sobre el nivel del mar).

Desde la pequeña fonda, la que he visto montada á mayor altura, se abarca un panorama nunca soñado.

Las montañas volcánicas," negras, requemadas, sostienen en ^us faldas de tierra obscura, fantásticos hatos de bloques enormes. Las salpicaduras (le nieve acentúan el tono sombrío de la montaña, seml)rada de escombros gigantescos, de ruinas de cumbres grandiosas desplomadas, causando el efecto de tina Babel destruida, esparcidos los restos de sus muros ciclópeos.

En Cuevas cabalgamos en muías para llegar á la cumbre. Al salir de Cuevas se domina el valle, cuenca del lago primitivo, hijo de las nieves.

Con el movimiento del sol cambian los colores de las montañas y el aspecto del paisaje. La nieve adquiere blancuras nunca pintadas , de una intensidad insuperable. Los picachos, llenos de dedadas de nieve, parecen retorcidos, revelando la violencia de lia erupción lejana que

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los lanzó fuera de la tierra. Los grandes aludes y ventisqueros blanquean macizos, y como cabezas de pulpo extienden sus albos tentáculos en todas direcciones.

Antes de llegar á la cima, emprendemos el regreso á las Cuevas, siguiendo con ojos envidiosos á la caravana de pasajeros que prosigue su viaje hasta Chile. ¡Lástima que la falta de tiempK) nos vede doblar la cumbre y recorrer la ponderada República de Chile, cuya frontera tocamos !

A la una estaríamos en el Juncal para tomar el coche que nos conduciría á Salto del Soldado, la estación de partida del trasandino chileno. A las once de la noche nos encontraríamos ya en Santiago.

Confieso sinceramente que la pena que sentí en aquel momento al ver que debíamos quedar á la mitad del camino, se renueva cada vez que vuelve á mi recuerdo la ocasión perdida, tanto más sabiendo la cordialidad con que hubiésemos sido recibidos en aquella progresiva República.

Almorzamos con buen apeüto en el Paradero de Cuevas, cuyo restaurant tiene' un piamontés. Allí pasa el invierno, bajo la nieve que sepulta el pequeño poblado. Durante seis ó siete meses, aquí moran sus escasos habitantes, enterrados por la ¡nieve, gozando del silencio infinito en noche constante, ¡puesto que las ventanas quedan cegadas por la nieve. Tan sólo el teléfono les pone en comunicación con el mundo.

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Los condoi'es, que hemos vislo volar majestuosamente siguiendo la caravana, emigran de estos lugares en el rigor invernal, cuando se hace imposible la vida para todos los seres. Durante el invierno pasan, sin embargo, los peatones que llevan el correo, para cuj^o amparo existen de trecho en trecho cabanas de refugio.

En el año 1764, en tiempo de Carlos III, se estableció ya el correo para Montevideo, Buenos Aires y Chile, saliendo cada dos meses un buque del puerto de la Coruña.

Por estas soledades cruza el telégrafo que comunica á entrambos Continentes. La corriente eléctrica circula rápida bajo el manto durísimo de nieve para transmitir nuevas y comunicar los corazones y los entendimientos de hombres separados por las más grandes distancias.

En las Cuevas termina por ahora la línea trasandina de la vertiente atlántica, y hasta ahora no se notan señales de que quieran continuarse los trabajos, que, á partir de aquí, se limitarán casi á la apertura del gran túnel internacional. Se nos ha hablado de dificultades técnicas insuperables para ,llevar á término esta perforación, pero ante Jos problemas resueltos con las perforaciones alpinas, ¡no hemos dado mucho crédito al fundamento de estos obstáculos. El túnel más largo tendrá cinco kilómetros. Lo que sin duda ha influido ^en la paralización de tales obras ha sido el recelo que han mantenido hasta ahora Chile y la Argentina, en perspectiva de una gue-

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rra. El enlace de los trasandinos chileno y argentino suprimiría ^esa zona de incomunicación, que tiene ventajas estratégicas manifiestas, pues evita ima invasión rápida.

El túnel enti-e Cuevas y el Juncal me produce el mismo «efecto que el túnel del Canal de la Mancha, que pugna con obstáculos más bien de orden moral que material y económico.

Es más fácil, sin embargo, que desaparezcan aquí los temores, y que el mismo avance de uno y otro país impongian esa comunicación fecunda antes de que se abra ese túnel submarino entre Francia é Inglalerra, que en rigor convertiría á la Gran Bretaña en una Península. Síntoma de ello, una vez consolidada la paz, puede estimarse el que el Gobierno chileno haya aceptado la propuesta de la Sociedad Grace y Clark para dar término á la gran obra del Juncal, garantizando por el término de 20 años el interés del 5 por 100 á un capital de 1.350,000 libras esterlinas, que podrá elevarse cventualmente á 1.500,000. La Argentina no se da tanta prisa, por más que el aumento extraordinario |de su producción le obligará á buscar la salida, por el Pacífico, de muchas regiones que tienen su natural desagüe por Chile. Por esto se agita en estos momentos la idea de varios trasandinos, entre otros, el paso de la cordillera austral por las vías de San Antonio de Atacama, Tinquiririca y Pucóu, el ferrocarril proyectado por Belaustegui que enlazará Antuco con la bahía chilena de Talcahua-

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uo, y por último, el de Victoria al Neuquen, que apenas ofrece dificultades, el cual dará valor á ricas comarcas incomunicadas, poniendo en contacto á los audaces delanteros del Neuquen con los sufridos pionners de la Araucania.

Sin todos esos ferrocarriles no es posible que las comarcas próximas á la cordillera puedan adquirir el gran incremento que les espera en punto á población y á comercio, ni que el Sud América quede convertido en el puente de paso más formidable de la mayor corriente comercial y humana que habrá visto el mundo.

El actual trasandino mide, desde Mendoza á Puente del Inca, 158 kilómetros, pudiendo calculas hasta Cuevas en unos 170 kilómetros. Su coste hasta Punta de Asacas fué de 5 millones y medio de pesos oro, no habiendo hasta ahora repartido ningún dividendo. Es probable, sin embargo, que, cuando cumpla su grandioso objeto, completamente terminada la construcción, sea una de las empresas más fructíferas que se conozcan.

Actualmente durante el invierno el viaje se termina en Zanjón Amarillo (kilómetro 132), calculando en cinco mil el número de pasajeros que cinizan los Andes, en uno y otro sentido, por esta línea.

Es lo cierto que, cuando se considera la comodidad con que hoy se realiza el viaje, y se imaginan las molestias, peligros, privaciones y tiempo que había que arrostrar en otros tiempos, sé siente honda admiración por aquellos lejanos

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conquistadores y pobladores españoles que atravesaron la cordillera, así como por los caudillos de la Independencia que, al frente de ejércitos ^í

numerosos realizaron tal hazaña, que excede á |

las de Napoleón y Aníbal pasando los Alpes. ; ':

Se concibe entonces que Sanmartín dijera: ií

«lo que me priva dormir es, no la oposición J^^

que pueden hacerme los enemigos, sino el atra- .*

vesar estos inmensos montes ». Al ponerse en movimiento el ejército, se produjeron 400 bajas, entre enfermos, desertores y estropeados por las muías. De las 10,000 muías que llevaba Sanmartín, sólo llegaron 4,000 á Chile, quedando los caballos completamente estropeados y sin herraduras.

Al regresar á Puente del Inca hemos admirado otra vez, raudamente, como en cinematógrafo, el Aconcagua. Con ojos ávidos hemos mirado los torreones blancos de la, titánica montaña, con sus bloques desmedidos de nieve centenaria, más dura Ique el mármol, y llenando el horizonte, la grada majestuosa de los heleros prehumanos, como escalera gigante de los cielos.

En el valle de Uspallata detuvimos de nuevo la mirada en los grandes montículos de lava, duramente contraídos, vestigio frío de las hórridas convulsiones de este suelo, que ha dejado impreso en las peñas esa expresión de violencia y sufrimiento que conservan los cadáveres de quienes murieron entre grandes dolores. Dondequiera, se transparentan las huellas de las hondas revolu-

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dones geológicas que han transtornado el terreno. Los sedimentos aparecen invertidos y revueltos como las hojas de un libro destrozado, formando montón.

Desde allí vemos el Paramillo nevado, á cuyo pie organizó Sanmartín su ejército invasor, que dejamos á la izquierda, y en frente el teatral Cerro del Plata, que dominamos completamente al llegar á ('achetita. A la caída de la tarde, iluminado en sus enhiestas alturas por el sol, se confunde la extensa agrupación de aquellas montañas con las nubes, y semejan sus contornos blanquecinos un conjunto de cúmulos tempestuosos.

Desde el valle es cuando se aprecia la altura prodigiosa de esos colosos, por lo raquíticas y míseras que i'esultan montañas que, antes de descubrir el cerro, parecían grandiosas. La alteza del segundo témiino reduce desmesuradamente las proporciones del primero.

Llegamos á Mendoza á las seis de la tarde, y, después de haber tomado un lunch en el salón de espera, que nos fué ofrecido por el Intendente, V <le haber estrechado la mano de núestros buenos compañeros de viaje, agradeciendo con el alma sus afectuosas atenciones, cambiamos de tren y emprendimos el viaje para Córdoba.

Al salir de Mendoza, todavía con la fiebre hermosa de las alturas, contemplamos largamente la formidable cordillera, con el presentimiento

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de que la veíamos por última vez, posando nuestros ojos en las crestas heridas por el sol poniente, ribeteadas de fuego, que brotaba visualmente de la nieve, á cuyo alrededor flotaban inflamados arreboles.