Santander · Unidad 44 de 158
Unidad 44 · SANTANDER ( 267
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SANTANDER ( 267
tintos la necia credulidad de sus convecinos; ó son como otra persona cualquiera, y acaban por ser completos demonios, acosadas, escarnecidas y vejadas por el fanatismo popular; ó son, en fin, mujeres virtuosas y honradas á carta cabal, y entonces viven, las desdichadas, mártires de la más estúpida persecución». «De los tres grupos — concluye el Sr. Pereda — he conocido brujas en la Montaña» (i), sin que se interrumpa por la muerte la dinastía de aquellas, pues al poco tiempo de fallecer una, ya el vulgo señala, odia y persigue á otra mujer como su sucesora, si no en el mismo barrio, en otro cualquiera del pueblo, atribuyéndole iguales condiciones, y achacándole toda suerte de maleficios y desdichas.
Las horas largas y frías del invierno, - pásalas el campesino en las hiladas^ ó reuniones celebradas en la cocina de la casa de cualquiera de ellos; y mientras las mujeres al amor de los tizones hilan el lino, los hombres discurren á su modo bien sobre política, que suele ser estupenda, bien contando cuentos y chascarrillos, bien proponiendo adivinanzas, ó bien de forma parecida, y siempre mirando allí y fuera de allí como á profeta y hombre superior, al que ha logrado en el lugar «la fama de célebre, nombre que entre los aldeanos equivale á decidor, oportuno, chistoso», á quien «escuchan con la sonrisa en los labios» y «tiene amplias facultades, no solamente para provocar la risa, sino para ser importuno, molesto y hasta grosero dónde y cuándo le acomode, sin que á nadie se le ocurra darse por ofendido, aun cuando la dignidad y la honra sean las víctimas de un equívoco, ó de una frase más ó menos ingeniosa». — «Y ^cuál no será la influencia de un
(i) Las Brujas, en Tipos y paisajes ; véase también lo que de la Ránula, dice en El Sabor de la Tierruca.
hombre de estos sobre los que le rodean, cuando sobre su carácter de gracioso lleva la opinión sabio...}» El se halla «siempre presidiendo todos los acontecimientos del lugar. » «Bodas, bautizos, entierros, juntas, tertulias... en cualquier acto de estos y otros muchos, lo primero que la pública curiosidad» busca anhelante es su presencia; «porque aquí para provocar la risa, allá para dar un consuelo y en el otro lado para ilustrar el juicio de los demás, su presencia» se hace «tan indispensable, que sin ella no se» encuentra «alegría, ni lágrimas, ni consuelo, ni consejo» (i).
El, con medias palabras, despierta la desconfianza, enciende los odios, aviva los deseos y las ambiciones de sus convecinos; les aconseja, les incita, les mueve y les impulsa, y á veces es tal su influencia, que hace y deshace á su gusto matrimonios y contratos, interviene en las elecciones, dirige el concejo, y se convierte en cacique de la aldea, aunque sea en ella de los menos acomodados. No le falta un chiste malicioso y mal intencionado en ocasiones, para la novia, en medio de la boda á que asiste, para el difunto, cuyo entierro acompaña, para el querelloso, que le pide consejo, para los que con él se encuentran en las hiladas y en las deshojas, ó en la taberna y en el corro de bolos. El es el que, como hombre experto, lleva consigo de preferencia á la villa ó al mercado ó á la feria, el aldeano ó el colono montañés que desea comprar con sus ahorros ó una vaca, ó una pareja de novillos, no siendo raro que además de todas aquellas cualidades que le han hecho célebre en la aldea, sea «público y notorio que en más de cien sangrías que lleva hechas en el pueblo á los animales de sus vecinos, á la oreja, al pelo y al rabo, que es la más difícil, no se le ha desgraciado una sola res»; que «para poner una bizma, ó sea un emplasto de trementina y polvos de suelda, no hay otro que se le iguale»; que «distingue á la legua un cólico de un empander amiento, y en las cojeras no confunde el zapatazo con el babón»; que «si no ha
(i) Pereda, Swwm cw/gwe CEscííwas A/o«^awesas, pág. 197 de la ed.de 1864).
curado un solo caso de solefiguaño^ es porque la enfermedad es mortífera, mas no por haber dejado de echar á tiempo, por ¿a boca abajo del paciente animal, con el auxilio conductor de una teja, el agua de jabón, aceite y vino blanco, bien caliente». «Por algo dice él que si le hubieran desamináo, albitre podía ser, y es la verdad» (i).
Examina grave y atento, y, como hombre que lo entiende, el ganado ó la res que trata de comprar aquel á quien sirve de perito; media en las negociaciones del contrato, allanando dificultades; resuelve las consultas que el dudoso comprador le hace; contesta á las marrullerías del vendedor, y es el primero en cortar las diferencias, y avenir á los contratantes, proponiendo que se pague la robla, semejante á lo que llaman en otras partes alboroque. «Desde que han ido cundiendo la sagacidad y trapacerías de los trasmeranos — dice otro escritor montañés,— son pocas las ventas de nuestras ferias en que no se promuevan algaradas al reconocimiento de los ganados, lo cual exige la intervención de más personas, que aumentan los gastos de la robla, hasta el extremo de no querer ya los vendedores entrar con la obligación de pagarlos, como siempre fué costumbre, y quedarse las ventas por estas pequeñeces: rueda hoy entre los feriantes esta frase, que va haciendo fortuna: De roblas y cabezas, cada uno la mitad» (2).
«Como una de las cosas más festivas de nuestras ferias», — continúa el mismo escritor, — digno es de ser citado «el reconocimiento y entrega de los ganados, cuando se venden á los trasmeranos; gente lista, sabe manejar el negocio con tal sutileza y maestría, que los vendedores pocas veces llegan á apercibirse puedan ser de la misma cuadrilla los diferentes tanteadores que se presentan, y llega la hora de entregar sin que todavía les sea dado saber quién es el verdadero comprador, entre los dos ó
(O Pereda, Lcl Robla (Escenas Montañesas, págs. 36 y 37 de la ed. cit.)- (2) Lasaga Larreta, Dos memorias, pág. 67.
tres que suelen intervenir; entonces comienza la parte más graciosa del saínete». «Con el paraguas terciado á la espalda, poniéndose en cuclillas, empieza el reconocimiento haciéndole con los dedos figuritas en los ojos, para ver si tiene en ellos la res alguna imperfección; á lo mejor sale con que se le nota en el derecho como un pajazo^ así le tenga más cristalino que el agua; aunque en esto no hace mucho hinc'apié, porque él sabe que hay otro sitio de donde con sus triquiñuelas sacará para el gasto del día, que es lo que va buscando: enseguida, dice al compañero: — Echa mano de ese aiiimal^ que voy á reconocerle la boca; cogiéndosele éste por los cuernos, ó por uno de ellos, métele los dedos en las fosas nasales, á lo que llaman coger ó agarrar por los morros ; después le tuerce un poco la cabeza y le abre la boca, se la mira detenidamente repasando con la uña la juntura de las palas; afirma que están algo ralas ^ que cabe en ellas el canto de una peseta; además, la una está esportillá (aportillada); y por lo tanto se debe rebajar lo menos tres pesetas de lo ajustado». «El vendedor contesta que no está por eso, que en las palas no hay tal esportillaúra^ que los animales están del pastu y por eso se le han gastado». «Dice entonces á su compañero el trasmerano: — A ver, Pacho, si tú reconoces esos animales, y si tengo yo razón en lo que digo, ó no la tengo». — «Pacho acaba de remachar el clavo; asegura, que para su entender, lo del ojo es algo más que un pajazo, está ya picado en nube: de lo de la boca dice que el compañero se ha quedado corto, que lo menos que tiene de rebaja por todo es un peso». «En esto se van rodeando algunos vecinos y conocidos del ganadero, y empieza la discusión; los demás trasmeranos, que andaban á la desbandada, se acercan también, y arremolinándose como gorriones, empiezan á hablar todos á la par sin entenderse; pero ellos van al suco, hasta que uno, más grave ó más sentencioso, exclama: — Señores y voy á decir , si ustedes quieren, lo que eíi mi concencia, y segí'm mi corto entender, tie7ten de rebaja los animales; menos, menos, de 5 riales no hay qtie le poner, pues en el ^
mer cadillo de Hoznayo ó en Haro más ha de subir la rebaja, por que alli S071 más de lie dos» . — «Dice el comprador: — Fació, yo paso por lo que has dicho, á ti níinca te dejo feo; el vendedor, que no está muy conforme con aquella sabiduría, regañando
entre dientes, dice: — Estos j de trasmeranos siempre se han
de quedar co7i algo de carne entre las tmas ; al cabo por 5 reales no voy á dejar de vender la pareja. Ahi tienen tistedes los bueyes » .
«Aparece entonces una ráfaga de alegría en el mustio semblante de aquellas gentes habladoras», se conviene en la forma en que ha de ser satisfecha la robla - el vendedor, después de recibir el precio, entrega al comprador la ahijada, «como símbolo del dominio que le trasmite», y se procede á dar la tradicional solemnidad al trato, remojándole en la taberna con la robla, requisito sin el cual, «estos paisanos, — observa Pereda, — no dan por terminado ningún negocio, aunque para cumplir con la ley le amortajen con más testimonios y sellos que un archivo de hipotecas». «No vale en el día de mañana, para disfrutar pacíficamente la posesión de lo comprado, restregar los hocicos del vendedor con la resellada escritura de legítima pertenencia; que si ante la ley le asegura en la posesión, no es suficiente, sin embargo, para librar al poseedor de un litigio cada semana, en el que, por lo menos, pierda la paciencia, amén de algunos dinerillos que suelen irse en pos, por vía de procuración, asesoramiento y demás adminículos de que es costumbre proveer á todo aquel que tiene la mala humorada de pesar sus derechos en la prudente balanza de Astrea». «No hay, pues, título de propiedad que valga, si falta la fe de bautismo, el fíat del tabernero más próximo, la robla, para decirlo de una vez» (i), y sin la
(i) Pereda, La i<!o¿'/a.—Lasaga Larreta, que no desconoce, antes bien afirma la identidad más que la semejanza del alboroque con la robla, en el sentido aquel de obsequio ó regalo, — después de estimar en justicia que ésta no es sino la roboración, corroboración ó confirmación del trato, recuerda «de cuando iba á la escuela, que los muchachos, usábamos, — dice,— una cosa parecida» á los símbolos usados en varios pueblos de Europa, para confirmación y fortaleza de lo estipulado, y señal de la transferencia de dominio, «para solemnizar nuestros cámbala-
cual,. no puede «pasar un objeto de las manos de Juan á las de Pedro».
Permítenos, lector, que, pasando por alto otros muchos hábitos de la Montaña, como el relinchar de los mozos, que no es sólo privativo de ella y se encuentra en otras partes, según sucede en Murcia, hábitos de que Pereda te dará gallarda noticia, recordemos los marzantes de la noche de Navidad, es decir, las «dos docenas de mocetones del lugar, que andan recorriéndole de casa en casa», pisando recio con las almadreñas sobre los morrillos ó cantos de la calle, relinchando á más y mejor, y pidiendo por las ventanas y en voz de falsete «para disfrazar la verdadera», «morcillas en blanco, ó aunque sea en negro, y otras cosas por el estilo», que ó se les da ó se les niega, según el rumbo del aldeano de quien lo solicitan, ó se les finge con morcillas llenas de ceniza. Pero no es éste el origen legítimo de las mar zas, en toda la Montaña características; nacieron, quién sabe la ocasión, durante «las tibias noches del mes de Marzo, embalsamadas por el rico florecer de la campiña», y cuando todo convida á rondar en ellas; tomaron nombre del mes, y hoy todavía, «la ronda pasea uno y otro pueblo, corriendo en ocasiones largas distancias; se detiene á la puerta de los señores y de las mozas que tienen partido, esto es, concepto de hermosas, y recita stts marzas con voz plañidera, sin acompañamiento alguno
ches: después de haber hecho la venta ó cambio,— prosigue,— uno de ellos se arrancaba un mechón de pelo, y arrojándolo al aire, se ponían los dos contratantes á soplarle hasta que se perdía de vista, y luego se decía:— Ta hemos echado el Pelucii, al que se vuelva atrás el diablo le lleve^K — «Si se aclaraba después que hubo engaño, y lloraba el ofendido, los demás compañeros decían que ya no podía volverse atrás, porque se había echado el pelucu» (Dos Memorias, pág. 67 cit.). Pereda por su parte afirma, que «el origen de esta ceremonia no consta en las crónicas montañesas, porgue se pierde en la antigüedad de la afición de los montañeses al acre néctar riojano» (La Robla).
y en un ritmo sencillo de dos frases, parecido al canto llano de la liturgia católica. » Restos son de antiguos desfigurados romances; mas «^quién, — pregunta otro escritor montañés, — sería capaz de distinguir y señalar en el fárrago bastardo de las marzas montañesas^ la pertenencia y origen de sus elementos varios, y en qué momentos y á qué propósito los tomó del romance caballeresco, del rústico, de la canción amatoria, la serranilla y el villancico » (i)?
La costumbre, sin embargo, ha dado por extensión sin duda nombre de marzas á las rondas y cantares de la noche de Na-
(i) Escalante fCos/as ¿Aíoníawas, pág. 506 á $ 09;, inserta una de las marzas montañesas, la cual reproducimos, por juzgarla no desprovista de interés, y dice :
«Ni es descortesía ,
no nos acredita
ni p<s H PQnhpH 1 pn r"!
ol ÍIU lU LCllClliUb.
en casa de nobles
Ni era lo maiore.
cantar sin licencia;
ni era lo menore.
si nos dan licencia,
que era doña.....
señor, cantaremos;
ramito de flores,
con mucha prudencia
y también su esposo
las marzas diremos.
porque no se enoje.
Escuchen y atiendan,
Salga doña...,,
nobles caballeros,
la del pelo largo,
oirán las marzas
Dios la dé buen mozo
compuestas de nuevo,
y muy bien portado.
que á cantarlas vienen
con el cuello de oro
los lindos marzeros,
y el puño dorado.
en primera edad
y también su hermano
y en sus años tiernos.
muchos años goce.
como las cantaron
su padre y su madre
sus padres y abuelos.
que los arrecogen.
y hacemos lo mismo
.también sus criados
para no ser menos.
por que no se enojen.
Á lo que venimos,
por no ser molestos.
no es á traer,
Con Dios caballero.
y así llevaremos
hasta otro año....
de lo que nos dieren.
á los generosos
torrendos y huevos.
líbrelos de daño.
nueces y castañas.
Angelitos somos,
y también dinero
del cielo venimos,
para echar un trago.
bolsillos traemos.
porque el tabernero
dinero pedimos.»
vidad; y siguiendo la pintura comenzada, y después de los relinchos de rúbrica que son á manera de anuncio ó preámbulo, el marzante que dirige las rondas, siempre con la voz de falsete, pregunta al dueño de la casa si quiere que recen ó que canten; y resuelta la cuestión, después de «otro coro de relinchos», semejante al que anunció su presencia, «comienzan á cantar los marzantes, en un tono triste y siempre igual, un larguísimo romance, que empieza:
« En Belén está la Virgen que en un pesebre parió; parió un niño como un oro, relumbrante como un sol...
y concluye con estas palabras:
«A los de esta casa Dios les dé victoria, y en la tierra gracia y en el cielo gloria».
«Esta copleja tiene esta otra variante que los marzantes suelen usar cuando no se les da nada, ó cuando se les engaña con morcillas llenas de ceniza:
« A los de esta casa sólo les deseo que sarna perruna les cubra los huesos.
« Los pesados lances á que esta jaculatoria suele dar lugar, y los nada ligeros que se suscitan siempre al fin de la velada, cuando van los mozos á comer las mar zas á la taberna, ya encontrándose con los rriarzantes de otro barrio, ó ya faltando al respeto á algún vecino, es lo que sin duda da origen á que disfrace la voz el que pide, y á que guarden asimismo el incógnito todos sus compañeros » (i).
( 1 ) Pereda , La Noche de Navidad {Escenas Montañesas J.
No hablaremos ni de la bolera, colocada en un extremo del lugar, donde los mozos del mismo distraen honestamente sus ocios los domingos ; ni de los otros juegos que, como el de la cachurra ó á la brilla^ describe en El sabor de la Tier7^uca (i) el insigne Pereda, á quien hemos recurrido para darte á conocer al montañés, pintado por sí mismo, y prescindiendo de ciertas notas que el carácter del autor de Sotileza pone de relieve, y con arreglo á las cuales, deducirías, sin vacilar, lo contrario de lo que se propone aquel escritor, quizás, á ser esto posible, el más amante de su tierra : esto es, que la Montaña y los montañeses son casi salvajes, cuando no es exacto. Tampoco traeremos á la memoria el tipo del mayorazgo de aldea, un tiempo ensoberbecido con su nobleza, su palacio desvencijado, su blasón esculpido en la portalada y en un ángulo del palacio, su sitial blasonado en la iglesia y cerca del presbiterio, sus pergaminos y sus fantasías, y hoy reducido al papel de los demás aldeanos, ó restaurado con el dinero de 2^^\m j ándalo ó de algún indiano, á quien conoció en la aldea descalzo y casi sin hogar ni abrigo; pero con prescindir de todo esto, de las derrotas y de las deshojas, — por ser cosa que recuerda añejas costumbres cántabras, á la cual estima alguno como derivada de los griegos que habitaron parte de esta región santanderina, — lícito nos será hacer siquiera memoria de las fiestas con que las bodas son celebradas, cuando el novio es rico y rumboso principalmente, y haciendo caso omiso de los preparativos del festín, que tiene mucho por la abundancia, del del rico Camacho, descripto por Cervantes.
Desde bien temprano, si la estación es buena, « las puertas
(i) Cap. XVII.
y ventanas de la casa» del novio, aparecen vistosamente «festoneadas de rosas y tomillo; las... mejores guisanderas de los contornos, posesionadas del gallinero, de la despensa y de la cocina, despluman acá, revuelven allá y sazonan acullá, y atizan la fogata que calienta á veinte varas á la redonda, y al salirse en volcán de chispas por la chimenea, se lleva consigo unos aromas que hacen chuparse la lengua á toda la vecindad.» «En un ángulo del corral otras cocineras menos diestras guisan en grandes trozos» el número de terneras que haya dispuesto para tal intento; y mientras se improvisa « en el centro una fuente de vino tinto, y se arma una cucaña en el otro lado», — estallan «en el espacio multitud de cohetes; recorren las callejas cuatro gaiteros sacando á sus roncos instrumentos los más alegres aires» que pueden ; voltean «las campanas; los mejores mozos del lugar ponen el relincho en las nubes ; las mozas engalan sus panderos con cintas y cascabeles ; el sacristán tiende paños limpios y planchados en el ara del altar mayor, y el maestro de escuela se come las uñas buscando un consonante que le falta para concluir un epitalamio. »