Sevilla y Cádiz · Sección preliminar

Preliminares

Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 17 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.

Introduccióis^

' uiEN al leer al frente de este libro los mágicos nombres ele Cádiz y Sevilla se imagine que vamos á revelar los misterios del intrincado y revuelto mundo de los toreros y majos crudos, del gitano y de la cigarrera, del calesero, del barquero y del contrabandista, puede ahorrarse el trabajo de hojearlo. No es nuestra principal intención el trazar cuadros de costumbres andaluzas; y no en verdad porque no sea obra muy meritoria el sabroso novelar del inmortal autor de Rinconetc y Cortadillo, ni porque carezcan de gracia, de originalidad y aun de verdadera belleza, ya física, ya intelectual ó moral, los genuínos usos y caracteres meridionales que tanto deleitan al pintor y al viajero caprichoso; pero respetamos la jurisdicción que con muy justos títulos han hecho suya distinguidos novelistas y entretenidos narradores, y absteniéndonos de meter la hoz en mies ajena, consagramos

VI INTRODUCCIÓN

principalmente nuestra atención á las bellezas de la historia y del arte, y á las que ofrece el mundo material en sus grandes manifestaciones exteriores, como teatro en que el arte y la historia se desarrollan.

Esto no obsta para que miremos como campo nuestro lo que en las mismas costumbres y en los diversos tipos populares nos parezca bello bajo cualquier concepto; ni para que, cuando nos convenga, demos razón de la índole andaluza, como preparación necesaria á fin de que el lector, bien penetrado de la armonía que existe entre el carácter de los monumentos y el de los hombres que los erigieron, entre el aspecto del país y el de sus pobladores, adquiera una idea completa de la fisonomía natural y artística de la provincia adonde le conducimos.

« La térra molle e lieta, e dilettosa, Simili a sé gli abitator produce. »

El estudio de un pueblo como el de Sevilla y Cádiz, tan singular entre todos los demás pueblos de España, puede hacerse simultáneamente en los diversos ramos del arte, de la literatura y de la ciencia, sin que tengan que usurparse los que los cultivan su respectivo dominio.

Refiérannos Cervantes y Quevedo, y los escritores de la escuela picaresca, las malignas hazañas, las truhanadas y fechorías de la inextinguible raza que surte de Monipodios á las cárceles, de Carihartas y Rostrituertas á las galeras, de Chiquiznaques á los mercados, de mozos como Nicolás el Romo á la jifería, de bandidos á las angosturas de la sierra, de pájaros de cuenta, en fin, á todos los centros de la vida desvergonzada, al potro de Córdoba, al co77tpás y al 77iatadero de Sevilla, á la playa de Sanlúcar, al perchel de Málaga, á los mesones y tabernas de las poblaciones, á las ventas de los despoblados, donde se cría alegre y aguerrida la gente de bronce corriente y moliente á todo ruedo. Sus fisonomías, sus maneras y sus lances, han me-

INTRODUCCIÓN VII

recido honores de muy valientes pinceles: Velázquez, Villavicencio, muchos artistas antiguos y modernos acrecentaron su fama de grandes coloristas trasladando al lienzo lo más característico de semejantes personajes: su pillesca gcrmania ha ocupado las plumas de muy distinguidos filólogos.

Instruyanos en el significado y reglas de su sonora gerigonza el laborioso Juan Hidalgo (i); enséñenos el infatigable Borrow á diferenciar este lenguaje de la romanía que usa la misteriosa raza gitana, explicándonos cómo esta gente abyecta y despreciada, sin religión, sin ciencia ni arte, sin literatura, sin memoria siquiera de sus orígenes, vive errante en Andalucía ejercitándose en sus viles oficios, aborreciendo á todo el que no es de su sangre, exactamente lo mismo que vivía miles de años há en el Indostán, arrastrando la mísera condición de paria de la secta de Thug.

Cuéntenos Fernán Caballero, con su incomparable pureza y elevación de ideas, con estilo tan natural y sencillo cuanto son profundos y filosóficos sus conceptos, las respetables tradiciones, la abnegación ejemplar, la nobleza ingénita, la fe robusta é incontrastable, el sufrimiento heroico, el amor generoso, los sacrificios desinteresados, la poesía instintiva, los sentimientos delicados de los rústicos pobladores del cortijo y de la aldea, no contaminados con la ponzoña de la incredulidad y del positivismo moderno.

Diviértanos el erudito y extravagante Ford, con su peculiar estilo en que se amalgaman y funden la punzante sátira de Juvenal, el elevado arcaísmo de Winkelman y la descarnada impiedad de Voltaire, desmenuzando con su implacable escalpelo, que no parece otra cosa su rígida pluma, todos los recuerdos de su larga permanencia y románticas peregrinaciones en la hospitalaria tierra del Betis, á la cual ha prodigado luego tantas adulaciones y tantos agravios. El nos dirá, mejor que pudiera

(i) Roiiuiiice de Gcnnaiiia con el vocabulario. — Barcelona, lóog.

VIH I NTRODUCCION

hacerlo un comisionado de apremios de la hacienda pública, lo que son los posaderos y venteros, los arrieros y contrabandistas; humanista consumado, filólogo sagaz, etimologista ingenioso, anticuario experto, filósofo mordaz y escéptico, y enemigo del fanatismo católico hasta dar en fanático protestante, él nos descubrirá á su manera, citando las Escrituras, los clásicos griegos y latinos, los escritores, geógrafos, estadistas y poetas de todas las edades, los orígenes y derivaciones de las razas meridionales de España, de su religión, de su lengua, de sus trajes, de todos sus usos domésticos, y hasta de sus mismos manjares y bebidas. Muchas noticias de este singular viajero te parecerán, lector amigo, sospechosas; y es que nadie, en efecto, puede comparársele en la aplicación que ha hecho del criterio y de la memoria á la investigación de las costumbres y, digámoslo así, á su disección anatómica. Fiel á su máxima quod vides describe et meniorice nil jide, llegó á reunir un verdadero tesoro de lo que podríamos llamar baratijas y chucherías de los antiguos y modernos usos nacionales, brincos y joyeles perdidos de los escritores y viajeros latinos y griegos, en que los historiadores y humanistas no suelen parar mientes. El te hablará de los cosméticos y dentífricos de los antiguos cántabros, citando las autoridades de Estrabón y de Cátulo: te demostrará que los candiles de Andalucía fueron introducidos por los moros ; que las lamparillas ó mariposas las usaban los egipcios, lo mismo que las ollas y pucheros; que \-d, filosofia de la cocina andaluza es extrictámente oriental ; que la preferencia que se deduce del refrán meridional « á perro viejo échale liebre y no conejo, » era la misma en tiempo de Marcial, el cual escribía « inter qítadrit,- pedes gloria prima lepus- » que la afición al garbanzo es importación cartaginesa; que el gazpacho, poüís et esca de los romanos, cuyo untuoso calducho atraía al emperador Adriano á rozarse con los soldados á la hora del rancho en el verano, oxicratos de los griegos, hil-hila de los sirios cristianos y bativinia de los rusos, era conocido en los tiempos bíblicos, supuesto

INTRODUCCIÓN IX

que los segadores de Booz lo comían y Ruth fué invitada á comerlo con ellos ; que el agraz, bebida deliciosa en el estío, ya puro, ya mezclado con vino manzanilla, que merece por sí solo el viaje á Andalucía, es el ¡tacar az morisco ; que las migas se freían ya en tiempo del insigne vate de Bílbilis, quien por más señas las califica de plato baladí: «mica vocor- quid sim cernis, ccenatio parva; » que los huevos estrellados en tiempo de Estrabón se hacían con manteca y no con aceite; que el uso de la macerina, exceptuado su contenido el chocolate, y aplicada en su lugar al café, es de origen oriental, y frecuente entre los potentados musulmanes; que la cerveza, á que tanto se van aficionando los majos de la tierra bendita, no es nueva en España, dado que los antiguos iberos, discípulos en el uso de esta pócima de los egipcios y cartagineses, como testifica Plinio, hacían más consumo de ella que del vino, y los romanos los motejaban por esta costumbre, y á Polibio le causaba risa la magnificencia salvaje de un rey de España porque tenía en su mesa vasos de oro y plata llenos de cerveza, y S. Isidoro distingue sus dos especies con los nombres de celia ceria y de cerbisia. Te dirá que las alforjas del arriero son la legítima descendencia de la sarcina de que habla Catón el Censor, y de la dulga romana, y te probará con este verso de Lucillo

« Cuiii bulga ccenat, dormít, lavat omnis in tina, »

el antiguo y respetable derecho de este adherente á ser considerado como el apéndice obligatorio de toda persona en la vida trashumante. Te hará ver que la fórmula de ofrecer aunque no haya intención de regalar, es oriental y muy antigua, citando al canto el pasaje del Génesis en que Ephron hace á Abraham el cumplido de poner á su disposición la cueva doble que tenía en su heredad para que entierre en ella á Sara, y luego le cobra por ella cuatrocientos sidos de plata; que también nos viene de oriente la majestuosa aunque aparente frialdad con que el ac-

INTRODUCCIÓN

tual descendiente de cinco razas poderosas mira lo más digno de alabanza y recibe las dádivas ú obsequios, evocando el testimonio de Tácito : « gaudení muneribus, sed nec data imputant, nec acceptis obligantu7\ »

El ingenioso Solitario por su parte, sólidamente versado en el tecnicismo de la bulla y zambra andaluza, nos representará al vivo las animadas ferias de Ronda y de Mairena, la majeza en toda su bravura: nos retratará al señorito garrido y flamante, chalán tramposo y embustero, en quien se perpetúa el famoso Ginés de Pasamonte; y también nos conducirá canceles adentro bajo los emparrados donde la animada sevillana desmenuza el bolero y el fandango, y donde la voluptuosa gaditana se zarandea con el ole y la zarabanda y los demás derivados de aquellas lúbricas danzas de las célebres hijas de la isla Eritrea, delicias de Marcial, Horacio y Petronio.

Los pintores y escultores, finalmente, sacarán de las costumbres y de los tipos lo más adecuado á su arte respectivo.' El pintor encuentra en las escenas de la vida común de Andalucía, forma, color, originalidad : para producir un cuadro de género, rico de tonos é interesante, no tiene más que ponerse á copiar: la buena -ventura, la improvisación cantada en el cortijo, el baile en la hera, la disputa en la taberna ó en la romería, la familia gitana en su rancho, el coloquio amoroso á la reja/»^- ¿ando ¿a pava, la buñolera de Sevilla, el barquero del Puerto, un grupo cualquiera de chalanes ó caleseros, con sus jacos y sus vehículos, ó sin ellos, parados ó caminando, tumbados durmiendo su siesta, ó en corro requebrando á una despótica maja, ya bebiendo, ya comiendo, ya jugando, ya rasgueando la guitarra y ululando, como decía Silio Itálico, las monótonas cañas de Tarteso, hubieran sido para un Wilkie, para un Hogarth, para un Goya, como lo fueron para el malogrado Becquer y como lo son hoy para sus imitadores, otras tantas ocasiones de fecunda inspiración, modelos impagables de dibujo y de color, mina inagotable y variada de actitudes expresivas y de graciosos inci-

I N TRO D-U ce I O N XV

transportan la gente alegre y galana desde la Barqueta á la opuesta orilla, hacen tan vistoso el Guadalquivir como podía estarlo el Cefiso cuando cruzaban sus apacibles ondas las barcas de las familias griegas acudiendo con sus dones á las célebres fiestas de Minerva. No era más airosa y esbelta la joven Panatenea que lo es la grácil doncella sevillana con su canastillo de rosas en la cabeza, recuerdo involuntario de la garbosa cariátide corintia; ni la mozuela gaditana que hace sobre una mesa con el calañés en la palma de la mano las voluptuosas contorsiones del vito, presta menos motivo para una estatua que el sátiro tocando los platillos ó la siringa; ni sería inadecuada para hacer juego con el discóbolo, con ú. f atino del Capitolio ó con el gladiador, la característica figura que presenta á veces el guapo sevillano de las aftieras de la puerta de Carmona, cuando, después de las intimaciones de costumbre y de rehusar el barato y del «vamos allá», blandiendo la despiadada del santo-óleo, quedan él y su contrario por largo espacio, como helados, con la navaja en alto y la capa liada al brazo izquierdo sin descargar el golpe. Los legítimos tipos andaluces, que velozmente se van perdiendo, son tan dignos de estudio, por lo menos, como los que oñ*ecen Italia, Grecia, Egipto y los pueblos de Oriente, nunca exhaustos de bellezas y de poesía; pero, séanos lícito repetirlo, la belleza de esos tipos no está donde la busca el vulgo de los artistas del país: no en lo abultado de la pantorrilla, no en la prensada carnosidad del pié de la bolera, ni en la tesura del majo fino en día de fiesta; no está en la fiel y paciente y chinesca reproducción de todo cuanto los tipos de la tierra ofi"ecen de bueno y malo sin elección. Doloroso es confesarlo, pocos son los pintores andaluces capaces de ver y sentir las verdaderas bellezas que pasan por delante de sus ojos, y quizá habrá que acudir mañana á las carteras de algunos pintores extranjeros para ilustrar la vida popular de la Bética, cuando la tiránica y devoradora civilización industrial haya nivelado todas las provincias de España y fundido en su prosaico crisol sus razas, sus usos y

XVI INTRODUCCIÓN

SUS dialectos. Y basta de digresiones por el terreno privativo del arte impropiamente llamado de género.

Cada cual puede estudiar en los tipos, caracteres y costumbres de la España meridional, lo más acomodado á su genio sin invadir el dominio ajeno; más aún, no es requisito indispensable tener alma de artista para hallar en ellos atractivo, dado que, aun considerados científicamente, es su análisis fecundo en resultados y abre vastísimo campo al etnólogo, al historiador, al anticuario y al humanista, para sabrosos y entretenidos discursos.

Lo mismo se verifica respecto de la naturaleza inanimada: el geólogo, por ejemplo, estudia las pintorescas montañas de esas numerosas sierras que limitan y amparan las pingües llanuras de Sevilla y Cádiz, la magnífica constitución de la zona hética; ve en conjunto lo que á los ojos vulgares aparece casual y desmenuzado, observa el encadenamiento de los ramales, y traza en el papel con pocas y seguras líneas el grandioso cuadro de las barreras naturales ó brazos que, partiendo del gigantesco Briareo de Sierra-Morena, ciñen la tierra de Sevilla en sus confines con Extremadura y con Málaga, la separan de la de Cádiz, y aislan esta provincia contornándola por un lado con una cadena de sierras que tiene su último eslabón en el Puerto, y por el otro con otra cordillera que, á guisa de cordón deshecho, lleva un cabo á Algeciras y sumerge otro en el golfo de Gibraltar.

En estas mismas cordilleras descubre el mineralogista preciosas canteras de mármoles que hacen famosa la sierra de Ronda, ricos criaderos de plata y cobre que hicieron un tiempo de la sierra de Constantina el sueño dorado de los mineros del continente. Guadalcanal, Almadén de la Plata, Fuente Reina, son hoy quizá las cicatrices mal cerradas de aquellas innumerables bocas por donde desfogaba su plétora bajo la dominación de los codiciosos fenicios y cartagineses la riqueza metálica de Tarteso.

El botanista y el agrónomo hallan un campo inexplorado de

CÁDIZ. — Tipo de hombre del' pueblo

INTRODUCCIÓN XI

dentes. De la fiel observación de las costumbres meridionales, sin quitar ni poner, sacó el ingenio de Cervantes la linda figura de Preciosa, la descarnada de su supuesta abuela la vieja gitana, la egipciaca y varonil de aquel elocuente truhán que hizo á D. Juan de Cárcamo la viva pintura de las costumbres de su tribu: y ¡qué cuadros no podrá componer un pincel ejercitado representando con colores materiales aquellas mismas escenas del gran novelista, verbigracia la ruidosa entrada de la Gitani- 11a en Madrid á son de tamboril y castañetas, rodeada de otros gitanos de su aduar y de los muchachos y mujeres que acuden á verla bailar tocando las sonajas y cantando el romance de Sta. Ana; ó la profesión de gitano del enamorado D. Juan, cuando sentado sobre el alcornoque, en el rancho adornado de ramos y juncia, con el martillo y las tenazas en la mano, y presentes otros gitanos de ambos sexos, oye de boca del gitano viejo que le entrega á Preciosa aquellas terribles palabras : « nosotros somos los jueces y los verdugos de nuestras esposas ó amigas ; con la misma facilidad las matamos y las enterramos por las montañas y desiertos, como si fueran animales nocivos : no hay pariente que las vengue, ni padres que nos pidan su muerte » ! Todo, en efecto, es aún en el pueblo de Andalucía (y lo era mucho más hace cincuenta años) característico y pintoresco: sus fisonomías, sus trajes abigarrados, los jaeces de las bestias, el ornato ninivita y babilónico de los arreos. Figuraos un pintor observador y perspicaz como Teniers, y enérgico como Salvator Rosa: un Fortuny, por ejemplo: ¡qué partido no hubiera él sacado de cualquiera de esas dramáticas meriendas de gitanos que suelen ser el final obligado del peligroso ejercicio de las alumnas de Telethusa (i)!

Una moza desenvuelta y provocativa, pero irremisiblemente casta, eso sí, pues si no lo fuera no existiría, baila el ole en medio de un gran corro de gitanos y gitanas, jóvenes y viejos, en-

( I ) Célebre bailarina de la antigua Gades, inmortalizada por Marcial y Petronio.

XII INTRODUCCIÓN

tre los cuales hay un mocito boquirrubio, cristiano alegrillo y un tantico curioso, que no sabe en qué nido se ha metido ni entre qué casta de pajarracos anda revuelto. Comienza el braceo con los redobles de las castañuelas, acompáñale el muelle contoneo del cuerpo, el menudo taconeo y la lánguida mirada, y la t poesía del deleite (i) » se anima y crece con las exclamaciones del insaciable enjambre: <i. ¡bien par ao! déala que se canse ; ¡más puee! ¡más puee! ^ Y todos acompañan el son y la danza con palmaditas acompasadas, y la doncella cobriza se enardece, y aumenta la excitación de los ya exaltados cerebros, y el incauto extranjero sale de sus casillas, y. la graciosa bacante que le seduce, después de hecho el último esfuerzo, cae en su asiento exhausta y hecha pedazos, lanzándole una mirada que le derrite el corazón. El pobre blanquillo, que no conoce la naturaleza especial del gitano, interpreta aquella mirada por las reglas de la pantomima europea, y mientras la gente morena se refresca con aguardiente y manzanilla, se propasa imprudente á declaraciones y pesadeces que entre nuestras errantes bayaderas jamás se consienten. La bailadora, verdadero ponche helado para un sofocón, recobra repentinamente su dignidad egipcia: el fascinado mocito se queda petrificado sin saber lo que le pasa, y la parentela masculina de la mala hembra le saca de su estupor con un astillazo ó un chirlo, y acaba la zambra con navajadas y cabezas rotas.

En este drama hay ¿quién lo diria? accidentes no pocos para satisfacer el más delicado instinto de lo bello, y en los cuales sin embargo casi nadie repara; pero si un escultor, familiarizado con las creaciones del genio griego y latino, acierta á detenerse en Cádiz ó en Sevilla á la entrada de un ventorrillo ó á la puerta del corral donde suena el castañeteo, y la curiosidad le mueve á contemplar el expresivo baile del ole ó de la zarabanda^ presto sorprenderá entre las voluptuosas posturas de la mujer

d) Die foesie der Wolliisl, llama Hubcr á los bailes gaditanos.

SEVILLA. — Tipo de mujer del pueblo

I N T K o U U C C I o N XIII

la de la famosa Venus Callipige de Ñapóles y la de la Bacante de la villa Albani. Los artistas de la antigüedad, entre quienes no era privilegio especial dado á muy pocos, como lo es hoy, la percepción clara y sin velo de la belleza, sacaban gran partido de las escenas comunes: ellos vieron la mencionada lindísima estatua en la vulgivaga Telethusa, como vieron en otras mozuelas dedicadas al mismo ejercicio, de las que llamaría Cervantes de la casa llana^ la linda figura 'que baila en un banquete nocturno y que admiramos hoy en un vaso etrusco del Museo Borbónico, y otra más que con purísimo deleite estudian los aficionados de moral más severa entre las pinturas del sepulcro de Cuma, rodeada de espectadores en actitud de llevar el compás dando palmadas y de excitarla con exclamaciones, ni más ni menos que como lo hacen hoy los bravos de Andalucía. Porque ■ debemos observar, aunque sea de pasada, que el genio que bajo la corteza de lo vulgar y común sabe encontrar la verdadera belleza, saca la forma pura con toda su original pudicicia del cieno con que la deslustra y deforma el vicio, como el minero saca el oro del fango de la mina. No son numerosos en verdad los genios; así que, esos hermosos trasuntos de la forma corpórea purgada de sus imperfecciones accidentales, sólo se hallan en los vasos antiguos, en los bajo -relieves y estatuas griegas, en algunas tablas de Rafael y de Pusino; pero la naturaleza es siempre igualmente fecunda, y si los buenos artistas escasean, no faltan por cierto modelos que ostenten la más hermosa creación de Dios en toda su virginal pureza entre esas doncellas singulares de la vagamunda raza oriental que con tanta frecuencia recordamos, llenas de majestad aunque sumidas en la abyección, castas y sin pudor, provocativas y sin amor, que cantan y bailan y tienen la mirada melancólica, que parecen hijas de reyes egipcios y nacen de sangre de chalanes y ladrones.

Es menester saber buscar, y ver, y sentir, cuando se trata de copiar: para los talentos adocenados no hay en las escenas populares sino lances muy comunes; lo defectuoso y malo es lo

XIV INTRODUCCIÓN

Único que á sus ojos se presenta; y aun así y todo, todavía es para mí un desiderátum un cuadro bueno sobre el manoseado tema de las costumbres andaluzas de majencia y bravura, con sus peripecias, sus contrastes, sus movimientos y su fuga, sus dramas y sus horrores, ó sus lances cómicos y su chistosa animación. Vemos por todas partes en las casas de Andalucía de anticuado pergeño, pinturas de tipos y de escenas meridionales: la bolera, el majo, el contrabandista, los famosos niños deEcija, el último bandolero de vida épica y verdadero rey de la Sierra, José María, anduvieron prodigados por las blanqueadas paredes y hasta por los témpanos de las panderetas causándonos hastío; y con tanto copiar y recopiar esos tipos, con tanto repetir y multiplicar pelanduscas bailando el fandango, y majos empalagosos paseando la calle de la Sierpe ó la Velada^ y bandoleros á caballo con la mozuela en ancas y el trabuco al costado, y el robo en el despoblado, y el baile sobre la mesa en el ventorrillo, y el pabellón de la gitana buñolera en la feria, y la florida romería á Santiponce, apenas advertimos en aquellas paredes un lienzo entre ciento que tenga color, carácter, gracia é interés : apenas entre cien pintores descuella uno que haya sabido encontrar la perla de la belleza , clásica ó romántica , en el profundo y revuelto golfo de las sensaciones de lá vida común.

Si Sevilla estuviera habitada por atenienses, veríamos trasladados al bajo-relieve en frisos, basas y métopas, los bellísimos grupos que descubre á cada paso en la feria de Santiponce el ojo educado en las graciosas y sencillas composiciones de la escuela de Praxiteles. Aquellas carretas cubiertas de ramaje oloroso que vienen por el puente de Triana conduciendo á las gitanas y corraleras, puestas en pié con gesto majestuoso, con las flores desmayadas elegantemente prendidas al cabello, tiradas de corpulentos y hermosos bueyes engalanados con guirnaldas, se enlazan en la imaginación á los más poéticos recuerdos del paganismo. Los bateles empavesados de cintas y flores que

INTRODUCCIÓN XVII

abundantísima cosecha en esas mismas montañas cuya cima coronan perpetuas nieves y en cuya falda se crían las plantas tropicales, la caña de azúcar, el algodón, el arroz, el naranjo, el limonero, la palma; y en esas llanuras, donde si la mano del hombre está ociosa, la naturaleza está en acción continua y hace espontáneamente brotar el romero, el cantueso, el tomillo, la adelfa, el oruzuz, el palmito, la jara, el arrayán, la madreselva, el higo chumbo y la pita; donde desde la barrera de los Montes Marianos hasta las franjas de arena y peñascos en que mueren ó se estrellan las olas del Estrecho, tiende la risueña Flora de Mayo y Junio su espléndida vestidura de corolas de todos matices, que, como embalsamadas copas de rubí, de amatista, de turquesa y de topacio, embriagan al pasajero evaporando al sol sus esencias.

Tomando, pues, nosotros la parte que legítimamente nos pertenece, sin entrometernos en las útiles tareas del naturalista y del filólogo, y sin invadir con demasiada frecuencia el terreno del narrador de viajes, declaramos del dominio de nuestra pluma cuantas bellezas vayamos descubriendo en los tipos y caracteres, en los usos, en la naturaleza, en el arte, en todo lo manifiesto por fin de las obras de Dios y del hombre, en la privilegiada tierra que riega el Guadalquivir después de engrosado con el caudaloso tributo del Genil, y que sirve de dique á las encrespadas olas de dos mares desde Sanlúcar á la boca del Guadiaro. Nuestra misión abraza todo lo bello y memorable del mundo moral y material dentro de la escena en que nos hemos constituido: lo bello, porque describimos bellezas; lo memorable, porque perpetuamos gloriosos recuerdos. La historia va adherida á los monumentos del arte como el musgo y la hiedra á las ruinas; ella da á las rotas arquerías, á los carcomidos capiteles, á las mutiladas estatuas el carácter venerando que los convierte á nuestros ojos en reliquias poco menos que sagradas.

Describiremos por consiguiente las bellezas de las razas andaluzas, de los monumentos artísticos que levantaron, del país

XVIll INTRODUCCIÓN

que les sirve de teatro: evocaremos los recuerdos del tiempo pasado, que explican la amalgama de pueblos tan diferentes en sus orígenes, que animan las olvidadas ruinas y dan elocuente voz á las mudas piedras: que hacen llorar al hombre amante de la verdadera civilización de su patria cuando contempla cómo la segur asoladora del tiempo, la ciega furia de las revoluciones, y la ignorancia, que es el inseparable prosélito de la violencia, van pulverizando las maravillas del arte que fué y yermando la deliciosa tierra que la antigua cultura había convertido en un paraíso.

En la región que vamos á explorar hay un riquísimo depósito de toda grandeza fenecida y olvidada: allí memorias palpitantes de miles de años transcurridos, allí vestigios intactos de las codiciosas empresas del cartaginés, de la magnificencia del romano, de la elegante voluptuosidad del sarraceno, de la robusta fe del godo. De estos recuerdos, de estas bellezas hablaremos: que las bellezas de las ciencias tienen para Cádiz y Sevilla sus panegiristas en los alumnos de Dioscórides, de Cuvier, de Lagasca, de Berzelius, de Arago, etc.

Y sin embargo, nuestro programa comprende la historia entera y la completa manifestación de todas las maravillas naturales y artificiales de un país determinado. Pero la comprensión del hombre es muy limitada, y no hay ninguno que sea capaz de abarcar con ella la suma infinita de fenómenos que en sus tres conceptos de bueno, útil y bello, encierra la Creación. En la inmensa cadena de la naturaleza animada, desde el imperceptible infusorio hasta el glorioso querubín, hay arcanos para apurar el genio y la constancia de millones de sabios dedicados todos á especulaciones diferentes; y en la de la naturaleza física y material, desde el conocimiento del simple átomo hasta el de los innumerables mundos lanzados al espacio por la diestra del Omnipotente, caben, sin hacer más que desflorar la materia, cuantas lucubraciones pueden sugerir á la mente humana con el ostentoso apelativo de ciencia, su ansia febril de saber y

INTRODUCCIÓN XIX

SU loco oreullo. Por esto Dios en sus altos desiofnios traza á la actividad de cada inteligencia su rumbo especial, dándonos vocaciones diferentes. Pone en la mano del geómetra el compás, en la del astrólogo el telescopio, en la del geólogo el barreno, en la del zoólogo el escalpelo, en la del anticuario la historia y el monumento: da el cincel ó la paleta al artista, lleva al monte y á la llanura al paisista con su cartera, al criptógamo con su cuchillo, al que estudia los insectos con su manga; detiene delante del grupo donde se bebe ó se baila ó se canta, y delante del ruinoso edificio, al pintor de costumbres ó de perspectivas; impele al arqueólogo á desenterrar las ruinas seculares y al historiador á rescatar del polvo de los archivos los carcomidos documentos. Á todos proporciona medios adecuados para comprender en sus obras alguna pequeña parte de sus divinas perfecciones y atributos.

Revela al historiador su providencia, al naturalista filósofo su sabiduría y su poder, al artista y al poeta su multiforme belleza. No se deleitan el historiador, el artista, el literato, con una simple yerbecilla, como se deleita el geógrafo-botánico si logra aumentar con un nuevo vegetal alguna de las familias conocidas, ó si descubre entre las plantas tropicales que matizan y embalsaman la falda de la Sierra un rododendro ó cualquier otro subdito prófugo de la Flora Alpina; pero tampoco el naturalista exulta gozoso como el arqueólogo si tropieza con un ignorado bajo-relieve romano ó visigodo, ó con cualquiera otra reliquia artística interesante. El hombre científico pensador, al contemplar el gran verjel que limitan y comparten las sierras andaluzas, admira la infinita sabiduría de aquel que para hacer fructífera esa tierra, deshace en lluvia las nubes que á modo de gasas se prenden á los altos picos de Sierra-Morena, de Sierra de Gazules y de Gibalbín, la humedece con blando rocío, la abriga á veces durante el invierno con las nevadas que al mismo tiempo contribuyen á fecundarla con sus sales, la enjuga cuando conviene con las tempestades de primavera, cuyos hu-

XX .INTRODUCCIÓN

racanes preservan de toda corrupción la atmósfera, y la defiende de los vientos ateridos del norte y del levante con esa barrera de montañas; ve en esas cordilleras inclinadas de oriente á ocaso las cortinas que tiende Dios para impedir la disipación de los vapores y condensarlos en agua bienhechora, los vastos filtros en que destila las aguas potables con que templan su sed los hombres y los ganados, los anchurosos cauces por donde vierte á la llanura los cristalinos manantiales que luego son arroyos y caudalosos ríos; ve en ellas el albergue que su solicitud paternal dispuso para tantos animales que dan á la criatura humana sustento y abrigo, el asiento y la nutrición de infinidad de árboles, arbustos y plantas salutíferas que no prosperan ni se dan en la rasa campiña, el receptáculo de muchos metales y minerales necesarios para las artes y la industria y cuya generación no podría hacerse bien por falta de humedad en los terrenos bajos y llanos; ve finalmente en esas montañas las ubres que destilan exquisitos vinos, los senos que ocultan las piedras preciosas; y su corazón, penetrado de religioso asombro y de reconocimiento profundo hacia el autor y regulador de la próvida naturaleza, siempre que contempla y estudia la varia y multiforme región de la Bética, ya la considere dorando el sol las rubicundas mieses y los verdosos olivares de sus campos, ya se la imagine sumergida durante la noche en las estrelladas tinieblas del éter en que gira el orbe, ya cubierta de flores, ya envuelta en el blanco manto de las nieves que en ella rara vez se teje, aquí orlada de pámpanos, allá coronada de espigas, une el himno espontáneo de sus alabanzas á la general armonía que levantan hasta el trono del Eterno las esferas.

El artista encuentra bellezas sin cuento, que elevan su alma al Hacedor, en las líneas de los horizontes, en los tonos de las arboledas, de las montañas, de los celajes, en los juegos de la luz sobre la rústica superficie de los montes que el ambiente interpuesto convierte en transparentes velos de plata y oro cubriendo caprichosos pabellones de raso azul. El poeta de alma

INTRODUCCIÓN XXI

ardiente é intranquila prorumpe en cánticos de gratitud al dispensador de la paz y del descanso, fascinado por el espectáculo de la llanura al caer el sol en su lecho de púrpura, á la hora en que regresa el labrador al cortijo y el pastor á su majada, y en que se hace en los campos el religioso y elocuente silencio que invade las montañas, sólo interrumpido por el toque de oraciones, el ladrido del mastín que guarda el ganado y el zumbido del insecto. El historiador y el arqueólogo, penetrados de alto respeto al entrever en los monumentos de la Bética las señales del cumplimiento de un decreto providencial ignorado, cuyo sagrado nema sólo ha de abrirse á la consumación de los siglos, se limitan á admirar la manera cómo se han ido sucediendo en esta región, llamada sin duda á muy excelsos fines, todos los acontecimientos más grandes de la regeneración del linaje humano en la península Ibérica, de su preparación para recibir la semilla fecunda del cristianismo, y de su constante fe en la civilización inaugurada por el Evangelio.

Decid vosotras vuestra verdadera significación, ruinas venerandas de Carteya, carcomidos cimientos de Gades, que dormís bajo las cerúleas ondas del Océano, memorias enterradas de Medina-Sidonia y de Sevilla, preciosas reliquias de Itálica, disfrazadas ó derruidas basílicas visigodas, ostentosos alminares africanos, grandes y magníficos templos ojivales. Revelad vosotros el secreto de las conquistas é incursiones, derrotas sangrientas, enconadas rivalidades y glosiosos triunfos que estáis atestiguando. Manifestad qué destino atrajo á las costas un tiempo afortunadas de Tarteso á los pueblos más activos, industriosos, inteligentes y fuertes de la antigüedad: al Turdetano morigerado, al impetuoso Libio, al Griego astuto, al Celta robusto, al Rodio mareante, al Fenicio emprendedor, al Cartaginés codicioso, al Romano soberbio; y después al Vándalo sensual, al Sarraceno vanaglorioso, al sobrio y temible Castellano.

Entramos en el terreno propio del arte y de la historia: mucho tenemos que recorrer, y conviene tomar aliento antes de

XXII INTRODUCCIÓN

lanzarnos á nuestras peregrinaciones, no siempre bonancibles en la descuidada tierra donde colocaron la morada de los bienaventurados los poetas de la antigüedad.

^fl ^'"^«*

''W^j». "ií*iií.i' uufí

^■"Í"ltk^f»u>Tír tS^

VISTA GENERAL Dp SEVILLA

CAPITULO I

Nociones geográficas y etnológicas relativas á las dos provincias de

I alguna comarca ó porción del globo, dice un acreitado historiador contemporáneo (i), parece hecha designada por el grande autor de la naturaleza para ser habitada por un pueblo reunido en cuerpo de nación, esta comarca, este país es la España.» Respetando nosotros la convicción que la ha sugerido, creemos esta aseveración inexacta, porque cabalmente, y como lo reconoce más adelante su mismo autor, apenas podrá citarse un país por su propia topografía más ocasionado á las invasiones de los extraños y á presentar en cuadro confuso la coexistencia de distintos pueblos, de distintos idiomas, de diversas y variadas costumbres. Considerar los montes y los mares como obstáculos contra la poderosa actividad de las razas humanas, sólo le sería lícito al hombre recién salido de las ma-

(i) D. Modesto Lafuente en su llislorict general de España. Part. i.% lib. I, cap. I .

24 SEVILLAYCÁDIZ

nos del Hacedor: sólo él podría figurarse que por tener España el antemural de los Pirineos en su unión con el resto del continente, y por límites dos mares en todo lo demás de su circuito, la había formado Dios para ser « la mansión de un pueblo aislado y uniforme, ni inquietador de los otros, ni por los otros inquietado (i).»

En los instintos naturales del ser humano hay algo sin duda que le impulsa hacia los obstáculos y dificultades para tener el placer de vencerlos. Desde los más remotos tiempos, las ásperas cordilleras y las instables ondas, fueron, si no verdaderos alicientes para las emigraciones del hombre inquieto y codicioso, por lo menos la vía conocida, si bien la más peligrosa, para la satisfacción de esa natural codicia: porque el mismo hombre de las primeras edades debió mirar las gargantas de las unas como puertas franqueadas por la Providencia para la comunicación con sus semejantes, y el bonancible seno de las otras como un elemento análogo á la región etérea en que vive el ave, tan favorable como ella á la rápida traslación de los seres animados.

España, por otra parte, por la conformación interior de su suelo, todo repartido y cortado por interminables ramales de montañas preñadas de ricos minerales, de sierras exuberantes en vegetales de todas las zonas y de lomas coronadas de vides, viene á ser como el modelo de aquellas estatuas simbólicas llenas de ubres con que los griegos representaron la Abundancia; á lo cual se agrega el ser por su posición en el confín occidental de Europa, bajo un clima, templado para los habitantes de las gélidas regiones septentrionales, y fresco para los hijos de las abrasadas tierras del austro, como un punto de parada indicado por la naturaleza misma, como el término forzoso de las peregrinaciones de la raza humana al alejarse de su

(i) D. Modesto Lakuente en su Historia, general de España. Part. i .*, lib. I, cap. I.

SEVILLAYCÁDIZ 2^

cuna. No sorprenderá, pues, que desde los primitivos tiempos, cuando los pueblos de los tres continentes unidos veían en los abismos del Atlántico el límite del mundo habitado, fuese la Península Ibérica la meta, por decirlo así, á la cual se encaminasen en sus terribles correrías por la Escitia y la Germania, por el Asia menor, el Mediterráneo y la Libia, las impetuosas tribus nómadas del Oriente. Así en efecto se verificó.

Mucho antes de los tiempos en que para nosotros comienzan las revelaciones históricas, ya había en España pueblos de razas y derivaciones distintas : unos la habían invadido por el norte, otros por levante y mediodía, aquellos por las gargantas y vertientes de los Pirineos, éstos por el África y el Mediterráneo, y todos, al cabo de sus largas peregrinaciones, venían á encontrarse en la última tierra occidental del mundo conocido tan cercanos unos de otros como lo estaban sus diversos puntos de partida. Porque esta era como la tierra de promisión y el objeto final de todos los viajes terrestres y marítimos para las razas aventureras, mientras duraba la creencia de que no había más allá tierra donde seguir fatigando: verdadero descanso para la actividad invasora de los hombres hasta que llegase el tiempo en que, regularizadas las antiguas conquistas y sazonado el fruto de la civilización cristiana, se pusiese de manifiesto á Colón otro continente allende el Atlántico, y desde esta misma España, antes país de descanso, impulsase Dios las carabelas de la gran reina católica á trasponer aquellos mares , trémulas y tímidas á veces como aves que vuelan en bandada sobre un ignorado abismo.

(¿Y cómo no habían de codiciar todos los pueblos antiguos la posesión de España, donde sólo la Bética, prescindiendo de sus otras fértilísimas provincias, abundante en toda clase de frutos, facilísima al acceso de sus naves, les brindaba con goces tales que la ardorosa imaginación de un Homero los juzgó digno premio para las almas de los justos (i).'^

(i) Ibi piorum sedes et Campiim Elysíiim fínxit, dice Estrabón refiriéndose á Homero. Lib. III.

26 SEVILLA Y CÁDIZ

Cábenles principalmente á las provincias de Sevilla y Cádiz tan especiales preeminencias. Era tal la riqueza de su suelo, que antes que aportaran á las costas andaluzas los cartagineses, ya usaban los turdetanos pesebres y tinajas de plata, según afirma Estrabón, confirmando el supuesto de no haber país en el mundo donde se halle tanta copia de metales preciosos como en España. Á esto se junta, añade el célebre geógrafo, que aunque la tierra enriquecida de minerales suele en otras partes carecer de abundancia de otros frutos, y aunque es raro que una región pequeña goce de toda suerte de metales, con todo esto la Turdetania, y lo que está junto á ella, abunda en tal grado de unos y otros bienes, que no hay alabanza digna de su excelencia. Y si esto se afirmaba de la Turdetania, en la que se halla comprendida nuestra actual provincia de Sevilla, no menores grandezas cuentan los antiguos cosmógrafos de la de Cádiz, primitivamente denominada Tartéside, pues sobre haber quien sostenga con ingeniosos argumentos ser esta región aquel Eldorado de los tiempos bíblicos que en las Sagradas Escrituras se nombra Tharsis, en ella fué donde particularmente situó la fábula, inspirada por las prístinas creencias, la eterna primavera de los Campos Elíseos, la opulencia de Gerión y la feliz longevidad de Argantonio.

Lo mismo que las provincias de Jaén y Córdoba, cuya formación geológica ofrece á primera vista un inmenso depósito terciario dejado por la mar, que en un principio las cubría, entre las dos largas cordilleras de los montes Marianos y del Orospeda, presenta la de Sevilla una dilatada llanura limitada por varios ramales de aquellas mismas barreras, defendida de las inclemencias del cierzo por una de ellas, contornada de norte á mediodía por varias corrientes de agua, y fertilizada en lo interior por un río caudaloso y sus diversos tributarios. Es la cuenca ó planicie de la campiña sevillana como un anchuroso golfo de arena, cal y arcilla, que tiene por costas los contrafuertes y estribos de las sierras Morena y de Ronda, con lomas que

SEVILLA Y CÁDIZ "^1

forman en ella suaves ondulaciones; de manera que á no ser por las poblaciones diseminadas en toda su extensión y por sus arboledas, podría parecer un inmenso seno marítimo, una verdadera prolongación de los dominios de líquida esmeralda de Neptuno cuando las lluvias autumnales cubren aquellas arcillas de espesa y sustanciosa yerba. Lo parecería sin duda alguna recién salvada de la catástrofe del Diluvio, cuando el dedo de Dios omnipotente acababa de trazar en la superficie de la tierra, con la despedazada costra de granito de la formación primitiva y las rocas calizas de otro involucro posterior, las dos cordilleras entre las cuales se extiende. Las llanuras de Sevilla conservan casi el nivel del mar desde el punto en que el Guadalquivir se separa en tres brazos para formar las dos Islas mayor y menor, tomando por su tono gran semejanza con las Pampas de Buenos-Aires, hasta terminar en las marismas frente á Lebrija, Trebejuna y los confines de la famosa bahía de Cádiz. Las dos cordilleras que abrigan estas llanuras son , como dejamos indicado, de naturaleza diferente; las sierras de Constantina y de Leita, que vienen á ocupar el centro septentrional de la provincia, no presentan el aspecto risueño de la amenísima sierra de Córdoba con aquellas cañadas cubiertas de jardines, de bosques, de naranjos, limoneros y toda especie de frutales. Están mucho menos cubiertas de tierra vegetal, son más escarpadas, desnudas y sombrías, y sólo en algunos puntos aparecen pobladas de extensos bosques de robles. Una línea cuya dirección puede señalarse por Constantina, Cazalla y las alturas que van del Ronquillo á la venta de Valde-Febrero, marca la región culminante de la Sierra-Morena sevillana: esta región se eleva más de mil metros sobre el suelo llano de la campiña, lleva entre sus enriscados cerros cónicos deliciosos valles y mesas que ponen de manifiesto los senos donde estacionó la mar cuando cubría todo nuestro continente, y por una disposición particular de estos valles y de sus contrafuertes, se diferencia singularmente de todas las cadenas de montañas en general en que

28 S E V I L L A V C A D I Z

carece de línea divisoria de aguas, de tal manera, que las corrientes como el Guadiato, el Galapagar, el Güezna, el Biar, la Cala y otras, naciendo en la vertiente norte de las últimas cadenas de la sierra, atraviesan esta y su región montañosa, contornan los macizos que la forman, y vierten por el mediodía constituyendo los confluyentes de la derecha del Guadalquivir. Las sierras de Osuna, Montellano y Algodonales, que son la parte de la cordillera de Ronda comprendida en la provincia de Sevilla, presentan fisonomía diversa: el gran desarrollo de las rocas calizas les da riscos y picachos de formas agudas y sumamente pintorescas. En una y otra cordillera se detienen como encariñadas las nubes cuando el temido solano las impele, y es frecuente hallarse las cumbres de todo el sistema montuoso de la provincia coronadas de vapores, como sombras de gigantes asomadas á la espaciosa arena de un anfiteatro, mientras por la despejada atmósfera de la llanura la inunda el sol de luz y de calor.

La falta de lluvias, consecuencia entre otras causas de la despoblación de los bosques y grandes arbolados, mantiene la atmósfera en un estado de enrarecimiento y sequedad perjudicial para los frutos de la tierra. Las montañas pierden su vejetación, la llanura se va lentamente despojando de su mejor gala, la temperatura va siendo cada vez más cálida y molesta, y es de creer que el clima y el suelo de la privilegiada Bética en general haya degenerado mucho de su antigua excelencia.

En los días de Estrabón no serían por cierto las orillas de sus ríos lo que son ahora: porque á lo vistoso de las innumerables poblaciones que se espejaban en sus márgenes, se añadía la amenidad de los Lucos^ bosques espesos y frondosos que hermoseaban los campos, compitiendo con ellos la multitud de plantas que ceñían los cauces de las aguas, de manera que á cualquier parte donde se dirigiese la vista, hallaba recreo, ya en la variedad de las poblaciones y sus fábricas, ya en las sel-

30 S E V I L L A Y C Á D I Z

vas, ya en las huertas y jardines (i). No arrastrarían entonces los aluviones á los álveos tanta copia de arenas desde las desnudas montañas; navegábanse la mayor parte de los ríos con grandes ó pequeños vasos: llegaban hasta Sevilla los mayores, desde allí á Cantillana los de menos calado, y desde Cantillana á Córdoba proseguían las barcas. Atraídas las nubes por un gran número de canales de riego, serían las lluvias más continuas y oportunas, y raro el fenómeno, hoy por desgracia frecuente, de ver defraudadas el cultivador todas sus esperanzas cuando, después de haber prematuramente sazonado el fruto de la vid y del olivo bajo la impresión de un calor extremado, viene de repente tras un verano de sequía una importuna lluvia de agosto que abre la uva y pica la aceituna. Tampoco causaría tantos estragos como hoy el viento solano, cálido y seco, que hace acelerar en la primavera la granazón de los cereales y secarse los granos antes de tiempo, semejantes á los jóvenes reducidos por los vicios á vejez prematura, y que sacude con violencia las ramas en flor arrancándoles sus botones y dispersando el polen fecundante de las que permanecen unidas á los árboles. Finalmente, cubiertos los montes y la llanura de arboledas, ni soplaría tan inclemente como ahora el viento nordeste que quema con las escarchas los hermosos naranjales, ni estaría el cultivo casi exclusivamente reducido á granos y pastos, ni serían tan comunes en la extensa campiña que atraviesan el Betis, el Genil, el Guadiato, el Guadaira y el Salado, esos eriales que de trecho en trecho la afean: triste compensación de los innumerables dones vertidos por la mano del Criador sobre la provincia toda. Sólo como para mostrar al viajero embelesado que no puede haber paraíso completo en la tierra, se encuentran llanuras estériles en los confines de las dos provincias de Córdoba y Sevilla, en el camino que conduce de Cantillana

(i) Accedil speclandi amceuüas, locis tslis lucorum el alia stiirpium planlaíi'one excullis. EsTRABÓN, pág. 142.

á la capital y en el término de Utrera. Estas llanuras, de dos y de cinco leguas, aparecen, ya cubiertas de lentiscos y encinas verdes de especie ruin, ya de palmitos y de espárragos silvestres, verdes y blancos; ya son mustios arenales salpicados de algunos olivos secos y lacios, con los cuales la feraz naturaleza parece querer probar que ni en los mismos desiertos del mediodía de España sabe permanecer completamente inactiva.

La provincia de Cádiz viene á ser el último tramo del gran lecho terciario tendido entre las cordilleras hacia el lado de la mar. La vertiente meridional de las sierras de Montellano, Algodonales y Jerez, largo ramal del Orospeda que arranca en el nudo de Ronda, forma aproximadamente su límite boreal, y otro ramal que- parte del mismo nudo y va acompañando la corriente del Guadiaro traspasando la región de las nubes con las agudas crestas de las sierras de Ubrique y de Gazules, contorna todo su límite oriental desde OÍ vera hasta Algeciras. Así, pues, esta provincia viene á formar dentro de la tenaza ú horquilla de los dos mencionados ramales del Orospeda, y con la costa marítima que constituye su tercer lado, una especie de Gran Delta semejante á la del Egipto, con la diferencia de ser allí dos brazos de un mismo río los que dibujan con la marina el triángulo famoso, al paso que aquí son dos cadenas de montañas. Pero para los que gusten extremar las comparaciones, todavía ofrece el suelo gaditano una semejanza más completa con la Gran Delta del Egipto, si se considera la posición de los dos ríos Guadalete y Guadiaro, los cuales abarcando entre sus desembocaderos casi toda la costa de la provincia, se aproximan de tal manera en sus nacimientos, que parecen como los dos brazos Canópico y Agathodemon del fecundante Nilo. El Guadalete va lamiendo el pié de la cordillera del norte hasta fenecer con ella en el Puerto de Santa María, y el Guadiaro serpentea faldeando ramales desprendidos del gigantesco San Cristóbal.

No coinciden exactamente los límites jurisdiccionales de la

32 S E V I L L A Y C A D I Z

provincia de Cádiz con sus límites naturales: la sierra de Jerez, la ribera izquierda del Guadalquivir desde antes de juntarse en uno solo sus brazos, la sierra de Gibalbín y el llano de Caulina, quedan dentro de ella, y su línea divisoria con Sevilla por el norte va por el arroyo Romanina, los montes de Lebrija y el Salado de Morón á incorporarse con la cordillera de Montellano. Su costa marítima, por consiguiente, tampoco comienza en el Puerto de Santa María, sino en Sanlúcar de Barrameda, ó mejor dicho en Chipiona, si se considera la distancia de Sanlúcar á esta punta como desembocadero del Guadalquivir.

No es la tierra de Cádiz tan llana como la de Sevilla: toda ella está cruzada por ramales de las dilatadas sierras que la limitan, que considerados en el mapa geográfico, parecen los flecos descompuestos de dos largas fi-anjas enlazadas. Danse la mano estos ramales unos con otros, y comparten la tierra tendida entre los dos grandes troncos de donde parten, en multitud de llanos, aislados unos de otros por las cortinas y los cruceros de otras tantas sierras, de trecho en trecho ligadas como los nudos de una red. De aquí el gran número de montañas interiores que toman el nombre de sierras y puertos. Pero de todas las sierras de la provincia, ninguna iguala en altivez á la llamada de San Cristóbal, que tiene por base otras sierras de por sí gigantescas, las cuales parece que la están aclamando por su rey, á la manera de los antiguos guerreros que levantaban sobre el pavés al que querían proclamar su caudillo y soberano. Este rey de las montañas es la primera que divisan los navegantes que regresan de las Américas, y desde su cúspide se pueden distinguir con el anteojo el cabo de San Vicente y las ciudades de Cádiz, Sevilla, Córdoba, Granada, Málaga y Gibraltar,

Si á la provincia de Sevilla señaló la naturaleza la mayor y mejor parte del gran río que en expresión de Marcial ciñe corona de oliva (i), para que ostentase ganados de vellón dorado y

(i) Lib, I 2, Epígr. I oo.

SEVILLA Y CÁDIZ 33

compartiese con Córdoba la fama de los ricos aceites; á la de Cádiz dio viñedos que destilan fragante ámbar y líquido topacio, montes enriscados cubiertos de vejetación robusta, dehesas siempre verdes, huertas fertilizadas con las finísimas aguas de las sierras, y por último una espaciosa marina que con sus numerosas bahías, ensenadas, calas, estuarios y varaderos se ofrece á los mareantes del Mediterráneo y del Atlántico. El Guadalete es á la tierra de Cádiz lo que á la de Sevilla el Guadalquivir: uno y otro atraviesan la provincia que fecundan en la misma dirección de nordeste á sudoeste desembocando en el Océano, y los otros ríos principales de cada provincia son sus respectivos tributarios. El divino Betis (i) recibe desde que cruza el límite de la tierra de Córdoba, por la derecha numerosas corrientes, calificadas unas de arroyos y otras de riberas, y como ríos de alguna importancia, el Biar, el Huelva, y sobre todo el Sanlúcar ó Guadiamar (antiguo Menuda) que vertía su caudal en el grande y famoso lago Ligústico (hoy Islas Mayor y Menor) ^ no lejos de un extenso bosque y del pueblo de Solía (2), en aquellos tiempos de la España romana en que la madre del sacro río contenía menos arenas, y en que todavía duraban las dos anchurosas bocas por donde el Betis desaguaba en la mar. Por la izquierda recibe el Genil, Singilis de los romanos, que en Plinio se nombra Singulis y en el cronicón de Idacio Singilio, río antiguamente navegable desde que llegaba á Écija, y famoso, entre otros acontecimientos, por la batalla que tuvo allí el rey Rechila contra Andevoto; el Silicense (hoy Cortones)^ de que se acordó Hircio (3), y cuya dirección equivocó distraído el laborioso Rodrigo Caro suponiendo que desagua en el Genil; y el Guadaira que desaparece todos los años durante los calores caniculares. El Guadalete, mencionado por

(i) «y til, Deíis divino», etc. r-'ray L. de León en su famosa pro/ecia del Tajo. (2) Este bosque, uno de los famosos lucos de que habla Estrabón sin designar sus nombres, ha desaparecido por completo, y lo mismo el pueblo de Solía. (-^) De bello ale.w, cap. 57.

34 S E V I I. L A Y CÁ D I Z

Avieno bajo el nombre de Cliryso (i), corre desde la sierra de Ronda á la bahía de Cádiz en dirección casi paralela á la del Guadalquivir. Engruesan su caudal, después de formado en las pintorescas asperezas de Grazalema, Olvera y Algodonales, varios arroyos y ramales, entre los que figura como principal tributario el Majaceite, individuo de su propia familia, que, debiendo su nacimiento á la misma sierra, no pudiendo incorporarse con él de niño por causa de la barrera de Grazalema, le sale al camino ya mozo y robusto, atravesando sierras, dehesas y campiñas. Dividía este río, según nos refiere el citado poeta geógrafo, á cuatro clases de gentes ó tribus, conocidas con los nombres de Libyfenices^ Masieiios, Sclbysinos y Tartesios; todos al parecer de la raza de los turdetanos, lo mismo que otra multitud de tribus en que estaba subdividida y fraccionada la gran familia Ibérica por la conformación material del territorio. Y es de advertir que no sólo variaban los nombres de las gentes ó tribus de una misma raza por las comarcas ó regiones en que se hallaban establecidas, sino á veces por la mera forma, ya púnica, ya griega, ya latina, de la nomenclatura adoptada por los antiguos cosmógrafos é historiadores. Así, por ejemplo, su posición geográfica occidental hizo extensivo el nombre de Tartesios á todos los pueblos de la costa desde el Betis hasta el Estrecho: la forma de la nomenclatura hizo de los turdetanos dos tribus diferentes , turdetanos propiamente dichos en lengua púnica, y túrdíilos en lengua latina; y sin embargo tartesios, túrdulos y turdetanos eran todos una gente misma, sin más diferencia que llamar túrdulos ó turdetanos á los pobladores de toda la tierra comprendida en las que son hoy provincias de Córdoba, Sevilla y Cádiz, y tartesios á aquella parte de los mismos que poblaban la marina, por caer al occidente del mundo antiguo, según aquella expresión de Ovidio:

(i) Ora, mcirit., vers. 419 y siguientes.

^6 SEVILLAYCÁDIZ

Presserat occíduus Tartesía litara Phcebus (i).

Allí suponían los poetas que el sol desenganchaba los caballos de su carro. Por la propia razón que los árabes llamaron á la tierra del Guadiana Al-gJiarb^ expresando el mismo concepto geográfico, denominaron los antiguos pueblos de oriente Tarteso, Tartesis ó Tartéside, á la región de la costa bética, objeto codiciado de sus expediciones marítimas; y no por otra causa dieron también igual nombre á su principal río, sin curarse del que hubieran podido aplicarle los habitantes aborígenes. — Son ociosas, pues, muchas reñidas controversias en que fatigaron tantas ingeniosas y eruditas plumas acerca de la diversidad de ciertas antiguas razas de la Bética y de algunas contradicciones que parecen notarse entre los cosmógrafos griegos y latinos, los cuales séame lícito sospecharlo, no tenían todos obligación de saber el significado de las voces de origen celta, fenicio, púnico, etc.

Tarteso, dice un viajero moderno (2) citando al sabio orientalista Betham, y siguiendo la opinión de otros eruditos de gran nota, es el Tharsis de la Biblia, palabra equivalente á la ultima terree de los escritores clásicos; región adonde quería dirigirse Jonás huyendo del servicio del Señor (3). «Tharsis, añade — ó bien Tarteso, en la geografía incierta de los antiguos, á quienes de propósito engañaron los suspicaces y recelosos fenicios, propagandistas del libre tráfico, — fué por largo tiempo una voz vaga y genérica, semejante á la de nuestras Indias. Fué nombre que aplicaron indistintamente, ya á una región entera, ya á

(i) Meiamorph.^ 15.

(2) Ford, Hand book jor Iraveller-x in Spciin. Sección II, Andalucía.

(3) Profecía de Jonás, cap, I, ver. 3.

Bochart explica así la corrupción de Tharsis en Tarteso : de la voz Tarsis sacaron los fenicios las de Tarseio y Tarseitas, de que fácilmente pudo provenir Tarteso, duplicando por pleonasmo la primera letra ó mudando la s en r, como cuando se lee Aturia por Asyria.

SEVILLA YCADIZ 37

una ciudad, ya á un río, los autores que escribieron para Roma, que sin embargo de andar tan á ciegas como los demás, quisieron servirles de lazarillos. Mas cuando los romanos, después de subyugada Cartago, lograron la posesión exclusiva é incontrastada de la Península, estas dificultades desaparecieron, porque la región meridional de España recibió el nombre de Hética, del río Betis que fertiliza sus más preciosas comarcas.»

Dejemos, empero, subsistir el nombre de Tarteso ó Tharsis, que tanta dicha y prosperidad revela en los documentos de la antigüedad sagrada y profana, y veamos de fijar claramente la posición de la tierra afortunada que juzgó digno paraíso para los justos el padre de la poesía. Ya hemos indicado que esta denominación se hizo extensiva á toda la región del sudoeste de Andalucía desde el Guadalquivir al Estrecho; pero es indudable que una de sus comarcas principalmente fué la que mereció de la clásica antigüedad los poéticos encomios que hoy se complace en recordar nuestra pluma. Hubo en efecto una isla, una ciudad, un río, que llevaron propia y particularmente el nombre de Tarteso; y esa isla fué la que antiguamente formaban las dos bocas del Betis saliendo del gran lago Ligústico (i) para desaguar en la mar (2); y esa ciudad existió en aquella misma isla (3); y ese río no fué otro que el mismo Be-

( 1 ) lusiilam

Tartessus amnis ex ligustico lacu per aperla fiisus iindique ablapsu ligat.

AviENO, Ora marti, v. 283.

(2) Ctim aittem Bceiis duobtis oslü's in mare exeat; ajunt olim in medio horitm urbem fuisse habitatam Tartessíim, fluvio cognominem^ re;Pionemque appellatam FUISSE Tartessidem, quixm nunc Tiirduli incolunt. Estrab., pág. 148.

(3) Estrab., loe. cit.: Tartessus urbs Iberia;, a fluvio, dice Estephano, significando claramente hallarse dicha ciudad inmediata al río; sin cuya circunstancia cesaba la razón de tomar de él el nombre. Esto no obsta para que por extensión se haya aplicado después el mismo nombre de Tarteso á otras ciudades; así lo llevó Cádiz según testifica Avicno, dando al propio tiempo la significación púnica del nombre de Cádiz :

, Natn punicorum lingua conseptum locum Gadir vocabai : ¡psa Tartessus prius coQnominata est.

V. 268. Asi también lo llevó Carteya, á la cual, aunque sita en el Estrecho mismo, lejos de

^8 S E V I L I. A Y C Á D I Z

tís (i). La extensión de la costa marítima de esta isla se sabe asimismo por Estrabón, sin cuyo auxilio era imposible determinarla, no existiendo hoy más que un solo desembocadero del Guadalquivir. Fíjala el geógrafo griego en unos cien estadios (2), y puesto que desde su tiempo la configuración de la costa no puede haberse alterado, atendida la identidad que entre su situación antigua y la actual conservan Sanlúcar de Barrameda y la punta de Chipiona (3), se puede con todo fundamento asegurar que la segunda boca ó brazo del Betis que formaba el límite oriental de la isla de Tarteso, es el barranco llamado hoy la madre vieja, que baja por entre Asta y Trebujena y sale á la costa por encima de la villa de Rota.

Aquella era la afortunada isla Erytrea, llamada también Aphrodisia, é isla de yufio, que formaba el reino de Gerión, donde pastaban sus numerosos rebaños, «nacidos en los antros de las rocas cabe las aguas inagotables del Tarteso, cuya madre es pura plata (4):» aquella la deleitosa región de la Iberia meridional tan celebrada por Homero, Estesicoro y Anacreonte; aquel el país maravilloso donde se consumó el reinado de 150 años de Argantonio, cuya felicidad ponderan Cicerón, Apiano y Plinio; aquel el foco ensalzado de la civilización y de las virtudes turdetanas, en cuyos mágicos relatos invierte tantas páginas el erudito Florián de Ocampo guiado por los visionarios Herodoto y Anio de Viterbo; aquella la tierra de bienandanza y de longevidad sobrehumanas que excedían á las mismas aspiraciones del gran lírico de Jonia cuando cantaba:

la ciudad primitiva, se le dieron después de destruida esta, por ser el puerto donxlc más perseveró su trato y comercio.

(i) Videniur auUm vsieres Bcclim app¡j:Ila,sse 7'urL'ssiiiii, dice Estrab. (pág. i 48) citando á Estesicoro.

(2) Unas tres leguas y cuarto de las antiguas de España.

(3) Fanum Lticijeri y Turris Cepionis en la geografía de la España romana.

(4) Estesicoro. cit. por Estrab. (iib. I. cap. i— jib. 111. cap. 2).

SEVILLAYCÁDIZ 39

Non cornu Amaltheae mi, non poseo quinquaginta centunique regnare annos, Tartessiis beatis.

Ahora bien, si los orientalistas que nos lisonjean se engañan en sus interpretaciones; si lo que algunos entusiastas anticuarios refieren de la célebre isla Erytrea ó Tartéside es exagerado \- medio fabuloso; si Homero no se acordó de semejante comarca al describir sus Campos Elíseos; si la región de Tarsis que nombran el rey Salmista (i) y el libro tercero de los Reyes, en que se dice que la flota de Salomón iba allí con la flota de Hiram una vez cada tres años para traer oro, plata, colmillos de elefante, monas y pavos reales, es la misma región de Ophir de donde había sacado ya otras veces oro para el rey de Israel el rey de Fenicia (2), ó algún otro país del mar de la hidia; si finalmente el Tharsis hijo de Javán y nieto dejaphet, que según los escritores cristianos de los primitivos siglos fué el primer poblador de España, no representa un nombre figurado alusivo al confín occidental del mundo conocido de los antiguos, y sí un

( i) Re^¿s Tarsis et insulcc muñera ojferent;

reges Arabiim et Sabce dona addiicent.

(2) « Classis regís per mare ciim classe Hiram, dice el sagrado texto, seinel per tres antios ibat in Tharsis, deferens inde auriim, et argentum, et denles elephauíortim, et simias, et pavos.n Reg.,Uh. Ul, cap. X^\. 22.) Pero ya. en c\ Y. ii del mismo cap. y al fin del cap. anterior había expresado que los mareantes y prácticos de Hiram navegaron antes á Ophir, habiéndose equipado la flota en Asiongaber. sobre la costa del mar Rojo, en la Idumea. Esto, sin embargo, no excluye la posibilidad de que navegasen luego á occidente, cuyos mares conocían los fenicios mejor que ninguna otra nación.

Además es muy digna de tenerse en cuenta una observación que el sagaz autor del Espíritu de las leyes dejó consignada ( lib. XXI, cap. VI) relativamente al comercio de los antiguos: «las naciones cercanas al mar Rojo, dice, sólo hacían su comercio en este mar y en el de África, y es prueba de ello el asombro que produjo en el universo el descubrimiento del mar de la India en tiempo de Alejandro. Hemos advertido ya que, lejos de sacarse de las Indias metales preciosos, todos los pueblos que han traficado en ellos se los han llevado en cambio de sus mercancías; así que tenemos por seguro que las flotas de los judíos, en caso de traer por el mar Rojo oro y plata, lo sacaban del África, no de la India.')

verdadero nombre propio independiente de toda significación de localidad, y además las islas de las naciones que los hijos y nietos de Japhet se repartieron, no son, según entienden muchos sabios expositores, las regiones del occidente, como Grecia, Italia, España y Francia (i); siempre al menos subsistirá la tradición de haber sido la tierra fecundada por el Betis y bañada por el mar una nación feliz, próspera, floreciente, más civilizada que otra alguna en los tiempos prehistóricos, siquiera sean meras ficciones apoyadas en la confusa idea de aquella felicidad perdida todos los pormenores relativos á las excelencias de la cultura turdetana y á la gobernación de los antiguos reyes de Iberia.

(i) Anotando el erudito Amatel v. 5, cap. X del Génesis que habla de la descendencia de Noé y propagación del linaje humano: ab his dñ'isce sunt insul/e GENTiuM, etc., manifiesta que teniendo los hebreos poco conocimiento de las tierras occidentales, de las cuales los separaba el Mediterráneo, designaban con el nombre de Islas las regiones de Europa, y con el de Oriente las tierras orientales, de las cuales tenían más noticia que de las ultramarinas.