Sotileza · Unidad 8 de 35
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Segundo. Que se advirtiera al boticario del gremio que no se le darían los cuarenta duros de aumento que pedía para el nuevo asalareo, ni se despediría al facultativo, ni se pondría coto á sus recetas.
Tercero. Que cuando llegara el caso de marchar al servicio de la Armada los matriculados comprendidos en la leva, cobraría puntualmente cada uno los ciento cincuenta reales de socorro á que tenían derecho.
Cuarto. Que en la taberna del tío Sevilla se pondrían de manifiesto, acabado el Cabildo, las cuentas de tesorería, y que con el remanente que arrojaran y á medida que fueran recaudándose los créditos, se irían levantando todas las cargas pendientes, sin tocar al fondo de reserva; pues si sagrada era la obligación que tenía el Cabildo de dar socorros á los pescadores en épocas de temporal, no lo era menos la de pagar los pescadores las soldadas semanales al tesoro del Cabildo.
Quinto. Que se gastara la cantidad de costumbre en las fiestas de San Pedro.
Y por último. Que los enfermos que ni sanaban ni se morían, continuaran percibiendo el socorro que se les pasaba, hasta que Dios dispusiera de ellos, según fuera su santísima voluntad.
Proclamados estos acuerdos á la luz del sol, y estampados en el fondo azul de los cielos, bajo la fe de la palabra honrada de los mareantes constituídos en Cabildo, libro que no admite raspaduras ni malicias de redacción, y por eso nunca dieron que hacer sus cláusulas á la Justicia, tosió el Sobano cuando ya el concurso comenzaba á disgregarse, alzó el brazo derecho y la cabeza, y dijo así, sobre poco más ó menos:
--¡Alto, señores!... que falta un punto por arreglar, y hay que arreglarle antes de irnos de aquí.
La curiosidad movió á todas las gentes aquéllas, y poco á poco fueron acercándose al Alcalde de mar, hasta encerrarle en compacto círculo. Mocejón y el otro mareante, el mozo del labio corto y de los dientes largos, se quedaron fuera de la línea, pero con mucho oído y refunfuñando.
El Sobano comenzó á hablar entonces, con gran parsimonia y pulsando mucho las palabras para que ofendieran menos, de cierto compromiso adquirido siete meses antes por el Cabildo, pero fuera de junta, de socorrer con una ayuda de costas á la familia que recogiera y tratara como era debido _en josticia y caridá_ (esto lo recalcó mucho), á la huérfana del llamado Mules, «perecido en las rompientes de San Pedro del Mar, con todos sus compañeros, en la última costera del besugo.»
Tío Mocejón, barruntando que aquel asunto iba con él, recibió las palabras del Sobano y las miradas codiciosas de la gente, como un mastín el palo con que le hurgan los muchachos por debajo de la puerta.
Añadió el Alcalde de mar que si el Cabildo no había cumplido lo que ofreció por bocas de hombres de bien, era porque no se creía obligado á ello, visto que de sobra estaban pagados el escaso alimento que recibía la huérfana y el montón de guiñapos que se le daba por cama, con el trabajo y los castigos bárbaros que se le imponían por la familia que la había recogido.
--¡Uva!--exclamó una voz.
--¡Choba... ñules!--bramó la aguardentosa de Mocejón.--¡Que se haga bueno eso!
--¡Se hará!--dijo con firmeza el Sobano,--y todo lo que sea de menester. Pero más le valiera á anguno que me oye, aguantarse al remo mientres pasa esta noruestá, que isar tanta vela.
--¡Uva!--volvió á exclamar la voz de Mechelín.
--Y ese que me prevoca--gruñó Mocejón,--¿isa vela, ú no la isa? ¿Sopla aquí el norueste pa toos por igual, ú sopla de otro modo?... ¡Ñules!... Y miá tú, chaquetín de la bodega, si quies decir algo, lo dices claro y á la cara, y no escondío entre el porreto como los pulpes... ¡ojo!
Hubo un poco de movimiento, como hervor de resaca, en el concurso, al oir á Mocejón; cuyo descomedimiento animó al Sobano, curado de escrúpulos ociosos, á contar en pocas palabras lo acontecido á Silda en casa de la Sargüeta, hasta que fué recogida en la de Mechelín.
Se preguntó al Cabildo si consideraba bastante aquella casa para refugio y amparo de la huérfana; y el Cabildo respondió que sí, entre los gruñidos, _bandazos_ y manoteos del salvaje Mocejón, que no cerraba boca ni paraba un punto, mientras el mozo del pelo crespo, de labio corto y de los dientes largos, iba con los ojos airados de Mocejón á los de adentro, y de los de adentro á Mocejón, sin saber á quién arrimarse con su parecer.
Tío Mechelín tomó entonces la palabra, y dijo:
--Se hace saber que por el amparo de la desvalida no se quiere sustipendio ni cosa anguna de naide; pero se pide al Cabildo mano y autoridá para que se deje hacer por ella, á quien quiere hacerlo de buena voluntá, lo que _otros_ no han querido ó no han podido hacer. ¿Vale, ú no vale esto que se dice? ¿Se me entiende, ú no se me entiende? ¿Hay seguranza, ú no hay seguranza de que la cosa se haga como se pide?
--¡La hay!--respondieron muchas voces.
Y el Sobano añadió en seguida, con la proa puesta á Mocejón:
--El Cabildo ampara á esa muchacha... ¿Se oye bien lo que se dice?... Pues no se dice más, porque no es de menester más para que angunos entiendan lo que se quiere decir.
Mocejón, que no cesaba de rutar, protestando de todo y contra todo, al ver que el concurso se deshacía, fué soltando voz según iban creciendo los rumores de los que se dispersaban; y todavía cuando, arrollado por ellos y estorbando á la mayor parte, estaba cerca de la taberna del tío Sevilla, se le oía decir:
--¡Pos míate el otro... piojucos... chumpaoleas! ¡Ñules!... Se ha de ver si sirve ser un cuentero, lambe-caras, como tú, pa disfamar á naide que vale más que tú y la perra sarnosa que ha de volver á parirte á tí y toa esa gatuperia que saca la cara por tí... ¡reñules!...
[Ilustración]
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VII
LOS «MARINOS» DE ENTONCES
Aunque el lector de ultrapuertos quisiera permanecer un ratito en el Paredón, después de terminado el Cabildo, para dar recreo á los ojos contemplando el panorama que se descubre desde allí, describiendo con la vista un arco desde el monte Cabarga hasta el llano de las Presas; deteniéndola en el cercano fondeadero del _Pozo de los Mártires_, verdadero bosque de arboladuras, ó en el más próximo aún del _Dueso_, salpicado de lanchas y barquías del Cabildo, bien ajeno éste á creer que su axioma tradicional de «_por mucho que apañes no fundarás en el Dueso_,» había de ser desacreditado por el genio emprendedor de las siguientes generaciones, plantando en el Dueso mismo la estación del ferrocarril, emblema del espíritu revolucionario y transformador de las modernas sociedades; haciendo, por curiosidad, desde lo alto de la escalera, algunas preguntas (que no quedarán sin sabrosa respuesta) á los _muchachos de lancha_, que canturrian ó vocean debajo del Paredón, mientras _achican_ ó desatracan las que están á su cuidado; ó dando un vistazo, desde el crucero del alto de la cuesta del Hospital, á las dos filas de casas altas, angostas, desvencijadas, adheridas unas á otras, para sostenerse mejor, cargadas de balcones derrengados y de aleros podridos, y los balcones, de redes y de trapajos, con _rabas_ de pulpo y artes de pescar secándose en las paredes del fondo; y tripas de sardina y piltrafas de bonito por los aires; y madres desgreñadas y sucias, espulgando á sus hijos, medio desnudos, á la puerta de la calle; que todo eso, y mucho más que no digo, porque se adivina, y porque no cabe en la pulcritud del arte, era el barrio de los mareantes de Arriba, y en la misma forma continuó siendo durante muchos años; aunque en la contemplación de éste y del otro espectáculo quiera detenerse, repito, el susodicho lector de ultrapuertos; y aunque se pare un instante á la puerta de la taberna del tío Sevilla, atestada de marineros que más se ocupan en tomar la mañana que en examinar las cuentas del Cabildo, aún nos queda tiempo sobrado para llegar, poco á poco, á la calle de San Francisco, por la cual discurrían los elegantes de entonces, con sus tuinas de mezclilla verdosa, prenda recién introducida en la indumentaria al uso, y penetrar, con la debida licencia, en casa del capitán de la _Montañesa_, don Pedro Colindres, más conocido entre la gente de mar por su mote de _Bitadura_, en el instante de llegar con su señora y su hijo de la misa de once de la Compañía.
Y quiero que sea éste el momento de nuestra presentación á él, para que le vean con todas sus _empavesadas_ de señor los que hayan podido verle á bordo, ó desembarcar al día siguiente, con su ropaje del oficio, sin _arrastraderas_, macizo y basto.
No era este personaje de mucha talla: quizá no pasaba de la regular; pero, en cambio, era doble, sobre todo de espaldas, de brazos y de manos...
Perdone la impaciencia del lector; pero necesito tomar esta figura desde más atrás, _ab ovo_ casi, para que resulte con todo el relieve que debe tener en el momento de aparecer en el cuadro. Procuraré ser breve; pero, aunque no lo consiga, no se apure, pues esta digresión, además del fin inmediato que lleva, ha de ahorrarnos otras por el estilo, despejándonos el terreno en que vamos á entrar; porque la especie abunda en ejemplares, y _ab uno disce omnes_.
De cepa marinera por todos sus cuatro costados, apenas salió de la escuela de don Valentín Pintado ingresó á estudiar náutica en el Consulado[2] con don Fernando Montalvo; pero ya para entonces, aunque sólo contaba trece años, fumaba valientemente de lo pasiego, si no había tabaco más suave á sus alcances; nadaba de espaldas y se sostenía derecho en el agua sin mover los brazos; se hacía el muerto, y, en fin, echaba un _cole_ desde el paredón del Muelle-Anaos; _daba torno_ á cualquiera de su parigual remando en un bote; había capitaneado dos _guerras_, y en la bofetada limpia era una reputación en la plaza de las Escuelas, en la Maruca, en el prado de Viñas y en otros holgaderos por el estilo; le temían de lumbre muchísimos zapateros de portal; tenía buenas amistades en el Paredón de la calle Alta, y en la mesa de la _Zanguina_ llegó á dar las tres bolas y el cangrejo á un cabo de la guarnición, que había sido pinche de billar en su tierra, y, así y todo, le ganó la partida.
[2] Hasta el año de 1837, en que se inauguró el Instituto Cántabro, se estudiaban esta asignatura y otras de la carrera mercantil, en el _Consulado de Comercio_.
Pero todavía conservaba en el vestir y en el andar y en el decir, el aire terrestre; todavía era vivaracho, desorejado de borceguíes, gastaba cachucha, tiraba á rubio, decía _¡coila!_ cuando se enfadaba, y comía mucho pan, pellizcando, sin sacarle, el zoquete que llevaba siempre en el bolsillo.
En cuanto fué _náutico_, se asimiló poco á poco los aires y el estilo de aquella raza especialísima de estudiantes que no parecían nacidos de madre, como toda la descendencia de Adán, sino construídos de roble en las gradas de un astillero. De ellos tomó la rudeza del acento, el apóstrofe crudo, el mirar osado, la falta de respeto á todo profesor que no fuera el suyo, el andar oscilante, con los hombros levantados, el horror á los faldones, la chaqueta abrochada, la gorra con galón dorado y visera de charol, muy pegada á la frente... y hasta la tez empañada.
Cuando concluyó los cursos de náutica, necesitó hacer, en calidad de _agregado_, dos viajes redondos á la Isla de Cuba. Y los hizo en un barco que mandaba un amigo de su padre. En estos viajes tuvo la categoría de _mozo de á bordo_, es decir, la de marinero principiante. Después se examinó en el Ferrol; y allí, aprobados sus ejercicios, obtuvo el título de _tercero_, con el cual se embarcó en Santander en una fragata, para hacer los tres viajes que se le exigían en aquella segunda etapa de su carrera. Los hizo también, en poco más de un año, á ratos navegando como en una palangana, y á ratos con la vida en un hilo.
Del último de estos viajes volvió, aunque crisálida todavía, apuntándole las alas de mariposa. Ya el espeso pelambre de su cara, afeitada de quijadas arriba, era algo más que sombra de patilla á la catalana; sus manos comenzaban á ponerse velludas, su voz á embronquecerse y sus espaldas á encorvarse; era muy atezado, y formaba con «los marinos» en sus parrandas y _rumantelas_.
Preparóse, repasando con Montalvo una temporadita; fuése al Ferrol por segunda vez; aprobáronle en el rígido examen á que fué sometido, y se le extendió su título, en toda regla, de _segundo_, ó sea de _piloto de derrotas_, que es lo que iba buscando Pedro Colindres, ya, para entonces, conocido entre la gente del oficio con el mote de _Bitadura_, no sé por qué... Y aprovecho esta oportunísima ocasión para advertir á los lectores de tierra adentro, persuadidos, quizá, de que es un capricho mío la coincidencia de que casi todos los personajes que van apareciendo hasta ahora en este libro tengan un mote por nombre, que no hay tal capricho ni cosa que lo parezca. Tan frecuente es el mote entre las gentes de mar de este puerto, y tan avezadas están á oirse llamar por él, que en el gremio de pescadores ha habido quien desconocía su propio nombre de pila, y muchos que no le conocieron hasta que le necesitaron para inscribirle en el libro de matrículas de mar. Lo mismo entre estas gentes ignorantes y zafias que entre las más elevadas y cultas, de carrera, el mote aparece sin saberse por dónde ni cómo. Generalmente procede de un dicho ó de un hecho, ó de una circunstancia cualquiera, de la persona que se le halla encima de la noche á la mañana; pero quién se le puso y cuándo, no es fácil de averiguar.
Bitadura tardó bastante en colocarse, después de recibir el título de _segundo_, porque estas plazas no abundaban, con ser entonces tan numerosa la marina mercante de vela; pero, al fin, halló barco, y en él hizo su primer viaje de piloto.
Á la vuelta de este viaje fué cuando apareció en Santander en perfecto carácter de «marino;» ya era... como todos. Porque, yo no sé cómo diablos sucedía eso; pero sucedía: que fueran rubios ó delgados, ó altos ó bajos, los _náuticos_ del Instituto ó los _agregados_ en su primer viaje, poco á poco iban transformándose; y cuando volvían de _segundos_, todos eran iguales; todos tenían mucha espalda, mucha mano y muy velluda; todos eran morenos, con patilla corrida, muy espesa; abiertos de brazos, ásperos de voz, lentos en el andar, duros de ceño, secos de frase, pero pintorescos de palabra, y de gustos pueriles y espíritu regocijado. Por último, todos vestían el mismo traje: la gorra con galón de oro y botón de ancla sin corona; el chaquetón pardo; las botas de agua sobre pantalón pardo también, y la corbata negra á la marinera; y acaso esta rigurosa uniformidad de vestido y de modales, contribuyera á darles la extraordinaria semejanza que se notaba entre ellos.
Bitadura fué uno de los más populares de su tiempo; y cuando, después de haber corrido borrascas en todos los mares de los dos mundos, dió en antojársele que no le _llenaban_ por entero, al llegar á Santander, los entretenimientos del café de la _Marina_, las parrandas nocturnas, las _culebras_ en las romerías, y otras hazañas de rigor en el gremio, algunas de ellas harto pueriles, se armó un día de valor, él que no se amilanaba entre los abismos del mar embravecido; se atusó un poco la greña; se puso camisa limpia, y unas botas de charol debajo de las perneras, y se fué á pedir á un piloto jubilado, más por falta de salud que por sobra de años, la única hija que tenía, moza, á la sazón, en la flor de su primavera, y, como decía el mismo Bitadura al describírsela á un amigo, después de confesarle su proyecto, «bien corrida de eslora, recia y levantada de amuras, airosa de raseles y alta de guinda.»
Estaba hecha á poco la pretendida, porque en aquel tiempo aún había _clases_, y apenas gastaban seda las chicas solteras de más de siete familias de Santander; era bien afamado el pretendiente, porque no se tomaban á pecado las calaveradas temporeras, digámoslo así, de aquellos mozos tan honrados en el fondo de sus almas, y tan valientes y sufridos en la mar; le estimaba mucho el padre, y la hija le había visto, por tres veces, barrer á bofetadas la acera de enfrente para quedarse él solo echándola requiebros, mentalmente, desde allí; de modo que, aunque todavía no había pasado de piloto, y era tan desmañado en _finiquituras_ y voquibles, que sudó brea para dar á entender lo que quería en aquel trance (porque claro de todo no acertó á decirlo), concediéronle la chica, que se llamaba Andrea, y tenía dos ojos como dos soles; un pelo que relucía de negro, y tan abundante, que no le cabía en la cabeza; y una boca, y un color... en fin, una buena moza en toda la extensión de la palabra.
Casóse con ella andando los días; y antes de un mes de casado, se embarcó para hacer su último viaje de piloto. Porque á la vuelta, habiéndose desembarcado el capitán por una larga temporada, le dieron á él el mando del buque, que era un bergantín bien afamado. Y hete aquí ya á Periquito hecho fraile. Ya era capitán; ya tenía una paga de sesenta pesos al mes, y no tardaría en disfrutar de los beneficios que generalmente conceden los fletadores ó dueños del barco al capitán que le manda con celo é inteligencia... Pero, en cambio, ¡qué peso tan molesto el de los deberes que le imponía su repentina transformación! ¡Cómo le costaba amoldarse al ritual de su nueva categoría! Por de pronto, fuera chaquetones y botas de agua, y todo cuanto ésta y las demás prendas del hábito de un piloto representaban en su vida pública: la independencia, la holgura, la vida alegre de mozo descuidado, el lenguaje convencional y pintoresco... y hágase usted hombre formal, y hable en serio con mercaderes y corredores, y, sobre todo, vístase usted de paño fino, con alas y arrastraderas... y meta el corpanchón macizo debajo de una levita; los pies dentro de unas botas de charol; las manazas, gruesas y velludas, en guantes de cabritilla, y... ¡horror de los horrores! sobre la cabeza, arreglada por la hoz del peluquero, encájese el oprobio de la _castora_... y échese usted con ese aparejo á la calle, sin atreverse á andar ni á revolverse mucho por temor de que salten los botones ó revienten las costuras; y salude á la moda en los escritorios y consulados; y mientras habla ó le despachan, siéntese, _por lo fino_, en una silla, y mátele la duda de si pondrá la _canoa_ en el suelo ó la tendrá entre las manos, ¡ó la arrojará por el balcón, que es lo que él preferiría!
La primera vez que se vió ataviado así delante de un espejo, soltó la carcajada.
--Con esto y un bastón--exclamó,--un matasanos de aldea.
--¿Por qué no le compras?--le dijo su mujer.
Bitadura la miró con el asombro pintado en la cara.
Decir á un capitán de aquéllos que saliera con bastón, equivalía á aconsejar á un coracero que llevara en la mano un abanico.
Pero, en fin, se fué acostumbrando á la librea, aunque no la usaba más que en actos _oficiales_, digámoslo así, ó en momentos muy solemnes; fuera de esos casos, un traje holgado, de medio aparejo, entre piloto y capitán; cómodo, sin dejar de ser serio.