Sangre nueva : impresiones de un viaje á la America del Sud · Capítulo real 30 de 35
Capitulo XXXII
Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 2 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.
Capitulo XXXII
Despedida del Plata. — Río afuera. —A propósito de una conferencia de Grandmontagne. — Marinas.— Mi diario de viaje. — El Penedo de San Pedro. — Llegradu á Tenerife. — Al valle del Orotava. — El Hotel Taoro. Mar gruesa del Noroeste. — Cádiz. — La vuelta al hogar.
la una en punto del 30 de noviemíirü, en el mismo vapor que nos lleví^ emprendimos el regreso. Las maiKrs no se dieron punto de reposo para estrechar las de las muchas personas que vinieron á despedirnos, ¡repartiendo abrazos cu abundancia á los buenos amigos que quedabíMi en tierra. Al salir el vapor de la dársena, entrr la multitud que llenaba los muelles, prorrumpiendo en exclamaciones y agitando los pañuelos, nos sentimos poseídos de emoción manifiesta. Habíamos vivido tan intensamente duran li los tres meses de permanencia en aquel lit^spitalario suelo, habíamos reflejado y desprendido tantas simpatías ^y corrientes de afeí Lík se nos habían dispensado tales atenciones y íig;isajos, que, al ver como se alejaba la tierra, nos
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pareció que se apartaba de nosotros mi ser querido, algo vivo y palpitante que retenía nuestro cariño. Cuando se cobra afición y amor á im lugar, siempre, al abandonarlo, mientras se aleja (le nosotros, nos infunde la propia sensación de im ser viviente, como si aquel conjunto de cosas dejase ¡x^rcibir en aquellos instantes los efluvios de su alma recóndita.
Dm-ante la noche, en el río, hemos visto de nuevo los vapores hundidos, asomando sus mástiles á flor de agua, teniendo á su vera un faro flotante, para evitar que se conviertan en escollos, f{ue semeja una de esas lámparas colocadas al borde de las tumbas.
Por la mañana, como el mar estaba algo alborotado y á veces se hace difícil volver á bordo, con harto sentimiento hemos renunciado á ir á tierra, enviando desde la cubierta nuestro adiós á la gentil é inolvidable Montevideo.
Al salir, soplaba viento fresco; pronto hemos perdido de vista al famoso Cerro y la silueta de la ciudad risueña.
Al llegar á la isla de Flores el mar abandona ya el tono rojizo, característico del Plata, y luce matices de esmeralda, presagios del azul próximo.
Uno de nuestros enti-etenimientos es la pequeña colección zoológica que nos regaló el Intendente de Buenos Aires para el Ayuntamiento (le Barcelona, que transporta gratuitamente la Compañía Trasatlántica.
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El puma, ííl león americano, el rey de las Pampas, ha sido el primero en sufrir los efectos del mareo. No se acuerda para nada de su fiereza, resultando una verdadera caricatura. No hay domes ticador que aventaje al mar para domeñar á las fieras.
Todavía nos siguen las incansables gaviotas, dando vueltas á los mástiles.
A las cinco se ofrecen á la vista los montes de Maldonado, marcándose la punta del Este con sus dunas qne se lanzan desde la meseta en amarilla cascada al mar.
A las seis pasamos junto á la isla de Lobos, baja y pequeña, pero que es luia fuente de riqueza por su abundancia de lol)os marinos. VA gobierno del Uruguay arrienda la pesca de dichos animales á una so'ciedad inglesa, figurando en la exportación anual más de 20,000 cueros de estos anfibios. Hay una luz para atraer á los lobos, que suelen entrar por un pequeño canal y kiego, por la pendiente suave, se encaraman á la meseta superior de la isla, donde mueren á palos. El vapor español «Santander», de la Compañía Trasatlántica Española, naufragó entre los arrecifes que rodean la isla de Lobos.
A las once de la noche el faro del Cabo Polonio, con su lengua de fuego, nos da la despedida de la tierra americana.
Durante la noche hemos bailado de lo lindo á influjos del golfo de Sania Catalina, que actúa de golfo sin serlo.
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2 diciembre
El mar se va purificando y adquiere Irausparenrias y matices que tienen ya más del cielo que de la tierra, que se encuentra lejos ó á profundidades insondables. El color verde tiende al azul como la hoja del eucaliptus. Todavía vemos volar á algunas gaviotas, si bien no siguen ya la marcha del vapor, por más que no se vislumbra ni leve sombra de la manclia recortada de la costa.
Knlre mis pa|K?les he encontrado la primera conferencia que ha dado Graiulmontagne en Bilbao, enviado por la Asociación Patriótica de Buenos Aires. Empieza por «hablar del pi'esligio de los vascos en América, proclamándola raza victoriosa sobre toda competencia, apta para todas las regiones americanas, desde el golfo de México al cabo de Hornos. Allí, dice, ha encontrado el vasco campo para su acción difusiva y viril, y, de todas las inmigraciones, ninguna goza mayor prestigio que la vascongada, porque ninguna otra, incluso la inglesa, tiene tan profundo arraigo ni papel tan brillante en su desenvolvimiento económico.
A continuación nos habla de la desespañolización de América, diciendo : « Todos los esfuerzos se en<'aminan á hacerle perder el aire de familia. Sarmiento, con su política, combatía acremente toda procedencia moral española ».
Esta contradicción en que incurre Grandmontagne, dimana de querer considerar á España
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como una sola cosa y con im mismo carácter. Lo que combatía Sarmiento y combate la actual America, es la supervivencia de los conquistadores, de los hidalgos, de la España imperial, completamente reñida con el espíritu mercantil; de esa España que excluyó de la obra colonizadora á ¡los vaiscois y á los catalanes, los representantes de la energía productora, de los hábitos comerciales, del sentido moderno de la vida. Sobre el sedimento de 1oí5 aventureros antiguos, de la España que pobló en un principio América, se asentaron después los hombres del litoral, así que encontraron expedito el camino. Ellos fueron los que iniciaron la colonización mercantil, los que impulsaron el comercio que la casa de Austria dejó en manos de los extranjeros.
Esto explica la contradicción de Grandmonlagne, el por qué del influjo extraordinario de los vascos, de los catalanes y de los gallegos en el seno de tuia nacionalidad que pugna por substraerse á la intolerancia heredada, al caciquismo agresivo y al amor á la apariencia que ha heredado de otras épocas y que responde á otra manera de ser española.
El regionalismo español se ha manifestado también en América, y Sarmiento, descendiente de gallegos, no ha hecho más que impugnar el cesarismo en aras de la libertad política, de igual manera que Murguía ha combatido en España ese espíritu de dominación, invocando los anti-
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guos fueros y libertades. Son dos tendencias, perfectamente españolas ambas, que han luchado allí como pugnan en-' España. Ese vasco que, según Grandmontagne en su Teodoro Foronda, sólo dos ideas políticas reputaba santas y grandes : el fuero vascongado y el federalismo argentino, sostiene eterna batalla con el oficinista, substituto del capitán y del caudillo, que crea un Estado burocrático, enemigo de la acción individual. Es el régimen del trabajo y de la libertad frente al régimen depredador y de dominación. Grandmontagne no ha querido ó no ha sabido ver esto, adoleciendo del mal de la generalización, que aqueja asimismo á un notable escritor argentino, á Bunke, cuando señala la indolencia y la soberbia como- el carácter nacional heixídado de los españoles, sin fijarse en esa fuerte sencillez vasca, que se traduce en energía de adaptación y en respeto al medio en que se vive ; en la actividad catalana, infiltrada de un sano espíritu positivista; en la humildad gallega, que encubre la fuerza colonizadora de los lusitanos, cualidades todas que entran con sensibles dosis en la formación del carácter nacional argentino, todavía evolucionante.
3 diciembre
El mar ofrece ya un aspecto distinto; junto al vapor es de un azulado subido y á cierta distancia tórnase blanquecino, oleoso, salpicado de movibles manchas azuladas.
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Hay mar de fondo, viéndose montículos de agua en sucesión indefinida, como los médanos de la Pampa. A veces grandes olas de amplio dorso levantan todo el vapor blandamente.
Las aves marinas no nos han abandonado aún. Pasan y traspasan, tomando la delantera al vapor y rozando sus alas con el mar. Han hecho su aparición los delfines, asomando sus negras aletas que parecen plantas flotantes.
Por la tarde el viento que riza las amplias olas obscurece. la superficie del mar. Hemos ganado' la ventaja á un vapor inglés; pnede que, contrariado al verse en zaga de im vapor, español por añadidura, ha cruzado por nuestra proa, obligándonos á torcer algo el rumbo y á no cortarle el paso. Los buqués ingleses con razón se creen dueños del mar y no quieren ceder á nadie la dei'echa.
4 diciembre
Senthnos ya la influencia de los trópicos: el sol, bajo la bruma exhala un calor sofocante. La indolencia se apodera de la vohmtad. ¡Qué duros contrastes I Vamos á marcha acelerada, desde los días más largos del año á los más breves; desde el sol canicular al tibio sol de invierno; desde las vides cubiertas de pámpanos y racimos á los sarmientos que arden en la chimenea campesina.
Viendo el vapor en marcha, sin que nada nos sirva de guía, se me antoja en ciertos momentos
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que seguimos la misma dirección que á la ida. Me es preciso im gran esfuerzo de atención, y situar con el pensamiento la costa del Brasil á babor para orientarme.
A las cuatro ha surgido, disfumada, la montaña de Cabo Frío. Poco á poco se han precisado sus contornos, dibujándose el monte cónico que constituye un eslabón que lo liga á la costa.
Las fieras permanecen tranquilas y amodorradas. Los pmnas yacen tendidos la mayor parte del <lía, sin dar muestra de contento ni gnulir siquiera cuando les acercan los pedazos de carne üangrienla; siguen mareados. El cóndor, que apenas puede moverse en su estrecha jaula, por los instersticios mira con envidia á las gaviotas que revolotean por el aire. El pobix^cito juanaco, manso como un corderillo, se levanta apenas alguien se le aproxima, como ansioso de caricias, balando tristemente. El tigre, que está en acacho, le mira con ojos de gourmet implacable; á no ser por la cuerda que le sujeta, el tierno animalillo se acercaría á la jaula de su enemigo, no sospechando de sus aviesas intenciones. El avestruz saca constantemente el enorme cuello de la jaula, como Una serpiente erguida, no convenciéndose sin duda de que aquella dilatada planicie sea la Pampa donde corría libremente.
Es curioso ver al viejo lobo de mar que tiene á su cuidado las fieras, con qué cariño abraza al juanaco y con qué bondad cuida á los anima-
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les, perdido el temor que le infundieran al principio, como si no creyese ya en su, fiereza.
A las once de la noche vimos los destellos del faro Tomé, que quedaba oculto por el horizonte, reflejando sus rayos de luz en la atmósfera como un astro después de la puesta. A dicha hora soplaba am viento desenfrenado, que mugía fieramente entre el cordaje como un toro enlazado.
Difícil fué conciliar el sueño con el sinnúmero de ruidos que poblaban el espacio. Deslizábase el mar al costado del vapor con el murmullo de un río ; las olas, á intervalos, se estrellaban contra la banda con sordo estrépito; crujía ásperamente el maderamen; el viento sa<!Udía la puerta, dejando oir rumores de muchedumbre inquieta, mientras arriba giraban las sillas con chirridos apagados, y las cenizas y escorias eran despedidas de la máquina con periódico estruendo. El hélice lejano acompañaba tal conjimto de ruidos con su ritmo acompasado, al par que los pitos de las señales y las campanadas de la guardia ayudaban á turbar la quietud de la noche.
Comienza á iniciarse la fatiga que se produce en las largas travesías. El paso de un vapor ha sacudido \m instante la perezosa postura del pasaje.
He permanecido largo rato viendo como las olas que brotan del vapor se ciñen de espumas que levanta el viento, cayendo luego con irisados cristales. En toda la inmensa circunferen-
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cía del mar, nada hay que distraiga la vista, á no ser los blancos penachos de las olas entreabiertas.
El azul se ha teñido de vetas rojas y grasientas, semejantes á penetraciones d^ los lejanos ríos turbios en las purísimas aguas ó filtraciones de la tierra en la enorme masa líquida. El oficial de guardia atribuye estas manchas fangosas al desove de los pescados, que forman así masas germinales que renuevan incesantemente la vida prodigiosa de las profundidades submarinas.
A la caída de la tarde, sobre un fondo tenuamente rosado que en gradación sutil se hacía verde amarillento, se destacaron en doradas franjas divergentes los rayos del sol que iluminaba el otro hemisferio, comenzando delgadas y brillantes para acabar anchas y pálidas, diluyéndose á medida que se apartaban del ocaso. El mar brillaba con los resplandores obscuros del acero oxidado.
Apagados los rayos postumos del sol, quedó el mar completamente obscuro sobre im cielo levemente resplandeciente, truncado por n:ubes obscuras. Poco después, á levante floreció la luz en mi pequeño espacio, con reflejos de alborada; emergió en seguida la luna, y en su disco de fuego, cuando descansó en el horizonte, viéronse grabadas menudísimas nubes como una tropilla de reses en el confín de la llanura. La.» nieblas envolvieron luego al astro de la noche
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dejándole á veces asomar á pedazos, dijérase que deshecho, afectando fantásticas formas. Ora fué globo mcendiado en la altura, ora busto de fuego al que las nubes servían de ropaje, ora ramo de áureas flores circundadas de finísima blonda.
Libre de obstáculos brilló por fin con todo su esplendor, y la superficie sin límites quedó dividida por el camino argentado que trazaron los rayos de la luna, en el cual serpeaban los relieves obscuros de las olas.
El viento soplaba con fuerza, sacudiendo las alas tendidas de las mangas de ventilación que se agitaban, á la luz de la luna, como colosales albatros.
6 diciembre
En la enervante atmósfera flota el microbio de la pereza. Las nubes, á bandadas, persiguiéndose, cruzan la bóveda celeste, y, de súbito, se agrupan, penetrando en el mar con Urdimbre de finísima lluvia. Ligero chubasco humedece la cubierta, á tiempo que se forma otro chubasco á estribor, quedando en seguida atrás las nubes que nos regalaron la lluvia, pintándose el chubasco en el horizonte por. una masa gris y uniforme limitada por paralelas líneas oblicuas.
Estamos en la región de los chubascos constantes; el sol y el mar gozan aquí libremente de sus amores, viviendo en comunicación no interrumpida. Las olas se elevan en vapores atraí-
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das por el sol, y los rayos solares bajan al mar en nubes caldeadas que se deshacen en lluvia. Los huracanes no turban aquí los dulcísimos coloquios de los sublimes elementos; sólo los vientos alisios vienen á arrullar como cantos de amor los desposorios de las dos inmensidades.
El aire fecundo que aquí sopla, impulsor de las lujuriosas vegetaciones tropicales, tiene algo que enerva, por lo mismo que provoca la mayor intensidad de la vida. El pasaje dormita; los ojos, entornados, no se fijan en las cosas; quienes se atreven á pasear, marchan con paso lento é inseguro. Circula por la atmósfera un cálido y voluptuoso aliento que embriaga.
En medio del completo aislamiento, las olas son las buenas compañeras que despiertan la sensación agradable de la variación continua; al par de manadas de ovejas, triscan al lado del vapor y, al quebrarse, se extienden trocadas en vellones de blanquísima lana. Nunca cesan en su movimiento y jamás son iguales en su color ni en su línea; son la materia, siempre la misma, renovándose por el encanto misterioso de la forma.
Por la noche, cuando contemplaba la sublimidad de la estrellada bóveda, mi corazón dio un vuelco al señalarme el capitán la constelación de la Silla ó Casiopea, precursora de la estrella polar, á cuyo alrededor da vueltas, correspondiéndose con la Osa mayor. Era el heraldo
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del hemisferio boreal, qtie nos anunciaba la proximidad del Ecuador.
Poco á poco las estrellas del ocaso fueron palideciendo, como si una mano misteriosa redujese sus destellos, y una claridad tenue y vaporosa presagió la salida de la luna que, al brotar inflamada, anegó con sus resplandores aquella larva luciente de mundos.
Desde el puente, el palo mayor, con sus mástiles en cruz, llenaba la inmensidad, por esa falsa perspectiva de nuestros ojos que engrandece sin medida las cosas de la tierra.
Ál acostarme, no pude cerrar los ojos, completamente saturados de la luz de las estrellas que mantuvieron en vigilia el alma y el cerebro hasta que, por la lucerna del camarote, filtraron las luces primerizas de la aurora. Por la ventanilla contemplé el mar y el cielo: en el horizonte, sobre las nubes negras y recortadas, flotaba un resplandor rosado, transparente que, al remontarse, era violado, adquiriendo en el zenit reminiscencias de azul. Las olas que levantaba la marcha del vapor se erguían á mi vista de igual modo que negras barrancas tras de las cuales se distinguía el agua, en segundo término, de color morado con brochazos blancos. Las nubes se ribetearon de fuego, y en un instante fueron como tizones de roja brasa, de los cuales brotó la hoguera inmensa que viene á fecundar todos los días la vida prestada del planeta.
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7 diciembre
Nos hemos comunicado con un brik-barca noruego que ha telegrafiado, para que lo transmitiésemos á su aiTnador, que no tenía novedad á bordo. Con seguridad daremos con esta noticia paz á algunos corazones alarmados ó inquietos.
La puesta del sol atrajo la atención de los pasajeros y aún de los marineros, acostumbrados á tales espectáculos. El cielo ostentaba la diafanidad y el color del topacio ; las nubes obscuras, simulando grandes, montañas, dejaban manar por sus desgarros la luz del sol poniente, que les imprimía el aspecto de los grandes ventisqueros luminosos que se arrastran en las faldas de los sombríos montes. Entre las nubes y el horizonte restaba un leve espacio abierto, por donde filti'aba á chorros la luz, aparentando una gran laguna situada en el valle, á la cual afluían los ríos en cascadas espumosas.
Las i)equeñas nubes, que al horizonte asomaban negruzcas y hundidas, producíají la impresión de esos grupos de árboles y ganados que limitan hi i)erspectiva llana de la Pampa complelamente rasa. En la altura, los grupos de nubes aparentaban hatos de animales quiméricos en fantástica cabalgada.
R diciembre
Mañana pasaremos la lín^a y por la noche veremos ya la estrella polar.
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El viento sopla de levante y la marejada viene del Norte, produciendo fuerte balanceo. Sentimos ya la influencia del hemisferio boreal, sumido en el invierno, pues estas olas nos llegan desde el Banco de Terranova.
Se siente constante modorra, como si en el aire cálido flotasen perfumes de beleño. Las sillas de tijera no quedan xm solo instante libres, y transcurren largos ratos sin que en la hilera de pasajeros, indolentemente tendidos, se pronuncie una sola palabra.
La llanura líquida que no ofrece cambios en el horizonte; la perspectiva de varios días apartados de toda tierra; la falta de buques que rompan el solemne «aislamiento, pesan gravemente sobre las almas.
La dulce jnelancolía es nuestra compañera y, al paso ,que nos aproximamos al término del viaje, la impaciencia alarga desmesuradamente las horas del día.
9 diciembre
A las nueve hemos pasado la línea, y á la una una ligera y blanca proeniinencia en lontananza ha atraído nuestras miradas. Era el famoso Penedo de ,San Pedro, conjunto de islotes situado en medio del Océano.
Al acortarse la distancia, han ido cobrando forma. Bandadas de aves, volando al ras del mar, venían á nosotros, mensajeras de las innumerables que pueblan aquellos peñascos sólita-
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nos, cinturón ide arrecifes de forma cónica y de negruzco color, en cuyo centro sobresale, á guisa de cúpula, »una masa de color rojizo, tal vez un montón secular de guano. Desde lejos causa el efecto de una fortaleza flotante, con sus murallas y torreones, dominados por enorme casamata.
Los buques es([uivan el formidable obstáculo, contra el cual se estrellan vanamente las olas.
Un temblor submarino quizá lo levantó desde los abismos del mar, y otro tal vez volverá á sepidtarlo ,si es que no llega á ser con el tiempo un islote aprovechable. Según me contaron, los mapas ingleses señalan la jclevación del suelo submarino á sus proximidades.
Poco debe valer por ahora cuando los sajones no lian clavado en él la uña. Es quizás la única isla sin dueño en el Océano.
Los jazmines del Cabo se han cubierto de olorosas flores durante nuestro paso por los trópicos, y unos Jacarandas que traíamos en tiestos han echado tiernos brotes. No saben el frío mortal que les aguarda.
A pesar del bochorno, de vez en cuando, entre el aire cálido, se filtran bocanadas del frío diciembre que se acerca.
10 diciembre
El día ha amanecido gris y lluvioso. El mar parecía de estaño derretido y las brumas mantenían el cielo sucio y ceniciento.
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No hemos visto un solo vapor ni una vela ni un ave ; tan sólo interrumpen la soledad del mar los enjambres de peces voladores que saltan á babor y á estribor, brillando con reflejos metálicos.
11 diciembre
Anoche, á causa de las nubes, no nos fué posible ver la estrella polar que hizo su aparición en el cielo. Se hace desear, como las hermosas que se ocultan tras de la celosía.
La noche era obscurísima y salpicaban la negrura del mar movedizos punios luminosos. Nos recordaron los revuelos de luciérnagas que contemplábamos en la llanura argentina, cuando viajábamos de noche.
En tercera viaja una familia de gitanos mexicanos, que ofrecen el propio tipo pintoresco de los gitanos andaluces; se empeñan en decir la buenavenlura á todo el mundo. Esta mañana han agotado todos los recursos para conseguir que se les cambiase en moneda española un billete de veinte soles del Perú, que, según he averiguado, no está ya en circulación. Estos nómadas de la tierra no se avienen con la sociabilidad del buque; en cubierta han establecido su campamento, comiendo aparte y acaparando cuanto pueden.
La gitanilla es un tipo interesante. Ciñe la cabeza con un pañuelo amarillo, anudado atrás; las trenzas, recogidas á ambos lados, sirven de
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marco al agraciado rostro, en el ctial se destacan sus ojazos negros; una falda roja, en que hay i'sparcidas flores amarillas, deja al descubierto sus pies desnudos.
Muestran pronunciados rasgos aztecas y hablan un español italianizado. El padre se tiende todas las noches mirando á las estrellas, qiie ha aprendido á conocer en su vida errante y aventurera.
Me ha dicho que habían trabajado en Una colonia rusa, sita al Sud de Bahía Blanca, habiendo nacido sus hijos, unos en México, otros en la Argentina y algiuios en el Brasil. Es un hombre que da liijos á todas las patrias, sin permitir que arraiguen en ninguna.
12 diciembre
Ya tenemos el brisote encima, atajando la marcha del vapor. Las anchas y extensas olas se quiebran al chocar con la proa; enfurecidas, lanzan al aire su cabellera de espuma y desbordan luego su blancurfi sobre el azul del mar, que á su través ostenta Iransparencias de esmeralda.
liemos visto las costas de la isla de Mayo primero y de Buena vista después, pertenecientes al archipiélago de Cabo Verde. Sus montañas quedaban borrosas en la calima, amarilleando los arenales de sus bordes.
Desde las dos toda la gente está apercibida en espera del ; Satrústegui ». Por la mucha bruma no lo hemos divisado hasta tenerlo próximo.
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No ha sido posible acercarnos mucho á causa de la marejada. Su cul)ierta era un hormiguero humano, cuyas exclamaciones y gestos expresivos se correspondían con nuestras voces, apagadas por el rumor de las olas. Las sirenas se han saludado con sus estridentes sonidos, que han estremecido el aire y las dos masas humanas, puestas en contacto fugaz en medio de aquella soledad imponente.
Sea porque vuelvo ahora á mi tierra, sea porque la \dsta de Cabo Verde había roto el encantamiento de la incommilcación prolongada, ó tal vez por no habernos dejado el mar gozar plenamente de la rápida aproximación de los vapores, que produce una explosión de sentimientos y emociones, la impresión que me ha causado no ha sido tan profunda como en nuestro viaje de ida.
Lo que sí llena siempre de maravilla es la precisión con que se encuentran en un punto' del Océano esos buques, como dos asü'os que se citaran en el incomensurable espacio.
13 diciembre
Hemos sentido las primeras frías caricias del invierno.
Desde el puente he contemplado, á las cinco y cuarto, la puesta del sol. El aspecto del cielo era ya invernal por los estratus que ocultaban el ocaso. Entre ellos se abría paso el globo de fuego, trazando líneas luminosas, paralelas al
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mar, que daban al nublado semblanza de una inmensa escalinata que desde las aguas se elevaba al sagrario ardiente. Luego se ha transformado en una de esas grutas iluminadas interiormente y, al apagarse su resplandor, ha pugnado el sol por penetrar la negra cortina, logrando asomar por un instante un pedazo refulgente como una llama inquieta.
El mar, sin transparencia, ofrecía el aspecto betmninoso que le infunde un cielo nublado. Tan sólo, á Poniente, veíase una blanca pincelada luminosa, que se ha teñido luego de rojo, reflejando los últimos albores de la puesta.
14 diciembre
jQué contraste tan inesperado! Gozamos de un día espléndido, verdadero anticipo de esos hermosos días de enero qtie son augurio de la primavera. Con su blanca calma, parece el mar bruñido por lo brillante. Bajo aquella tranquila apariencia palpita, sin embargo, la mar de leva, que nos recuerda que estamos en el centro del Atlántico.
El azul turquí que aparece, á la sombra del val)or, suavemente se convierte en color argentado en el cual relampaguean líneas azules en zig-zag y agitados remolinos de pronujiciado matiz celeste. Al Norte, el color blanco del mar destaca bajo el tinte obscuro del cielo y al Sud el cielo claro aparece cortado por la línea del mar levemenle sombi-eado. Al Este y al Ocaso se
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confunden las 'tintas del cielo con las del Océano, que revela sus 'lánguidas ondulaciones por los brochazos de moviente sombra que esmaltan la líquida superficie.
El desierto africano, con su calor acumulado, nos proporciona este día templado y delicioso, que es el veranillo de San Martín de nuestro viaje á través de las estaciones.
Un vapor á distancia sigue nuestro rumbo. Su humareda anima el círculo del horizonte, viéndosele marchar, hundido el casco, asomando su chimenea' y sus palos.
15 diciembre
A las dos de la mañana fondeamos en Santa CruE y á das ocho bajamos á tierra para realizar la ideal excursión al valle de Orotava, que organizó en nuestro obsequio la Cámara de Comercio.
Desde el tranvía que nos lleva á la Laguna, puedo apreciar el paisaje que había contemplado á la luz del astro nocturno que, en realidad, pierde algo del aspecto grandioso que le infundieran las sombras y el misterio de la noche. Profundos barrancos y negras gargantas que desaparecen entre sinuOvSidades, dan variedad al paisaje y le imprimen un sello de tristeza. A todos lados, disfrazan la masa volcánica los grupos de chumberas que en otros tiempos sirvieron para la cría de la cochinilla.
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En la Laguna <lejanios el tranvía y subimos á los carruajes pre\iamente di^uestos para ir á Tacoronte. El valle de la Laguna, mtiy bien cultivado, tiene su principal encanto en la diversidad de cultivos que lo tiñen de varios colores, notándose como el trabajo del hombre escala las elevadas cimas rodeándolas de muros concéntricos que aprisionan, como macetas, los fértiles detritus que allí depositaron los volcanes. Doquiera se descubren las huellas de los cataclismos y convulsiones de la tierra que levantaron estas islas del fondo de los mares.
En el camino encontramos los aldeanos con sus capas de lana blanca, que motivan el nombre que les dan de mantuanos y peludos, y las aldeanas, con su ligero sómbrenlo de paja sobre el pañuelo de la cabeza, que recuerda el minúsculo casquete de los soldados ingleses. Tal vez sea esta manta, que usan también en verano para preservarse, de la lluvia ó dormir al raso, una supervivencia de la ([ue lucían los primitivos conquistadon^s, á menos que sea remedo del albornoz árabe.
En Tacoronle, almorzamos muy bien en el Hotel Inglés de Camacho, un subdito portugués. Sospecho que su título proviene de que allí todo se paga en esterlinas.
Proseguimos luego nueslra excursión, pasando por el Saucal y por Matanza, célebre por el tétrico barranco donde fueron sacrificados los soldados del conquistador Benítez de Lugo. Los
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nombres y los lugares hablan constante y tristemente del antiguo pueblo guanche, tan dulce y tan sufrido, del cual apenas se conservan los vestigios. Allí están las grutas donde vivieron sus caudillos; los sitios en que lucharon por su independencia.^
Al sahr de Santa UrsiUa se abarca el panorama que causó el asombro de Alejandro de Humbold, ese prodigioso valle de Oratava, que en suaves pendientes .se une con el mar, resguardado por el Teyde, siempre coronado de nieve mientras su falda recibe las caricias suaves de los vientos alisios. En aquellos senos ennegrecidos por la lava, junto á los obscuros montículos carbonizados por el. volcán, se asientan los platanares que avivan el principal comercio de la isla. Los pacientes camellos, sobrecargados de frutos, /marchan -lentamente por la carretera, bajo la sombra de los eucaliptus y los castaños, levantando la cabeza para aspirar el aire saturado de perfu^nes. En la falda del monte se apoya la pintoresca ciudad de Orotava, y tocando las olas se extiende el Puerto de la Cruz, en una playa llena de enormes pedruscos negros cuyo color acentúa la espuma del mar siempre inquieto, á su orilla. En las colinas hay innumerables quintas, chalets y hoteles, que patentizan la atracción que ejerce aquel rincón de tierra donde el sol no abrasa ni el aire hiela. Aquí los pobres enfermos de lejanos países vienen en busca de la salud, y en medio de la vegetación exuberante
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y de la naturaleza risueña, conmueve, á lo mejor, ver entre flort^s rostros con transparencias mortales.
El plátano ha avalorado tanto los terrenos, que luia hectárea produce hasta 1,000 ptas. de renta y iK)r lo mismo llega á venderse á 100,000 ptas. ; Qué diferencia entre esas tierras que se venden á retazos *y que producini con tal intensidad, y las que vimos en América, que se vendían á leguas, limitadas al sostenimiento de la ganadería!
El Gran Hotel Taoro, situado en una eminencia que domina el valle y el puerto de Santa' Cruz, dotado de todo el confort apetecible, ha sido obra de la empresa y de los capitales de la isla. En im terreno calcinado, en los terrones, grietas y surcos volcánicos, de los cuales se ven todavía restos que dieron al lugar el nombre de Monte Miseria, se ha levantado este edificio hermoso, rodeado de jardines ideales que lo convierten en un trozo de Paraíso. Removiendo aquellas ruinas del suelo, llevando allí tierra fértil, curando las grietas y los hoyos, el trabajo del hombre ha realizado la maravilla que hoy contemplan los ojos. La labor humana ha sabido allí responder al ansia latente de una naturaleza pródiga, incomunicada con el exterior por obstáculos removibles. Al ver tanta hermosura se comprende por (jiié vienen aquí los hombres de tan lejos.
Por la noche los huéspedes, ingleses en su mayoría, de frac ó smoking, comían en el gran sa-
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lón, oyendo la orquesta, que tocó en nuestro obsequio la Folia, aire popular canario. Era curioso observar la expansión y el regocijo de que están poseídos los ingleses cuando, huyendo de las nieblas de Londres, pueden embriagarse con el sol del Mediodía. Al entrar nosotros, en traje de viaje y formando comitiva, se suspendieron por un momento las conversaciones, notando que nos miraban como si fuésemos intrusos.
No fuimos afortunados : vimos el valle de Orotava sombreado por las nubes, agrisado por los chubascos, flotando en él la niebla, cuando su mayor atractivo, al decir de todos, anida en el esplendor de sus matices brillantes bajo el cielo rudamente luminoso. El Pico de Teyde se ocultaba tenaz de nuestra vista, envuelto por espesas nubes. Un instante se rompió la cortina nubosa cerca de la cima, dejándonos vislumbrar la blancura de los ventisqueros, pero •en seguida una densa masa <le cúmulus, avanzando desde el mar, cerró duramente el breve espacio abierto, que se borró como una esperanza desvanecida. Cuando nos marchamos, el cielo brillaba despejado^ á la luz de las estrellas, pero en vano con nuestros ojos quisimos penetrar en la obscuridad para descubrir al blanco gigante que se ocultaba tras de las nubes tormentosas.
Allí están los inexaustos caudales de agua, ignorados todavía en sus cavidades misteriosas, que han de fertilizar los desnudos montones de lava, pulverizados por el üempo, que sólo espe-
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ran su fuerza creadora para producir la riqueza y la hermosura. No se concibe que padezca sed y que yazga inerte un territorio feraz que tiene en su centro á ese imponderable condensador, á esa mole que almacena en sus entrañas los tesoros que vierten las nubes que escapan de los trópicos: allí está escondido el secreto de la prosperidad de la isla, los manantiales que, al correr, vestirán sus tétri<'as negruras de verdores floridos, extendiéndose á todas partes las magnificencias del valle de Orotava. Hay que desencantar á la hermosa dormida en el seno del Pico de Teyde.
Al dejar Orotava, llevé la recansa del deseo no satisfecho, pues tenían mis ojos el ansia de ver la imagen grandiosa del Teyde, hostigado por la inexplicable atracción que ejercen sobre mí las elevadas cumbres.
Los treinta kilómetros que separaban Orotava de la Laguna transcurrieron largos y pesados. Nada hay más fatigoso que deshacer un camino, desde el cual se han dominado los más bellos panoramas, en plena noche, sin vislumbrar al paso los encantos del paisaje, que discurre entre las impenetrables sombras. Los caballos, soñolientos, trotaban apenas en la larga carretera; atravesábamos de vez en cuando un pueblo, vagamente iluminado, y sentados en los bancos veíamos á los magos (así llaman también á los aldeanos) embozados en sus largas capas, con el sombrero de anchas alas, como ginipos anti-
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guos de mosqueteros. Al acercarnos á la Laguna (las dos de la mañana) las aldeanas, descalzos los pies, con los cestos en la cabeza, pasaban en grupos, yendo al mercado.
En la cubierta del vapor, que nos esperaba para levar anclas, nos despedimos de nuestros simpáticos amigos de Canarias, y mientras contemplábamos las luces de Tenerife que se alejaban, sentados en el puente, recordamos sus conversaciones y sus protestas, rebosantes de la amargura que les produce ver cómo una nación extranjera domina por la necesidad que tienen de su mercado, en tanto que los propios les miran con inusitado desvío, acostumbrándose poco á poco á la idea morbosa de que aquello dejará de ser nuestro dentro de corto plazo. En contraposición á ese galeotismo que á los peninsulares nos invade, por el pesiniisnio que acompaña á las grandes decadencias, el patriotismo no es allí palabra vana, puesto que resiste á los halagos y se mantiene pese á influencias extrañas. Los canarios hacen honor á España como insulares y como colonizadores; sus iniciativas, su vigor y su amor al trabajo motivan que sean solicitados y bienquistos en todas partes. En el progreso de la isla, que no se debe á la acción del Estado, brilla la empresa de sus hijos y la audacia de sus capitales; justo es que desde la Península se coadyuve á sus empeños, preocupándose de las Canarias como mercado de consumo y centro productor, donde los capitales
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españoles pueden encontrar vasto campo de acción. Hay que crear intereses comunes; por este camino, haremos más para mantener aqtie- . lias islas que no con pueriles obstáculos puestos á la construcción de muelles, so pretextos estratégicos, y con defensas inútiles y costosas. La metrópoli política se debe transformar en metrópoli comercial y económica, ligándonos por el vínculo de los negocios y por la solidaridad de los intereses.
Conviene no olvidar la maravillosa situación de Canarias, en el centro de las grandes rutas del comercio, con naturales aptos y aclimatados para poblar y colonizar lo mismo las Pampas americanas qtie los desiertos africanos. Es triste cosa que desde España, viéndolas sólo como un pedazo administrativo, se mire con horror un traslado á Canarias al par que los ingleses las miran como un ideal y consideran una delicia trasladarse allí; para éstos es un Paraíso y para nosotros un destierro.
Tendido ya en el camarote, removido por furioso balanceo, iba repitiendo mentalmente la folia (1) que nos cantaron en el Hotel Taoro:
Todas las canarias son como su Teyde gigrante; mucha nieve en el semblante y fuego en el corazón.
(1) El aire de la folia tiene parecido con el pericón argentino, por sus motivos y por su ritmo más suave y lento que el dé la jota.
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16 diciembre
El balanceo es duro. Hemos comido con violines. . !» • '
Apenas corre viento, pero la mar gruesa de Noroeste muéstrase imponente; las olas, hinchadas y majestuosas, embisten el vapor por la mura de estribor y le inclinan dulcemente, reteniéndole acostado en la ola que sale violenta y espumosa de costado de igual modo que el agua comprimida por la turbina. Las jarcias y las poleas, al caer de un lado y al recobrar su posición normal, producen golpes secos y acompasados que se dirían redobles de tambor.
En la lejana línea del horizonte se vislumbran las sinuosidades de las gigantes olas.
La espxuna, fuertemente sacudida al chocar el oleaje con el buque, penetra en el mar con cambiantes de esmeralda.
El balanceo inclina el vapor de tal suerte, que los mástiles describen} á veces arcos de 25 grados.
17 diciembre
Por la noche ha sido imposible dormir con los fuertes ruidos que llenaban el aire, menos molestos que el incesante volteo del cuerpo, que nos obligaba á sujetarse bien para no caer.
A la tarde el tiempo mejoró bastante y se animaron los rostros, buscando con ávida mirada las próximas costas de la Península. A las cuatro de la madrugada teníamos á la vista el faro de Chipiona.
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19 diciembre