Sotileza · Unidad 20 de 35

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Ya todos en la barquía, tío Mechelín reclamó el gobierno de ella para sí, como más viejo en el oficio, y en virtud de «lo que pudiera tronar,» porque el viento arreciaba por instantes. Sometióse Andrés, sin réplica, á los mandatos del experto marinero; sentóse éste á popa; agarró la caña, é izada ya la vela, templó la escota á su gusto. Crujió la lona, tersa y sonora como el parche de un pandero, y el barco se puso en rumbo, encabritándose sobre las olas que lo batían de proa, como caballo fogoso que encuentra una barrera en su camino. Como era de esperar, la barquía, ciñendo el viento, tumbó sobre el costado y comenzó á navegar de bolina; pero derivaba mucho por ceñir demasiado, y Mechelín remedió la deriva mandando echar la _orza_ á sotavento (una sencilla tabla colgada del carel). Andrés y Sotileza se sentaron en el costado opuesto, para repartir mejor la carga de la barquía, que volaba sobre la hirviente superficie. Embestía las olas con ímpetu loco; y al estrellarse con ellas, embarcaba los chorros de espuma en que las dejaba partidas.

Andrés se había echado su capote impermeable sobre la espalda; pero Sotileza llevaba la suya sin un amparo, porque no había consentido que tío Mechelín, viejo y achacoso, le diera el _sueste_ y el chaquetón embreados con que se cubría para no mojarse, y que á prevención había llevado á la pesca. Los dos marineros mozos no tenían más ropa que la puesta al salir de casa. Así es que, para no calarse ni perderse el _vestido bueno_, bastante mojado ya, Sotileza no tuvo otro remedio que aceptar el medio capote que con insistencia le ofrecía Andrés.

Vióse, pues, la hermosa pareja guarecida bajo una misma envoltura de pocas varas de paño, y muy arropadita por la cabeza y por los costados; porque contra el agua que sin cesar saltaba por aquella banda, toda prevención era poca. Andrés, recordando lo pasado, procuraba molestar á su compañera lo menos que podía; pero dejar de arrimarse á ella por alguna parte, le era imposible, porque el capote no daba para tanto lujo.

Muergo y Cole achicaban á cada momento el agua que iba embarcándose. Tío Mechelín no apartaba la vista del rumbo y del aparejo. Y la barquía, volando, atropellaba las olas, y caía en sus senos, y se alzaba en sus crestas; y á veces, sólo un punto de su quilla tocaba el agua espumosa. Chorros de ella corrían por las caras de Cole y de Muergo, y los mechones de la greña de éste goteaban como bardal después de la cellisca.

De pronto dijo Andrés á Sotileza, y por lo bajo:

--En este mismo sitio zozobró mi bote una tarde, con un viento como el de hoy.

--¡Vaya un consuelo para mí!--respondió la otra, en la misma _tessitura_.

--Es que me empeñé yo en tomar todo el viento de costado sin mover la escota... Una barbaridad.

--¿Y cómo salistes?

--Me cogió una lancha que venía detrás, y remolcó también el bote.

Volvieron á callar el uno y la otra; hasta que al hallarse la barquía enfrente de la Monja y próxima á los primeros barcos, volvió á decir Andrés, bajito también:

--Aquí me puso al _Céfiro_ quilla arriba una racha de vendaval.

--¿Y tú?--preguntó Sotileza.

--Yo me aguanté agarrado al bote, hasta que me cogió uno de un barco. Aquel día me ví mal, porque caí debajo; y, además, hacía mucho frío.

--Dos zambullidas... Bastante es para lo mozo que eres.

--Dos, ¿eh? ¡Y también siete llevo ya!... ¡Y ojalá contara hoy la de ocho!

--¡Vaya una intención, Andrés!

--No es tan mala como tú piensas, Sotileza; porque quisiera hallarme en un lance en que dieras á los brazos míos tanto valor... siquiera, siquiera, como á los de Muergo.

--¡Mira con qué coplas sale!

--¿Te ofendes de ellas también?

--Porque no vienen al caso.

--Pues nunca vendrán mejor.

--Señal de que no están en ley.

En esto les inundó una cascada que saltó á bordo al entrar la barquía en un verdadero callejón de naves fondeadas, donde el viento era más impetuoso y los maretazos más fuertes. Tío Mechelín, en vista de lo que esto prometía para más adelante, propuso á Andrés enmendar el rumbo para desembarcar al socaire del Paredón del Muelle-Anaos, en lugar de seguir hasta el de la calle Alta, como aquél deseaba.

Y así se hizo, con magistral destreza de Mechelín y beneplácito de todos.

Dijo Andrés qué pescado de lo cogido por la mañana quería para su casa y la de don Venancio Liencres, dejando el resto en beneficio del barco; despidióse de todos muy campechano, y de Sotileza entre cariñoso y resentido; y tomó el rumbo de su casa, mientras la gente de la barquía la desvalijaba de todo lo movible y manducable, y después de dejarla bien amarrada, cargaba con ello y se encaminaba á la calle Alta por la de Somorrostro arriba... seguida, á lo lejos, del taciturno Cleto que había presenciado, sin ser visto, la atracada y el desembarco, diciendo para las honduras de su _bodega_:

--Mientres Andrés la ampare, no me importa.

[Ilustración]

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XVII

LA NOCHE DE AQUEL DÍA

Andrés durmió mal aquella noche, ¡muy mal! En el paso imprudente que había dado en la arboleda de Ambojo, faltó á muchos deberes y cometió muchas inconveniencias á un tiempo. ¡Tantos años corridos en la intimidad de la pobre familia de la bodega! ¡La honrada vanidad que él fundaba en ser el paño de lágrimas de los dos viejos, que le tenían en las mismas entretelas del corazón! ¡Aquella noble confianza con que la hermosa muchacha, desde que fué niña descuidada, venía amparándose de su sombra benéfica, sin recelar del juicio de las gentes, que podía manchar su buena fama, como la habían manchado ya, como seguirían manchándola, las mujeres del quinto piso! ¡Y el matrimonio de abajo, y la misma Sotileza, y hasta el huraño Cleto, le querían, le amaban, precisamente por honrado y _parcialote_; por humilde, por generoso... y porque le creían capaz de partir con ellos el mejor pedazo de pan, y de andar á cachetes en medio de la calle por defender la vida ó el buen nombre de todos y cada uno de ellos! ¿Qué diría tía Sidora; qué su marido, si en aquel instante de vértigo le hubieran visto, ó si en otros muchos le hubieran leído en la frente ciertos pensamientos que cruzaban rápidos por detrás de ella!... ¿Qué juzgaría el candoroso Cleto si lo sospechara! ¡Cleto, que le había visto tan indignado y tan noble cuando le descubrió las _calumnias_ con que le perseguían las mujeres de su casa!... Y sobre todo, ¿en qué opinión le tendría Sotileza desde que se vió en la dura necesidad de arrojarle de su lado, altiva, dura, indignada, como se arroja lo que ofende, lo que mancha, lo que deshonra! Porque aquellos gestos, aquellos ademanes, aquellas palabras, significaban todo eso, y en manera alguna fueron artimañas femeniles, resistencias de artificio, ó disfraces de muy distintos propósitos. Aquello había sido una peña de mármol puesta delante de sus ímpetus, para que se estrellaran en ella; una lección terrible. ¡Y se la daba una marinera zafia, á pesar de deberle tantos favores y tantas preferencias! ¡Cuál no sería la magnitud de su imprudencia, y hasta qué extremo no estaría desprestigiado en la consideración de Sotileza!... Y además, corrido; porque corridos quedan los hombres en esas empresas, cuando les salen tan mal como á él le había salido la suya. ¡Si ya que el diablo le tentó, le hubiera ayudado á salir avante, triunfador y airoso!... ¡Pero quedarse sin el botín y con todos los coscorrones de tan inicua batalla!...

En fin, que no se podía vivir con sosiego en la situación en que él tenía las cosas desde la tarde anterior, examinadas serenamente al calorcillo de la almohada. Por tanto, procuraría verse con Sotileza, mano á mano, tan pronto como la ocasión se le presentara; hablaría con ella de lo acontecido, despacio, fría y severamente; echaría la culpa de su desliz á las tentaciones del sitio, á los arrullos del ábrego, al tufillo de la mar... á cualquier cosa; quizás diera por motivo de su exabrupto un oculto propósito de poner á prueba las virtudes de la moza... Esto ya lo decidiría él en su hora. Lo importante era quedar como debía y donde debía quedar... Si hablando, hablando, resultaba que su prestigio iba creciendo y agigantándose á los ojos de la buena moza, y que ésta llevaba su admiración hasta el extremo de... ¡Entonces, entonces sería ocasión de que se trocaran los papeles y recibiera Sotileza la lección que le debía!... Á menos que la fuerza misma del empeño y lo palmario de la voluntad, no le obligaran á ceder. Pero de este modo, ya la cosa era distinta, porque no siendo la culpa suya, él estaba libre de toda responsabilidad.

Y todo esto, con ser tanto, no era lo único que le robaba el sueño. ¡Si cuando las cavilaciones dan en eslabonarse unas con otras!...

En cuanto llegó á su casa de vuelta de la mar, sin responder una palabra á las muchas que le enderezó su madre, entre amorosa y sulfurada, por los riesgos que había corrido, el estado en que le veía, las gentes que le enamoraban, y por otro tanto más, se encerró en su gabinete, se afeitó, se lavoteó á su gusto y se mudó de pies á cabeza con el equipo fresco y dominguero que se halló preparadito al alcance de su mano. Previsiones de la capitana que adoraba en aquel hijo tan noblote, tan gallardo, tan hermoso... ¡pero tan Adán!... Si aquella noche no le pasa la revista acostumbrada, se le va á la calle con junquillo y sombrero de copa; pero sin corbata.

--¡Que con la estampa que tienes no te haya dado el Señor, para ser una persona decente, el arte que te ha dado el demonio para aventajar al marinerazo más arlote!

Así le dijo la capitana mientras le hacía el nudo de la corbata, que ella misma le había pasado bajo el cuello de la camisa con la necesaria destreza para no arrugarle. Después, y mientras le estiraba los faldones del levi-sac, le sentaba los fuelles de la pechera, le pasaba el cepillo sobre los hombros y arreglaba las caídas de las perneras sobre las botas de charol con caña de tafilete encarnado, continuó expresándose de esta manera:

--Si tú fueras otro, no habría necesidad de que tu madre te diera, cada vez que te vistes de señor, un mal rato como éste que estás llevando ahora; pero como eres así, tan... Hijo, ¡qué rabia me das algunas veces!... ¡Deseando estoy que tu padre acabe de llegar de su viaje y comience á cumplirnos la palabra de no volver á embarcarse jamás!... ¡Á ver si, con mil diablos, teniéndote más á la vista, consigue lo que yo no he podido conseguir de tí! Bueno que una vez que otra... pero ¡tanto, tanto y como si fuera ese tu oficio!... ¿Qué te parece? Mira qué manos... ¡hasta con callos en las palmas! ¡Póngase usted guantes ahí!... Hasta por corresponder á las atenciones que te guardan esos señores, debieras ser un poco más mirado en ciertas cosas... ¿Á quién se le ocurre, sino á tí, irse todo el día de pesca, sabiendo que esta noche estás convidado al teatro con una familia tan distinguida? Pues ya veremos cómo te portas... Y cuidado con largarse á media función: espérate hasta que concluya, y acompáñalos á casa. Da el brazo á la señora, ó á su hija, cuando salgáis de casa para ir al teatro, y lo mismo cuando bajéis la escalera de los palcos... Porque desde aquí te irás en derechura á buscar á Tolín, que te espera en su cuarto. Así me lo dijo esta mañana saliendo de misa de once de la Compañía... ¡Ea! ya estás en regla... ¡y bien guapetón, caramba! ¿por qué no ha de decirse, si es cierto?

Á Andrés le molestaban mucho estas incesantes chinchorrerías de su madre; las cuales, si estaban muy en su punto por lo referente á las aficiones del mozo, eran harto inmerecidas por lo tocante á lo demás. La capitana le quería elegante y distinguido á fuerza de perfiles, miramientos, discreciones y finezas; es decir, haciéndole esclavo de su vestido, de su palabra y de cuatro leyes estúpidas impuestas en salones y paseos por unos cuantos majaderos que no sirven para cosa mejor; y Andrés, con su gallardía natural, con su varonil soltura y su ingenuidad noblota, era precisamente de las pocas figuras que encajan bien en todas partes, aunque en ninguna brillen mucho.

Fuése, pues, de punta en blanco á casa de Tolín; y al atravesar el vestíbulo dirigiéndose al cuarto de su amigo, hallóse tope á tope con Luisa, emperejilada ya con todos los perifollos de teatro. Parecióle al fogoso muchacho que le caían muy bien, y así se lo espetó por todo saludo, pues le sobraba confianza para ello.

--¡Vaya, que estás guapa de veras, Luisilla!--le dijo.

--Y á tí, ¿qué te importa?--respondió Luisa, pasando de largo.

Andrés tomaba todos los dichos al pie de la letra, y por eso le dejó muy desconcertado la sequedad de Luisa.

Tanto, y tan sentido, que se quejó de ello á Tolín así que llegó á su cuarto.

--Te digo, hombre, que el mejor día la suelto una fresca. ¡Mira que es mucha tirria la que me va tomando!

--¡Qué ha de ser tirria eso!--le replicó Tolín, mientras se enceraba las desmayadas guías de su bigotejo ralo.

--Pues si no es tirria, ¿qué es?

--Gana de divertirse contigo. ¡Como hay tanta confianza entre vosotros!...

--¡Pues me gusta la diversión!

--Sí, hombre, sí; no es más que eso... ó algún resentimiento que podrá tener...

--¿De qué?

--¡Qué sé yo? De todas maneras, no vale un pito la cosa.

--Para tí, no; pero para mí...

--Y para tí, ¿por qué?...

--Me parece, Tolín, que entrar todos los días en una casa donde se le recibe á uno así... Porque, desde algún tiempo acá, todos los días me pasa algo de esto.

--Hombre, eso, si bien se mira, hasta revela cariño y estimación... Pues si quisiera echarte á la calle de una vez... ¡apenas tiene despabiladeras la niña!

--¡Ya lo voy viendo, ya!

--¡Qué has de ver tú, hombre, qué has de ver tú?... Lo que hay que ver es lo que hace con los que le estorban de verdad. Mira que ya me da hasta compasión de ese pobre Calandrias.

--¡Calandrias!... ¿Quién es Calandrias?

--¿No te acuerdas que llamábamos así á Pachín Regatucos, el hijo de don Juan de los Regatucos? Pues ese elegantón se bebe los vientos por ella, y pasea el Muelle arriba y abajo todo el santo día de Dios; ¡y ella le da cada sofión, y cada portazo!... ¡y le pone unas caras!... En el baile campestre del día de San Juan, se negó á bailar con él ¡con unos modos!... Te digo que no sé cómo ese hombre tiene humor... ni vergüenza para seguir todavía paseando la calle á mi hermana. Pues como ese hay varios; porque, como ella es hija de don Venancio Liencres... ¡ya se ve! Y á todos los trata por igual... ¡Más seca y más!... Y lo peor es que todas sus familias son visitas de casa... ¡como que son de lo mejor!... Mamá está que trina con esas geniadas... Y con muchísima razón... ¡Mira tú, hombre, qué cosa mejor puede apetecer ella, á la edad que tiene, que tantos y tan buenos partidos, para escoger el que más le agrade! Pues, nada... como una peña... Te digo que como una peña... Con que ahora quéjate tú... Y por supuesto, que todas estas cosas te las cuento yo no más que para gobierno tuyo y en la confianza de la amistad que tenemos. ¿Estás?

En esto se oyeron dos golpes recios á la puerta de la habitación, y la voz de Luisa que decía:

--¡Que nos vamos!...

Andrés abrió en seguida; y como ya su amigo había terminado sus faenas de tocador, salieron ambos al pasillo, donde tuvo Andrés que saludar á la señora de don Venancio, que, aunque vieja ya y bastante acartonada, iba tan elegante como su hija, pero mucho más fastidiosa. Don Venancio andaba perorando en el Círculo de Recreo, y se daría una vuelta por el teatro á última hora, si otros particulares más interesantes no se lo estorbaban. Tolín se anticipó á dar el brazo á su madre para bajar la escalera, y Andrés ofreció el suyo á Luisa con grandes recelos de recibir un desaire.

Pero no le recibió, afortunadamente. Eso sí, al precio de una mirada de aire colado, y de estas palabras, que dejaron al pobre chico atarugado y sudando:

--Pero no me rompas el vestido, como la otra vez...

De camino, llamaron á la puerta de don Silverio Trigueras, comerciante bien metido en harina; y bajó, calzándose los guantes y con la cabeza hecha un borlón de colgajos relucientes, la señorita de la casa, la elegante Angustias, afamada beldad por quien el hijo de don Venancio Liencres suspiraba en sus soledades y se engomaba las puntas del bigote. Despepitóse con ella á fuerza de saludos; recibió la joven los de costumbre de las otras dos señoras, y de Andrés los mejores que supo hacer el pobre mocetón, y continuaron todos juntos hacia el teatro.

Ya en el palco, Tolín se sentó detrás de la joven por quien suspiraba. Andrés, muy cerquita de Luisa, para dejar mayor espacio á su madre; y como por haber madrugado más que el sol y bregado tanto durante el día, se pasó durmiendo la mayor parte de cada acto, y en los intermedios se salía á fumar en los pasillos, de todo lo ocurrido allí sólo recordaba después que á mitad de la función había llegado don Venancio Liencres, preguntando si aquello estaba en prosa ó en verso.

--Creo que en verso--había respondido Andrés;--digo, no, puede que sea prosa.

--Es igual--había replicado el elocuente don Venancio.--¡Para lo bien que lo hacen y el jugo que se saca de ello!...

Después, la salida. Vuelta á ofrecer el brazo á Luisa, porque don Venancio había cargado con lo que en justicia le correspondía, y á Tolín no le apartaba nadie, ni con agua hirviendo, de la mujer por quien suspiraba hondo y se enceraba las guías del bigote.

Ya en la calle, la consabida ringlera de farolones de mano en las de las _doncellas_ que aguardaban á sus respectivas señoras. Porque todavía en aquel tiempo, y no obstante haberse estrenado el gas el año anterior, quedaban bastantes restos de aquella antiquísima vanidad de clase, expresada en un gran farol de cuatro cristales, dos de ellos amplísimos y todos muy altos, y tres medias velas, cuando no cuatro, entre arandelas y bajo lambrequines, arcos ó laberintos de papel rizado, de veinticinco colores, para andar los pudientes por las calles á las altas horas de la noche. Esta observación acerca de los faroles, no fué de Andrés, que ni siquiera reparó en ellos, por estar bien acostumbrado á verlos allí en casos tales: es mía, y la apunto aquí porque no estorba, como nota expresiva del cuadro de aquellos tiempos.

Lo que Andrés observó entonces fué que el viento, encalmado desde que él había salido de casa para ir á la de don Venancio Liencres, había vuelto á arreciar, y mucho; y como sabía que en las bocacalles del Muelle soplaba con mayor fuerza que en ninguna otra parte de la población, se atrevió á aconsejar á Luisa que continuara apoyada en su brazo hasta llegar á casa. Tampoco esta vez fué desairado; y teniendo los demás por muy cuerdo el parecer, observáronle al pie de la letra. Quiero decir que don Venancio no soltó á su señora, ni Tolín á la señorita de sus amorosos pensamientos. Luisa y Andrés iban delante de todos, menos del farol empapelado, que les precedía algunas varas, zarandeándose en la diestra de la doncella de la casa.

Al enfilar la calle de los Mártires, comenzaron á oirse los silbidos del viento enredado entre la jarcia de la patachería de la Dársena, y su rebramar furibundo en las encrucijadas próximas; llegaron algunas ráfagas pasajeras que hicieron crujir la seda del vestido de Luisa, zarandeando los pliegues de su falda, y Luisa entonces, muerta de miedo, se agarró al brazo de Andrés, fuerte é inmoble como la rama de una encina.

--Agárrate de firme y sin miedo--la decía Andrés,--que á mí no me lleva por mucho que sople.