Sotileza · Unidad 9 de 35

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Cuando ya tenía un hijo de tres años, le dieron el mando de la _Montañesa_, uno de los mejores barcos de la matrícula de Santander. Como no era lerdo, se acostumbró primero al trato de gentes que al uso de las prendas finas; llegó á ser un capitán de los más atractivos para los pasajeros, y el armador de la _Montañesa_ no tuvo motivos para arrepentirse de haberla puesto bajo su mando. Como, además, era un marino consumado y un administrador celosísimo, abriósele ancha mano, comenzando por concedérsele los _abarrotes_, con lo cual, llevando por su cuenta pacotillas de frutos peninsulares, y trayéndolas de ultramarinos, se granjeó muy buenas ganancias en pocos viajes, y señalósele más tarde un buen interés en los cargamentos que se le encomendaban. Á pesar de ello y de tener muy rebasados los cuarenta cuando el lector le ha conocido, continuaba siendo, _fuera de servicio_, el Bitadura de siempre, el muchacho grande, dado con pasión á las cosas chicas de su tierra, á los placeres sencillos, á la frase pintoresca y al vestido cómodo.

Andrea, que no tuvo más hijos que el que conocemos, se había ido ajamonando poco á poco, y era, en la ocasión en que aparece aquí, una mujer de gran estampa: blanca y apretada de carnes, rica de formas, y de rostro alegre y bello.

Había ido á misa de once aquel día _del bracete_ de su marido, con vestido de gró negro, chal de Manila, mantilla de blonda, abanico de nácar y mitones de seda calados. Él con levita y pantalón de paño negro finísimo, con trabillas de botín, chaleco de raso, sobre el cual serpenteaban dos enormes ramales de la cadena de oro de su reló; chalina de seda, de cuadros obscuros con dos alfileres de brillantes, unidos por una cadenilla de oro; sombrero de copa, muy reluciente; botas de charol y guantes de seda de color de ceniza. Sudaba el hombre, de calor y de molestia, debajo de aquellas galas que le oprimían por el cuello, por la cintura y por las manos y por los pies; y relucía su atezado rostro, encuadrado entre las patillas, algo grises ya, y las alas del sombrero, mientras el almidonado cuello de la camisa se reblandecía y arrugaba con el sudor del pescuezo.

Todo aquello lo esperaba él, y bien sabe Dios lo que le desazonaba; pero la salida era de necesidad, porque su mujer había estado soñando con ella meses enteros: no conocía satisfacción más grande; y él quería demasiado á su mujer para no complacerla, sin regatear, en cosa tan hacedera. Por otra parte, ¿á qué negarlo? si Andrea se creía más alta que una corregidora por ir del brazo de un marido como el suyo, Bitadura pensaba que, en opinión de cuantos pasaban á su lado, no había princesa que valiera en estampa lo que su mujer.

Y así marchaban los dos, calle de San Francisco arriba y Plaza Vieja adelante, recibiendo á cada paso bienvenidas y apretones de manos él, y felicitaciones y saludos ella, mientras Andrés, que caminaba á la derecha de su madre, con su vestido de los domingos, compuesto de chaqueta entallada, con cuello de moaré, pantalón de mezclilla de lana, chaleco jaspeado, corbata de mariposa, borceguíes nuevos y gorra de felpilla imitando piel de tigre, saludaba muy ufano á los amigos de su mismo pelaje, ó se hacía el desconocido cuando le guiñaba el ojo algún granuja, su camarada de hazañas del Muelle-Anaos. Al salir de misa, nuevos y más numerosos saludos, nuevas detenciones y bienvenidas; y vuelta á casa con el posible apresuramiento, porque no faltarían visitas que recibir en ella, amén de que había convidados á la mesa, se comía á la una en punto, y Andrea no se fiaba ni de la _guisandera_ que había tomado para aquel lance, superior á los recursos culinarios de su criada.

El lector y yo llegamos en el momento en que el capitán largaba los guantes y la _cacimba_ sobre una cómoda, y su mujer, después de plegar la mantilla y el pañolón de seda, los guardaba en un tirador del propio mueble. De buena gana hubiera cambiado Andrea su vestido de gró por otro más modesto, de raso de lana, y el capitán sus arreos de «señor de Ayuntamiento» por el atalaje de á bordo; pero, como ya se ha dicho, aguardaban visitas, por ser de rigor en aquellas circunstancias; y las visitas de entonces no las recibía un recién llegado como Bitadura, sin echarse encima el fondo del baúl, máxime siendo día de fiesta y teniendo una mujer tan escrupulosa en estos particulares, y tan guapota y apuesta como la que él tenía.

Mientras ésta se daba una vuelta por la cocina, se oyeron golpes á la puerta de la escalera y Bitadura salió corriendo á la sala... sala de capitán de entonces, con los retratos de todos los barcos en que había navegado, desde piloto inclusive; un espejo con marco de papel dorado, y dos ó tres cuadritos de bordados de felpilla, obras de la capitana cuando iba al colegio, colgados en las blancas paredes; sobre las rinconeras y la consola de caoba, caracoles de la China, ramilletes de coral, monigotes de especias, una bandeja grande, puesta de canto, detrás de una caja de música; y entre dos fruteros de cera, con sendos fanales, y debajo de otro ovalado, un barco que se bamboleaba sobre una mar contrahecha, en cuanto se tocaba un resorte que tenía la peana; sillería de cerezo; una alfombra delante del canapé; cortinillas de muselina rameada en las vidrieras del balcón, en las de la alcoba, carrejo y gabinete; el suelo de tabla de pino, muy fregado... y paren ustedes de contar. Las sillerías de caoba con embutidos de _limoncillo_ y asientos de tejido de cerda; el reló de sobremesa, los candelabros de plata, los espejos de vara y media de altos con marco de pasta dorada; el retrato de cuerpo entero, obra del pincel de Salvá ó de Bardeló; el papel aterciopelado en las paredes, las cortinillas de tafetán encarnado en las vidrieras de las alcobas, y la alfombrita delante de cada puerta y de cada mueble importante de la sala, quedábanse para un puñadito de familias, cuyas mujeres torcían el gesto cuando se rozaban con el vulgo de los mortales, y cuyos muchachos gastaban las únicas levitas forradas de seda que se vieron entre sus coetáneos, no bebían agua en las fuentes públicas aunque se murieran de sed, jugando _finamente_ al marro con sus _congéneres_, y antes se hubieran dejado desollar que descalzarse en la Maruca para navegar un poco en sus flotantes perchas...

Y perdone otra vez el lector al ver que me marcho por los trigos nuevamente: puede más que mi propósito de no extraviarme con el relato, la fuerza de los recuerdos que vienen enredados á cada detalle que apunto de aquellas gentes y de aquellos tiempos que se grabaron en las tablas vírgenes de la memoria.

Vuelvo, pues, al asunto, y digo que la primera visita al recién llegado capitán, fué la del matrimonio del cuarto piso, con la mayor de sus hijas, apreciable familia de tenderos por juro de heredad, pero harto insípida para unos gustos tan especiales como los de Bitadura. Algo más le entretuvo después el jubilado capitán Arguinde, con sus alegrías de carácter y su desatinada sintaxis de vizcaíno impenitente; no tanto doña Sinforiana Cantón, viuda desde muy joven, y ya pasaba de los cuarenta y cinco, de un piloto que murió de calenturas en la costa de África; mucho menos la señora y las hijas de un comandante retirado, amigas de su mujer, y menos todavía otras personas que acudieron también á verle por razón de parentesco remoto, ó de gratitud ó de interés. Porque con los amigos y camaradas, con _la gente del aligote_, como él llamaba á los del oficio, ya se había visto despacio y en lugar conveniente para hablar sin trabas y reir sin medida.

De esta gente eran los tres convidados que aguardaba, además de su piloto Sama, y fueron llegando uno tras otro. Uno solo de ellos era capitán. De los dos pilotos, sin contar á Sama, uno se llamaba _Madruga_, prototipo de la especie; el otro era Ligo, el mozo que vimos en San Martín con Andrés. Éste era el más joven de todos, y quería ser el más elegante y culto; desde luégo era el más aparatoso y el más desatinado. Madruga y él formaban un delicioso contraste. Madruga era impasible de fisonomía, hablaba bajo, poco y como de mala gana; pero lo que hablaba, salía forrado en cobre de sus labios, cuya expresión de burla estaba tan cerca de la del enojo, que se confundían muy á menudo: de aquí el interés singularísimo de su pintoresca palabra. Ligo, al contrario, era locuaz, con grandes presunciones de _hombre de mundo_, ó de ser capaz de serlo. Hablaba de todo en el estilo y con la brusquedad de lo que era, con términos finos, que él fabricaba á su gusto cuando la necesidad se lo exigía. De este modo, resultaban unos potajes, unas finezas tan burdas y unas groserías tan finas, que era todo lo que había que oir.

Había señoras todavía en casa de Bitadura cuando él llegó, y llegó el último. Madruga se había portado tal cual, quitándose la gorra y haciendo su poco de reverencia antes de sentarse. Sama tampoco se había metido en muchos dibujos, porque no los conocía, y se había achantado, muy calladito, en un rincón, donde se entretenía en dar vueltas á la gorra entre sus manos, mientras silbaba, casi mentalmente, una _sopimpa_ de allá.

El capitán _Nudos_, algo más joven que Bitadura y tan bien vestido como él y cortado por el mismo patrón que él, no le aventajaba un ápice en perfiles de cortesía y ceremoniales de sociedad: verdaderamente estaba casi rapado á navaja en esos particulares; pero, al cabo, había tenido trato de gentes por razón de su empleo, y tenía oído que, en una casa, la señora debe ser siempre la persona más atendida de propios y extraños; por lo cual, viendo desocupado un hueco en el canapé donde se sentaba entre otras amigas la capitana, allá se coló, y allí dió fondo junto á ella, sin más trabajo que el de removerse algo para agrandar la plaza en que no encajaban bien sus anchas posaderas. Y allí se estaba, algo oprimido y molestando un poco á sus colaterales; pero, al cabo, como un señor y sin meterse con nadie.

Cuando entró Ligo, con gran estruendo de tacones y resoplidos y mucho zarandeo de arboladura, el amo de casa entretenía como Dios y su impaciencia le daban á entender, aquellos ratos fastidiosos; Andrea hablaba con las señoras; Sama, cansado de voltear la gorra, se había puesto de codos sobre los muslos, y se divertía en meter _escupitinas_, á plomo, por la juntura de dos tablas del suelo; Madruga, con el pie izquierdo descansando sobre la rodilla derecha, muy tirado el cuerpo hacia atrás, con una mano entre las solapas del chaquetón y en la otra la gorra, escuchaba, con una atención tan afectadamente grave que resultaba cómica, lo poco que en serio se le ocurría á Bitadura; y el capitán Nudos, á juzgar por la cara que ponía, le estaba pidiendo á Dios que le inspirara un modo de salir cuanto antes de aquellas estrecheces.

Por entrar Ligo y observar el cuadro, se ratificó en su creencia de que aquellos hombres no valían para el trance en que estaban metidos, y sospechó que las señoras se aburrían. Él lo iba á arreglar todo dando una lección de cortesía y travesura elegante á sus camaradas, y un poco de amenidad á la visita, para recreo de las señoras. ¡Y allá va! Apóstrofe á éste, palmoteo sobre la espalda del otro, indirectas á Bitadura, chicoleos á la capitana, fineza por aquí, galantería por allá, cómo se las arreglaría el bueno de Ligo, y de qué calidad serían sus discreciones y amenidades, que antes de que pensara en sentarse en la silla que arrastraba de un lado para otro, mientras hablaba y se revolvía dentro del corro, ya no quedaba en la sala una señora, y salía detrás de la última la capitana con las mejillas muy coloradas y mordiéndose los labios de risa.

En cuanto se vieron solos los cinco marinos, Bitadura cayó sobre su compañero, el del sofá, que comenzaba á desarrugar la faz y á desentumecerse, diciéndole mientras le abrumaba á resobones:

--¡Osio, Macario!... ¡Desínflate ya, hijo, que tienes la cara como una _ufía_!

Á lo que añadió Ligo:

--¡Si él no se metiera en _manipulencias_ que no entiende!...

--Para manipulencias y _pitiflanes_, tú,--dijo Madruga muy serio.

--Ya se ve que sí--repuso Ligo.--Aquí hay aparejo para navegar en todas aguas, lo mismo de aligote que de pitiminí. Y si no, ¡mira cómo se desguarnían de risa las señoras, que estaban, cuando yo entré, como en el cuarto de oración!... ¡Ná, hombre, que sois toninas de la mar, y no más que eso!...

Y por aquí siguió la porfía; y al ruido del tiroteo y de las carcajadas, perdió Sama el respetillo que le infundía la presencia de Bitadura, que, al cabo, era su capitán; largó una sopimpa de cornetín, remedándole con los puños y con la voz, y cata á los cuatro restantes bailándola como los mismos negros de Cuba. Y no jugaron después á _paso_ ó al _soleto_, porque llegó la capitana, avisó que estaba la sopa en la mesa, y se fueron todos al comedor.

Cinco meses había estado fuera de su patria Bitadura, y cerca de dos de ellos acababa de pasarlos en la mar sin comunicación alguna con el mundo. Lo primero que se le ocurriría hoy á un hombre, en esas mismas condiciones, al volver á su casa y sentarse á la mesa entre amigos, sería preguntarles:

--¿Quién manda en España? ¿Qué hay de política? ¿Cuándo se hizo el último pronunciamiento? ¿Qué revolución se prepara? ¿Qué gobernador tenemos?...

Á Bitadura y á todos los Bitaduras de entonces, les tenían estas cosas sin cuidado. Lo que preguntó con grandísimo interés, tan pronto como se sentaron todos á la mesa y mientras servía á Madruga un plato de fideos encogollado, porque acababa de oirle decir que todavía _estivaba_ tal cual en la _bodega_, fué del tenor siguiente:

--Y ¿qué hace Nerín?... ¿Y _Caparrota_?... ¿Cómo está la _Sietemuelas_? ¿Y _Tumbanavíos_?

Éstos y otros tales fueron los temas de la conversación, interrumpida á menudo para decir, por ejemplo, Madruga á Sama que estaba enfrente de él: «_atraca_ esos _abarrotes_,» señalando unas aceitunas que deseaba; ó Ligo á Andresillo: «pica esa bomba, _motil_,» para que le escanciara el vino de una botella en la copa que le presentaba; y así por el estilo.

Hacia los postres, se habló un poco, casi en serio, de los propósitos del capitán con respecto á la carrera de su hijo. Ya iba siendo éste muy grandullón, y deseaba su padre que se matriculara en náutica en pasando un año, para que hiciera á su lado todas las prácticas, antes que él se cansara de navegar, ó le recogiera el mismo Dios la patente, dándole sepultura en el «campón de las merluzas;» con lo que á la pobre madre, cuya cruz más pesada era pensar incesantemente en ese mismo riesgo mientras su marido andaba navegando, se le oprimió el corazón. No podía resignarse, sin protesta, á que su hijo siguiera la carrera azarosa de su padre.

Viendo Bitadura que por aquel lado se enturbiaba el horizonte, torció el rumbo de la conversación; y con esto y con haberse acabado los postres, y con aparecer en la mesa la ginebra y el marrasquino y los avíos de hacer café, como se hacía allí, á taza de polvo por barba, colado con agua hirviendo por manga de franela; y con retirarse Andrea y su hijo con sus correspondientes raciones en una bandeja «para no estorbar á nadie,» quedáronse los marinos mejor que querían.

Una hora después, Madruga bailaba el _Cucuyé_ con Ligo; y, un poco más tarde, á instancias del anfitrión, su piloto, provisto de un cuchillo y una servilleta retorcida, cantaba y representaba el _Sama-la-culé_... (precisamente por representar esto tan á la perfección, se le había puesto el mote que llevaba), haciéndole el coro y ayudándole en la escena todos los demás...

Y en éstas y en otras tales, hasta la hora de irse á _correr un largo_ á la Alameda de Becedo.

¡Y aquellos niños grandes eran los hombres que sabían conducir un barco á todos los puertos del mundo, y con una plegaria ferviente y una promesa á la Virgen, afrontar cien veces la muerte, con faz serena y corazón impávido, en medio del furor de las tempestades!

¿Ha cantado jamás la poesía cosa más grande y más épica que aquellas _pequeñeces_?

[Ilustración]

[Ilustración]

VIII

EL ARMADOR DE LA «MONTAÑESA»

Perfectamente, señor don Pedro; todo lo que usted me cuenta, todas las noticias que me da, junto con los resultados obtenidos, prueba de nuevo que la _Montañesa_ es una finquita más que regular; en lo que no tiene poca parte la mano de su administrador, que la trae y la lleva por esos mares de Dios con una suerte rara. Verdaderamente tiene usted mano de ángel. Hasta los huracanes, una vez empujándole y otras deteniéndole, parece que están á su servicio, á fin de que el buque llegue á puerto en hora de sazón para el negocio de la casa... Que siga unos cuantos años todavía alumbrándole tan buena estrella, y... Á propósito de azares de la mar: ¿persiste usted en hacer marino al único hijo que tiene?

Decía así don Venancio Liencres, comerciante rico y armador de la _Montañesa_, hablando con su capitán, al día siguiente de lo narrado en el capítulo anterior, en el triste y empolvado departamento señorial del mezquino escritorio que tenía en el entresuelo de una casa del Muelle. Rato hacía que estaban solos allí los dos: el comerciante, mal vestido y peor sentado en el sillón de paja de su pupitre, sobrecargado de fajos de cartas sin contestar y de muestras de azúcar, harinas y cacao, y el capitán en el sofá roñoso de enfrente, debajo del retrato de la _Montañesa_, igual al que tenía él en su casa, y de un papel con los _Días de correo á la semana_, clavado en la pared con tachuelas amarillas, sobre un ribete de ligueta encarnada.

Mientras el comerciante hablaba así, manoseaba, con notorio cariño, después de haberle plegado cuidadosamente, el _extracto de cuenta_ del último viaje de la fragata, que apresuradamente, y para gobierno suyo, le habían hecho en el contiguo departamento, cuya puerta de comunicación había cerrado el capitán, por encargo de don Venancio, después de entrar por ella.

Bitadura se quedó un poco suspenso con la pregunta del comerciante, tan inesperada como extraña para él. Inesperada, porque era la primera vez que aquel hombre le hablaba de su hijo; extraña, porque jamás se le había ocurrido que Andrés pudiera seguir otra carrera que la de marino. Por eso, sin salir de su medio asombro, respondió con esta otra pregunta:

--Y si no le hago marino, ¿qué va á ser?

--Cualquier cosa... Todo es preferible á esa carrera de azares en que el hombre de mejor corazón y de más suerte, no puede conseguir jamás lo que logra sin esfuerzo cualquier perdulario que no sea marino: la vida de familia. Bien lo sabe usted.

--Cierto es eso,--respondió el capitán, devorando un suspiro y frunciendo el entrecejo, como si el comerciante le hubiera acertado en el rinconcito en que él guardaba el único secreto de su corazón.

--Además--añadió don Venancio Liencres,--no se halla usted, con respecto al porvenir de su hijo, en el caso de otros compañeros de profesión: usted, por haber obtenido buenos frutos de su carrera y por no tener más que un hijo, puede darle á escoger entre lo que más le guste.

--Nada le gusta tanto como la carrera de marino,--se apresuró á replicar el capitán.

--Ó escoger usted mismo--continuó el comerciante, fingiendo no haber oído la réplica,--lo más conveniente para él; porque las inclinaciones de los niños obedecen, por lo común, á caprichos del momento... á fantasías pasajeras de la imaginación, al contagio de los entusiasmos de otro... Ya usted me entiende.