Santander · Unidad 43 de 158
Unidad 43 · S A N T A N i) E P 263
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No es esto decir que falta, ni mucho menos, la que, libre de vicio tan repugnante, sólo en su hogar piense, en sus hijos y en su escasa hacienda; y aunque chismosa y enredadora, amiga de disputas en que hace por turno y sucesivamente gala de ingenio, de voz y de mímica, y con frecuencia de la robustez de sus puños, que nada tienen que envidiar á los del mocetón más recio, — es sensible y buena, bien que solapada y maliciosa como todos lo son en la aldea.
Cual consecuencia de la falta de cultura y de ilustración, y de los obstáculos que la tradicional costumbre opone, — el aldeano montañés es supersticioso, y apenas si habrá lugar alguno en la Montaña, donde no haya su bruja correspondiente, creyendo como artículo de fe en la virtud de los amenimlos ó amuletos preservadores, que suspende la madre del cuello de sus hijos, ó que ella misma lleva, para salvarse de todo mal que pudiera sobrevenirle, consistiendo el amenículo^ en un sartal de ajos y acedadle. «Que hay brujas^ lo creen todos los aldeanos, y muchos que no lo son, así montañeses como no montañeses». «Hasta qué punto creen en ellas y las temen mis paisanos, — dice Pereda, — y cómo son las brujas montañesas, es lo que vamos á ver ante todo». «Cuál es el primer hecho del cual parte la fama de una bruja, nunca se supo: creo más bien que esa fama procede de su mismo tipo, porque he observado que están cortadas por un mismo patrón todas las mujeres que he conocido y conozco calificadas de brujas en este país; todas se parecen..., y... han vivido ó viven solas, generalmente sin familia conocida ni procedencia claramente averiguada».
«La bruja de la Montaña no es la hechicera^ ni la encantador a ^ ni la adivina: se cree también en estos tres fenómenos, pero no se los odia [como á aquella]: al contrario, se los respeta
y se los consulta, porque aunque son también familiares del demonio, con frecuencia son benéficas sus artes: dan la salud á un enfermo; descubren tesoros ocultos y dicen á dónde han ido á parar una res extraviada ó un bolsillo robado». — «La bruja no da más que disgustos; chupa la sangre á las jóvenes; muerde á sus aborrecidos por las noches; hace mal de ojo á los niños; da maldao á las embarazadas; atiza los incendios; provoca las tronadas; agosta las mieses y enciende la guerra civil en las familias». — «Que montada en una escoba va por los aires á los aquelarres los sábados á media noche, es la leyenda aceptada para todas las brujas».
«La de la Montaña tiene su punto de reunión en Cernéula, pueblo de la provincia de Burgos». «Allí se juntan todas las congregadas al rededor de un espino, bajo la presidencia del diablo en figura de macho cabrío». «El vehículo de que se sirve para el viaje es también una escoba: la fuerza misteriosa que la empuja se compone de dos elementos: una untura negra como la pez, que guarda bajo las losas del llar de la cocina y se da sobre las carnes, y unas palabras que dice después de darse la untura». «La receta de ésta es el secreto infernal de la bruja: las palabras que pronuncia son las siguientes:
« Sin Dios y sin Santa María, ¡por la chimenea arriba 1»
«Y parte como un cohete por los aires». — «Redúcese el congreso de Cernéula, á mucho bailoteo al rededor del espino, á algunos excesos amorosos del presidente, que por cierto no le acreditan gran cosa de persona de gusto, y, sobre todo, á la exposición de necesidades, cuenta y razón de hechos, y consultas del cónclave al cornudo dueño y señor». «Tal bruja refiere las fechorías que ha cometido durante la semana; otra pregunta cómo se las arreglará para acabar en pocos días con esta hacienda ó con aquella salud ; otra manifiesta que la familia de aquí ó de allí goza de una alegría y un bienestar escandalosos, y que
i Al aquelarre ! (Copia de un Capricho de Goya)
en su concepto debe hacérsela algún daño, etc., etc., etc.» «A todo lo cual provee el demonio en el acto, en unos casos dando consejos, en otros echando la maldición que saca lumbres; proporcionando á esta 'bruja ciertos polvos para que se los haga tomar á Petra, á Antonia ó á Joaquina, con los cuales es segura la Jaldía á las pocas horas; indicando á otra la necesidad de que al vecino X ó Z le chupe un par de reses, ó haga malparir á su mujer; y en fin, ilustrando y auxiliando con toda clase de luces y medios materiales al numeroso congreso, para mayor honra del demonio y desesperación de los pueblos». «Estas soirées duran desde las doce de la noche hasta que el alba asoma sus primeros tornasoles sobre las cumbres más altas».
«Aceptando esta versión el vulgo como artículo de fe, no bien la fama califica de bruja á una mujer, ya se pone aquél en guardia contra ella». — «Nadie pasa de noche junto á su casa; no se toca cosa que le pertenezca; se le da en todas partes el mejor sitio, y en cuanto vuelve la espalda se le hace la señal de la cruz». «En la calle se la saluda desde media legua, y las mujeres en cinta huyen de su presencia como de la peste; las que ya son madres, separan á sus niños del alcance de su vista para que no les haga mal de ojo». «Si á un labrador se le suelta una noche el ganado en el establo y se acornea, es porque la bruja se ha metido entre las reses, por lo cual al día siguiente llena de cruces pintadas los pesebres». — «Si un perro aúlla junto al cementerio, es la bruja que llama á la sepultura á cierta persona del barrio; si vuela una lechuza al rededor del campanario, es la bruja que va á sorber el aceite de la lámpara ó á fulminar sobre el pueblo alguna maldición». «En una palabra, todo lo triste, todo lo desgraciado, todo lo calamitoso que ocurre en la jurisdicción de una bruja, se atribuye por el vulgo á las malas artes de ésta».
«Acontece que las llamadas brujas son mujeres de la misma piel del diablo, es decir, enredadoras, chismosas, borrachas y algo más, en cuyo caso explotan en beneficio de sus malos ins-