Sotileza · Unidad 10 de 35
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--Sí que le entiendo, señor don Venancio--dijo Bitadura con una fuerza de atención y una seriedad poco imaginables en el descuidado marino que el día antes bailaba la sopimpa en su casa con Madruga;--pero puesto á escoger carrera para Andrés, ¿qué escojo? ¿La de picapleitos?
--¡Bah!
--¿La de matasanos?
--¡Puf!
--¿La de procurador?... ¿La de escribano?... ¿La de catedrático?...
--¡Horror!... Nada de eso, don Pedro amigo, nada de eso: eso es la peste del mundo, y, además, una miseria... ¡Abogados, médicos... curiales, literatos! ¡Puá!... Bambolla y hambre... Á cosa más sólida debe aspirar un padre para su hijo... Y ríase de los que le digan que no sólo de pan viven las gentes; que esto suelen decirlo los que nunca han logrado hartar el estómago. ¡Pan, pan ante todo, mi señor don Pedro! es decir, pesetas, ¡muchas pesetas! que lo demás, ello solo se viene á la mano. Mire usted, hombre: mi padre guardaba ganado en el monte, y mi madre sallaba maizales á jornal; yo no tuve otros estudios que los que pudo darme el maestro del pueblo: las cuatro reglas, una bastardilla mediana y el Catecismo. Pues con esto sólo y mucha paciencia, y hoy barriendo el almacén y andando á escobazos con los ratones que mordían los sacos de harina, y después haciendo casi lo mismo en el escritorio, y luégo corriendo las hojas, y copiando algunas cartas y llevando muchas al correo, y ¡aguantando y aguantando! y ¡adelante y adelante! hoy dependiente, mañana un poquito más, al otro día mucho más alto... aquí me tiene usted. Me dieron la mujer que pedí cuando se me antojó casarme; cónsul del Tribunal de Comercio he sido, no sé cuántas veces; alcalde, siempre que me ha dado la gana, y no gasto coche porque no le necesito, y el único que hay en el pueblo no sale más que los días que repican fuerte. ¿En qué se me conoce que no he resobado de muchacho los bancos de las aulas con el trasero? ó, por lo menos, ¿qué diferencia de cultura halla usted entre las dos docenas de personas que pasan aquí por principales, y yo? Quiero decir con esto, que el comercio es el alma de los pueblos, la miga de todas las cosas, la mejor y más digna carrera para la juventud, con doble motivo cuando ésta no necesita pasar por las estrecheces por que yo pasé para llegar á donde he llegado. ¿Me entiende el señor don Pedro?
El señor don Pedro entendía perfectamente al señor don Venancio; y porque le entendía, se permitió apuntar algunas observaciones no desprovistas de fundamento, tales como la del riesgo de pasarse la vida empeñado en las ingratas tareas del escritorio, y llegar á viejo sin haber salido de pobre, ni visto el mundo ni aprendido cosa alguna de lo que hay ó de lo que se enseña en él.
--¡Desatinos, desatinos!--decía don Venancio Liencres á cada reparo que, á su manera, le hacía Bitadura, deseoso, evidentemente, de ponerse de acuerdo con el modo de discurrir del comerciante; el cual remachó sus argumentos con la fuerza de este otro:--El comercio de Santander es, hoy por hoy, pan de flor: poco, pero bueno; y oro molido llegará á ser, si la codicia no nos ciega, si no hacemos locuras... como esa que se ha echado á volar estos días, con referencia á no sé quién que habló del caso no sé dónde: la de que podrían ser convenientes un camino de hierro entre Alar y Santander, á imitación del que se está haciendo entre Aranjuez y Madrid, y una línea de vapores entre este puerto y la Isla de Cuba. ¡Caminos de hierro! ¡Vapores! Aventuras de loco; calaveradas de gente levantisca que tiene poco que perder, y quiere probar fortuna con caudales de los incautos, para venir á parar á aquello de «aquí yace un español que estando bueno quiso estar mejor.» Y vuelvo á mi tema: si nos arreglamos con lo que tenemos, y no nos lanzamos en aventuras descabelladas, como esa del ferrocarril y de los vapores (que, á Dios gracias, no pasa de una idea de estrafalario, comentada por cuatro desocupados), el maravedí que aquí se siembre en el comercio, con un poco de cariño y de inteligencia, da la peseta bien cumplida en el primer agosto. ¿Se va usted enterando, señor don Pedro?
Don Pedro se iba enterando, en efecto; y por lo mismo, se atrevió á decir al comerciante que, aun aceptando como el Evangelio todo lo que exponía, quedaba la dificultad material de poner á Andresillo en ese rumbo. ¿Qué entendía Bitadura de esas cosas, aunque andaba tan arrimado á ellas por razón de su oficio? ¿Quién le daba la mano? ¿Qué valedores tenía? ¿Á dónde se arrimaba su hijo? ¿Por qué puerta le metía?
--Vamos á eso--respondió don Venancio, que hablando de aquellas cosas estaba en su púlpito natural, porque no entendía pizca de otras, amén de que, por las trazas, había tomado con empeño el asunto de la carrera de Andrés.--Entrégueme usted su chico. Yo no tengo más que dos hijos: el varón será de su edad, próximamente: pienso traerle al escritorio en cuanto pase el verano. Que trabajen juntos y se hagan buenos amigos: un mismo estímulo puede animar á los dos, pues si el hijo de don Venancio Liencres trabajaría en la viña de su padre, en esa viña tiene muy buenas cepas en producto el padre de Andrés Colindres. Que pasaban los años, y los niños aplicados llegaban á comerciantes entendidos, y usted y yo á retirarnos á descansar: aquí quedaba su caudal de usted, acrecentado por los intereses, ó por el beneficio de los negocios si había preferido usted que ese caudal pasara de la humilde categoría de una cuenta corriente con interés, á la más respetable de un socio comanditario... ¿Acaba usted de comprenderme, señor don Pedro?
--Sí, señor--respondió éste, sin disfrazar el vivo interés con que trataba el punto.--Pero y si, después de metido en el comercio, resulta que no le toma ley ó no sirve para el paso, ¿qué hago yo de mi hijo?
--Pues, ¡canastos!--replicó el comerciante:--si después de hecho marino resulta que se marea, ó se ahoga, ó sale un perdido y vende el barco, ¿hará usted de él cosa mejor que un pinche de escritorio, holgazán y torpe, como hay muchos?...
--Tiene usted razón, señor don Venancio,--respondió con prontitud Bitadura, que no disimulaba jamás sus impresiones.
--¡Vaya si la tengo!--exclamó el comerciante repantigándose en el sillón, completamente satisfecho de su triunfo, aunque sin extrañarse de él.
--Creo que hemos de entendernos--añadió Bitadura levantándose.--Por lo pronto, le agradezco á usted con todo corazón el interés que se toma por la suerte de mi hijo, y la oferta que me hace... No tardaré en responderle con mayor claridad... No lo extrañe usted. Las cosas que mejor me suenan son las que más quiero yo ver de lejos: se marca mejor así el rumbo que traen, que atracándose á ellas.
En esto, oprimía con su diestra la mano que le había tendido el comerciante; y como estaba algo conmovido, al decir por despedida: «á la orden de usted, señor don Venancio,» don Venancio vió las estrellas, por una razón que se le alcanzaría al más torpe al observar cómo, momentos después de salir Bitadura, se soplaba el comerciante los dedos cárdenos y como pegados unos á otros; detalle que prueba, á lo sumo, que es un poco peligroso dar la mano á hombres como aquél, si están algo conmovidos.
Pero ¿por qué mil demonios se interesaba tanto el señor don Venancio Liencres por la suerte de Andresillo? ¿Qué se le daba al rico comerciante, duro de epidermis, como las talegas que amontonaba en su caja de hierro, de que al hijo del capitán Bitadura le tocara la lotería ó se le comieran los tiburones? ¿De cuándo acá reparaba tanto el hombre del daca-y-toma en que los marinos gozaban poco las delicias del hogar doméstico? ¿Por qué se mostraba ahora tan sensible á esas _pequeñeces_, de las cuales jamás le había oído hablar, como si las considerara género de mal comercio para su corazón? ¿Por qué en lo referente á ellas discurría lo mismo que Andrea?... ¡Tate!... ¡Andrea!... Este nombre fué un punto luminoso en la obscuridad de los razonamientos del capitán, mientras iba camino de su casa... «¿Apostamos dos cuartos,» se dijo, «á que mi mujer ha andado conspirando por aquí? ¿Serán de ella también las razones de conveniencia que don Venancio me ha expuesto, combatiendo mi propósito de hacer marino á mi hijo? De cualquier modo, y sean de quienes fueren esas razones, están muy en su lugar y yo no debo desatenderlas porque no se me hayan ocurrido á mí.»
Efectivamente, la capitana había conspirado contra los planes de su marido, en el escritorio de don Venancio Liencres. Cada pena negra que pasaba, y pasaba muchas la infeliz, durante las larguísimas ausencias de su marido, temiendo por su vida entre las veleidades del mar ó los rigores de extraños climas, y ¿por qué ocultarlo? por su cariño de esposo amante (que lo era en verdad y á toda prueba, el bueno de Bitadura); cada pena de éstas, repito, que pasaba Andrea, volvía los ojos del alma á su hijo, y otra pena mayor le resultaba de ello, al considerar que á las ausencias del capitán habría que añadir pronto las del _agregado_... ¡y las dos ausencias á un tiempo!... ¡y ella sola, enteramente sola, en su casa, temiendo por la vida de los dos! Muchas veces había intentado hablar con este tema á su marido, y hasta conseguido fijar su atención por unos instantes; pero de allí no pasó nunca, porque Bitadura, que todo lo metía á barato, le salía al encuentro con una cuchufleta, pegándola una papuchadita y mordiéndola luégo los carrillos, ó tapándole la boca con un beso, después de haberla dado tres vueltas en el aire, entre sus brazos de hierro, en la misma postura que coloca un padrino á su ahijado mientras el cura le pone la sal en los labios. Pero Andrés iba creciendo, se acercaba la hora de decidirse, y Andrea seguía temiendo lo peor. Se armó de voluntad después de meditarlo mucho, y tres días antes de la llegada de su marido pidió una audiencia en el escritorio á don Venancio Liencres; y con esa sencilla y poderosa elocuencia del corazón, tan común en todas las madres cuando abogan por la causa de sus hijos, expuso al comerciante sus temores, sus deseos y sus fervientes súplicas para que, guardando, mientras fuera posible, el secreto de aquellas gestiones, tratara de desarraigar en su marido la idea que tanto la atormentaba á ella...
Don Venancio Liencres era un hombre completamente insignificante, _intus et foris_; pero, en los casos dudosos, tenía el buen instinto de inclinarse á lo mejor, porque su madera, aunque tosca, era sana; además, como todas las nulidades de suerte, que son hechas de esta manera, careciendo de materiales propios para hacer algo regular siquiera, tomaba los que le ofrecían en cualquiera parte; y los tomaba con amor, porque se pagaba muchísimo de que las gentes le tuvieran en algo, haciendo algo que no hicieran los demás. Estimaba cordialmente al capitán; conocía de vista á su hijo, y hasta le parecía guapo y dispuesto; tuvo en mucho aquel acto de consideración hacia él, de una mujer tan guapota y honrada como la capitana; pareciéronle naturalísimos sus temores y muy fundados sus deseos, y aun se conmovió un poquillo con sus sentidas palabras; y no sólo la prometió, de todas veras, servirla en cuanto deseaba, sino que, de cuenta propia, llegó con su amparo hasta donde ha visto el curioso lector; y todavía hubiera llegado más allá, si mayor esfuerzo se hubiera necesitado para conseguir, con la virtud sola de sus razonamientos (pues cabalmente el razonar bien era la manía del señor don Venancio Liencres), el triunfo sobre la obstinación del capitán.
Esta vez fué Bitadura quien sacó, tan pronto como llegó á casa, la conversación sobre la carrera de Andrés; y como la capitana no ignoraba de dónde venía su marido, á las primeras palabras de éste se le puso la cara que ardía. Esto la delató, y Bitadura se hizo el enfadado; pero se le veía la mentira por el rabillo del ojo y por los extremos de la boca. Andrea, haciendo como que no veía nada, confesó el hecho con todos sus pormenores, y un aire de resignación bastante falsificado también.
--¡Nos veremos sobre ese particular!--exclamó Bitadura, paseándose por la sala, siempre de espaldas á su mujer, braceando mucho y taconeando más.--¡Ir con los secretos de familia á casa de los vecinos!... ¡Eso no se hace!
Andrea, que le miraba á hurtadillas y le vió tan empeñado en no dar la cara, comenzó á pasear detrás de él, pero muy cerquita, y le dijo, según iba andando, con acento de estudiada humildad:
--Pues, hijo, si tan mal he obrado creyendo acertar, ya lo sabes: el cuchillo eres y la carne soy; con que corta por donde quieras.
--¡Sí, señora!--respondió Bitadura volviéndose de pronto.--¡Sí que cortaré!... ¡Y ahora mismo! ¡Y mucho! ¡Venga usted acá! ¡Siéntese usted aquí!
Y sentándose él en el sofá, la sentó á ella sobre sus rodillas.
--¡Míreme usted á la cara!... ¡Venga esa pitorruca!
Y le dió un mordisco en la nariz.
--¡Vengan esas orejinas!
Y se las mordió también.
--Y ahora, para acabar primero, vaya todo este brazado de carne por el balcón abajo.
Y tomó á su mujer en brazos, como solía. Púsose enfrente del balcón, y diciendo: «¡á la una! ¡á las dos! ¡á las tres!» columpiándola al mismo tiempo, giró de pronto sobre sus talones hacia dentro, y la estampó en la cara media docena de besos.
--Toma... por habladora... por cuentera... y porque me da la gana.
Andrea se reía como si la hicieran cosquillas, y tomaba aquellos castigos tan dulces por señales de buen agüero... hasta que Bitadura le dijo que todo se haría como ella deseaba; y se trocaron los papeles.
[Ilustración]
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IX
LOS ENTUSIASMOS DE ANDRÉS
Entre tanto, Andresillo caminaba hacia la calle Alta, deteniéndose con todos los conocidos que hallaba al paso para hablarles de la llegada de su padre, de lo que le había oído contar sobre su viaje, y algo también de la comida del día antes, y muy particularmente de las cosas de Sama, Ligo y demás comensales. ¡Muchísimo se había divertido con ellos! Iba á la calle Alta para ver qué tal se las arreglaba Silda en su nueva casa. Consideraba á la huérfana como protegida suya, y se interesaba por su suerte.
Al llegar enfrente del Paredón, vió á Colo que subía de bajamar, con dos remos al hombro, y en una mano un balde á medio llenar de _macizo_. Colo era aquel sobrino de don Lorenzo, el cura loco, de quien ya se ha hecho mención. Andrés le preguntó por la casa de tío Mechelín, y notó que Colo estaba de muy mal humor. Antes que él pensara en preguntarle por la causa de ello, le dijo el marinero, echando abajo los remos:
--Hombre... ¡si esto no es pa que uno pierda hasta la salú!...
--¿Qué te pasa?--le preguntó Andrés.
--Ese hombre, ¡toña!... mi tío el loco, que no hay perro, ¡toña! que le saque de la bodega ese hipo, ¡mal rayo!; y esta mañana, malas penas, me voy pa la lancha, me coge á la puerta de casa, y ¡toña! que me ha de manipular en el sostituto... ¿no es eso, tú? ¿no se dice asina?... Ello es lo que hay que hacer pa atracarse á ese colegio en que enseñan esos latines de... ¡mal rayo!... ¡Miá tú, hombre, qué sé yo de eso, ni pa qué me sirve!
--Para maldita la cosa,--dijo Andrés.
--Pus dale que ha ser; y sin más tardanza, en cuanto se acabe este verano... Con que yo me cerré á la banda... y sin más ni más, el burro de él, ¡toña! me largó dos estacazos con aquel bastón de nudos que él gasta... ¡Mal rayo!... Pero ¿pa qué, hombre? Vamos á ver, ¿pa qué quiero yo eso? ¿no juera mejor que me echara el coste del estudio en unos calzones nuevos?... Pus porque le dije esto mesmo, me alumbró otro estacazo. ¿No es animal!... Dice que hay una... ¿cómo dijo?... ello es cosa de iglesia... ¡Ah! capellanía... Una capellanía que es de nusotros; y que si yo allego á ser cura, me embarbaré de betún. ¡Como no me embarbe, toña! De palos me embarbaré yo; porque ahora resulta que el señor que enseña esos latines, da más leña entodía que el animal de mi tío... ¿Cómo dicen que se llama ese maestro?... Don, don...
--Don Bernabé,--apuntó Andresillo, que ya le conocía de oídas.
--Eso, don Bernabé...
--¡Mucho palo te espera allí!--dijo Andrés con candorosa ingenuidad.--¡Mucho palo!
Con esto y poco más, siguieron los dos chicos hacia arriba; y al pasar por delante del portal de tío Mechelín, dijo Colo á Andrés:
--Esta es la casa.
Y como la suya estaba en la otra acera y al extremo de la calle, despidióse y apretó el paso.
En esto salió de hacia la bodega Silda, acompañando á Muergo. Muergo llevaba ya puestos los calzones del padre Apolinar; pero sin otro arreglo que haberles recogido él las perneras á fuerza de remangarlas; y así y todo, le bajaba la culera hasta los tobillos. Con esto, el chaquetón de marras por encima y las greñas revueltas coronando el conjunto, el hijo de la Chumacera parecía un fardo de basura que andaba solo.
--Aquí llevo una camisa... ¡ju, ju!--dijo á Andrés el monstruoso muchacho, golpeándose con la mano derecha una especie de tumor que se le notaba en el costado izquierdo.
Andrés le miró asombrado, y Muergo apretó á correr calle abajo. Silda dijo á Andrés en seguida, aludiendo á Muergo:
--Quería yo que le dieran una camisa, y ellos no querían, porque Muergo no la merece y su madre no tiene vergüenza; pero le encontré esta mañana cerca del Paredón, y le traje á casa para que le viera su tía sin camisa, y le diera una vieja de su tío. Él no quería venir; pero luégo vino, y entonces no le querían dar la camisa; pero yo me empeñé, y se la dieron; pero si la echa en aguardiente y le ven sin ella, no le darán más ni le dejarán volver aquí... Su madre es una borrachona, y él también sorbe mucho aguardiente. ¡Qué feo es y qué puerco! ¿verdá, tú?... Entra un poco, verás qué bien se está aquí... Ya no pienso volver á la Maruca tan pronto, ni al Muelle-Anaos... Se hace una allí muy pingona... Pasa luégo este portal, para que no te encuentren las del quinto piso si bajan; y no te pares nunca mucho á esa puerta de la calle, porque te tirarán inmundicias desde el balcón. Son muy malas, ¡pero muy malas!... Ayer armaron bureo porque á tío Mocejón le dijeron en el Cabildo que me había castigado mucho, y que si no me dejaban en paz las de su casa, se verían con la Justicia... Son muy malas, ¡pero muy malas!
Tía Sidora, que andaba trajinando por adentro, salió, al rumor de la conversación, hasta la mitad del carrejo, y Silda la dijo señalando á Andrés:
--Este es el c...tintas bueno que me llevó á casa de pae Polinar.
Se alegró mucho la marinera de conocerle, y le ponderó la acción; y como el muchacho le pareció muy guapo, le dijo lo que sentía, con lo que Andrés formó un gran concepto de tía Sidora, aunque se puso muy colorado con los piropos. Ella no conocía personalmente al capitán de la _Montañesa_; pero su marido sí, y muchas veces la había hablado de él, ponderando sus prendas de marino y su _parcialidá_ de genio: era gran persona el señor don Pedro, y, además, callealtero de origen: otra condición muy digna de tenerse en cuenta por la tía Sidora para estimar al capitán y alegrarse de que hubiera sido su hijo quien se apiadó de la niña desamparada en el Muelle-Anaos, y la llevó á casa de persona capaz de hacer por ella lo que hizo luégo el pae Polinar. Le trataron mal, muy mal, las desvergonzadas de arriba, cuando fué á hablarlas sobre la niña que ella y su marido recogieron después, como la hubieran recogido antes, si no hubieran mirado más que al buen deseo; pero había otras cosas que considerar, y se aguantaron. Ahora, gracias á Dios, estaba Silda en puerto seguro, y el Cabildo había puesto en los casos á las deslenguadas sin vergüenza, para que no intentaran impedir con sus malas artes que hicieran otros por la desdichada lo que ellas no quisieron hacer...