Sotileza · Unidad 21 de 35

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Y Luisa se agarraba á dos manos; y con tal ansia se arrimaba á la encina, que Andrés, á no serlo tanto en ciertos casos, hubiera podido sentir en su brazo derecho los latidos del corazón de su amiga; especialmente en el no muy breve rato que permanecieron en el Muelle, mientras abrían en casa de don Silverio Trigueras y se quedaba Tolín sin el arrimo dulce de su linda acompañada.

Andrés, en cuanto volvió á verse en el relativo sosiego de la calle trasera, dijo á Luisa, como para tranquilizarla, y, sobre todo, por hablar algo:

--Si me apuras un poco, más soplaba esta tarde.

Á lo que respondió Luisa inmediatamente y sin el menor dejo de broma:

--Pues si yo llego á ser aire esta tarde, buena zambullida te llevas... Yo te lo aseguro.

Andrés sintió una marejada de fuego que le abrasaba la cara. Se acordó de que una cosa muy parecida había dicho él á Sotileza cuando los dos se amparaban contra las olas de la bahía bajo un mismo capote. No temió que Luisa le hubiera oído... pero pudo muy bien haberle visto.

--¡Vaya una entraña, mujer!--respondió, atarugado, á la estocada de su amiga.

--No hay que tener mala entraña para hacer esas cosas, que son escarmientos necesarios... y hasta obras de caridad, si me apuras.

--¡Escarmientos!... ¡obras de caridad!--exclamó Andrés, más dueño ya de sí mismo, porque le iba llevando Luisa al terreno de las impertinencias que tanto le molestaban.--Pues ¿qué he hecho yo de malo esta tarde?

--Hombre--respondió Luisa muy resuelta,--á punto fijo, no lo sé, porque la vela tapaba la mitad, hacia allá, de la lancha; y no ví en la de acá más que tres bultos remojados, que daban asco.

--Yo iba gobernando al timón,--saltó Andrés, resignado á pasar por uno de los bultos «que daban asco,» siempre que Luisa se convenciera de que él no ocupaba la parte invisible de la barquía, donde iba el contrabando.

La desengañada hija de don Venancio Liencres, sin dar muestras visibles de atención á estas palabras, añadió:

--Pero si no lo has hecho esta tarde, bastante hiciste por la mañana.

--¡Por la mañana!...

--¡Sí, señor, por la mañana! Pues qué, ¿piensas que no te _han_ visto ahí enfrente, arriba y abajo, las horas de Dios, con esos marinerazos... y una mujerona?

--¡Una mujerona!...

--Eso mismo: una mujerona... ¿Te parece que eso está bien? ¿Qué dirán las gentes que lo hayan notado?

--¿Y qué han de decir?

--Pestes, y no será mucho.

--¿Y por qué lo miran si tan malo es?

--Y ¿por qué te pones tú con _esas cosas_ en el mismo sitio á que está _una_ mirando? Porque una mira allí, porque lo tiene delante de casa, y tiene también buenos gemelos para mirar.

--Sí, y ganas de meterse en lo que no importa.

--¡En lo que no _me_ importa!--exclamó Luisa, con un sacudimiento que Andrés no estaba en disposición de apreciar, así por el enojo que ya le cosquilleaba en los nervios, como por los embates y refregones que recibía del viento á cada instante.

--En lo que no te importa, sí--respondió Andrés con entereza,--puesto que en ello no ofendo á nadie, y en lo demás cumplo con mi deber.

--Pues me importa--remachó Luisa con voz algo alterada y nerviosa,--y me importa mucho, porque eres un amigo de la casa y un compañero de mi hermano; y no me gusta que digan las gentes que Tolín tiene amigos que andan á todas las horas de Dios con hombrones de la Zanguina y con marinerotas puercas y desvergonzadas. Por eso, y no más que por eso. Y si me apuras un poco, se lo contaré á papá, para que se lo cuente al tuyo cuando venga, y te saque de esa mala vida... Y ahora, ya no quiero tu brazo... ni que me saludes siquiera.

Y en el acto desprendió el suyo del de Andrés. Verdad que esto sucedía después de haber pasado á remolque de éste la última bocacalle, y en el momento de arrimarse muy pegadita al vano de la puerta de su casa, mientras la doncella, que se había anticipado algunas varas más, daba, por segunda vez, dos tremendos aldabonazos, que retumbaban en el hueco de la escalera y hacían estremecer el barrote de hierro ajustado por dentro á la puerta, la primera de las tres que guardaba la repleta caja del comerciante don Venancio.

El recuerdo fresquísimo de estos sucesos era el segundo tema de las cavilaciones que le quitaban el sueño á Andrés á las altas horas de la mencionada noche.

Jamás la hermana de Tolín se le había manifestado tan entremetida, tan impertinente y tan dura. Por primera vez había oído de sus labios la amenaza de irle á su mismo padre con el cuento, para que se le refiriera después al capitán. Y la mimada y consentida joven era muy capaz de cumplir lo que ofrecía. El caso denunciable no era, ciertamente, cosa del otro jueves; pero ¡vaya usted á saber cómo le contaría ella, y de qué colores le revestiría en su afán de salirse con su empeño! Don Venancio era un señor muy pagado de la formalidad y del buen viso de las personas de su trato; los humos de su señora, bien á la vista estaban, tanto como el modo de pensar de la capitana; y el capitán no era ya aquel Bitadura impresionable y alegrote, con cuya indulgencia podía contarse siempre, sabiendo buscarle las cosquillas de sus flaquezas de muchacho impenitente; últimamente tenía humores, algo más de medio siglo encima de su alma, estaba gordo y era rico. Por todo lo cual se le había agriado bastante el genio. El mismo Andrés no contaba ya con fuerzas suficientes para someterse en silencio á ciertas imposiciones caprichosas, y no sabía hasta qué extremos podría arrastrarle una conspiración así, tramada por una chiquilla fisgona, contra sus honrados procederes.

Con elementos tales, ¿qué salsa no podría hacer el diablo, metido por unos cuantos días en el cuerpo de la tesonuda hija de don Venancio Liencres!

Pero, al fin, todo esto era una suposición: estaba por ver, daba tiempo; se vería venir, podía combatirse desde lejos... ¡Lo otro, lo otro era lo grave, lo apremiante, lo apurado para él!...

Y así batallaba, hasta que, al cabo de las horas, volvióse del otro lado y se quedó dormido.

[Ilustración]

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XVIII

IR POR LANA...

Por primera vez en su vida anduvo Andrés, con una perseverancia que á él mismo le repugnaba algo, en acecho de una ocasión para verse á solas con Sotileza; y también por primera vez en su vida, tan pronto como logró sus intentos, engañó á Tolín con un pretexto inventado para faltar dos horas del escritorio.

Aconteció esto á media mañana, en un día en que tío Mechelín estaba á maganos con su barquía, y tía Sidora á la plaza. Sotileza trajinaba en la bodega, en su habitual arreo doméstico: limpio, corto y ligerísimo, según se ha descrito en otra parte, y con el cual se admiraba mejor que con el de los domingos el lujo escultural de la hermosa callealtera. Bien observado lo tenía Andrés. Por eso se alegró mucho de hallarla así, aunque ya contaba con ello.

--Tengo que hablarte,--la dijo por entrar, y no muy seguro de voz.

La joven notó el desconcierto de Andrés, y le preguntó sobresaltada:

--¿Y por qué vienes á estas horas y en esta ocasión?

--Porque... porque lo que tengo que decirte no debe oirlo nadie más que tú. Siéntate y escucha.

Andrés se sentó en una silla, y arrimó otra muy cerca de ella. Pero Sotileza no quiso ocuparla. Permaneció de pie, apoyando el desnudo brazo derecho, redondo y blanco, sobre la cómoda, mientras su seno marcaba la interna agitación que le movía, y respondió en voz firme y con mirada valiente:

--Acuérdate de lo que te dije el domingo en la arboleda.

--Pues de eso mismo vengo á tratar.

--Pensé que ese punto se había rematado allí.

--No del todo; y por lo que falta, vengo ahora.

--Pues desde entonces acá, más de una vez nos hemos visto. ¿Por qué te has callado hasta hoy?

--Ya te lo he dicho: porque es asunto para tratado á solas entre los dos.

--También yo te he dicho que no quiero oirte cosa alguna que no pueda decirse delante de los hombres de bien.

--Pues precisamente porque me has dicho eso, tengo yo que hablarte. Siéntate aquí, Silda; siéntate, por el amor de Dios, que yo te prometo no propasarme en hechos ni en palabras. No quiero más, con las que te diga, que quitarte el amargor que te dejaron otras, y quitarme yo mismo de encima un peso que me fatiga mucho.

Sotileza, algo anhelante y descolorida, plegó maquinalmente su hermoso cuerpo sobre la silla preparada por Andrés.

El cual, en cuanto la tuvo á su lado, y tan cerca que oía el sonido de su respiración, exclamó así:

--¡Y mira que se necesita toda la fuerza de los propósitos que yo traigo, para no faltar á ellos viéndote tan hermosa... y en la soledad en que estamos!

Silda se alzó bruscamente de la silla, y volvió á apoyarse contra la cómoda.

--No creas que me espanto--dijo al mismo tiempo,--de verme sola contigo; que alma me sobra para meter en la ley al que falte á lo que me debe.

--Entonces--preguntó el atolondrado mozo,--¿por qué te apartas tan allá?

--Porque no quiero oirte de cerca cosas que te pintan como yo no quisiera verte.

--Pues para que me veas á tu gusto, no más que para eso, he aguardado esta ocasión. Créemelo, Silda: te lo juro por éstas que son cruces.

--¡Buen camino tomabas para empezar!

--Todo ello no era más que un decir... Empeño de no callarte ni siquiera un pensamiento, para que llegaras á verme el corazón como en la palma de la mano. Pero si esas franquezas te ofenden, no volverás á oirlas de mi boca... Te lo juro, Silda... Y vuelve á sentarte aquí... y amárrame las manos, si piensas que puedo llegar á ofenderte con ellas... Y si después de oirme te parece que mis palabras te agraviaron, arráncame la lengua con que las diga... pero siéntate aquí, y escúchame.

Sotileza volvió á sentarse, pero maquinalmente, muy pálida, y entre fiera y conmovida; porque en todo aquello que le estaba pasando había tanta novedad y tan extraño interés para ella, que se imponía á la braveza de su carácter.

Andrés, que siempre la había visto fría é impasible, dueña y señora de sus impenetrables sentimientos, asombróse de aquel trastorno súbito é inesperado de tanta fortaleza, tradújole á su gusto, y vió que la de sus propósitos se conmovía también. ¡Pícara fragilidad humana!... Pero acababa de jurar que su proceder sería honrado; y armándose de voluntad para cumplirlo, comenzó por hablar de esta manera:

--Silda, aquella tarde te dije palabras y me propasé á cosas que me valieron una reprensión tuya, dura, ¡muy dura!... Así, de pronto, la falta que cometí confieso que merecía esa pena. Yo no te había acostumbrado, en tantos años como llevamos de conocernos, á que sospecharas de mis intenciones por una mala palabra ni por las señales de un mal pensamiento. En esta casa todos, y la primera tú, me hubiérais entregado la honra dormida para que yo la velara. ¿Harías otro tanto desde esa tarde acá? Dilo francamente, Silda.

--No,--respondió ésta sin titubear.

--Pues ese es el clavo que tengo aquí desde entonces, Sotileza. ¡Ese me punza allá adentro, y me roba el sueño de noche, y me quita el sosiego de día! Yo no quiero que nadie se recele de mí en esta casa, donde estoy acostumbrado á que se me abran todas las puertas como al sol cuando llega. Á eso quiero volver, Silda: á la estimación tuya y á la confianza de todos.

--Ni la estimación mía ni la confianza de naide has perdido, Andrés. Todos saben lo que te deben, y yo lo que también te debo; y aquí no hay ingratos.

--Yo no quiero que se me estime por los favores que haga, sino por mi propio valer; y yo sé que no valgo á tus ojos hoy lo que valía poco hace.

--Y si en esa cuenta estabas, Andrés--exclamó Silda con un calor de acento desacostumbrado en ella,--¿por qué no te la echaste en su día, para no hacer lo que hiciste?

--En la respuesta á esa pregunta está cabalmente la disculpa de aquel acto y de aquellos dichos; la única razón que puedo ofrecerte para volver por entero á tu estimación y á tu confianza. Y ya ves cómo esta razón no podía dártela con testigos, sin descubrir la causa de ella; lo que sería un remedio peor que la misma enfermedad.

--Yo no sé--dijo Sotileza con el acento y la expresión de la más cruda sinceridad,--que pueda haber disculpa para esas cosas, en hombres de tan arriba como tú, con mujeres de tan abajo como yo.

Andrés sintió en mitad del cráneo el golpe de este argumento.

--Pues qué--respondió buscando en los falsos efectos de la voz y de las actitudes el brío que no hallaba en su razón,--¿eres tú de las que creen que tratándose de «esas cosas» hay distancias ni jerarquías que valgan? Tu hermosura envuelta en esos cuatro trapillos, limpios como la plata, ¿no es tan hermosura como la que se adorna con sedas y diamantes? Lo que por tí experimente un mozo rudo y grosero, ¿no puede experimentarlo, y hasta con mayor fuerza, un hombre de mis condiciones?... Lo que la amenidad del campo y el influjo de la naturaleza, en todo su esplendor, puedan hacerle sentir á él, enfrente de una mujer como tú, ¿no pueden hacérmelo sentir á mí también?... Y ya que de este trance hablamos, ¿qué tendría de extraño que siendo tan propicia la ocasión y tan placentero el sitio, tratara yo de aprovechar ambas ventajas para poner á prueba tu virtud con un asalto de comedia?

Silda respondió á esta parrafada con una sonrisa fría y burlona.

--¿Es decir, que no me crees?--le dijo Andrés muy contrariado.

--No,--respondió Silda con entereza.

--¿Por qué?

--Porque lo que es mentira se conoce desde lejos, hasta en el modo de venir; y aquello, no te canses, Andrés, aquello era la pura verdá... Por eso hubiera creído hoy mejor en la pena que me pintas viéndote llorarla de todo corazón, que amparándola con un embuste.

Andrés se quedó, por un momento, sin saber qué replicar á estas palabras tan crudas y terminantes. Después dijo, por decir algo:

--No basta, Silda, afirmar una cosa: hay que dar razones...

--Yo te daría, de buena gana--respondió la moza, conteniendo los ímpetus de su carácter,--una sola que valiera por muchas.

--Y ¿por qué no la das?--preguntóle Andrés, no tan valiente como parecía.

--Porque temo que te resientas.

--Te prometo no resentirme... ¿Por qué era verdad aquello?

--Porque conocía yo los malos pensamientos que te lo mandaron.

--¡Que los conocías!... ¿De qué?

--De habértelos leído muchas veces en los ojos.

--¿Cuándo!

--Desde tiempo atrás.

--¡Silda!

--Lo dicho, Andrés. ¿No querías razones? Pues ya las tienes.

Andrés se quedó desarmado, y herido en lo más hondo de su conciencia. Sotileza lo conoció y se apresuró á decirle:

--Me prometiste no ofenderte con la razón que te diera. Cúmpleme la palabra.

--Y la cumplo--dijo Andrés, más con los labios que con el corazón,--y ni siquiera he de porfiar sobre el engaño de tus ojos cuando leían en los míos. Pero dime, Sotileza: ¿por qué cuando creíste descubrir en mí esos malos pensamientos no me lo dijiste, siquiera por lo que te ofendían?

--Porque, si no me engañaba el mirar, á tí te tocaba dejarlos fuera de esta casa, no á mí el echarlos de ella.

Otra estocada al pecho. Andrés no sabía ya de qué lado ponerse en aquella lucha sin una sola ventaja para él. Acudió á los consejos del amor propio, que era lo que con mayor fuerza se le iba quejando allá dentro, y dijo á la tenaz agresora:

--Luego, ¿no te amedrentaban esos pensamientos míos?

--Yo temía que los descubrieran las personas que los hubieran llorado como una desgracia para todos.

--Pero tú, por tí misma, ¿no los temías?

--Y ¿por qué había de temerlos? Sentí mucho verlos donde los ví; pero no más.

--Y ¿por qué lo sentiste?

--Porque podía llegar la hora... que ha llegado ya...

--¿La de darme una lección como la que me estás dando?

--Yo no sé tanto como para eso, Andrés; y harto haré con responder al caso para defenderme, como es ley de Dios.

--Pero tú misma me has dicho que, una vez descubiertos mis malos pensamientos, no te tocaba á tí echarlos de esta casa.

--Sí que lo dije.

--Luego debo echarlos yo; es decir, largarme de aquí para siempre, puesto que los llevo conmigo.

--Ó venir sin ellos, que no es igual.

--¿Y qué he de hacer yo para que creas que no los traigo?

--No traerlos. Con eso basta.

Andrés, por respeto á sí propio, no quería mentir insistiendo en que Sotileza se equivocaba en cuanto decía de sus malas intenciones. Como éstas, por lo que iba oyendo, se le transparentaban demasiado, insistir en negarlas era desmerecer más y más á los ojos de aquella ruda virtud, que más le quería arrepentido pecador que falso virtuoso. Pero consideraba, al mismo tiempo, que aquellas malas ideas, tan aborrecidas en él por Sotileza, quizás en otro cerebro no le espantarían tanto, y hasta se acordaba del regocijo con que la escrupulosa callealtera se dejaba estrujar, en la playa de Ambojo, por los brazos del estúpido Muergo; de Muergo, en cuyos ojos, al mirar á Silda, había leído él torpezas de tal calibre, que no podían haber pasado inadvertidas para ella. Luego lo que en Muergo, sucio y feo, no era ni siquiera una falta, en él, mozo gentil y culto, era un delito que podía llegar á cerrarle las puertas de aquella casa. ¿Valía él menos á los ojos de Sotileza que aquel animal monstruoso? Esto era increíble, y sería una verdadera insensatez manifestar allí dudas siquiera de ello. Pero el hecho de la preferencia existía; lo cual demostraba que Sotileza escrupulizaba, más que en los pensamientos de esa clase, en las personas que eran movidas de ellos. No amenguaba este fenómeno la honradez de Silda á los ojos de Andrés, puesto que no ignoraba lo que influye en la significación de ciertos actos la condición de la persona que los ejecuta ó que los consiente; pero en la falsa posición en que se hallaba él en aquellos instantes, el hecho le ofrecía una salida, y tal vez podía aprovecharla para huir siquiera de la que Silda le presentaba con sus tremendas razones. Salir por esta puerta, es decir, ajustarse á las condiciones de Silda, era obligarse á no volver más á la bodega, pues hombre que había jurado lo que él, todo debía sacrificarlo á la buena fama de la mujer que se quejaba de sus malas intenciones; y no volver á la bodega, era empresa superior á las fuerzas del ánimo de Andrés, particularmente desde que había dado motivos para ello y acababa de convencerse de que aquel trastorno moral, que tanto le había chocado en Silda al empezar á hablar con ella, no era la realidad de sus tan acariciadas esperanzas de que llegaran á trocarse entre ambos los papeles del _paso que pasó_ en la arboleda de Ambojo... ¡Y fuéranle á preguntar, sin embargo, qué tal andaba en aquel instante de alteza y fidalguía de pensamientos! Ni los de Amadís en su peñasco, que pudieran igualárseles. ¡Poder del amor propio resentido!

Todo esto, que tan largo es de contar aquí (¡y ojalá no haya resultado ocioso!), se lo barajó Andrés en la mollera en los pocos instantes de silencio que siguieron á las últimas palabras de Sotileza.

Tomando, pues, el punto de soslayo en virtud de sus mentales razonamientos, Andrés comenzó á evocar, en tono quejumbroso, los mejores años de su infancia y de su mocedad, corridos para él en la dulce intimidad de la inocente huérfana y de sus honrados protectores. Cariño, abnegación, sosiego, paz y noble confianza: todo se cantó en aquel idilio que hubiera hecho palidecer, salvo el estilo, al que inspiró á don Quijote un puñado de bellotas en la choza de los cabreros. De pronto asoma una mancha leve en el fondo risueño de aquel cuadro; sopla el aire de la sospecha; la mancha se hace nube; la nube se va extendiendo... ¡y adiós luz y confianzas y regocijos! El amigo de siempre, el paño de lágrimas de todos, es ya el hombre malo, de quien hay que apartar las muchachas honradas, la amiga de su infancia y de su mocedad...