Santander · Unidad 133 de 158

Unidad 133 · S A N T A N D E l<

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Imagen de Santa María de Lebeña

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ECIEKON AÑO 1583

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Carecen pues de importancia, y mientras «la primera aparece partida por mitad y colocado al revés el trozo inferior, la segunda está bien y muy legible, la tercera no tiene señales de inscripción ninguna, la cuarta es rara, por tener en medio un escudo con una calavera y dos huesos en cruz», y «la quinta tiene sobre el escudo una corona ducal, y por blasón dos huesos en cruz», como la precedente.

De mejor traza son los altares laterales, como labrados en el año de 1584, según en ellos se declara, debiendo corresponder á los mismos dos osculatorios de madera, de buena traza renaciente, sin que, fuera de algunos trozos de canecillos, cuidadosamente conservados por el digno párroco de Lebeña, don Santos Gutiérrez, y caídos ó arrancados de la fábrica, guarde esta nada digno de atención, ni que la merezca en el grado superlativo que ella misma por su propia virtualidad excita. Si no fuese conocido el documento por el cual se revela la fecha de su construcción (i), bastarían sus privativos caracteres para proclamarla en forma indubitable, como fruto del estilo latino bizantinOy en los días de la Reconquista, y en aquel siglo x.° en el cual, al lado de la figura de Abd-er-Rahmán III en Córdoba, brillaban en el reino de León y el condado de Castilla, Ordoño II

(i YéSiSQ. &n\os Apéndices.

y Ramiro II, el vencedor de Simancas y de la Alhandega. Reciente estaba con verdad aquella singularísima rebelión que obligaba á Alfonso III el Magno á abdicar la corona, satisfaciendo los mal contenidos anhelos de independencia en las regiones congregadas desde los días de Alfonso el Católico, para formar reunidas el pequeño reino de Oviedo; alentaba aún aquel don García, fundador del reino leonés, cuando con el cargo y nombre de Conde de Lebeña, Alfonso, «nieto del rey Ordoño I, y por consiguiente sobrino de Alfonso III», según «consta en escrituras del Libro Becerro de Santo Toribio de Liébana, existente en el Archivo Histórico Nacional (i), — usando de la autoridad que sin duda le concedía la participación que había tomado en el destronamiento de su tío, el último rey de Oviedo, se decidía á apoderarse de los sagrados restos de Santo Toribio, á despecho de los monjes.

Tenía allí, en Lebeña sus palacios, y frondosos huertos y pomares, que le hacían señor el «más poderoso de la comarca», y ganoso con efecto de poseer en la población donde hacía morada aquella veneranda religión, reclamóla «délos monjes del Monasterio de Santo Toribio, llamado entonces de San Martín», oponiéndose los religiosos al intento con objetar que, «si bien la iglesia de San Román, en Lebeña [á la sazón existente], era notable por su antigüedad, no tenía mérito bastante para que en ella se depositaran preciadas reliquias». Tal y tan grande era el ansia de poseer aquellos santos restos en el Conde, que sin detenerse un punto, levantaba «á toda prisa la iglesia parroquial de Santa María de Lebeña, costeándola de su peculio y del de su esposa la condesa doña Justa, que deseó contribuir con su marido á la erección de la preciosa basílica», dotándola convenientemente (2), y á cuya fábrica daba cima quizás antes del año de 925, volviendo á exigir con tal motivo «de los mon-

(i.) Llórente Fernández, Op. cit., pág. 45. (2) Véase el documento en los Apéndices,

jes de Santo Toribio los restos del Santo: resistiéronse otra vez los monjes á desprenderse de la estimada reliquia; y el Conde de Lebeña reiteró su reclamación, apoyándolo en ella entonces las familias más notables y las más piadosas del país», á pesar de lo cual obtuvo de los religiosos tercera y más enérgica negativa, que sublevando el ánimo del Conde, determinábale á hacerse dueño por la fuerza de lo que se le negaba ya sin pretexto y sin rebozo.

«Al frente de los cincuenta más bravos de sus hombres de armas, y acompañado además por muchas familias poderosas del país, emprendió el viaje» en són de guerra al no lejano Monasterio de San Martín, y llegado á él, desoyendo soberbio ruegos y protestas, «mandó á su gente, — dice el escritor lebaniego ya citado, — deshacer la bóveda en que estaba encerrado el sepulcro de Santo Toribio». «Pero en aquel momento, — añade,— sucedió una cosa sorprendente»: pues no bien los servidores del conde hubieron comenzado á cavar, cuando «divino juditio flagellatus sumus^ — expresaba en la era 963 el mismo Conde, — quod a Deo factus fuit cecus» , alcanzando la cólera divina á los mismos hombres de armas, quienes aun con haber permanecido inactivos y ser inmimes a culpa, cegaron también de igual suerte, con lo que claramente quedó manifiesta la voluntad del santo; y tocado de la gracia el Conde, no sólo hizo oblación de su persona y de cuanto poseía en la Liébana á Santo Toribio, á Hopila, abad del Monasterio y á sus monjes, sino que extremó su largueza para con la basílica por él erigida en Lebeña, y que es la que adulterada ennoblece aquella humilde aldea, con varias donaciones, sobre las que ya le tenía hechas, y entre las que figuraban demás de los bienes que poseía en la villa, sus propios palacios cum suo exihis et ingrestis, et térras, et vineas, et pumares, et olivares, et fogueras, et pumiferos, et molinos^ sive de donatione re gis, sive etiam de conlata amicoritm, sive et quod comparavimus, con más una cruz de plata admirable, al decir del donador, una caja ó arqueta de

oro, una lámpara y candelabros de cobre, cáliz y patena de plata, y varios otros ornamentos, mencionados en la escritura de donación que se conserva en el Libro Becerro del Monasterio de Santo Toribio.

A ser exacta la era de 963, que lleva como fecha la carta de donación á la iglesia de Lebeña, colocada originariamente por el Conde su fundador bajo el patrocinio de Santa Justa y Rufina, — no se comprende cómo el mismo magnate, primo hermano de Ordoño II, fallecido en la de 962, expresa terminantemente, contra lo que otros documentos enseñan, que fué hecha aquella escritura de donación «sub principe Ordonio in Legione»; mas de cualquier modo que se estime, y no habiendo causa legítima y bastante para recelar en justicia, á nuestro juicio, de la autenticidad del documento, — resulta de él que la iglesia de Lebeña fué erigida en el primer tercio del siglo x con arreglo á las prescripciones artísticas del estilo latino-bizantino^ el cual resplandece en absoluto y por completo en la fábrica, de igual suerte por lo que hace á su planta que por lo que á su alzada respecta, y así lo proclaman también con irrebatible eficacia, todos y cada uno de los detalles que avaloran los varios miembros de la construcción, como son los arcos de herradura, los capiteles, las impostas y los canecillos. Oriental era la progenie de aquel estilo que, sin fundamento, apellida un crítico moderno en nuestra patria de kisp ano-visigodo^ y procedentes eran de Bizancio originariamente sus elementos, los cuales adquieren carácter especial en la Península, al fundirse, desde los días de Atanagildo y de sus sucesores, las influencias aportadas por los imperiales, con las tradiciones religiosamente conservadas por los hispano-latinos.

Representante pues, del maridaje del arte de Occidente y del de Oriente, suyos son todos los elementos que le dan fisonomía propia, sin la intervención de los visigodos, y sin que se haga por modo alguno necesario recordar, para explicación del aparente fenómeno que ofrecen los arcos de herradura en edifi-

cío levantado al comenzar de la X.^ centuria en el territorio de la Montaña, el florecimiento alcanzado «ya entonces á orillas del Guadalquivir» por el «arte oriental venido de Damasco», ni menos recurrir al erróneo supuesto de que «su influencia tenía que sentirse por los artífices cristianos», porque «sonaba por toda la Península el rumor de aquellas magnificencias, y no pocos [de los referidos artífices] las habían admirado, sin poder «borrarlas de su imaginación», según afirma entendido crítico montañés, en esta parte extraviado hasta el punto de afirmar que «así en Lebeña á la traza del templo cristiano añadieron labores de casta infiel; en aquellos riquísimos capiteles de trabajo profijso trasciende el gusto oriental con dibujos y entrelazados; el arco romano adquiere proporción mayor, y entrando en los arranques, se abre después para venir á firmar el arco de herradura» (i). No hay tampoco necesidad alguna de invocar, desde los días de Alfonso II el Casto^ ni la amistad y alianza, no probadas, con Carlo-Magno, ni «las luchas con los condes de Navarra, que aproximan á don Alfonso el Magno á los dominios francos», para afirmar no con entera exactitud histórica, que estos contribuyeron «á hacer partícipe al reino de Asturias de la cultura importada de Rávena y Constantinopla, y transmitida por Aquitania, Navarra y Narbona»,^cual quiere el primer ilustrador de la notable iglesia de Lebeña (2).

Sin que pretendamos negar las relaciones que existieron entre los muslimes y los cristianos de Asturias, y la influencia natural que ejercieron aquellos sobre estos desde la instauración y establecimiento del contradicho Califato de Córdoba, — no por ello, aunque se tilde de error grave, poniendo así en olvido las enseñanzas continuas de la historia, hemos de confesar que la lenidad de costumbres entre los montañeses asturianos, que «llegan á incurrir en la poligamia», fué fruto de la influencia

(1) Escalante (D. Agabio), El espolique artista, pág. lOO del álbum De Cantabria.

(2) Torres Campos, Op. cit., pág. 24.

muslímica, siendo así que explican satisfactoriamente aquella «relajación escandalosa de costumbres», los precedentes de los últimos tiempos de la monarquía visigoda, ni que los elementos artísticos, de nativa procedencia oriental, que se funden con las tradiciones latinas, y que se perpetúan hasta el siglo xi.° en que aparece la reacción románica^ llegaron á la monarquía ovetense por conducto de los muslimes, quienes habían tenido por maestros en el arte, cual los tuvieron los españoles, á los griegos bizantinos, ni que tampoco «refuerzan el influjo oriental los Árabes al venir á España» (i).

Pero dejando aparte disquisiciones de tal naturaleza, que nos alejarían de nuestro actual propósito, y estimamos ajenas de la índole de este libro, — mientras declaramos propiamente español, del estilo latino bizantino^ el templo notabilísimo de Lebeña, unimos nuestra voz á la del primero de sus ilustradores, para llamar sobre este monumento la atención de los gobiernos, encargados de la conservación y de la defensa de cuantos en nuestra España simbolizan y representan momentos dados de la nacional historia, no ya para su restauración , que no se hace realmente necesaria, sino porque tomándole bajo su patrocinio, procure en lo sucesivo evitar adulteraciones que acaben de borrar su fisonomía, y contingencias que puedan producir su desaparición y su ruina, según acaece en tantos otros, y entre ellos, aquella iglesia de San Román, de la misma Lebeña, juzgada indigna de poseer los restos de Santo Toribio por los

(i) El Sr. Torres Campos, que es quien hace tales afirmaciones, en apoyo de las mismas dice : «Cuando las relaciones pacíficas son tan estrechas que ocurren con frecuencia entre los príncipes matrimonios mixtos», «error grave es suponer que entre vencedores y vencidos sólo median oposición y lucha», invocándola autoridad respetable del Sr. D. Pedro de Madrazo y del Sr. D. Juan Facundo Riaño, en el Discurso de recepción del último en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando ; pero olvida que es Alfonso VI el monarca que contrae matrimonio con la princesa sevillana Zaida, hija de Al-Mótamid, y que los Sres. Madrazo y Riaño hacen referencia á los tiempos posteriores de almorávides, almohades y especialmente granadinos. El resultado de aquellas relaciones, que comienzan á alcanzar visible desarrollo desde los días de Fernando I el Magno, es la existencia de la grey mudejár, que tanta importancia tuvo en el acaudalamiento y desarrollo de nuestra cultura artística, literaria é industrial al propio tiempo.

monjes del Monasterio de San Martín, y cuyos escombros aparecen aún hoy entre el viñedo, haciendo sentir que «al quedar derruida aquella preciosa iglesia, » pues de tal la califica el autor de los Recuerdos de Liébana^ no sabemos con qué fundamento, «no se haya procurado en tiempo oportuno recoger y conservar sus restos,» por medio de los cuales sería realizable el intento de conocer la época de su erección y fábrica. «A mediados de este siglo, — dice sin embargo el mismo escritor, — un bienhechor gestionó para que la efigie de San Román fuese trasladada á la actual parroquia..., y así se hizo, previa licencia del obispo de la diócesis, limo, señor Barbajero» (i).

Subiendo al pueblo, y empotrada á la derecha del dintel de la moderna puerta de la Ermita de San Román^ procedente de los escombros de la antigua iglesia de aquel título, entre los cuales fué hallado en la época referida, — existe un fragmento de lápida romana, de letra indecisa y no bien trazada, y época de marcada decadencia; fáltale la parte inferior, y los signos aparecen embebidos con frecuencia los unos en los otros, midiendo aproximadamente en su conjunto o"" 40 de alto por 0^20 de ancho, y diciendo así en las seis líneas de que consta el epígra* fe, no todo él inteligible:

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