Santander · Unidad 42 de 158

Unidad de lectura 42

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

ficiente para establecerse de cuenta propia en una taberna al cabo de algunos años de esclavitud y de sufrimientos indecibles. » «Poco á poco la taberna llegó á ser bodega; y cuando el jándalo cumplió medio siglo, podía alabarse de contar muchos menos años que pares de talegas.» «Entonces se vino á la Montaña con ánimo de no volver á salir de ella», y hubo de fincarse y establecerse allí, consagrándose al cuidado de sus haciendas, y «cansado ya de bregar con vacas, salladoras y rozadores», «anheloso de verse algún día rodeado de familia decente, fina y de principios. »

Suele el jándalo, en estas condiciones, servir de apoyo y de sostén á alguno de los aristocráticos y arruinados linajes de la aldea natal, enlazando con él su grosera persona; recibe el dictado de do7t por sus convecinos que tratan de explotarle, y no atreviéndose á vestir el traje de los caballeros, usa otro diferente del de la gente de la aldea, procurando hacer ostentación de sus riquezas siempre; así es que en los días de gala aparece con «rico traje obscuro de corte medio entre el de caballero y hombre de pueblo, brillando entre los rizos de la chorrera de su camisa los gruesos eslabones de una cadena de oro» que cae «después sobre el pecho y» baja «en dos grandes ramas á perderse en uno de los bolsillos del chaleco»; calza «brillantes botas de charol», y lleva «en la mano un recio bastón de caña de Indias con puño y contera de oro», distinguiéndose y señalándose en todas las ocasiones que puede, y de modo muy diferente por lo común, al del indiano también enriquecido, con el cual presenta muchos puntos de contacto, aunque es menos paciente que él, pues «aguijado su amor propio y su amor á la patria por la menor distancia y las facilidades de salvarla, no aguarda para visitar su aldea más que á poder presentarse con el conveniente lucimiento y majeza» (i). De Andalucía trae algo del carácter

(i) Escalante, Cosia,s y Montañas., pág. 514.— Es notable y sobre modo interesante la pintura que, con su habitual gallardía, hace el señor Escalante del jdn-

abierto y burlón de aquellas gentes, como trae modismos y palabras que se aclimatan á la postre, y llegan á las veces hasta á tener entrada en las esferas literarias, según ocurre indudablemente con la locución adverbial d la vera, tan usual en la Montaña y en toda Andalucía, como sinónima de á la orilla^ á la margeíi^ jubito d, al lado de, cerca de, etc., no teniendo otra explicación la frecuencia y facilidad con que en el común lenguaje, elide el vulgo las letras finales de algunas palabras, ni más ni menos que podrían hacerlo un vecino de Triana ó de San Bernardo en Sevilla, ó de la Corredera en Córdoba, ó del Albaicín en Granada, ó del Perchel en Málaga, por no citar más poblaciones andaluzas.

Y\ jándalo menos afortunado, para quien algunas onzas de

dalo; no llevarán á mal los lectores que por lo mismo, la reproduzcamos en este sitio : « Dispone [el jándalo] su jornada y mide el tiempo de camino para bcijar en sazón y punto de celebrarse la más nombrada feria ó romería de su valle ó del valle vecino. » «Y en hora de la tarde, en que, agotadas las emociones, embotada la curiosidad por el calor y la fatiga, se hallan los vecinos mejor dispuestos á saborear mejor lo inesperado y nuevo,— hele aquí apareciendo jinete en una jaca de Zapata ó del Saltillo, trotando largo, encogido sobre el arzón, y renegando para sí de la frondosidad de los castaños, cuyas ramas bajan á besarle su rico y aplanchado sombrero de calaña, estorbando el ademán gallardo, la enhiesta postura con que se prometió aparecer en la tela.»— «Llega apartando gentes á lo más apretado del concurso, y allí se pára y endereza el busto ; amigos y conocidos acuden á felicitarle y darle la mano ; él, afable, se deja lucir y da tiempo á que las mujeres deletreen á su sabor su porte y vestido, á que las viejas, acurrucadas en círculos, le admiren diciendo : — / Grcin mozo está, bendito sea Dios !—á que los chicos envidien sus patillas de chuleta y los mozos su cadena de reloj y su vistosa faja de colores.»—«En tanto los inteligentes pasan la mano por las ancas de la jaca, le pulsan los belfos y averiguan la edad del bruto, cuyos ijares laten agitados por la carrera; sus finos remos, acostumbrados al blando piso de los arrecifes andaluces, tiemblan azorados del brusco choque de las durísimas camberas y los endones montañeses; pero menos tarda en sosegarse que sus admiradores y críticos en ponerle tachas y recorrer sus primorosos jaeces de campo, obra de algún famoso talabartero jerezano.»— Allí, lisonjeando á todos, echando chicoleos á las muchachas que le rodean, y llevándose el corazón de alguna, como se lleva las miradas de todas, «se apea el jándalo, no sin dar dos vueltas á la mano délas riendas, para que la jaca se revuelva y pompee su cola y extremezca las crines, y salpique de blanco con su resuello á los más inmediatos.» «A pie y descalzos han venido siguiéndole los chicos de su lugar, sin más ambición ni esperanza que la de tenerle el caballo.» «El que logra tamaña fortuna no se trocaría por nadie en el mundo, como no fuese por el mismo jándalo, ideal insuperable, blanco de toda adniiración, extremo de toda envidia.»

oro en otro tiempo representaban un capital, y á quien bastaba con ellas para darse aires de potentado en la tieí^ruca^ de donde salió miserable y hambriento á probar audazmente fortuna, — llega á ella vistiendo el garboso traje de la gente del Mediodía; pantalón acampanado y claro; faja de seda ó de lana de colores chillones, liada á la cintura ; marsellés de astracán ó de terciopelo; camisa de cuello abierto ó sin cuello, con gruesos pasadores de similor en él y en la pechera; patillas de boca jacha^ cerdosas y pobladas; chuletas en la frente, y sombrero calañés ó cordobés en la cabeza, mientras fuma puro, escupe por el colmillo, lleva navaja larga y de muelle en la faja ó en la faldriquera, procura hablar en caló, y es más valiente que los valientes del Perchel ó de la Macarena. Antes de que el ferro-carril pusiera en comunicación á Santand*er con el resto de España, el jándalo aparecía siempre ó procuraba al menos aparecer en su aldea para el día de San Juan, montado

« sobre indefinible bicho,

pues desde el lomo á los pechos,

y desde el rabo al hocico,

llevaba más alamares

que sustos lleva un marido.

»Todo un chulo era el jinete, á juzgar por su trapío : faja negra, calañés, y sobre la faja un cinto con municiones de caza, pantalón ajustadísimo, marsellés con más colores que la túnica de un chino, y una escopeta al arzón, unida por verde cinto ».

A su decir, dejaba siempre

... atrás, en el camino, una recua de jumentos

cargada con su equipaje, que no llegaba nunca; y mientras en-

tre exclamaciones de sorpresa por parte de sus antiguos convecinos, y gestos de importancia desdeñosa por su parte, llegaba á la humilde choza donde vivían sus padres, ya ancianos, iba echando chicoleos á las mozas, derramando rumbo, y dándose importancia, como consumía en cohetes, en fiestas y en comidas el poco dinero que había traído, y se veía al postre obligado á agarrarse al dalle^ y ayudar á los suyos en el cultivo de la tierra de que se sustentaban (i), ó hacía vida holgazana y criminal á veces, cual el Sevillano retratado por Pereda en El Sabor de la Tierruca, cuando no, volviendo de nuevo á Andalucía, y redo7ideado su haber, «saldadas cuentas con la tienda de Jerez ó de Sevilla», tornaba para siempre á su patria, «regaladamente acompañado, montando bestia de mayor pujanza y brío, y más galán arnés; trayendo á la grupa una almohada, y sobre la almohada una de aquellas mozas, la más gallarda ó la más ruborosa, rodeada una mano al busto del galán, asida la otra á las correas de la baticola, usanza y cortesía de la morisca Andalucía, transportada á la céltica Cantabria» (2).

Malicioso, ignorante, desconfiado, sagaz, lleno de ridiculas supersticiones, como aquel que vive aislado, y es pobre, y teme siempre el mal del que es más poderoso, ó de lo que no conoce ni á explicarse acierta, — el aldeano montañés, tal cual le presentan los escritores sus paisanos, tiene como todos los campesinos de todas partes mucha gramática parda ó letra memida, merced á la cual ñi vive ni sosiega. Su casa es, según su hacienda, ya de un solo piso, con «ancho portalón ó teja-vana» al

(1) Véase el lindo romance que con el título de El Jándalo publicó Pereda en sus Escenas Montañesas.

(2) Escalante, Cosías y Montañas^ pág- 5 í 8 y i q.

centro de la humilde fachada, la puerta «de la cuadra á la izquierda, y á la derecha la ventana de la cocina», cuya «misión, más que dar luz..., es dejar que salga el humo» por «ella, cuando hay fuego en el hogar» (i); ya de dos pisos, con portalada, solana de madera que se extiende á lo ancho de la fachada con pronunciado saliente, y donde asoma algún cacharro con flores, ó prendas colgadas para solearse, y varios huecos además del ancho soportal que le sirve de entrada, llevando todos los edificios impresa la marca de la misma arquitectura rural, varia en sus formas y lineamentos, pero una en su esencia, como es uno también su objeto. La pieza de mayor importancia en la aldea, es la cocina, el salón de recibo, el estrado, en cuyo fondo está el hogar con el llar bajo, teniendo á los lados \xw poyo de material; en una de las paredes, ahumado vasar contiene la no abundante ni escrupulosa batería de cocina, y por bajo de él, suele haber ennegrecido arcón donde se guarda la leche, la azucara^ alguna vez los pucheros, y otros objetos de análoga naturaleza; á un lado se abre la puerta del carrejo ó corredor que da paso á las demás habitaciones de la casa, asomando «por una viga del piso del desván» el mango de un arado, y adherida á uno de los muros, la mesa perezosa, reducida «á un tablero rectangular sujeto á una pared de la cocina por un eje colocado en uno de los extremos; el opuesto se asegura á la misma pared por medio de una tarabilla». «Suelta ésta, baja la mesa, como el rastrillo de una fortaleza, y se fija en la posición horizontal por medio de un pie, ó tente-mozo, que pende del mismo tablero». «La perezosa no se usa en las aldeas sino en el día del santo patrono, en la noche de Navidad, en la de año nuevo y en la de Reyes, ó cuando en la casa hay boda» (2).

En las casas de mayor acomodo é importancia, en pos de la

(1) Págs. 46 y 47 de las Escenas Montañesas.

(2) Pereda, La Noche de Navidad (Escenas Montañesas, pág. 107 de la edición de 1 864).

portalada, en cuyo frontón de piedra destaca entallado el señorial blasón, hácese la corralada, donde se halla el pozo, el horno, el averío y otras cosas necesarias, apareciendo al frente la casa propiamente dicha, con ancha solana de madera al mediodía y el blasón en el ángulo; entrando en ella, el vestíbulo ó estragal, comunica por medio de un carrejo con la corte, ó establo, donde se recoge el ganado por la noche, y donde descansan los bueyes adornados de melenas^ mientras sobre los des-

Carretas del país

iguales morrillos de la calle, ó en la corralada, se muestra recogida la carreta de Penaos, ó el rodal de madera, como colgado en la pared el dalle bien picado y prevenido para su día, con los demás aperos y útiles indispensables á todo labrador, que por sí propio cultiva su huerto, salla el heno, la cebada ó el maíz, recoge los posarmos ó berza villana, las patatas y demás legumbres, lleva á pastar el ganado, y no se ocupa sino en las faenas del labriego. El piso alto sirve para depositar el heno, guardar la cosecha de maíz, hacer la deshoja, con tanta habilidad pintada por Pereda en El Sabor de la Tier^^uca y en Suum cuique, y almacenar los víveres de que ha de alimentarse la familia todo el año. Escasamente se halla en la casa del aldeano sino una silla de bañizas, mientras en las más acomodadas no abun-

dan las de perilla; su cama es un jergón, y sus costumbres tan frugales como lo son las de los aldeanos y campesinos de casi toda España; come borona y olla de legumbres sazonada con tocino, al medio día, bebe chacolí cuando puede, vino blanco de Nava del Rey y tinto de Rioja en las grandes ocasiones, y al paso que ve discurrir los días de la semana ya ocupado en las faenas agrícolas, ya cuidando de la vaca ó del novillo, ya picando el dalLe^ ó arreglando el carro, — el domingo se reúne con sus convecinos en la taberna y juega allí á las cartas, ó en la bolera, donde juega á los bolos, ó en el corro de las mozas, si es joven y soltero, donde al son del pandero y de los cantares que entonan las muchachas, baila á cuantas puede y se retira luego á su hogar, tranquilo y satisfecho, y dispuesto á comenzar de nuevo sus trabajos de la semana.

La mujer, con su pañuelo anudado en forma de albanega á la cabeza, en mangas de camisa, apenas ceñido el talle por rústico corpiño, con su saya de percal sobre refajo de color fuerte, desnuda de pie y pierna, con el rostro curtido por la intemperie y tostado por el sol, — no es solamente en la Montaña la compañera amante y cariñosa, señora del hogar, y madre de los desarrapados hijos del aldeano, sino que desempeña además funciones agrícolas de importancia, y acaso con mayor perfección que el hombre: ella lleva á pastar el ganado, cuando no confía esta misión á cualquiera de sus pequeñuelos; ella, encorvada todo el día, bien bajo la menuda lluvia persistente, bien bajo los rayos del sol, ó el fuerte viento que sacude furioso las cajigas, los robles y los olmos, salla sin descanso su prado, laya el terreno después de abiertas las mieses á la derrota, recolecta las legumbres, recoge los punzantes erizos de la castaña, conduce la carreta, carga sobre ella los haces de heno, ayuda á colocarlos en lugar conveniente en la cabaña ó en el desván de la casa, y habituada desde pequeña á tales menesteres, jura como los hombres, bebe como ellos en no pocos casos, y se entrega con pasión al vino ó al aguardiente, que la conducen al idiotismo.