Sangre nueva : impresiones de un viaje á la America del Sud · Capítulo real 29 de 35

Capitulo XXX

Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 4 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.

Capitulo XXX

Camino de Córdoba.— Río Cuarto.— Río Tercero.— Otra vez la llanura sin término. — Río Segundo. — Llegada á Córdoba. — Aspecto español de la ciudad. Reminiscencias de la sede colonial. — Su carácter señorial y místico. — Hidalgos y doctores. — Influjo del feudalismo del Perú. —Influencia moderna del litoral. — Socialismo é individualismo. — Aires populares argentinos. — Los varios estilos criollos y su semejanza á los diversos aires españoles. — El Río Primero y el Dique de San Roque. — Grandiosidad de la obra. — Temor de su rotura. — Proceso á los constructores. — El tiempo, gran defensor del dique y sus autores. — Carácter político del proceso. — Colección de antigüedades de Jacobo Wolf. — Una tempestad imponente en la Pampa. — Visiones de la tormenta. Llegada á Buenos Aires. — La Asociación Patriótica Española.

URANTE la noche nuestro vagón ha evolucionado repetidas veces. íbamos por la línea del G. O. Argentino y en Villa Mercedes hemos entrado en la línea del Andino hasta Villamaría, donde comienza el Gran Central Argentino que lleva á Córdoba.

Con el día se ofrece á nuesti-a vista la dilatada planicie, alterada por algunos cerros que surgen como islas en un mar de trigo maduro que todo lo llena con su amarillez dorada. El paisaje proclama aquí el verano.

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Al llegar á Sampacho vemos en el andén algunas mujeres del país, envueltas en mantos negros que apoyan en la cabeza, como las de Tarifa y otros lugares del Sud de España. Hay también en la estación grupos de emigrantes recién llegados, sin duda, para trabajar en la próxima siega.

Llama nuestra atención Río Cuarto, perteneciente ya á la provincia de Córdoba y cabecera del departamento. Debe su importancia á la fábrica de pólvora del Gobierno y á los cuarteles, que aparecen rodeados de grandes plantaciones de árboles, así como el Arsenal Militar regional, con buenos edificios.

Al dejar Río Cuarto, atravesamos amplia extensión alfalfada, dividida por numerosas líneas de árboles, entre las cuales pacen yeguadas. En este departamento hay muy buenas estancias, entre otrais la de Ambrosio Olmos, un argentino, que mantiene en sus prados unas 100,000 vacas.

A la una atravesamos el río Tercero, que más adelante se llama Carcarañá. A sus orillas crece un extenso bosque de algarrobos que alegra el paisaje y aproxima el horizonte, distanciado por la llanura rasa. Saturados los ojos todavía de las imágenes erguidas de la inolvidable cordillera, sienten más el vacío de la llanura inacabable, sin elevación alguna, que se extiende leguas y más leguas hasta juntarse con la llanura infinita del mar.

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En todas las estaciones se leen anuncios de rebaja en los pasajes de segunda para grupos de peones, desde 5 á 35 individuos, en vista de la perspectiva de una gran cosecha de cereales y de la escasez de brazos para su levantamiento. La rebaja se establece desde el l.o de noviembre hasta 31 diciembre. Los peones, durante la siega, cobran, según nos dicen, seis pesos y la comida (sin vino).

Vi II amaría, á orillas del río Tercero, ofrece la ])articularidad de ser el centro matemático de la República. El Presidente Sarmiento, á lo qtie cuentan, puso su veto á una ley que declaró á M llamaría capital de la Argentina.

El andén bulle de peones. Los trenes llegan repletos de braceros de wSantiago, Catamarca y Tucumán para trabajar en las cosechas de Córdoba y Santa Fe. Los de Mendoza van á la provincia de Buenos Aires.

Hablamos con algunos chacareros españoles ([ue hay en la eslación y nos i'efieren que cobran estos peones, trabajando á destajo, 0'60 pesos por cuadra, con la comida. Con las espigadoras pueden voltear el trigo de diez ó doce cuadras. Temen los colonos que lleguen á exigirles 0*80 pesos.

i Qué piélago de trigo ! A uno y otro lado de la vía las brillantes mieses se extienden hasta el confín del horizonte, y se ve que continúan más allá como el mar sigue tras de la línea recta que limita nuestra mirada. La paja voladora

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y el espartillo, restos de la Pampa, sólo se conservan en la vía, formando dos fajas amarillentas junto á los alambrados. •

La mayor parte de estos campos desde Tiopugio han sido cultivados de tres años á esta parte.

Salimos del mar de trigo y penetramos en una región llena de matorrales de difícil cultivo. Nos aproximamos á Córdoba y cruzamos el río Segundo, que después de correr largo trecho en dirección al Este, se pierde en un pantano situado al stid de Mar Chiquita.

Divisamos ya la Sierra de Córdoba, y en las colinas que atravesamos se distinguen jardines y arboledas.

El primer barrio de Córdoba, con sus chozas y corrales, ofrece el aspecto de un aduar morisco.

Llegamos á Córdoba, siendo i'ecibidos con los brazos abiertos, y después de haber saqudido el polvo en el Hotel, recorremos la ciudad.

Córdoba me parece, de primera impresión, la ciudad argentina, de cuantas hemos visitado, que conserva más señaladamente el carácter español.

Fué fundada en 1573 por D. Jerónimo Luis de Cabrera, á orillas del río Primero, y en la falda de la serranía que le recordó el sitio que ocupa la Córdoba española, su ciudad natal. ^ Ostenta todavía muchos edificios de la época colonial: el Cabildo, el Colegio Nacional, la Catedral, Santo Domingo y la Iglesia de la Compañía. La cúpula de la Catedral, que trae á la mente la

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silueta del campanario de la Mezquita cordobesa, se destaca airosamente en el aire, al par de muchos campanarios.

Los tañidos de las campanas vibran siempre en el espacio; la teja española cubre las casas y asoma á los aleros; las mujeres y los hombres lucen morena faz. Las calles más angostas que en las demás ciudades, los edificios altos, las cancelas y los alegres, patios de las casas, los muchos conventos y capillas, y una especie de adormecimiento que flota en la atmósfera, le infunden aires de capital de provincia española.

En una de las principales plazas existe todavía la casa donde nació el general Concha, que tanta celebridad alcanzó en España, y duran todavía los conventos que fundara la sobrina de dicho general.

Córdoba es una ciudad de tradiciones, y en su seno alientan gérmenes aristocráticos que mantienen las familias descendientes de los españoles que conquistaron y gobernaron el país. Hay allí ciertos apellidos que saben á nobleza, contribuyendo á darle carácter señorial la Universidad, fundada en 1612 por el obispo de Tucumán, fray Bernardo de Trejo y Sanabria, cuya estatua se levanta en el centro de los claustros del famoso establecimiento docente. De esta Universidad, rival de la célebre de Lima, han salido gran número de políticos y jurisconsultos, motivando el dictado de Doctoral con que es conocida Córdoba.

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Quizás en la lentitud del progreso material de Córdoba han influido ese apego á la ejecutoria y al diploma, que no se compaginan con el trabajo manual ni con la vida independiente. Hi* dalgos y doctores tienden á la ociosidad ó á la vida oficinesca. A ello se debe sin duda el viejo sello de sede colonial que aun ostenta Córdoba, que le da, por otra parte, un ambiente de cultura y distinción de que suelen carecer los centros donde la lucha activa y febril estimula los esfuerzos individuales, dando el predominio á los sobrevenidos.

Córdoba revela su origen colonial, y pertenece al grupo de ciudades del antiguo Virreinato que crecieron influidas por el feudalismo del Perú, viviendo aisladas del litoral, que iban colonizando clandestinamente los fugitivos de España y los extranjeros. Mientras en el estuario del Plata, incomunicado con España por el rigor de las leyes, se fundaba una comunidad libre y con espíritu individualista, en el resto de la República, desde Salto á Córdoba, en relación con la Corte de los Virreyes y bajo el régimen militar, alentaba una sociedad con rasgos totalmente diferentes, en que privaba la acción del Estado y el régimen de clases.

A esta cabe atribuir que ande esta ciudad algo rezagada en el movimiento progresivo de la República. Por otra parte hay que reconocer que estas poblaciones que no han perdido el tipo criollo, si bien no progresan con la rapidez del

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litoral, brindan Xiu ambiente más plácido al extranjero, especialmente á los hombres de nuestra tierra, que padecen con más fuerza la fiebre de la aclimatación en esas ciudades cosmopolitas, en cuyo medio se nota el frío del exotismo y del aislamiento.

A pesar de ello, la imuigración ha tardado en llegar á Córdoba, provincia que debe su crecimiento más al aumento vegetativo que á la inmigración.

Mucho se ha adelantado, sin embargo, en estos últimos años en agricultura, ya. que en 1887 el número de colonias existentes era de treinta y pico, siendo en 1900 de 183 con más de un millón de hecláix'as sembradas de trigo, lino y alfalfa. En 1902 se habían fundado ya 72 colonias más, que representan 212,000 hectáreas entregadas por vez primera al cultivo.

Córdoba, que por la disposición de los cinco ríos que cruzan su territorio, pudiera regar la mayor parte de su suelo, pierde á menudo sus cosechas por las sequías extraordinarias que padece.

De igual modo, para abaratar la salida de sus productos, tiene alguno de sus ríos en disposición de ser fácilmente canalizados hasta el Paraná, habiéndose realizado á este objeto varios estudios que no han tenido resultado práctico todavía.

Fijándonos en las leyes y decretos de la legislatura de Córdoba, se descubre en seguida ese

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espíritu socialista que informa su política, por las raíces que conserva del antiguo régimen. La subvención y la concesión menudean en lodoí^ los órdenes, demostrando que el individuo no su mueve de por sí, requiriendo los estímulos del Estado, sin que se note, á pesar de ello, un resultado plenamente satisfactorio.

Los grandes empréstitos realizados y la prodigalidad de crédito bancario no se han traducido en adelanto manifiesto del país, i[iw unn sufre las fatales consecuencias de aqui^lios derroches.

Se débale aclualmenle en la prensad pro))Íeniíi de las deudas municipales de Córdob:t y Sun la F^ y ye las cedidas hipotecarias de Buenos Aires, la mayor parte en poder de tenedores ingleses, quienes pi'etenden que la nación intervenga directamente en los arreglos. Como sin negarse á un arreglo equitativo, la opinión con jazón se opone á que el Gobierno nacional asuinii la responsabilidad de lo que es una deuda pu rameo le provincial, algunos diarios británicos quieren poner en duda la inlegridaid financiera de la República. La Marión observa justamente qnc los hombres de negocio ingleses, acostunibradíís como estaban á satisfacer todas sus exigeju i¿is^ se irritan ahora cuando luchan con coiitiMríerlades, fruto del laudable anhelo de mejorur c\ pnís, como, por ejemplo, la abusiva exonertu ion de derechos concedidos á toda clase de empresas para la introducción de materiales, que venían

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considerándose ó poco menos como un derecho concedido á perpetuidad.

Por la noche, en el local del Centro Español de Córdoba, hemos pasado un rato delicioso oyendo al profesor de guitarra Pedro Maza, discípulo de Tárrega, que, en pequeño círculo, nos ha recordado las originales composiciones del maestro. Maza, que domina las cuerdas y es un buen músico, ha propagado la música de concierto para guitarra, popularizando á Tárrega.

La guitarra es aquí el instrumento genuino del país, más que en ninguna parte de la República. Como en Andalucía, la gente del campo aprende sin maestro la guitarra, naciendo materialmente con los dedos enseñados para el rasgueo.

El profesor Maza nos decía que los principales aires del país, llamados estilos criollos, son: la vidalita, que se asemeja á la soleá; el gato, ün zapateado allegro; la milonga, parecida á la petenera; el 'pericón, que es la jota nacional argentina; el cielito^ una especie de jaleo pausado. La nota característica, como hemos tenido ocasión de observar, es la melancolía, pudiendo decirse que sintetizan este sentimiento los tristes, que consisten en décimas cantadas, casi todas de sabor místico. El Barón de las Juras Reales, prisionero de los indios en el Río de la Plata, en su libro Entretenimientos de un prisionero, publicado en Barcelona, refiere que los misioneros del Paraguay, después de inútiles tentativas, selladas muchas veces con su sangre, para convertir á

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los naturales del Paraguay, sabedores de la afición que los indios tenían á la música, idearon un plan que les dio favorable resultado. Sentándose á los lados de las piraguas cantaban alternativamente los himnos y los salmos de la Iglesia, mezclando por intervalos á sus voces la armonía de algimos instrumentos que traían á propósito. De este modo pudieron permanecer entre aquellos salvajes sin peligro alguno.

De este contacto del misionero con el indio por medio de la música, nacerían tal vez los tristes, cultos en su forma literaria y religiosos por su entonación.

No puede negarse que tiene la Argentina un caudal abundoso de música popular, susceptible de engendrar una ópera nacional el día que un músico de talento sepa extraer su esencia, como lo consiguió el brasileiro Gomes, en su Guaraní. La tentativa más señalada ha sido la de Pablo Berutti, que compuso una ópera titulada La Fampa, siendo el obligado protagonista Juan Moreira, la cual, sin ser un fracaso, no reúne méritos para obtener la consagración imiversal.

A las cinco y media de la mañana, en el ferrocarril Córdoba Noroeste, de vía angosta, salimos para el Dique de San Roque, embolsamiento colosal del río Primero.

Al salir de Córdoba pasamos una gran extensión de monte bajo, churcal como aquí le llaman, en el cual crecen la tala, el espinillo y el algarrobo. Antes de que el riego hubiese transfor-

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mado el terreno, la parte alta del valle de Córdoba presentaba idéntico aspecto.

Nos aproximamos á la Sierra y se distingue el color blanco de las canteras de cal en explotación, que se elabora en fonna parecida al Portland.

Para llegar á la altura del dique sigue el tren el valle hermosísimo del río Primero, con sus pendientes llenas de arbolados, que recuerda á trechos el Congost de Vicli y á trechos el valle (le Ribas.

Al dominar el agua embalsada desde la estación San Roque, permanecimos asombrados. Se extiende ante nuestros ojos un lago entre montañas, bello y misterioso como una obra de la naturaleza, cuya grandiosidad hace dudar que pueda ser creación del hombre, á no estar allí el gigantesco dique de contención para atestiguarlo. Se realizó en tiempo de Juárez Celmán, durante cuya Presidencia, si bien se tiró mucho dinero, se hicieron buenas cosas, siendo proyecto del Ingeniero argentino D. Carlos A. Casaffousth y obra del empresario constructor Dr. D. Juan Vialet Masset, catalán que honra á su tierra.

La naturaleza había 3^a formado este lago. En 1827 tuvo el río Primero una avenida colosal, la cual arrastró grandes moles de piedras que cerraron la quebrada, y el lago de San Roque se creó por obra de la Providencia. En 1831 una gran creciente arrancó las piedras que constituían el muro natural y el lago desapareció;

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más tarde, después de vanas tentativas, se acordó su realización, y en menos de veinte meses, fuera de las instalaciones preparatorias, se construyó este monumento romano, una de las obras de mampostería notables del mundo, quizás el embalse mayor de aguas existente, antes de que los ingleses hubiesen construido las maravillosas obras hidráulicas del Nilo. Es capaz para contener 300.000,000 de metros cúbicos de agua, con la seguridad de llenarse dos veces por año.

En el fondo del lago, á una proflmdidad de 33 pies, yace todavía el pequeño pueblo de San Roque, cuyas casas, después de expropiadas, ni se tomaron los constructores la pena de derribar por ganar tiempo.

La belleza del lugar y la fresca temperatura hacen sus orillas apropiadas para quintas de recreo veraniegas. Es difícil dar, en la proximidad de Buenos Aires, con un sitio tan elevado y hermoso como San Roque, no extrañándonos que Cosquín, situado algo más allá en la Sierra, se haya convertido ya en residencia de moda durante los meses calurosos.

Hay dos canales maestros que parten del Dique, uno al Norte y otro al Sud, saliendo de los mismos sucesivos repartimientos, que sirven para regar gran número de hectáreas, trocando en tierras de labor los churcales.

La masa de agua allí acumulada se traduce en 30,000 caballos efectivos, y potencialidad para regar 100,000 hectáreas de terrenos.

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Al caer Juárez Celmán, el Dique de San Roque tuvo el privilegio de acumular las iras de los enemigos del Presidente derribado. Durante su gobierno, al parecer, se cometieron grandes abusos, se realizaron negocios á expensas del erario y fué la coima (1) gran impulsora de las obras públicas; por ello al estallar el clamoreo contra aquel régimen de despilfarro, lo que era más sólido y firme de cuanto se había construido, el Dique de San Roque, atrajo con más fuerza el rayo de la política triunfante.

Se comenzó á propalar el miedo en Córdoba, augurando la rotura del dique y promoviendo en varias ocasiones verdaderos pánicos que hicieron salir á la gente de la población, preparando así la causa criminal por supuesta defraudación y defectos de construcción en las obras contra el Ingeniero y el empresario constructor. Procesados ambos, sufrieron trece meses de cárcel, declarándose al final en la sentencia absolutoria, que los defectos señalados eran de detalle é insignificantes en pro3^ecto de tanta magnitud, y que el Doctor Bialet al hacer las obras de riego, no omitió gastos ni sacrificios para realizar una construcción de primer orden, demostrando que no le guiaba el espíritu de lucro.

Más que esta sentencia habla á su favor la resistencia del dique á las grandes inundaciones, de manera que ha cesado ya todo temor y Cór-

(1) Coima, antigua palabra castellana que ha revivido en América.

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(loba mira aquel embalse como obra bienhechora que evita los desbordamientos devastadores de antaño. ,

Lo cfue falta allí es empresa: no se ha sabido aprovechar aquel instrumento poderoso para el desarrollo de la industria y de la agricultura. Los hombres del litoral poco á poco van labrando las tierras é introduciendo industrias, en lucha con la resistencia del antiguo espíritu señorial, pero el avance es lento. Hasta ahora, por virtud de concesiones gratuitas del Gobierno Pro\incial, que es el propietario del Pantano, se ha aprovechado una mínima parte de su fuerza para una central de electricidad y para una fábrica de carburo de calcio, pero miles de caballos duermen, y los cañales de riego se ofrecen en vano á las tierras' sedientas.

Antes de salir de (>)rdoba fuimos obsequiados por el Ministro de Hacienda, D. Pablo Argañarás, con un almuerzo íntimo, teniendo la satisfacción de ver en este acto cómo los gobernantes y los hombres de mayor prestigio compensan con su elevada consideración las amarguras del Doctor Bialet Masset, que encontró la ruina y el sufrimiento en la realización de la obra de ingeniería más grande de la América del Sud.

Visitamos la curiosa colección de antigüedades del Doctor Jacobo Wolf, compuesta de cuadros, objetos de arle, alfombras y tejidos, adquiridos en Córdoba, casi todos de procedencia española y americana. Entre, ellos recuerdo un

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wSan Antonio con el Niño, atribuido á Murillo, dos mujeres tocando la vihuela, de factura goyesca, y una Virgen con el Niño y los ángeles, de escuela italiana.

Nos entretuvimos viendo una original arquilla de cuero repujado, para joyas, con la siguiente inscripción : « Buelbe tirana á mis brasos asi lo fyrme yo Jvan Agustín del Pino el año 1785». Contemplamos también multitud de vasos, ídolos y objetos procedentes de los indios calchaquies y comenchingones, que traen á las mientes los vasos é ídolos egipcios.

En el Museo prehistórico del Sr. Bialet y, Prida observamos también, pertenecientes á los indios americanos, amuletos parecidos á esfinges y ciertas pirámides que servían para el culto.

A las dos de la tarde emprendimos el regreso á Buenos .\ires, con un calor asfixiante.

A las cuatro se cernían sobre el horizonte espesos nubarrones como montañas, formando una serie de escalonados macizos. El tren iba en dirección á los cúmiüos, y, á medida que nos acercábamos, veíamos manojos de centellas rasgar la cortina violácea que unía las masas flotantes con la tierra.

El calor comenzó á ceder con el aire, que traía lejanas emanaciones de tierra húmeda. El nublado se extendía al par que la sombra cubría el paisaje que, más allá, quedaba circunscrito por una faja luminosa que contrastaba con el color negruzco del cielo.

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Las av€s volaban en dirección opuesta á la tormenta, mientras el cielo se tornaba cárdeno encima de nuestras cabezas, notándose en el horizonte las rayas oblicuas del chubasco.

De pronto un viento impetuoso levantó á distancia nubes de polvo que se destacaron sobre el nublado de variados tonos negros, agitándose la paja voladora de la planicie como xm mar picado é inclinándose los árboles al paso (J^l furioso vendabal, que sacudía el tren en plena marcha. Nieblas rastreras cruzaban veloces, y las primeras gotas azotaron los cristales. La lluvia se hizo luego torrencial, formando cortinas líquidas que, á impulsos del huracán, flajneaban violentas, reflejando seguidamente las exhalaciones eléctricas.

La línea y los caminos se cubrieron de agua que burbujeaba rojiza, encharcándose en la pradera. Los ganados, en fila, daban la espalda á la lluvia, inmóviles y con las orejas levantadas. Fué una tormenta imponente, de escasa duración, porque nos alejamos de ella con la rapidez del tren, que no hizo más que cortarla.

Todavía conseguimos el sol fuera de las nubes, admirando ima puesta sorprendente. Cuando el sol tocaba casi el horizonte, cruzamos una extensión de bosque y vimos la cúpula roja del astro correr fantásticamente sobre la masa verdinegra de los árboles.

Cuando desapareció el sol en un ocaso completamente despejado, las nubes levantinas co-

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menzaron á iluminarse, como las elevadas cumbres que pregonan con sus claridades enhiestas que todavía contemplan el sol que ya no alcanza * á la llanura. Primero íueron colores pálidos y nacarados, como suaves emanaciones de resplandores internos, que adquirieron luego entonaciones rosadas en el centro, mientras las cimas se teñían de manchas verdosas y toques morados en una serie indefinida de matices.

Cuando esos colores se amortiguaron, reavivó la luz ponentina, y en el espacio claro entre las nubes y la tierra estalló un resplandor de aurora boreal que fulguró largo rato en el horizonte, sin atravesar la obscuridad de las nubes que servían de bambalinas. Durante estos momentos las charcas de los campos brillaban sangrientas.

Cuando hubo cei-rado la noche, de todas parles surgían emanaciones eléctricas, viéndose á menudo las centellas que se hundían en la tierra. A las diez de la noche el espectáculo era sublime, pues en la llanura inmensa contemplábamos los efectos de un conjunto de tempestades desencadenadas á distancia. Los rayos brillaban sin interrupción. Según de donde brotaba la centella, quedaba iluminada por completo la planicie sobre el cielo obscuro ó aparecía clarísimo el cielo sobre la llanura sombría. En el horizonte lluvioso, la llamarada eléctrica descubría una gasa líquida, uniforme, al par que en la altura iluminaba fantásticamente los contor-

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nos macizos de los cúmulos, que lucían sus majestuosas proporciones de cordillera nunca vista.

Desde la plataforma del coche veíamos iluminarse súbitamente los rieles como dos líneas (le plata, que se deshacían en lontananza. Los árboles, sobre el cielo alumbrado por el rayo, mostraban al trasluz sus negras ramas, viéndose voltigear en el campo, durante la obscuridad, fosforescencias de los animales insepultos y reflejos fugaces de las exhalaciones en las lagunas y bañados.

Al pasar una estación, cuando el tren se detenía un instante, se i^ercibía el ronco retumbo del trueno, nunca interriunpido, que al marchar se confundía con el rumor sordo del convoy. Agrupados bajo los tinglados y envueltos en los ponchos, estaban los peones i-ecién llegados de Santiago del Estero y de Salta para trabajar en la recolección, cpie esperaban la aurora para ir á las estancias.

Al acostarnos llovía á mares, y al despertar nos enteramos por los diarios de Buenos Aires, que compramos en las estaciones próximas á la capital, que habían caído durante la tarde anterior tremendos pedriscos en Río Cuarto y en otras comarcas de la República. Eran las tormentas, que sorteamos en nuestro viaje, de las (¡ue vislimibramos la sublimidad y el estrago.

A las ocho llegamos á Buenos Aires. El <- María Cristina » enlró en la dársena esta mañana,

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ofreciéndonos la dulce perspectiva del próximo regreso.

Emprendimos en seguida nuestras visitas de despido, comenzando por la Asociación Patriótica, cuya obra meritoria, más patente á nuestros ojos después de esta rauda excursión á través de la República, ponderamos sinceramente á nuestro cariñoso amigo D. Antonio Atienza, que con tanto fervor la dirige é impulsa.

La esterilidad de la abnegación y entusiasmo que desplegó la Asociación Patriótica en el curso de nuestras pasadas desventuras, no ha entibiado su patriotismo, que ha adaptado á las nuevas circunstancias, dándole aplicación más práctica. La Asociación Patriótica es hoy, puede decirse, la que ejeix^e el patronato sobre la emigración española. Este generoso empeño. tan favorable á imestros nacionales, es visto con gran simpatía en la .Vi-gentina, necesitada de una inmigración sana y fructuosa que, en vez de aumentar el proletariado, venga á implantar la colonización de las tierras solitarias é improductivas.

Sólo allí se comprende la finalidad noble y levantada que cumple la Asociación Patriótica, guiaiKlo á ese ejército pacífico y desvalido, que sale de nuestro país, empujado por la privación y el malestar, en busca de medios que aseguren la vida. Ante la ciudad repleta que rechaza á los que vienen sin recursos ni oficio, llena un d(^l)er <le conciencia encaminando á los que llegan hacia las lejanas comarcas inexplotadas, ce-

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rraiido el paso en ciiaulo cabe, con sus advertencias y consejos, á esos proletarios de la pluma que, en América, sufren con seguridad mayores miserias que en el seno de nuestras viejas ciudades, viéndose excesivos en medio de los escritorios y oficinas, q^e no pueden engullir niáíi empleados. El trabajo de propaganda que en este sentido idealiza la Patriótica es un trabiijo humanitario, al par que resulta provechoíso y ulil ese amparo y orientación que preista á los que inmigran, á fin de que puedan aplicar su activid;ui en forma segura y progresiva.

La Asociación Patriótica tiene núcleos en todn la República; así es que hasta los últimos extremos irradia su influencia tutelar y bienhechora.

¡Cuántas miserias de nuestros ní\cionales lia sido llamada á mitigar!

Nada más piadoso que las repati*iaciones qu^e facilita, dentro de sus medios limitados, á esos pobixís soldados de la legión trabajadora, inulilizados durante la batalla que no cesa. Y rs tanto más digna de alabanza esta obra de cnvl- <lad, si se advierte que el Estado, muy pi-eocu} jado en impedir, pero no en proteger, la emiginción, así como los institutos religiosos, que hm han aplicado su celo á aliviar tales sufrimientos, dejan en abandono á estos desgraciados que yncen faltos de recursos y desvalidos, á miles Ov leguas kIc su patria y de su íintiguo hogar.

Se puede apreciar también, aunque mediído, un fin utilitario en tan generosa empresa: creiiii-

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do tiii gran núcleo de población española sana y fuerte, se fortifica el sentimiento nacional en lejanas tierras, dando el más firme apoyo á nuestro comercio, que debe cimentarse principalmente en el mantenimiento de los gustos y costumbres de la patria, que causa la demanda de nuestros productos.

Este espíritu <le hermandad que difunde la Patriótica entre los e^spañoles esparcidos por la República, al par que ayuda á la formación de las asociaciones benéficas, sostiene las cualidades ingénitas en provecho de las relaciones mercantiles y morales con la patria de origen.

CAriTULO XXXI

Preparando el regreso." — La Estancia San Juan de don Leonardo Pereyra. — La vaca Dalia y el toro I). Juan. El primer Hereford. — El toro Farrier, patriarca bovino. — Una raza de campeones. — La Plata, ciudad improvisada. — Error de su fundación. — La Plata y Bahía Blanca; el eng-endro oficial y la formación espontánea. — Impresiones de la Plata. — Al^orción de Buenos Aires. — Puerto Ensenada convertido en puerto de la nación. — El Museo de la Plata. — El panteón de los Indios. — Historia y prehistoria. — El mamífero misterioso dé la Patagonia.— r El perito Moreno. —Sus viajes y sus estudios. — Moreno en la cuestión de límites con Chile. — Cómo resolvió el conflicto Inglaterra — Ventajas del desarme. — De cómo en la Patagonia hay campo para la obra colonizadora de las dos Repúblicas..— Velada en el Parque del Doctor Moreno. — Visión de las regiones desconocidas de la Argentina. — Impresión final

A con el pie en la palanca, aprovechamos todavía el tiempo, por lo mismo que son mnclias las cosas que nos faltan ver y varias las personalidades que nos quedan por conocer y tratar.

Nos contraría vivamente una indisposición del Doctor Quintana, quien nos había señalado hora para recibirnos, pues esto nos obligará á marcharnos sin haber tenido ocasión de ver y hablar al futuro Presidente. Por de pronto hemos recogido dos impresiones: la de que cuenta con

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iimchos enlusiastas entre la Juventud y la de que no tiene detractores, que no es poco en las grandes democracias.

A las seis de la mañana salimos del Hotel para ir á la estancia de D. Leonardo Pereyra Irazola. Tomamos el tren de la Plata, bajando en la estación Pereyra, lindante con la estancia llamada «San Juan». Las 12,500 hectáreas qne comprende esta finca, valen mucho más que los centenares de miles de hectáreas que abarcan algmiás estancias del interior; sus seis ó siete mil bovinos representan el valor de centenares de miles de hacienda criolla. Aquí se ha llegado ya al colmo del refinamiento: la Pampa se ha trocado en prado puro, y las rcses bastas en ganado selecto y aristocrático. Esto se ha logrado tan sólo por el esfuerzo de la voluntad y con dinero.

En 1857 se importó la vaca Dalia, fundadora (le la cabana. El primer toro que se importó con Dalia se llamaba Don Juan: fueron el x\dán y Eva de este Paraíso, sin la prohibición de comer la fruta del árbol del bien y del mal.

El primer Hereford se compró el año 1862. Hay ahora 600 vacas Durhan de plantel é igual número de Hei-eford. A cada cuarenta vacas corresponde tin toro.

En la actualidad existen disponibles unos 6,000 novillos. El valor promedio de los toros vencüdos esle año, ha sido de 1,829 pesos cada uno. El toro Farrier, un reproductor Durhan, ad-

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qiürido en 1899, costó la friolera de 15,700 nacionales. Este patriarca cuenta ya doscientos liijos, habidos en tres pariciones. A los tres años de haberlo comprado vendieron tres hijos suyos, nacidos en la estancia, por 19,000 pesos. En el comedor de la suntuosa finca pudimos admirar, en preciosas fototipias, obra de don Leonardo Pereyra, los mejores reproductores y los más selectos ejemplares obtenidos en la estancia, con su árbol genealógico completo. Allí estaba Rass, Jiermoso animal, hijo de Dalia, que fué el campeón y ganador de la copa en la Exposición Rural de 1898, y Rass Retty, su hijo, que en 1900 obtuvo la misma recompensa, manteniendo los timbres de la estirpe.

El toro Farrier ha tenido en su descendencia Ires campeones victoriosos. ¿Por qué será que las cualidades suelen mantenerse mejor en el linaje de los animales que en el de los hombres? Tal vez porque los cruces de los animales se sujetan más á la inclinación natural que los matrimonios de los hombres, y además porque se cultivan mejor.

El Parque de la estancia San Juan es algo ideal, por la magnificencia de su arbolado y los puntos de yista soberbios que ha sabido combinar su idueño, dotado de temperamento de artista. Los eucaliptus, en sus muchas variedades, dominan sobre la enorme masa forestal que llena 250 hectáreas. El misterioso lago, escondido en el centro del bosque, sus sombrías ve-

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redas, las anchas avenidas, sus poéticos rincones y el derroche de flores que bordan los márgenes y los prados, encanlan los ojos y arroban el espíritu.

(Cuando se piensa que iodo aquello es creación l)ersonal, obra del inmigranle de ayer, que quizás se embarcó con pasaje gi-atuito, y hoy para su delicia tiene un parque que envidiarían muchos reyes, se reconoce de nuevo que más que todas las minas y el oro de América, ha valido el trabajo, que es el manantial inagotable de la riqueza. Aunque parezca una ])aradoja, la pobreza de l^si)aña se debe á haber encontrado colonias demasiado ricas, y los ingleses son ricos por haber encon Irado colonias faltas de metales preciosos. El daño y la pobreza se nos seguía de la falla de manufacturas en España, lo que daba el predominio del comercio de las Indias á los extranjeros. Estimando en 38 millones de pesos, aleniéiulonos á los datos y 'presunciones de los autores, el valor del oro anual que venía á España desde América, resulta que las operaciones de compensación verificadas, en el Clearing-Housse de Londres en un año, representan mayor valor que to<lo el oro que ha venido á luiropa desde América, á parlir de su descubrimienlo.

Para apreciar, bajo otro aspecto, la portentosa Iransformación de esa estancia, no hay más que .decir que en uno de sus extremos en pocos años se ha levantado una ciudad grande y famosa.

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Una parte de ¡sus campos y prados constituyen el ámbito de la capital de la provincia de Buenos Aires; k) que se valoró á leguas cuadradas, se valora ya á palmos.

En pocos minutos, desde Pereyra se llega á la Plata, esa ciudad improvisada. , En 19 de noviembre de 1882 la fundó Dardo Rocha, gobernador entonces de la provincia de Buenos Aires, en lui sitio completamente inhabitado, para dar á la provincia una capital propia. Hasta aquella fecha í>e confundían la capital provincial y la federal.

Fué un grande error el de fundar una ciiulad nueva, tan próxima á Buenos Aires, teniendo en la provincia una población como Bahía Blanca, en situación inmejorable y con un porvenir magnífico. La atracción poderosa de Buenos Aires, qiie tanto daño causa á la República, influyó en esta determinación, realizándose el milagro de levantar una ciudad grande y monumental en tres ó cuatro años.

Las consecuencias del grave error se han visto pronto, contrastando la decadencia de lo artificioso, de lo que ha sido un engendro oficial con el progreso de la creación, fruto del esfuerzo privado, de la condensación natural y espontánea del trabajo y de las inmensas riquezas comarcales. La Plata es luia ciudad que nació muerta: Bahía Blanca era ya en aquellos tiempos una aldea que había naodo para gran ciudad.

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La primera impresión que produce la Piala es deslumbradora, con sus amplias calles y avenidas, sus muchas y monumentales plazas, y más que nada sus bellos y grandiosos edificios. I.a Casa de Gobierno, la Casa Municipal, los Ministerios, la Casa de Correo, el Palacio de Justicia, forman un conjunto de palacios que pocas ciudades ostentan. La ciudad fué admirablemente trazada, los preceptos de la higiene se tuvieron muy en cuenta, y en este punto es digna (le sumo elogio. Después del primer golpe de visla, se observa cierta monotonía en la consIrucción, que se explica por ser obra de pocos que han «derramado siempre el propio estilo Renacimiento; viene á causar el mismo efecto de esa masa de edificios de una Exposición, que dejan adivinar en seguida el poco tiempo que han necesitado para construirse, el influjo de un mismo temperamento y el preílominio de la apariencia más que de la nealidad.

Al cruzar las grandes avenidas, se ve la yerba crecer en el arroyo como si la pradera quisiese recobrar su antiguo dominio; al encontrarse en sus plazas inmensas se nota la desanimación y el silencio. Al poco rato, la falta completa de movimiento hace creer que se encuentra nno en una gran capital despoblada por una calamidad ó en una ciudad completamente conservada, que ha surgido íle una excavación.

Fijándose en los pormenores, se observa que los grandes edificios son casi lodos inacabados,

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mostrando algunos las grietas que aseguran la •próxima ruina. Doquiera asoman las señales de la improvisación, que hace cosas poco durables, y de la especulación nunca escrupulosa, que se aprovecha de las circunstancias para falsear los objetos.

Algo hay que contribuye á darle carácter arqueológico, á pesar de su aire moderno, y es el gran Museo de la Plata, estupendo desde el pu'nto de vista palanteológico. La grandeza de este Museo disculpa por sí solo el error ó el capricho de quien se empeñó en crear ^una ciudad puramente burocrática, una villa de estufa, nutrida* exclusivamente por las oficinas de la administración provincial. Cuando no otra cosa, queda fmidada aquella superior institución, que contiene tesoros para los estudiosos, verdadero monumento de cultura científica, que sirve para calificar á una nación.

La Plata está destinada á desaparecer absorbida por Buenos Aires, la metrópoli tentacular, la ciudad vórtice que envolverá con su crecimiento á las poblaciones cercanas.

La Plata, á una hora de tren de Buenos Aires, es hoy una cuy burocrática, que adquiere cierta animación durante las horas del día en que la administración y la política funcionan, para volver al silencio y á la inacción, como la cuy comercial de Londres pasada la fiebre de los negocios, cuando los gobernantes y los altos empleados regresan diariamente á Buenos Aires.

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Lo qui» íií está dostinado á adquirir un rápido desenvolvimiento es Puerto Ensenada, que existía antes que fuese la Plata y que perdió su nombix; por la fama de la nueva ciudad. Puerto Ensenada, á cinco kilómetros de la ciudad, acaba de vser arrebatado á la provincia para convertirlo en Puerto de la Nación. La perspectiva de la competencia futura de Montevideo, cuando se' hayan terminado las obras de su puerto, ha influido tal vez en esta decisión, que abre al tráfico un puerto que reúne mejores condiciones que el de Buenos Aires para el comercio univer- *sal. Allí encontrarán los grandes buques trasatlánticos un fondeadero cómodo y de mayor calado que el de Buenos Aires, un puerto marítimo en vez de 'un surgidero fluvial, naturalmente formado para la salida de la feraz zona septentrional de la provincia de Buenos Aires, sin necesidad de acudir á la capital á buscar, con recargos inútiles de fletes, carga de exportacióji.

El resultado que se obtenga será asombroso, si prospera la idea de crear una zona neutral, en la cual puedan los comerciantes é industriales gozar de absoluta libertad para sus operaciones de tránsito. Más aún, si Puerto Ensenada se convierte en puerta de entrada de la inmigración, substrayéndola á la fascinación nociva de la metrópoli que se interpone entre el colono y el campo desierto.

Puerto Ensenada, dada su situación respecto á Buenos Aires, á la misma orilla del río, si

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alcanza el grado de desarrollo y grandeza de que lo creo susceptible, lo veremos unido por medio de una serie de dársenas á Puerto Madero, como Londres con el mar.

Volviendo al Museo de la Plata, hay que reconocer que no es sólo una colección de curiosidades de la naturaleza, sino un instituto de investigaciones y estudios científicos. Encierra verdaderos tesoros que no se encuentran en ningún otro Museo, que atraen á los sabios de ios más lejanos países.

Lo que me produjo honda impresión en este Museo, fué la enorme cantidad de cráneos de los primitivos habitantes de la Pampa. Allí están perfectamente clasificados y medidos; hablándonos de la capacidad intelectual y de las condiciones étnicas de los hombres que hasta ayer defendieron su suelo nativo del invasor, reducidos á mera curiosidad arqueológica. Los despojos de los indios que murieron en las luchas . libradas para la conquista del desierto por los generales Roca y Villegas, los cementerios que conservaban los restos de sus antepasados en la proximidad de sus tolderías, están agrupados y clasificados en vitrinas, dándose el caso insólito de un pueblo sacrificado en aras de la civilización, desposeído de su suelo, cuyos restos han servido luego para formar las colecciones de un Museo zoológico. Vivo todavía el recuerdo de la lucha, los sabios estudian ya fríamente aquellos cráneos cual si fuesen de ima raza prehistórica.

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Lo que ha pasado con los indígenas ocurre con la fauna de aquellas regiones. AlU se pueden contemplar los restos de grandes mamíferos extinguidos, que existieron sólo en la América del Sud, entre ellos el grupo de los toxodontes, (jue han llegado casi hasta nuestros días. Uno de aquellos, el grypotherium domesticum, llamado el mamífero misterioso de la Patagonia, se ha presumido que vivía aún. Unos cuantos amigos, realizando ima excursión por los alredeílores de Puerto Consuelo, en el interior de Ultima Esperanza, descubrieron una gran caverna, y en ella encontraron im pedazo de cuero cuyo espesor era de 10 á 15 mni., que mostraba incrustados en su interior muchos huesecillos del tamaño de una alubia.

Más tarde se encontraron restos completos de este animal, que los hombres que vivieron en los tiempos prehistóricos mantenían en estado doméstico, y la frescura de alguno de sus residuos hizo creer en su presente existencia, tanto más cuanto algunos indios patagones describían un animal parecido. Lo cierto es que algunos ingleses organizaron una excursión en busca de ese animal misterioso, ó á lo menos tomaron ese pretexto para recorrer desconocidas zonas de la Patagonia andina.

El Sr. Moreno dio una conferencia en la Sociedad Zoológica de Londres, demostrando que todas las referencias de que se había visto aquel animal vivo son completamente ilusorias.

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Lo único cierto es que estos animales, que ya i'esultan prehistóricos, hace pocos siglos que vivían aún ; de igual modo que los habitantes de esas regiones aisladas donde no había penetrado aún el europeo, y que permanecían en estado completamente salvaje y primitivo, exterminados al primer avance de la civilización, han pasado desde los campos de batalla á formar parte de los museos con las razas desaparecidas.^

En esas zonas alejadas de toda civilización, como fué Ja Pampa central, la prehistoria data de ayer, mientras en el Perú, en México, y más que ninguna otra parte en China, donde la civilización ostenta tan remoto origen, la historia alcanza tiempos en que los indígenas de la América Austral no habían hecho aún su aparición en esos territorios. En los pueblos salvajes, al primer contacto de la civilización destructora, por fatalidad, se confunde la prehistoria con la historia, desapareciendo en poco tiempo los hombres y los animales que vivían adheridos á su suelo.

D. Francisco de A. Moreno, el perito Moreno, como todos le llaman, ha sido y es el alma del Museo de la Plata. Bajo, regordete, de fisonomía simpática, con aire alegre y ojos curiosos, no se adivina en él fácilmente al excursionista infatigable y al sabio naturalista. En primer lugar, ha prestado á su país el grandísimo servicio de revelarle sus propias riquezas, ayudando al exacto conocimiento de su suelo, y en la cues-

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tióii de límites con Chile, ha sido el decisor, acreditándose á la vez.de geógrafo, de patriota y de amante de la paz.

Nadie mejor que el Doctor Moreno, el primer viajero de su país, para fijar esa línea de la frontera argentino-chilena, formada por la Cordillera Nevada que, en tiempo de la dominación española, separaba las grandes dependencias meridionajes de la Corona.

En su tratado de amistad, Chile y la Argentina, en 31 de diciembre de 1856, se aseguraron el resjHíto recíproco sobre los territorios que á los dos países correspondían respectivamente, al tiempo de separarse de la madre patria. La controversia parecía queilar reducida á averiguar la verdadera situación geográfica del estrecho de Magallanes y de la colonia Punta Arenas, en relación á la cordillera de los Andes.

Después de largas discusiones, en 1881, .Chile abandonó sus prelensioncs al Oriente de la cordillera de los Andes y al Norle del paralelo 52, y la Argentina reconoció como chilenos el territorio vecino al estrecho neutral de Magallanes, parte de la Tierra del Fuego y las islas del Sud.

Al querer trazar la línea divisoria, con arreglo al artículo l.o del tratado de 1881, por causa de la guerra civil y otras complicaciones en Chile, se demoraron los trabajos hasta 1890. Apenas iniciadas las confei'encias, huibo por parte de los peritos marcadas discrepancias. Barros-Arana, perito chileno, quería trazar la frontera bas^n-

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dose eii el divortium aquarum, afirmando la separación de las cuencas hidrográficas del Atlántico, y del Pacífico, es decir, que los ríos afluentes del Pacífico debían ser chilenos desde su origen, y los que desaguan en el Atlántico argentinos desde sus manantiales. El comisionado argentino mantenía el criterio de la alta cordillera divisoria.

El protocolo de 1893 pareció i-esolver esta divergencia, señalando de ;un modo definitivo que la frontera entre las dos Repúblicas se extiende por Uno y otro lado hasta la cumbre del encadenamiento principal de los Andes. Sin embargo, cuando los peritos fueron á realizar el trazado, nuevamente pugnaron los dos contrapuestos criterios. Primero el Doctor Quirno Costa y después el perito Moreno, se opusieron al criterio de Barros-Arana, obstinado en sostener su norma hidrográfica, manteniendo la línea orográfica, el divorcio continental contra el divorcio interoceánico.

El perito Moreno llevaba tma gran ventaja sobre el Sr. Barros-Arana, gran escritor y geógrafo, que estudiaba sobre el mapa, mientras aquel determinaba la línea sobre el terreno. Uno seguía sus ideas teóricas, prescindiendo del examen geográfico real; el otro, partiendo de los tratados, acudía al terreno para estudiar los accidentes determinantes de la frontera. Las muchas exploraciones llevadas á cabo con este motivo por el Doctor Moreno han sido tan favo-

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rabias á la ciencia y á la cultura de la Argentina como á sUvS derechos territoriales.

El perito Moreno, hombre práctico, demostró con un hei'ho irrefutable el error del perito chileno, creando uno de los capítulos más curiosos de estas negociaciones. Para demostrar que la línea del divorcio interoceánico está muy lejos de poseer la condición esencial de inamovilidad que los trata<los de límites prescriben, con el trabajo de unos cuantos hombres, en pocos días, restableció el antiguo cauce del tío Fénix, afluente oriental del lago Buenos Aires y perteneciente, por lo tanto, á la región hidrográfica del Pacífico, haciéndolo desaguar en el Deseado, que .corresponde á las vertientes del Atlántico. De manera que, de admitir que el encadenamiento principal de los Andes está constituido por la divisoria de las aguas del continente, habiéndose, trashulado por aquel desvío la separación hidrográfica muchas millas al Occidente, podría afirmarse que la cadena prmcipal de los Andes había sido removida de Este á Oeste y asentada en otro lugar.

Con esta lección práctica, dio Moreno un golpe mortal á la teoría chilena, probando que la línea que pasa entre las fuentes de los ríos es variable en muchos casos, como sucede en la Patagonia. En contra, la cordillera formidable es ima frontera segura que nadie puede remover.

Es lo cierto que durante los muchos años en que permaneció indeterminada la línea fronte-

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riza, las íac-ilidades naturales y las coriienti^s emigratorias se* habían encargado de empujar á los argentinos hacia territorios de Chile y á los chilenos hacia regiones argentinas.

Los galcnses, (colonizadores del Chubnt inferior, f nerón poblando los grandes valles longitudinales, cerrados al Oesle por los macizos novados de los Andes, explicándose así (jne fueran estos colonos desconocidos en Chile, sientio descubiertos al realizarse las difíciles expediciones fluviales que se llevaron á cabo desde el lado occidental. Entonces fué cuando Chile se enteró de que existían allí colonias bajo la jurisdicción de Chile, fundadas desde la Argentina.

Por su lado, Chile, con su colonización, ha ido l>enetrando en la iTgión de los lagos argentinos, al oriente de los Andes patagónicos, habiendo abierto tres caminos que ponen en comunicación aquella zona indiscutiblemente argentina con el Océano Pacífico. El perito Moreno fué el primer blanco, en enero de 1876, que llegó á admirar la magnificencia del lagf) Nahuel-Huapi desde las orillas del Atlántico.

La Argentina, que ha podido apreciar por fin la fertilidad de aquellas orillas, que ofrecen caniIX) seguro para la colonización, presta ahora gran cuidado á la defensa de aquel pedazo de frontera, que consiente una fácil invasión, y hace tiempo que estudia la manera de hacer navegable el Limay hasta su confluencia con el río Negro, con lo cual pondría en comunicación

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tan rica comarca con el Atlántico, cerca de Bahía Blanca, trazando ima nueva ruta al ejército de emigrantes para la conquista de las tierras inexplotadas.

Inglaterra resolvió la cuestión de límites entre Chile y la Argentina, según he podido colegir, en forma parecida al célebre juicio de Salomón. No quiso quedar mal con ninguno de sus clientes.

Debemos felicitarnos, sin embargo, de la mediación de Inglaterra, puesto que ha asegurado la paz entre Chile y la Argentina, que, libres de la pesadiunbre de la paz ar^iacla, pueden consagrarse por completo á la colonización de la Patagonia, que en vez de ser el campo de batalla será el punto de enlace de aquellas dos Repúblicas, allí donde se conjuntarán los esfuerzos de Chile y de la Argentina para colonizar una vasta y rica región hasta ahora desdeñada, en la que sobra espacio para aplicar la suma de actividad, de inteligencia y riqueza de aquellas dos Repúblicas, necesitadas, además, para esta empresa, del contingente de los emigrantes europeos.

En Buenos Aires, el perito Francisco J. Moreno quiso hacernos ver y admirar por medio de proyecciones las muchas é ignoradas regiones que no habíamos recorrido de la Argentina. Quedamos asombrados de aquella visión rápida de todas las zonas y de todos los climas, de los desiertos más hórridos y de las comarcas más

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frondosas; de la vegetación tropical y de los paisajes glaciales.

Fué la última noche que pasamos en Buenos Aires, celebrándose tan hermosa velada en el Parque que posee el perito Moreno, en la. calle de Caseros, esquina á la Catamarca. Allí tiene su vivienda urbana, en el centro de un bosque dentro de la ciudad, lejos del iniido y en plena naturaleza.

En la grata socie<lad de distinguidas damas y de la simpática familia del Doctor Moreno, á la intemperie, gozando el suave ambiente de una noche de primavera, contemplamos los más diversos paisajes proyectados en la tela blanca colocada entre los árboles del jardín. Cada paisaje era una página del libro vivido por el perito Moreno, un momento de sus interesantes excursiones, viéndole siempre aparecer, ora cubierto de pieles en las llanuras heladas de laPatagonia, ora con el casco inglés y el vestido blanco en los bosques tropicales de Misiones; sonriente y satisfecho en medio de la desolación de la Puna de Atacama, ó reflejando su imagen en las aguas del Nahuel-Huapi, al pie de la sol>erbia masa del Tronador. Aumentaba nuestra admiración cuando, imaginando la resistencia, la voluntad y los sufrmiientos que suponían aquella serie de excursiones por países incógnitos, nos volvíamos para mirarle y descubríanu)s sus aires de buen burgués, en apariencia amigo del regalo 'y la comodidad, con un rostro

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bondadoso, que animaban las explicaciones pintorescas con que ilustraba las vistas de las cosas.

En aquellas poc^s horas se nos reveló la inmensidad descxjnocida de este país, que irán poco á poco poblando las legiones de hombres que invaden el litoral, llevando el germen de añejas civilizaciones. El alma mediterránea reflorece á orillas del Atlántico; los iteros, los ligures, los griegos y los fenicios que poblaron y colonizaron aquel mar que fué el espejo de la cultura <le sus orillas, son los que forman la moderna corriente emigratoria, que viene á continuar los anales de esas razas civilizadoras. Cuando se extinguieron en Fenicia, i-enacieron en Cartago; cuando Grecia y el Asia Menor las vio decaer, brillaron de nuevo en Italia y en España; prosiguen su camino de Oriente á Occidente; en la gran Historia, la colonización del Plata será, con toda evidencia, ima nueva etapa de esa marcha triunfante de las razas privilegiadas que dominaron en el Meiliterráneo.

La América Austral nos reserva en este, siglo sorpresas tan grandes ó mayores que las que nos (lió la pasiida centuria con el crecimiento maravilloso de la América del Norte.