Santander · Unidad 41 de 158

Unidad de lectura 41

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

— «Por el eterno descanso del de/unto, Padre nuestro», á lo que contestan lúgubremente los circunstantes rezando la oración comenzada, en pos de lo cual, la propia mujer se despoja de la mantilla, la tiende sobre el suelo, se retira un tanto, «y con la misma voz con que» acaba «de pedir una oración para el finado», pide «para los dolientes, á cuatro cuartos», ó á rial, ó á lo que se convenga por los asistentes al duelo, quienes después de ella depositan ó arrojan no con grande orden sobre la mantilla la cuota convenida, operación que vigila con todo escrúpulo la mujer que ha inaugurado el acto, diciendo á grandes y destempladas voces: — «¡Alto!... no lo metamos á barullo: dir echándolo poco á poco, que aquí hay anguno que va á quedar bien con el dinero de los demás. » Y tras de algunos mientes^ y algunas palabras descompuestas, á modo de guerrilla, — la operación continúa, repitiendo la vecina siempre y en el mismo tono: — «A r2'¿^/para los dolientes», hasta que todos ó casi todos los del cortejo han arrojado sobre la mantilla la cantidad concertada, cuyo recuento da motivo á nueva escaramuza por si hay ó no reunida la suma que debe de haber, trayéndose con aquel

dinero, según el voto de los circunstantes, queso, pan, aguardiente y vino, artículos que sale á comprar aquel que inspira por su edad mayor confianza, mientras que los del duelo rezan una salve á la Santísima Virgen del Mar, un Padre Nuestro^ por todos los fallecidos del cabildo, y un credo ^ «para que Dios nuestro Señor tome en su miselicordia los santos ufragios que se acaban de hacer por el alma del defunto, que en paz descanse.»

El primer vaso de aguardiente y el de vino, la primera rebanada de pan y el primer trozo del queso, son para la viuda, á la btiena gloria del defunto^ frase sacramental, que se repite al dar á los hijos su porción correspondiente, inmediatamente después de la madre, circulando luego el aguardiente y los comestibles por la reunión, «entre murmullos, muy expresivos en tales casos», en medio de los cuales se oye «de vez en cuando aquí y allá, bien por la chillona voz de una mujer, bien por la ronca de un hombre, la frase consabida á la buena gloria del defíinto. » Sucede que con la repetición de las libaciones, los ánimos se acaloran, la desconfianza asoma, y no falta quien suponga que alguien ha bebido más de lo que debe, por lo cual fallece la jarra del aguardiente cuando menos se piensa, siendo esto la causa de que la batalla empiece golpeándose los circunstantes sin dar oídos á la voz de la viuda, á quien también se insulta y aun se golpea, poniendo término á la campaña la presencia del alcalde de mar, llamado á toda prisa por alguien, á fin de evitar alguna desgracia.

Expresiva manifestación por su parte, del carácter ambicioso y aventurero de los hijos de la antigua Cantabria, — lo mismo en la zona del litoral que en la más humilde aldea de los valles, el montañés sueña dominado de insensato afán con la riqueza; aquí,

ante el espectáculo que le ofrecen las mieses y los prados, de que con trabajo alcanza el diario sustento para sí y para los suyos; allí, en presencia del movimiento constante de buques y de embarcaciones de todo género, y en la de las transacciones mercantiles á que asiste de continuo, y allí y aquí á la par, obsesionado por el ejemplo con que le brindan aquellos que han logrado hacer esclava suya la fortuna. Por eso en toda la Montaña, y aun fuera de ella, pues los de la Liébana no se llaman montañeses, tanto por ambición como por amor propio, quizás cual resultado de dolorosa consecuencia obtenida por comparación entre la vida del rico mayorazgo que en su solar goza altivo del caudal heredado como de los timbres esculpidos en el frontón de la señorial portalada, y la vida del pobre aldeano, que apenas posee mísera casuca^ reducido prado donde cultiva los posarmos, el maíz, las patatas y otras legumbres, mientras cuenta en propiedad ó en aparcería algún individuo de ganado vacuno, — apetece el montañés subir á más alto estado, libertarse de la especie de servidumbre en que vejeta, siempre con el dalle ó sallaítdo á su tiempo su prado, ó conduciendo á los pastizales y á la cabaña el poco ganado que posee, mal comiendo, y apartado de cuanto pudiese hacer para él agradable la existencia; y como amigos y convecinos suyos han conseguido la fortuna en América ó Andalucía, y contempla sus hermosas viviendas y sus extensos prados y su ganado numeroso, y los ve cambiar de condición, sin percatarse de los esfuerzos que hubieron de realizar para llegar á aquella altura, — su aspiración no es otra que abandonar el suelo ingrato donde nació, correr en pos de la fortuna, hacer presa en ella, y volver luego al valle nativo para alardear de su suerte y de su fortuna.

De aquí proceden el indiano y el jándalo^ tipos que tanto abundan en la Montaña, bien que no todos con el mismo aspecto; que tanto bien han hecho en ella, y por los cuales se acredita la sin razón con que el pintor de las costumbres de este país truena airado contra los hijos que le abandonan, suponien-

do, con disculpable optimismo, y en frente de lo que proclama y enseña desapasionada la agrología (i), que es el llamar pobre y estéril á esta tierra, «cargo injusto por cierto, y que perpetuamente en boca de tantos ignorantes, sostiene en esta provincia cada vez más terrible y enconado el cáncer de emigración que la corroe.» «Entre América, Andalucía, Madrid, Santander y el ejército, — dice, — se llevan todos los años las cuatro quintas partes de la juventud montañesa; la restante se dedica, casi en su totalidad, á jornales ó á la industria carretera...» «¿Qué ha de producir, — exclama, — un país cultivado por ancianos y por mujeres .^..» «¡Que el [suelo] de la Montaña no puede satisfacer las aspiraciones de sus hijos!» «Y ^ quién tiene la culpa de sus insensatas ambiciones, — prosigue, — de que aspiren todos á grandes señoríos, á fabulosas riquezas?...» «(¿En qué títulos fundan sus esperanzas?» «¿Está el dinero en América al alcance del primero que lo solicita?» «¿Basta á un rudo é ignorante labriego querer ser rico para conseguirlo?» «No, ciertamente.» «¿Puede, entre tanto, el suelo montañés proporcionar á sus hijos una posición desahogada é independiente y feliz?» «Sí, y mil veces sí.» «¿Cómo? Con los brazos de sus mismos hijos que, ingratos, le abandonan hoy, como le han abandonado siempre^ y desterrando de su agricultura las perniciosas rutinas á que se la viene condenando ab initio» (2).

(1) Véase respecto de las condiciones agrológicas de la Montaña cuanto expresan los Sres. López Vidaur y Odriozola en las memorias premiadas en los Juegos Florales celebrados en Santander en 1888.

(2) Pereda, art. A las Indias^ pág65 de las Escenas A/on/añesas (ed. de 1864), donde continúa en defensa de su tema : «Que el campo de la Montaña es feraz como ningún otro para toda clase de pastos y forrajes, no puede negarse al verle hecho espontáneamente un pintoresco jardín todo el año; que el arbolado crece en él con una rapidez y profusión fabulosa, está bien á la vista.» «¿Por qué no se explotan estos dos magníficos elementos de riqueza?...» «¿Por qué en lugar de fomentar ésta, real, tangible, digámoslo así, se corre en pos de otra imaginaria que no se consigue, ó que la consigue uno solo á costa de la existencia de otros ciento que también fueron tras ella?» «Por la más estúpida de las preocupaciones...»— «BosqiLes de cajigas^ cabanas de ganado, quesos, manteca, legumbres... ¡valiente riqueza ! oiréis decir aquí, con el mayor desdén, á un holgazán que por no cavar un

En el sollado de cualquier buque, — niño todavía, ó joven, y llevando como único equipaje las risueñas ilusiones que le poseen; falto de instrucción casi siempre; dejando en la miseria y en la incertidumbre á los suyos, y abandonándose esta vez sin desconfianza á la suerte; provisto ó no de carta recomendatoria de algún otro indiano, — parte el montañés y marcha entre penalidades sin cuento á aquel otro mundo que se forja á su capricho y según su deseo, como inagotable manantial de riquezas, con las cuales cree que ha de volver á la tierriica en plazo breve. «Los abismos del mar, los estragos de un clima ardiente, los azares de una fortuna ilusoria, el abandono, la soledad en medio de un país tan remoto... nada les intimida; al contrario, todos esos obstáculos parece que les excitan más y más el deseo de

huerto no come cosa cocida en todo el año, ni de otra cosa se ocupa que de cultivar un poco de borona que le alimenta mal seis meses \ ¿y me sacará todo ello de pobre ?)) n Adviértase que no ser pobre se llama entre estos infelices ser millonario.)) «Por eso se queman impunemente bosques enteros bajo el pretexto de que algunas reses se extravían entre la maleza ; por eso, lejos de plantar arbolado, se tala cuanto crece al alcance del hacha asoladora de estos paisanos; por eso están las mieses la mitad del año mal cultivadas y la otra mitad abiertas á merced de esa bárbara costumbre de ]as derrotas que no permiten á un labrador aplicado mejorar sus terrenos ni sembrarlos durante el invierno, porque están al arbitrio del ganado de todos sus convecinos, que pace hasta sus raíces, y los huella hasta convertirlos en inaccesibles charcas; por eso brotan el escajo y el brezo en las tres cuartas partes del suelo de la Montaña en lugar de la patata, del maíz ó del roble, mientras atribuye el labriego su pobreza á la falta de terrenos ; y por eso al volver la primavera están otra vez pobres las mieses, ralos los montes, incultas las inmensas sierras, y hambrientos y desnudos muchos infelices.»— «De aquí la aparente necesidad de la emigración.» «Mas si, por el contrario, — añade, — se fomentara el arbolado, se sembrasen sabia y oportunamente las mieses, garantizando al labrador la seguridad de sus frutos con el establecimiento de los indispensables guarda rurales; si se dedicase á la ganadería una parte no más de las atenciones que se consagran al cultivo del maíz que no basta, que no puede bastar nunca al sustento de la población montañesa,— esta provincia se vería regenerada, porque ya no habría en ella una sola, si bien grande fortuna, vinculada en una sola familia en medio de un millar de otras menesterosas, resultado indispensable de la emigración, sino muchas pequeñas distribuidas en proporción del trabajo y de la propiedad, en lo cual consiste la verdadera riqueza de un país.» Sin género alguno de apasionamiento, recomendamos á los lectores vean cuanto con relación á todo esto, manifiestan otros escritores, montañeses como Pereda, en cuyo número figuran con los dos citados López Vidaur y Odriozola, Lasaga Larreta y otros. Hay que confesar y reconocer que, como buen hijo, el insigne Pereda, sólo ve el aspecto favorable y artístico á la par de la Montaña.

atropellados.» — «¿No es cierto que en América es de plata la moneda más pequeña de cuantas usualmente circulan?» — «Pues un montañés no necesita saber más que esto para lanzarse á esa tierra feliz: la vida que en la empresa arraiga le parece poco, y otras ciento jugara impávido si otras ciento tuviera.» Si hay quien lo dude, «ofrezca un pasaje gratis desde Santander á la Isla de Cuba, ó una garantía de pago al plazo de un año, y verá los aspirantes que á él acuden.» «Y no se apure porque no sea de primera cámara: un montañés de pura raza atraviesa en el tope el Océano, si necesario fuese.»

«Díganle á las Indias vamos ^ y con tan admirable fe se embarca en una cáscara de limón como en un navio de tres puentes.» «Este heroísmo suele ir más allá aún.» — «Un indiano de semejante barro ve transcurrir los mejores años de su juventud de desengaño en desengaño, y no desmaya.» — «No hay trabajo que le arredre ni contrariedad que apague su fe: la fortuna está sonriéndole detrás de sus desdichas, y la ve tan clara y palpable entonces como la vió de niño, cuando, soñando sus ricos dones, se columpiaba en las altas ramas del nogal que asombraba su paterna choza» (i). Le enardece é incita el ejemplo de los triunfadores de la suerte: «un señor que vino al pueblo cargado de talegas; que á todos sus parientes ha puesto hechos unos señores; que no bien sabe que hay un vecino necesitao ya está él socorriéndole; que alza solo casi todas las cargas del lugar; que corta todos los pleitos para que no se coma la justicia la razón del que la tiene y el haber de la otra parte, y que no quiere por tanto beneficio más que las bendiciones de los hombres de bien», y no ve ni quiere ver la «vecina que no halla consuelo hace un mes, llorando al hijo de su alma que se le murió en un hospital al poco tiempo de llegar á la Habana», ni se acuerda del que «murió pobre y desamparado en lo más lejos de aquellas tierras», ni de aquel á quien «malas compañías le llevaron á perecer en

(i) Pereda, Escenas montañesas, pág. $1 de la ed. de 1864, ya cit.

una cárcel», ni del que «veinte años bregó con la fortuna..., y por no morirse de hambre anda hoy de triste marinero ganando un pedazo de pan por esos mares de Dios», ni del que cerca de la casa del que quiere ser indiano, espera «á que se le acabe la poca salud que trajo de las Indias al cabo de quince años de buscarse en ellas la fortuna, para que Dios le lleve á descansar á su lado; pues ya, pobre y enfermo, ni vale para apoyo de su familia, ni para el pueblo, ni para sí mismo, que es lo peor... y bien reniega de la hora en que salió de su casa...» (i).

Llena está la Montaña de memorias de los indianos : escuelas, hospitales, reparación de templos, edificios más ó menos suntuosos, pregonan por todas partes el amor de aquellos á quienes protegió la suerte, y emplearon en la tierruca y en bien de sus paisanos (2) los capitales ganados á costa de inmensas é incontables penalidades «en la obscuridad de un roñoso tugurio, sin aire, sin descanso, sin libertad y mal alimentados, con el pensamiento fijo constantemente en el norte de sus anhelos» (3). jQué de extraño pues, que ya por una ó por otra causa, inveterada, secular, que está en la masa de la sangre del montañés de hoy, como lo estuvo en la del antiguo cántabro y lo estuvo en la de los habitantes- de esta región en todos tiempos, — si halla pobre la tierra, si no le satisface la vida que ella le proporciona, aspire á mejorar su condición por medio del trabajo, buscando á costa de la salud y de la vida con frecuencia, aquello que nunca ha de lograr en el cerrado horizonte de su aldea? Jamás desaparecerá el indiano, porque jamás podrá el montañés prescindir de su carácter y de sus tradiciones, y desventurado de él el día que tal suceda, porque entonces habrá muerto: quizás llegue, sin embargo, la hora en que entrando de lleno en la vida moderna, tal como debe ser, pueda consagrarse exclusivamente

(1) Pereda, Escenas Montañesas, págs. =567 5 7 de laed. mencionada.

(2) ZuMELzu, La beneficencia en la Montaña, pág. 81 del álbum De Cantabria.

(3) Pereda, Dos sistemas (Tipos y paisajes, pág. i).

al cultivo y beneficio de la tierruca, dar á la industria y al comercio sus brazos y sus energías, como se los dio á este último en el siglo xiv, siglo de engrandecimiento para las cuatro villas de la costa de Castilla; y si «con la fe de sus mayores es dable únicamente [hoy] á los pobres aldeanos la paz y la ventura entre tantas privaciones y miserias», no se le haga aborrecible ninguna de las conquistas del siglo, porque merced á ellas, y descartando la política^ por desmoralizadora y mal sana, será como podrá vencer la costumbre^ que hace deplorar al príncipe de los escritores montañeses la emigración, que como cáncer corroe las entrañas no sólo de su país sino de España entera por desventura.

Quizás, como sospecha no sin razón aparente otro hijo ilustre de la Montaña, — de la conquista de Sevilla «y de los privilegios que en premio se nos dieron en aquella ciudad», venga «la costumbre de ir los montañeses á ejercer el comercio por menor en Sevilla y su antiguo Reino, aunque antes hallaban en su camino... los Reinos de jaén y de Córdoba» (i). De allí procede el jándalo^ nombre que el natural de esta región montañesa, especialmente en su parte occidental, donde «tienen heredada afición al Mediodía», — recibe al regresar á ella después de haber ejercido el comercio ú otra industria, generalmente de vinos, en las fértiles comarcas andaluzas, y que conservando el valor gramatical y fonético del vocablo arábigo primitivo, no significa en realidad sino el andaluz el que procede de Al-AndáluSy según dijeron los muslimes en común á todo el Mediodía principalmente de nuestra España. Allí con efecto, al frente de sus mesnadas propias, y al servicio de los monarcas de Castilla, fueron los

(i) Ríos Y Ríos, art. introducción del álbum De Cantabria^ pág. i 2.

señores montañeses siguiendo á Alfonso VIII, á Fernando III y á Alfonso X, como siguieron á sus sucesores ; allí recibieron en las ciudades y territorios rescatados pingües heredamientos, y fundaron linajes esclarecidos .que nacieron en humilde solar de la Montaña, bastando la lectura de los nobiliarios para convencer de tal verdad, harto notoria y preconizada. Y aquellos señores, engrandecidos por sus merecimientos y por las mercedes recibidas; y aquellos mesnaderos y fijosdalgo que con ellos se habían establecido galardonados en las regiones meridionales, — al volver á la Montaña, al restaurar el esplendor de su linaje, recibían seguramente el apellido jándalos ó andaluces, por ser Andalucía el lugar donde su descendencia tomaba carta de naturaleza para lo sucesivo.

No es en la actualidad el jándalo nada de esto: seguramente el comerciante montañés, bien de la costa ó marisma, bien del interior, incitado por las exenciones y privilegios que los monarcas les concedían en el país hético, buscase en él mercado favorable; y así como la costumbre de ir á las Indias se ha perpetuado entre nosotros, la de bajar á Andalucía y amasar allí con igual género de trabajos la fortuna, sigue imperando aún, y nombre de montañés recibe lo mismo en Córdoba, que en Sevilla, que en Cádiz y que en Huelva, todo establecimiento de bebidas, tan distinto en su disposición y aparato de las vergonzosas tabernas de Castilla y de la Montaña, porque principalmente los montañeses son los que explotan esta clase de comercio, de donde extraen luego la fortuna con la cual deslumhran á sus paisanos al regresar á la tierruca, bien diferentes de como salieron de ella. Algunos de ellos vuelven enriquecidos, como volvió á su aldea Toribio Mazorcas (a) Zancajos^ uno de los tipos retratados por Pereda (i). «Fuése en sus mocedades á probar suerte en Andalucía, y allí, fregando la mugre del mostrador de un amo avaro y cruel, supo ahorrar y aprender lo su-

(i) Blasones y Talegas, en Tifos y -paisajes.