Santander · Unidad 25 de 158

Unidad 25 · C • A N N I O • L • F •

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C • A N N I O • L • F •

QVIR- FLAVO IVLIOBRIGENS EX- GENTE- CANTA BKORVM • PROVINCIA - HISPA

NIA - CITERIOR OB - CAVSAS • VTILITATESQVE

PVBLICAS FIDELITER-ET- CONS TANTER • DEFENSAS

La otra «ofrece memoria de una Flamínica de la España citerior, á la cual puso el marido estatua en Tarragona; y ésta era natural de la Cantabria en el lugar de Amoca.» «La piedra dice así» según Grutero (CCCXXV, 10):

PAETINIAE • PA TERNAE • PATERN FIL- AMOCENSI-CLVNIENS EX • (JENTE • CANTABRO FLAMINIC - P-H-C-L- AN TONIVS • MODEST VS INTERCAT • EX-GENTE VACCAEOR • VXORI-PI ENTISS- CONSEN-P-H-C-ST

(Flórez, La Cantabria^ pág. 64 y i 3 5)

(i) Tal sucede en el Cerro de Cantabria en la Rioja ; véase acerca de él lo que expresa el doctísimo Flórez en la obra cit., pág. 143.

nes al servicio de los intereses romanos, aunque jamás, ni ellos, ni los otros pueblos que en el proceso de las edades señorean la España, pudieron arrebatar al cántabro las condiciones de carácter que le distinguen, y que en tanta parte proceden del espectáculo de sus montañas, del cielo que las cobija, y del ambiente, en fin, que le rodea y envuelve de todos lados, y que va con ellos donde quiera que se avecinden y establezcan. Memoria eterna quedó de aquella guerra no sólo en la Montaña sometida, sino allá, en las fértiles regiones lusitanas que se dijeron luego Extremadura, donde Publio Carisio, en recompensa del triunfo por ellos conseguido, funda para sus soldados eméritos la ciudad Emérita Augusta, capital luego de la Lusitania entera, emporio un día de las artes, mísera abandonada población en nuestros tiempos, que aún, para recuerdo de su grandeza fenecida, ostenta hoy con los monumentales restos de sus fábricas prodigiosas, que de todas partes surgen, las pintorescas ruinas de sus acueductos, que parece contemplan coronadas de parietarias el espectáculo de desolación que ofrece Mérida, y casi bajo las cuales discurre hirviente la locomotora, extremeciéndolas con su aliento y con sus gritos.

En las medallas romanas de aquella población insigne, que engalanó á porfía el arte latino-bizantino, y delante de cuyos fuertes muros se detuvo la arrogancia de las huestes arábigas que habían vencido con Muza-ben-Nossayr en Sevilla, — figuran «las puertas de la ciudad, con sendas y elevadas torres á los lados, y sobre el adarve» se levanta «en arco una robusta armazón de maderos llenos de TTTTT, que no han sabido explicar los numismáticos.» «Pues esas eran cruces, que perennemente ostentaba toda fortaleza romana, de la una á la otra torre angular, para amenaza y terror de los pueblos esclavizados.» «Puestos en ella los infelices Cántabros, morían entonando himnos y canciones patrióticas, y maldiciendo de sus tiranos y verdugos. » «Cuáles se apresuraban ellos mismos á buscar la muerte, ó peleando unos con otros, ó tomando veneno, ó despeñándose de

los tajados riscos.» «Y todos, ¡cuántas lágrimas de sangre no derramarían por no haber ayudado á Viriato (150-140) ni á Numancia en su lucha de catorce años (146-133), ni á Sertorio (83-72), contentos con su aislada y vanidosa independencia!» « El egoísmo y la satisfacción presente, — dice el escritor á quien copiamos, — ciegan á los hombres para no ver que la ruina y destrucción del adversario y del vecino, las más veces, son precursoras de la propia» (i).

Confundida con las demás regiones españolas, vigilada como ellas, y aún más que ellas, — Cantabria en la nueva división que hizo el propio Augusto de la Península, fué adjudicada á la Tarraconense, dependiendo en ella del Convento jurídico de Clunia, con sus distintos pueblos, entre los cuales sólo halla Plinio digno de mención el de Juliobriga; más tarde Caracala, 216 años después de Jesucristo, formaba con ella, los galáicos y los astures la provincia de Galicia, en la Niieva España Citerior Antoniniana^ y así hubo de subsistir en las restantes divisiones en que repartieron los Augustos el suelo pátrio; pero ya nunca, hasta en momentos solemnísimos, volvió á recordar sus antiguas glorias, dando en ellos, no obstante, pruebas eficaces sus hijos de que para fortuna de España, circulaba ardiente por sus venas la sangre de aquellos que habían hecho con Hanníbal terrible el nombre cantábrico á las legiones romanas, y á Augusto y á Cayo Antistio y á Agripa, sus vencedores, y ministrando así testimonio de la energía propia de los naturales de la Montaña. Aún se descubre por acaso en ella de vez en cuando restos de su vida bajo el yugo de la ciudad del Tíber, donde aparecen escritos los nombres de algunos de los pueblos que habitaron la Cantabria, como para atestiguar la romanización de la misma, preconizada hoy por sus hijos (2), recogen los montañeses, y guardan con particular cari-

(1) Fernández-Guerra, Cantabria^ pág. i 20 del Bol. de la Soc. geográfica de Madrid, tantas veces citado.

(2) « Somos más greco-romanos que los vascongados, apegados á la rudeza y

ño, monedas y objetos encontradas en diversas partes y principalmente en las minas, las cuales debieron ser sin interrupción explotadas por los tiberinos. Habla de los Selenos, los más occidentales, establecidos en territorio hoy adjudicado á la provincia de Oviedo, «la inscripción de Galicia que nos dió á conocer Pighio, Códice Lugdunense, i6; y de allí Flórez, España Sagrada, XV, 68 ; y Hübner, Inscrzp ¿iones Hispaniae Latinae, 2599 :

1. O • M