Sevilla y Cádiz · Capítulo real 2 de 18
CAPÍTULO II
Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 8 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.
CAPÍTULO II
Sevilla y Cádiz en los tiempos prehistóricos. — Narraciones y monumentos más ó menos fabulosos y apócrifos.
xiSTió la civilización turdetana que algunos de nuestros historiadores suponen anterior á las inmigraciones egipcia y fenicia? En otros términos: aquella gran cultura que tanto ensalzaron Polibio, Estrabón y Estephano de Bizancio, ;fué enseñada á los llamados aborígenes de la Bética por sus primeros invasores y supuestos maestros de la costa del Mediterráneo, ó era realmente hija de la primitiva ciencia caldea á que parecen referirse las tradiciones que hacen á Tubal, á Tarsis, y á Beto, padres de la civilización de España? Ciertamente que el cuadro que Fenelón tomó de Adoamo, escritor griego, el cual, inspirándose de un pasaje de la Odisea de Homero, pintó las virtudes y felicidad de los antiguos moradores de la tierra de Tarsis, no parece sugerido por una cultura vaciada en los usos y costumbres de los ostentosos egipcios, ni de los astutos, codiciosos y traidores fenicios. Respira en él
42 SEVILLAYCÁDIZ
todo el encanto de una constitución social basada en la sencilla y feliz observancia de la ley natural y de los instintos del corazón en su original pureza. Nada es comparable á la serenidad y bienandanza de una vida como la que el referido autor describe. «El río Betis corre por un país fértil y bajo, de apacible clima, cuyo cielo está siempre sereno. Ha tomado el país nombre del río, que desemboca en el Océano, harto cercano de las columnas de Hércules y de aquella parte donde el mar furioso, rompiendo sus orillas, separó en lo pasado la tierra de Tarsis de la grande África. Parece que conserva aquel país las delicias del siglo de oro: los inviernos allí son templados y nunca soplan los desaforados aquilones; el ardor del estío se modera con los frescos céfiros», etc.
Pero aun suponiendo que el griego Adoamo sólo haya existido en la mente del famoso Salignac de la Mothe, y que este cuadro de la vida patriarcal de los primitivos españoles del mediodía sea puramente novelesco en sus pormenores, como lo hacen sospechar ciertas reflexiones sólo propias del genio francés de la época de Luís XIV bajo la impresión de inocentes utopias filosóficas; fuerza será convenir en que las alegorías de los poetas de la antigüedad abren ancho campo á estas y otras semejantes narraciones, y que lo mismo que los geógrafos confirman esas alegorías por lo tocante á la naturaleza del clima, á la calidad de las producciones terrestres y marítimas y á la índole de los habitantes, acaso las confirmarían los historiadores en cuanto á lo que de la vida pública y privada puede colegirse, si hubiera habido en aquellos remotos tiempos quien consignase sus hechos. Entonces veríamos quizá patente el fundamento que tuvo Homero para colocar en la antigua Bética el trono del justo Rhadamanto y el reino de Plutón, y justificadas las palabras de Hesiodo: «Júpiter distinguió á estos moradores del resto del mundo: habitan los Campos Elíseos, tienen una vida feliz, y en su país reina una primavera continua que da dulces manzanas tres veces al año.»
SEVILLAYCÁDIZ 43
Habría que remontarse á una época anterior á la arribada de los fenicios á las costas ibéricas, para encontrar el modelo de la cultura que nos ocupa; porque no es la cultura de las maneras basada en la prosperidad del tráfico, de la riqueza metálica y de las artes, la que la fábula nos ofrece ; sino la civilidad de los instintos combinada con la falta de necesidades y la feliz ignorancia de lo que se llama industria y comercio. Y aquí la fábula misma, cuya caprichosa forma suele encerrar siempre algo de verdad, nos prestaría un auxiliar poderoso para nuestras averiguaciones. La fábula y la tradición, tan despreciadas hace algunos años, son la única brújula, después de la etnografía y la filología, para navegar en el oscuro mar de los tiempos prehistóricos. Oigamos lo que dijeron, guiados por ellas, los antiguos historiadores, y hagamos inducciones.
Un descendiente de Noé, Tharsis ó Tubal, ú otro cualquiera, aportó en la tierra meridional de España cuando la dispersión de las gentes después del Diluvio, y allí señaló estancias en que moraron y quedaron muchos de los que consigo traía. Dio á esta región el nombre de Bética^ voz caldea derivada de BeJiín^ que significa tierra fértil ó deleitosa: «enseñó en ella, dice Florián de Ocampo, costumbres fundadas en toda bondad y virtud, y cosas de gran sustancia, declarando principalmente á sus moradores los secretos de la naturaleza, los movimientos del cielo, las concordancias de la música, las excelencias y grandes provechos de la geometría con la mayor parte de la filosofía moral, haciéndoles reglas y leyes razonables en que viviesen, las cuales dejó señaladas en metros bien compuestos para que más fácilmente las pudiesen retener (i).» ¿Qué inconve-
(i) Crón. gen., cap. IV. Estrabón dice, hablando de los turdetanos: Hi omnium Híspanorum doctissimi judicantur ., uluniurgiie grammaiica, et aniiquitatis monumenía habent conscriptci^ ac poemata, et metris inclusas leges, a sex millibus ( ut ajuní) annorum. Trad. de Casaubón, lib. III. De manera que el verídico geógrafo griego reconoció al comenzar próximamente nuestra Era , que la civilización turdctana databa de los más remotos tiempos. Muchos de nuestros escritores tienen por absurda la época de seis mil años que Estrabón asigna; pero «si conside-
44 SEVILLA Y CÁDIZ
niente hay en creer que la memoria de esta civilización patriarcal y primitiva durase entre algunas tribus hasta los tiempos en que se supone viajó Homero por la Bética? El célebre poeta de Esmirna florecía al espirar el décimo siglo antes de J. C. (i), y las fábulas relativas á la historia de España hasta la primera invasión cartaginesa, ocurrida en el séptimo siglo antes de nuestra Era, nos ofrecen una serie no interrumpida de conflictos en que siempre la raza aborígena descuella como fielmente apegada á sus antiguas leyes y costumbres, haciendo triunfar su nacionalidad al cabo de sangrientas resistencias.
Y prosiguen los historiadores fabulistas. Al tranquilo reinado de Beto, que murió sin hijos, sucede la tiranía de Gerión (2), tan nombrado de los escritores griegos y latinos. En la venida
raran, dice un erudito anotador suyo español (A'otas d Strabón, m. s. ^7 de la Real Academia de la Historia), el juicio del geógrafo en sus dichos, y que éste no habla de años solares como ellos pretenden, no tendrían por tan disparatado su aserto.» Ocampo en el cap. 9 dellib. I hace el año de cuatro meses, y según este cómputo la civilización turdetana data para él de dos milanos antes de J.C., época que coincide con la tradicional gobernación de Tabal. Homey en su Historia de España da al año de los turdetanos sólo tres meses, y por consigujente sólo saca á la cultura de que Estrabón habla mil quinientos años de antigüedad ; época que corresponde, según él, con la primera venida de los fenicios á España. El uno, pues, atribuye á los primeros pobladores de la Bética de que hay noticia, uria civilización puramente caldea: el otro reconoce en ellos una cultura propiamente fenicia. ¿Cuál de los dos tiene razón? En nuestro concepto el primero, y no porque demos la preferencia á su modo de computar los seis mil años de Estrabón, sino por otra circunstancia que hasta hoy no se ha tomado en cuenta. ; Es tan indudable, como parece creer .\ir. Romey, que el primer arribo de los fenicios á España acaeciese quince siglos antes de nuestra Era? Consultemos las autoridades. No contento Estrabón con mencionar las ciudades que los fenicios fundaron, añade la época en que vinieron á poblar á España, diciendo que fué vpoco después de la guerra de Troya.» La ruina de esta ciudad fué el año i i 84 antes de J. C; con que la venida de los fenicios pudo ser como en el siglo xi antes de nuestra Era. Mela (lib. III. cap. 6) sólo dice que la fundación de Cádiz Jué de los fenicios, y su origen desde la destrucción de Troya; pero Veleyo Patérculo (lib. I, cap. 2) circunscribe más la época, comenzando así el capítulo de la fundación de Cádiz : Casi ochenta años después de tomada Troya... etc.; de modo que la venida de los fenicios á España en que fundaron ciudades, fué á fines del siglo xii ó principios del xi antes de la Era cristiana. Hay de consigui'entc sólidas razones para afirmar que la cultura turdetana, aun computando los seis mil años de Estrabón según el sistema de Mr. Romey, es tres ó cuatro siglos anterior á la primera colonización fenicia en las costas de la Bética.
(i) Por los años de Q07 según los famosos mármoles de Paros.
(2) Gcrióii. dice Mariana, significa en lengua ciúác^ peregrino y extranjero.
SEVILLA Y CÁDIZ 45
de Gerión á España vemos representada la invasión céltica ó pelásgica. Para esto tenemos más de un indicio: no sólo hace á Gerión extranjero la fábula por el significado de su propio nombre, sino que ella misma determina su procedencia al consignar el hecho de la derrota de los gigantes ó Titanes por los dioses. Este hecho se explica perfectamente en la victoria que Osiris ó Baco alcanzó contra Gerión; de manera que ya tenemos en las meras alegorías relativas á los tiempos fabulosos consignadas las primeras conquistas que se consumaron en la Bética. Los celtas y los pelasgos son, como sus mismos monumentos lo indican, pueblos de idéntico origen: unos y otros se consideran como ramas de aquella gran familia aria ó indoeuropea que desde los tiempos anteriores á toda apreciación histórica se derramó por el occidente, el norte y el mediodía de Europa. Los antiguos nos representan á los pelasgos (celtas del mar y de sus islas) como hombres de gigantesca estatura; llevaban además el nombre de Titanes^ porque se decían descendientes del dios Tis ó Teiit, y por último, los restos de sus edificios, que aún se mantienen en pié, asombran por la descomunal dimensión de las piedras que los forman, y revelan claramente fuerzas físicas superiores á las ordinarias. Según esto, no nos parece violenta la interpretación que proponemos. — Una colonia caldea viene, con la dispersión de las gentes de las llanuras de Sennar, á España. Esta inmigración pudo ser de raza puramente semítica: el origen semítico ó siro-arábigo de los caldeos parece cosa ya demostrada; el nombre de Tubal, lo mismo que los de los dioses asirios Baal ó Bel y otros, es semítico. Perpetúa esa colonia en la Bética la vida patriarcal y nómade del Oriente, tan acomodada á sus peculiares instintos: el hebreo, el árabe, el sirio que hoy vagan errantes por los desiertos de la Turquía de Asia (i), viven como vivía probablemente
(t) V. á Lavard. Xiiievch aiui íts remavií^, cap. II. parte II. donde bosqueja de mano maestra ios caracteres de las tres razas, semítica, indo-europea y mongólica.
^6 SEVILLA Y CÁDIZ
el turdetano : no se curan del porvenir, vegetan en la feliz imprevisión de todo mal futuro, su brillante imaginación sugiere á las obras de sus manos y á sus palabras, formas siempre bellas; la elocuencia, la música, la poesía son en ellos dotes naturales. Con este dichoso estado patriarcal y libre en que el turdetano no reconocía vínculos legales que encadenasen ni su persona ni su entendimiento, se combinó en la Bética la ruda civilización de la raza aria ó indo-europea: los pelasgos ó celtas del mediodía (i), acaudillados por el alegórico Gerión, introdujeron artes é instituciones hasta entonces desconocidas, y con ellas las ambiciones, la opresión y la guerra.
Gerión, pues, extranjero como su mismo nombre lo indica, halló á los iberos de la Bética viviendo diseminados por los campos en aldeas, sin tener quien los gobernase (pintura que corresponde con la idea que de su estado social nos da el Adoamo de Fenelón), y fué el primero que les enseñó á defenderse de la violencia de los más poderosos. Edificó castillos, fortalezas y ciudades, vivió espléndidamente aprovechando las grandes riquezas de aquel suelo, hasta entonces menospreciadas por los naturales, y es de creer que entre los indígenas y las gentes que siguieron á Gerión, ó que alegóricamente se representan en este tirano extranjero, se estableciesen estrechos vínculos. Pero no fueron estos suficientes á impedir que con los escasos gérmenes de civilización traídos por la invasión aria, simbolizada en este tirano, se introdujese en la Bética la malhadada semilla de las discordias civiles. Eran aquellos invasores de raza de gigantes, colosales en sus cuerpos y atléticos en sus fuerzas: construían con pedazos de rocas de enormes di-
(i) Los celtas, de raza aria como todos los pueblos indo-germánicos ó indoeuropeos, llevaron en Grecia el nombre de pelasgos, que, como declara el doctor Herzberg en su Historia de Grecia y Roma^ sólo significa los antiguos. Así diferencian hoy los más acreditados historiadores á los que poblaron la Grecia durante el oscuro y legendario estado primitivo, de los helenos del período aqueo y de los tiempos posteriores.
SEVILLAYCÁDIZ 47
mensiones (i): fué tal su preponderancia, que todos admitieron su yugo, y el nombre de Titanes que ellos mismos se daban, vino á la larga á hacerse extensivo á los turdos ó túrdulos aborígenes , denominados en lo sucesivo tur titanos , y por co-
(i) Los arqueólogos reconocen varias especies de construcciones megalílicas, esto es, labradas con piedras colosales é irregularmente cortadas: la ciclópea ó pelásgica, la druídica ó céltica, y la vulgarmente atribuida á los fenicios, de la cual se conservan notables vestigios en varias islas del Mediterráneo, especialmente en la de Gozzo, donde se admira la famosa Giganteya ó Torre de los gigantes. Hay poderosos motivos para creer que los edificios de estas diversas especies son todos célticos. Que los pelasgos ó griegos primitivos fuesen de origen céltico, bastante lo da á entender la sola semejanza de su alfabeto, con el de los celtas : el modo de construir de ambos pueblos, por otra parte, ofrece tantas analogías, que su de.rivación de un principio común parece una cosa demostrada. Las puertas de Micenas, que Píndaro supone hechura de Cíclopes (KuxXwTita TrpóO'jpa sopúa—w^), los muros de Platea y Keronea, los de Tirinto, Mantinea y Arggs, á los cuales dan los antiguos escritores el mismo origen, indican claramente un sistema de construcción intermedio : la transición del sistema céltico primitivo á la edificación regular de los pueblos civilizados. Basta echar una ojeada sobre los monumentos clasificados con los nombres de men-hires, dólmenes, trilitos., piedras oscilantes, cromlechs, túmulos, etc., que tanto abundan en Europa y en muchas regiones del Asia Menor, y que tanto se distinguen por su rústica simplicidad, para reconocer desde luego el punto de partida del arte de la construcción. Este sistema primitivo se distingue por la colocación vertical de las enormes moles que emplea, de lo cual son célebre muestra las piedras alineadas de Carnac, que el vulgo del país dice ser un ejército de soldados que trasformó en peñascos San Cornil, y las calles cubiertas de Bagneux y de EssÉ cerca de Renas, poetizadas también por el pueblo sencillo con los nombres de cofres de piedra, rocas y grutas de las hadas, mesas del diablo y palacios de los gigantes. El paso de este sistema vertical al pelásgico ó griego de los tiempos heroicos, se ve marcado en la ya mencionada Torre de los gigantes (Giganteya), que ofrece la combinación de las es/e/as ó piedras perpendicularmente hincadas en el suelo ( en griego <ttt,X-í;) con la construcción ciclópea irregular de grandes trozos poligonales. Y para que se vea más patente el celticismo en Giganteya, hay en este monumento, que es un templo descubierto ó hvpeiro, como todos los consagrados á divinidades que tenían alguna relación con el sabeismo, trilitos, restos de dólmenes, y hasta un cromlech como los de Dinamarca, Bretaña, Wiltshire, y el famoso Stone-henge que los habitantes de Salisbury llaman coro de gigantes. Á pesar de la afirmación del docto A. Lenoir (Gailhabaud, monuments anciens el modernes, t. I ) que ve en esta torre de los Gigantes un templo fenicio semejante al de Pafos, en Chipre, por la mera circunstancia de haberse adorado en ambos la piedra cónica, simulacro de Astarté, diosa de la naturaleza, por ser uno y otro templos hipetros ó sin techo, y porque en uno y otro se mantenían palomas, como ave grata á Venus Urania, nosotros creemos con el autor del art. Pliénicie: Beau.v Arts del gran Diccionario de P. Larousse, que no es posible hoy formarse una idea cabal de la arquitectura fenicia de visu porque las construcciones de aquel pueblo, en que casi exclusivamente se empleaban la madera y los metales, han desaparecido. Las ruinas del templo de Pafos, en efecto, apenas permiten reconocer cuál fué su planta, y las monedas fenicias en que aparece representado no nos permiten conjeturar su verdadera for-
48 SEVILLA Y CÁDIZ
rrupcíón tiirdctanos (i). Otras tribus de la gran familia indoeuropea conservaron el nombre de celtas ; estas al parecer bajaron á nuestra Península desde el Pirineo, y eran menos civilizadas que las gentes de la rama pelásgica venida de Oriente. Repartiéronse la Bética con los turdetanos, y si bien menos florecientes que éstos, debieron ser más afortunados en la posesión de sus provincias, porque su nombre y su independencia perseveraron hasta los tiempos felices de Grecia y Roma, al paso que los otros sufrieron todas las alternativas consiguientes á las invasiones de los demás pueblos aventureros, ya comerciantes, ya meramente batalladores. La misma ventajosa posición que ocupaban en la costa del Mediterráneo y del Estrecho los condenaba á mudar continuamente de dueños.
Tenemos, pues, á los túrdulos de origen caldeo dominados por un pueblo de origen ario y céltico, que les hace adoptar su lengua, su escritura, sus rudas artes, su constitución social, acaso también su religión. El pueblo dominador admite en cambio los conocimientos de los descendientes de Sem, y de estos dos elementos combinados se forma cierta cultura que contrasta singularmente con la rusticidad de las demás gentes que poblaban la Iberia.
La fábula, sin embargo, da á entender que la civilización egipcia se había adelantado ya mucho, en aquella remota edad, á la de los otros pueblos de la tierra. Osiris ó Dionisio, personificación del sabio Egipto, noticioso del atraso en que viven las regiones de las Indias, Tracia, Grecia, Italia y España, emprende sin excitación agena la gloriosa obra de extirpar en ellas los errores, confundiendo á los malhechores y tiranos que las oprimen. — En esta alegoría se significa la índole expansiva de la ciencia y de la virtud. — El gigante Gerión, el celta domi-
ma.— Más adelante trataremos esta materia con mayor oportunidad al hablar del templo erigido á Hércules en Cádiz por los fenicios.
(1) Artemidoro da á los turdetanos el nombre de liirlus y lurtulanos, y al país en que moraban llama Tyrtytania (T'joT'jtavía).
SEVILLA Y CÁDIZ 49
nador del Túrdulo, que sólo atendía á su propio provecho acopiando preciosos metales y acrecentando sus famosos rebaños (i), es provocado á mortal contienda por el generoso Osiris. « Osiris y Gerión (dejemos hablar á uno de los más entretenidos comentadores de la fábula) (2), ordenadas las haces en el concierto que pudo saber y tener un tiempo tan inocente, rompieron la batalla valientemente: la cual fué cruelísima, reñida con demasiadas bravezas; y así pasada mucha terribilidad y fiereza por ambas partes, Gerión y todo lo principal de sus valedores quedaron allí sin algún remedio vencidos, muertos y destrozados. Esta se certifica ser la primera batalla campal ó recuentro poderoso de guerra que sepamos en las Españas. Engrandécenla muy mucho los autores peregrinos por haber acontecido dentro de tiempos antiquísimos, tanto que nuestros poetas la llamaban batalla de los Dioses contra los Gigantes, á causa que (según confiesan las historias) este Gerión fué gigante. » El tirano muerto fué enterrado según la costumbre céltica: sobre su sepultura se le hizo un túmulo (3). Osiris, que sin duda alguna era un rey ó príncipe egipcio de la familia de los Faraones durante la 19.''^ dinastía, fué adorado como Dios, según la costumbre antigua de reputar y tener por inmortales á los hombres virtuosos y benéficos y á los inventores de artes y prácticas útiles á sus semejantes. Osiris había sido el libertador de los turdetanos.
Hay quien señala la época de este grande acontecimiento (4) ;
(i) Los historiadores griegos dan á Gerión el sobrenombre de Chryseo, que quiere decir hombre rico ó hecho de oro. Dícese que fué el primero que descubrió y aprovechó en la Bélica los mineros de metales preciosos, y que á esto juntó multitud increíble de ganados.
(2) OcAMPO. Cr. gen., cap. XI, lib. I.
(3) Palabras textuales de Mariana. Hist., cap. VIII.
OcAMPO, loe. cü., se aventura á determinar el paraje donde se erigió el túmulo á Gerión : sospechamos, dice, ser en aquel sitio que los mareantes de nuestro tiempo llaman el cabo de Trafalgar., entre los lugares de Conil y Barbate, igualmente apartado de cada cual dellos, siete leguas adelante de la boca del Estrecho sobre las aguas del mar Océano.
(4) Según Ocampo, Osiris entregó á los hijos de Gerión el señorío arrebatado á su padre, el año 1758 antes de J. C; pero son muy sospechosas las fuentes en que bebió aquel crédulo aunque erudito cronista.
nosotros, desconfiando de tan aventurada cronología, nos limitaremos á decir que esta primera invasión egipcia, caso de haber ocurrido, pudo ser contemporánea de la 19/ dinastía, cuyo principio se fija en el año 1 643 antes de J. C. El gran Sesostris que la inauguró fué el primer rey que dilató sus conquistas hasta el Asia Menor y la India; y según la fábula, Osiris vino á España precedido del rumor de las victorias que en el continente asiático había alcanzado. Con la 19.^ dinastía comenzaron realmente las grandes prosperidades del Egipto, y los sucesores de Sesostris hasta la dinastía 24..^ fueron los que le dotaron de aquellos templos, pirámides y obeliscos que hoy admiramos (i).
Siguiendo el hilo que nos suministra la fábula, hay una circunstancia que podría en cierto modo corroborar la idea de la venida de los egipcios á la hética. Osiris y Baco, en sentir de los más acreditados mitólogos, son un mismo é idéntico personaje, ó por mejor decir, Osiris es el modelo, y Baco la copia que del héroe egipcio hizo el genio griego. Los poetas helenos calcaron sobre el antiguo tipo la figura de su Baco, acomodando las antiguas tradiciones relativas á sus proezas al dios que fingieron. Escultores y poetas le representaron como conquistador de la India y civilizador de los pueblos ignorantes, como vencedor de los ominosos opresores del linaje humano y vengador de las leyes de la divinidad contra los monstruosos hijos de la tierra. Difícil es en verdad reconocer en el Baco griego, hijo de Júpiter y Semele, al gran aventurero egipcio; sin embargo, al que tenga presentes los hechos atribuidos á éste en España, y la propensión de los griegos á hacer suyos todos los acontecimientos memorables de los extraños, no le repugnará ver confirmada la tradición primitiva en la fábula de Baco, transformado
(i) Según Ucrodoto, Osiris fue uno délos primeros reyes y dioses del Egipto ( Historiar., \ib. II). Diódoro Sículo eonviene en lo mismo ( Biblioth., tomo I, lib. I); y no se opone esto á nuestra conjetura sobre la dinastía á que pudo pertenecer Osiris, porque sabido es que los Hycsos ó reyes pastores que precedieron á la 18.* dinastía, no eran propiamente egipcios, sino procedentes de Arabia y Fenicia.
SEVILLA Y CÁDIZ 5I
en león, combatiendo en defensa de los derechos de Júpiter escarnecidos por los gigantes; á cuyo hecho alude la calificación de p7''CBliis audax que en una de sus odas le da Horacio.
Pretenden que las inmigraciones de los egipcios en la España meridional fueron varias; y vuelven aquí á mezclarse la fábula y las tradiciones históricas. Después que Osiris restableció en ella el imperio de la justicia é inició á sus moradores en muchas artes útiles, devolvió el reino á los hijos de Gerión, amonestándoles á que no siguiesen los malos caminos de su padre. Viéndose poderosos los tres hermanos, despreciaron el pasado escarmiento, y comenzaron de nuevo á tiranizar á sus gobernados. Tramaron vengativos la muerte de Osiris, é impulsando el brazo fratricida de Tifón, se jactaron de poder señorear á su capricho toda la Iberia. Pero la causa de la justicia y de la civilización no podía quedar indefensa: Oro, hijo de Osiris, llamado también por unos Apolo, por otros Hércules Egipcio (modelo que los griegos imitaron también para fingir su Hércules Tebano, hijo de Alcmena), acudió con ejército formidable á castigar el crimen de Tifón. Dióle muerte por su propia mano, enterró pomposamente en Egipto los miembros que pudo cobrar del mutilado cadáver de su padre, voló en seguida á España, entró en la Bética por el Guadalquivir arriba, buscó á los Geriones, presentóles batalla, y en lid particular y sangrienta los venció á todos tres cortándoles las cabezas, dando después á sus cadáveres decorosa sepultura.
Supónese que un curioso monumento de grande antigüedad ha venido en nuestros días á confirmar en lo esencial esta tradición. Es un sarcófago que un conocido anticuario dijo haber descubierto, hará ya unos veinticinco años, á gran profundidad, en una de las colinas de Tarragona, y sobre cuyo origen se creyó al pronto no caber más duda que la de ser ó egipcio, ó fenicio, ó celtibérico. En sus tablas de mármol blanco grabó y pintó con betún de colores una mano diestra, que acaso se fingió ruda, los principales hechos de la teogonia egipcia en su relación con las
52 S E V I L L A Y C A DI Z
primeras conquistas llevadas á cabo en España. Los fragmentos que formaban la tapa representaban por lo general objetos pertenecientes á la religión primitiva del Egipto; en los costados estaban figurados varios actos de culto y adoración, y pasajes relativos á la historia de Hércules, y el fondo contenía escenas alegóricas alusivas al mismo personaje y á los descubrimientos de los nautas egipcios, que sin duda alguna fueron con los pelasgos de los primeros en explotar el litoral del Mediterráneo. Venía inesperadamente este precioso monumento á demostrar de una manera auténtica la antiofüedad de las tradiciones referentes á la venida de los egipcios á España, y desde este punto de vista eran las mencionadas reliquias de inestimable valor. En una de ellas se veía con toda claridad expresada una numerosa colonia que emigraba de las orillas del Nilo. Representado este gran río en forma de un cocodrilo, abría su boca y arrojaba por ella gente embarcada y á pié, figurando la doble expedición que por mar y tierra había salido del Egipto. Una y otra se dirigían hacia el Estrecho. Al lado opuesto veíase el continente europeo, cuyos habitantes resistían la invasión lanzando piedras, y en su socorro acudía un jinete acaudillando porción de gente; siendo de notar que así como las tribus invasoras procedían de abejas, las indígenas nacían de las piedras, pues la primera figura de las que salían á repeler á los egipcios tenía la forma de un canto. Las naves ó piraguas que procedían también de la boca del cocodrilo, costeaban el África y llegaban al Estrecho. En la costa de España se observaba la pesca del atún,, desde el Estrecho hasta la desembocadura del Ebro, marcado éste por la estrella polar, para indicar que nace hacia la parte más septentrional de la Península. En otro fragmento se figuraban el sol, la luna y la estrella Syrio protegiendo una emigración del Egipto, representada por un cocodrilo de cuya boca salían una porción de abejas que volaban sobre el signo del agua á introducirse en una colmena. En otros restos finalmente se disting-uía con toda claridad á Hércules robando los bueyes de Gerión, á sus gentes construyendo murallas.
S E V I L L A Y C: Á D I Z 53
al mismo héroe llevado en triunfo después de libertar al país de los tiranos que le oprimían (i).
Pero si bien el fingido descubridor logró en parte su propósito, encaminado á restablecer las antiguas tradiciones que Florían de Ocampo y Mariana siguieron, contra las aseveraciones de la crítica moderna que niega la venida de los egipcios á España y pretende que nuestra civilización sea hija de la Fenicia, poco duró su triunfo. El mismo docto académico que en un principio abrazó con calor la defensa del sarcófago tarraconense, sosteniendo que pertenecía al tiempo de la segunda guerra púnica, y asegurando, con certeza casi matemática, que fué construído antes de existir los terrenos y pavimentos que encima tenía al reaparecer á la luz del sol, ese mismo patrocinador insciente del pecadillo de arqueológica superchería cometido por el anticuario catalán, enmudeció en lo más ardoroso de la refriega, es decir, cuando las doctas corporaciones extranjeras, apoderadas del ruidoso descubrimiento, negaron en redondo su autenticidad.
Salgamos ya de la región de la fábula para acercarnos al terreno seguro de los hechos positivos.
(i) Florián de Ocampo. que estuvo muy lejos de imaginarse que los celtas hubiesen precedido á los egipcios en la posesión de una gran parte de la Bética, da una prueba muy notable de esta inducción nuestra en el siguiente pasaje relativo á la sepultura de Hércules Lybio. «Los españoles, sus aficionados y conocidos, levantaron en el contorno del monumento cierto número de pizarras ó pedrones enhiestos, conformes al número de los enemigos que le vieron matar en debates y pendencias virtuosas, por él acabadas: la cual invención de poner tales piedras en derredor de muchos enterramientos usaron después otros españoles principales : y según dice Juliano Diácono, las llamaban Calefas en su lengua provincial.» De manera que tenemos aquí gráficamente descrito el Cromlech circular erigido á la memoria de Hércules, igual en un todo á los otros monumentos de esta especie que en una nota anterior hemos nombrado, y además el dato precioso de su denominación entre los iberos y del destino fúnebre que los arqueólogos modernos habían sospechado deberse atribuir á estas construcciones.