Santander · Unidad 141 de 158

Unidad 141 · 8_|0 SANTANDER

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y reconocer los restos monumentales existentes; pero sobre que tú te hallarás sin duda ya fatigado, y apetecerás sea sonada la hora de dar esta expedición por terminada, — también nosotros cansados nos sentimos por nuestra parte, y se hace preciso abandonar estos sitios placenteros, tan llenos de recuerdos heroicos, y en los cuales, con el panorama, con el ambiente, con la naturaleza, en fin, han heredado los montañeses aquellas mismas virtudes que les hicieron famosos en remotas edades. Noche era cuando salimos de Potes, y de noche volvimos á cruzar los imponentes macizos de los Picos de Europa^ cuyas moles gigantescas desaparecían borradas en la impenetrable negrura de las sombras, tornando á contemplar á las primeras luces de la mañana el deleitable espectáculo que en Unquera brinda el paisaje, y el aspecto señoril del Deva, tranquilo, manso y poderoso allí, después de haber recorrido con furiosa cólera el largo camino que él mismo supo abrirse á través de las montañas, cuyos cimientos de granito combate sin tregua ni descanso.

A los rayos del sol naciente, presentóse de nuevo á nuestra vista el animado espectáculo con que desde las ventanillas del carruaje brindan aquellas regiones de la Montaña, como llegamos á San Vicente de la Barquera, traspusimos sus dos puentes, fijamos la atención en los restos ruinosos y poéticos del Coiivento de San Francisco^ y acompañados siempre, como de amigo cariñoso, del sol que hacía su carrera en el espacio, — desde La Revilla nos apartamos del camino que antes habíamos seguido, para continuar por La Madrid, Treceño, Cabezón de la Sal, Casar, Quijas, Vinueva, La Veguilla y Torres, deteniéndonos en Torrelavega, encantados de la exuberancia de vida que respiran todos los lugares por los cuales la carretera se abre paso. Poco tiempo después de haber convenientemente restaurado nuestras fuerzas en la fonda de La Esperanza^ — tomábamos asiento en otro carruaje, y pasando por Campuzano y Santiago, en la carretera de primer orden de Valladolid á Santander, por Palencia, — ofrecíase con extraño aspecto ante nosotros el pueblo de

Cartes, cabeza del Ayuntamiento de su nombre, y propio del Partido de Torrelavega. Villa de gran renombre en otros tiempos y hoy casi despoblada, — aún conserva Cartes reliquias de su pasada grandeza, dignas de estudio, y entre ellas, los restos del famoso Torreón ó fortaleza que le sirvió de amparo, y erigieron los enemigos declarados de los señores de la Vega, aquellos .Manriques, más tarde Marqueses de Aguilar y Condes de Castañeda, «cuyo señorío se extendió largos años por esta parte de :1a Montaña y por el valle de Toranzo» . ■

«Y tan oportunamente habían escogido» el asiento de la robusta torre, que, «cuando á las antiguas vías desiguales y escabrosas,— dice el autor de Costas y Montañas,— r^&m^\^.z6 el ancho y macizo arrecife moderno, no halló escape, y tuvo que ir á pasar bajo los rastrillos de la fortaleza». «Por bajo de ella, por su ancha plaza de armas y hondo patio ahumado por las lumbradas de ballesteros y gentes de armas» (i), discurre con efecto la carretera, cegados ya los antiguos fosos, y «levantados para siempre al paso de grandes y pequeños los fuertes rastrillos que antes vedaban sólidos todo camino á las gentes». Sobre cuadrada .planta, «de no escasa línea, alzábanse los cuatro muros forales, cerrando ancho espacio capaz para el abrigo de buen golpe de combatientes; la plaza interior, asimismo cuadrada, abríase con cuatro arcos ojivales, algún tanto túmidos, uno en cada lado, y en los del E. y O. se distingue aún con claridad las aberturas por donde subía y bajaba el rastrillo correspondiente á los respectivos foso y puente, que, al subir la rasante de la carretera desaparecieron, acortando la altura de los arcos». «Los de N. y S. lucían... escudos que fueron picados, y por cada uno de estos huecos, pasábase, y todavía se pasa, á cierta especie de patios laterales, provistos de escaleras para ascender, al muro» (2).

(1) Escalante, Op. cit., pág. 448.

(2) D. Demetrio de los Ríos, art. inédito titulado En Ixs Caldas de Bjsaya.

«Robusto y entero todavía el castillo, fué [sin necesidad] descabezado», pues á juicio de persona entendida, y según es visible, «lo que existe, bien conservado en verdad, no parece acusar ruina» ni mucho menos; la codicia de los campesinos debió ser causa sin duda de la demolición, y las piedras arrancadas de la que fué morada señorial, sirvieron «para edificar en sus cercanías, para establecer viviendas en sus propias entrañas». «Tenía, — escribe melancólicamente el escritor montañés antes aludido, — su almenaje corrido sobre una cornisa cortada en modillones angrelados, y en los cuatro ángulos de su azotea cuatro redondos cubos, atalayas ó garitas empenachadas por la vejetación parásita de los siglos». «Tenía sobre sus puertas ladroneras y matacanes que las defendían, y tan altas, que el mandrón ó el guijarro caído á plomo sobre el atrevido que se arrimase á aportillarlas, mellaba sin fallir el mejor capacete, y rendía el más duro brazo del escudo; y tenía en sus ventanas cruzados hierros, por donde el defensor podía asestar tranquilamente sus saetas, pero que desafiaban los puños y la destreza del escalador más audaz y experto». «Arrasado ahora, á nivel de los. tejados de la villa, — concluye, — no llama, como antes, de lejos al curioso, ni tiene otra cosa que mostrarle más que las gastadas canales por donde caían los rastrillos», algunas saeteras ó aspilleras, «y algunas de aquellas impenetrables cifras con que los canteros de los siglos medios signaban sus labores» (i).

El caserío, vetusto, puede hasta cierto punto competir con el de Santillana, abundando las moradas señoriales, decoradas con abultados é insinuantes escudos, que pregonan los timbres, las divisas y las empresas de los hijosdalgo habitadores de la villa. Una de aquellas viviendas, ostenta sobre el dovelaje de arenisca «de su arco semicircular ó algo rebajado, ondulante guirnalda de grandes flores talladas; el paramento del muro, considerablemente más bajo á su izquierda, ofrece al curioso viajero

(i) Escalante, ibidem.

vistoso blasón de mucho relieve, y en la otra parte de la misma pared de piedra, que, rompiendo su cornisa, se levanta á mayor altura, otro no menos pretencioso escudo», resultando «por su carácter y las extrañezas de su rara construcción», agradable el edificio. Hállase éste á la izquierda de la carretera viniendo de Torrelavega, y «algo antes, en el lado opuesto, — escribe nuestro pariente, — notamos la que nos pareció casa más antigua [denominada de Quijano], pues su arco es apuntado, con grandes dovelas, guarnecidas por el intradós con puntas de diamante, y mostrando por clave, — cosa rara en esta clase de fábricas, que siempre lleva dos, — un lucillo de bien antiguos y caprichosos caracteres, que hubiéramos leído, — dice, — á no haberlo impedido la importuna lluvia» (i).

Cerca de dos kilómetros adelante, y «abocando ya á la primera garganta por donde el río viene, está Río-corvo», y apartado á su derecha, «un camino de montaña, partido de hierba y endones, de agua y hojas», pendiente y áspero, que en noche tempestuosa de gran lluvia, impondrá ciertamente, — guía y conduce á Yermo, el cual «tiene en la Montaña supersticioso crédito de antigüedad remota, y lo trae de serle tributaria la iglesia de Santillana, tan reputada de inmemorial y vieja.» «Vieja es la fundación de Yermo en verdad : no tanto el edificio [religioso] que ahora subsiste, restablecido con las reliquas de un predecesor suyo, y restablecido como se pudo y dieron de sí los materiales y el ingenio del artífice, no como el gusto puro y la artística ley pedían.» Hay quien supone, con efecto, olvidado de la verdad histórica, que despobladas «de cristianos las provincias del Mediodía de España» por «la invasión sarracena y la catástrofe de Guadalete», — envueltos «en el común pavor... monjes y prelados, se acogían á las montañas, al refugio postrero de la fe y de la patria, y amparándose en ellas, pretendían con nuevas fundaciones compensar la sede perdida y el profanado monaste-

(i) D. Demetrio de los Ríos, art. inéd., cit.

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rio» (i); y aunque no sea dable negar el hecho de que algunos buscaran en las fragosidades de los montes protección salvadora, tampoco lo es el afirmar quedasen entonces despobladas aquellas regiones meridionales, ni otras, no siendo la venida de «Recemiro y Betelo, monjes refugiados» en tiempo de Ramiro I, año 843, y fundadores de las iglesias de San Román y San Pe.- dro en Cabezón y Toporias respectivamente, sino consecuencia natural de la persecución de que fueron á la sazón víctima los muzárabes cordobeses.

Muzárabes eran también Ariulfo y Severino, obispo de Mérida el primero y de Baeza el segunda; huyendo aquel de los berberiscos establecidos en la antigua metrópoli lusitana, y de los árabes y aun muladíes éste, de la Cora de Jaén, — llegaban casi al propio tiempo á la corte de Ramiro I, y obteniendo de su piedad territorio á propósito en la Montaña, fundaban reunidos en la jurisdicción de Camesa, «in valle qui dicitur Quo», el Monasterio de Santa María de Yermo, del cual en el año 853 hacían donación á Serrano, obispo de Oviedo, señalando en la escritura los términos que le eran propios, «sicut praecepit Rex Dominus Ordonio» (2). No es ya, sin embargo, la existente, la fábrica de la iglesia erigida en el ix.° siglo por ambos prelados, y así habrás de advertirlo, lector, al reconocer el monumento, en cuyo costado meridional se abre la puerta, «de archivolta muy ligeramente apuntada, entretejida con baquetones, puntas; de diamante, enlazados festones y salientes bolas», descansando «sobre su corriente imposta, ornada con un meandro románico», al paso que en el tímpano de la ojiva destaca de relieve la efigie

(1) Escalante, Op. cit., pág. 4$o.

(2) Publica Risco en el ap. IX del t. XXXVII de la España Sao^rac/a el documento, conforme al cual los términos eran : «per rivulum de Bustelli, et per rivulum Quoto, et per illum Pontem de Rivo Curvo, et per illa essera, et per illum vadum de Vermillas, et per fontem bellicam, et per illa Melutera, et per summum Cottellum, et per illum Pandum, et per illa prata, et per vadum de rivo de Pila,' et per pandelio, et per Aceveto, et per Quotam rotundam, et per peña errata, et jungitse ubi priüs incepimus.» Como se ve, no era menguada la jurisdicción del Monasterio en aquella fecha.

de San Jorge á caballo, trabada con el dragón sangrienta lucha. Dos columnas empotradas sustentan ó fingen soportar -los volteles de la archivolta, decoradas con capiteles de figuras en cada costado de vano, mostrándose coronado el saliente cuerpo de la portada por volada cornisa, con tallados canes del estilo. Flanquean el cuerpo referido, sendas y rasgadas íenestras

COHICILLOS.— Iglesia de Santa Mahía de Yermo

de arco semicircular, con ajedrezadas archivoltas, distinguiéndose sobre la de la derecha, que es la oriental, gastado relieve, donde una leona ó una loba, acaso, amamanta dos cachorros, mientras por cima de la de la izquierda resalta abultada cabeza de león, que surge aislada sobre el muro. Descentrados, y á alturas diferentes, como obra aprovechada quizá, en la parte supe rior de la fachada ábrense dos pequeños nichos, de los cuales el más inferior, que es el de la derecha, cobija esculpida imagen de la Virgen, en tanto que en el opuesto destacan dos imágenes con la letra santa marina. Sobre canes de talla, variados y característicos, descansa la cornisa general del templo; y prescin-

diendo del pórtico moderno y sin importancia, colocado al extremo occidental del edificio, así como de la vulgar escalera que conduce á la espadaña, «única cosa que figura en la imafronte, reducida á un muro liso y denegrido por el lapso del tiempo y la crudeza de la intemperie», — en la fachada de Levante el ábside semicircular se presenta compuesto por sencilla imposta, de señalado estilo, y cornisa análoga á la común del templo, y soportada la ventana central por «dos columnas empotradas, con capiteles esculpidos, de figuras, archivolta ajedrezada é imposta de variado exorno.» Nada resta ya en el costado septentrional, que digno sea de mención, habiendo «desaparecido hasta los canes de la cornisa;» «la capilla y la sacristía, aquí labradas en época sumamente posterior, han descaracterizado de todo punto lo que necesariamente conservaría conveniente unidad, y harmonizaría de modo más grato con el resto del modesto monumento» (i).

«Su acceso al interior, — dice el artista á quien seguimos, — produce de improviso el más seco desencanto, pues defrauda por completo cuantas promesas la imaginación forja al recorrer el exterior», y admirar sus bellezas. «Ya el costado N. y la imafronte», sin embargo, hacen presumir algo de esto, «porque nada muestran ni significan; pero el interior tampoco tiene nada que sea de notar, como no sea un relieve de San Jorge, á caballo, venciendo el dragón en el tímpano interior que corresponde al descripto, el arco de la Capilla mayor ^ ligeramente apuntado y con columnas adosadas de capiteles tallados é imposta ornamental, y otro arco menor, que abre á la Sacristía, y es ojival, con dos columnas también adosadas.» «Por lo demás, — continúa,— la iglesia consta sólo de una nave con armadura, que hoy absolutamente nada promete al aficionado á lo bello, y al N. voltea un gran arco para dar entrada á fea capilla de exótica

(i) Conveniente juzgamos advertir que todas estas indicaciones están tomadas del cit. art. inédito del Sr. D. Demetrio de los Híos.

ingerencia.» «Algo menos desabrido sería el interior de esta iglesia, — advierte, — si con su ábside no se hubiera hecho lo que con todos los de las basílicas y catedrales de España, que fué taparlos con retablos de pésima catadura, para perpetrar dos dañosos delitos: el de crear lo abominable, y el de anular lo hermoso. »

Después de cuanto llevamos visto en la Montaña, no será dudoso para ti, lector, el señalar la época en que hubo de ser erigido este edificio, que alguien reputa con error por su traza «de fines del siglo xii» (i), queriendo significar con esto que es representante del estilo románico ; pero si alguna duda tuvieses de que corresponde con otros muchos al momento de transición ojival, el cual tiene principio en la XIII. ^ centuria y por ella se perpetúa en esta tierra del Septentrión de España, — borrosa inscripción de mal trazados signos incisos, declara en el intradós de la portada, á la derecha del que entra, y en siete líneas, lo suficientemente expresivas para nuestro propósito, lo siguiente: