Teatro selecto, tomo 2 de 4 · Capítulo real 135 de 245
ESCENA II
Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 1 tramo técnico para mejorar el rendimiento.
CRESPO.--ISABEL.
CRESPO.
_(Dentro.)_ Vuelve á matarme. Serás piadoso homicida; Que no es piedad el dejar A un desdichado con vida.
ISABEL.
¿Qué voz es esta, que mal Pronunciada y poco oida, No se deja conocer?
CRESPO.
_(Dentro.)_ Dadme muerte, si os obliga Ser piadosos.
ISABEL.
¡Cielos, cielos! Otro la muerte apellida, Otro desdichado hay más, Que hoy á pesar suyo viva.
_(Aparta unas ramas, y descúbrese Crespo atado.)_
Mas ¿qué es lo que ven mis ojos?
CRESPO.
Si piedades solicita Cualquiera que aqueste monte Temerosamente pisa, Llegue á dar muerte... Mas ¡cielos! ¿Qué es lo que mis ojos miran?
ISABEL.
Atadas atras las manos A una rigurosa encina...
CRESPO.
Enterneciendo los cielos Con las voces que apellida...
ISABEL.
Mi padre está.
CRESPO.
Mi hija veo.
ISABEL.
¡Padre y señor!
CRESPO.
Hija mia, Llégate, y quita estos lazos.
ISABEL.
No me atrevo; que si quitan Los lazos que te aprisionan, Una vez las manos mias, No me atreveré, señor, A contarte mis desdichas, A referirte mis penas; Porque si una vez te miras Con manos, y sin honor, Me darán muerte tus iras; Y quiero, ántes que lo veas, Referirte mis fatigas.
CRESPO.
Detente, Isabel, detente, No prosigas; que hay desdichas, Que para contarlas, no Es menester referirlas.
ISABEL.
Hay muchas cosas que sepas, Y es forzoso que al decirlas, Tu valor se irrite, y quieras Vengarlas ántes de oirlas. --Estaba anoche gozando La seguridad tranquila Que al abrigo de tus canas Mis años me prometian, Cuando aquellos embozados Traidores (que determinan Que lo que el honor defiende, El atrevimiento rinda) Me robaron: bien así Como de los pechos quita Carnicero hambriento lobo A la simple corderilla. Aquel Capitan, aquel Huésped ingrato, que el dia Primero introdujo en casa Tan nunca esperada cisma De traiciones y cautelas, De pendencias y rencillas, Fué el primero que en sus brazos Me cogió, miéntras le hacian Espaldas otros traidores, Que en su bandera militan. Aqueste intrincado, oculto Monte, que está á la salida Del lugar, fué su sagrado: ¿Cuándo de la tiranía No son sagrado los montes? Aquí ajena de mí misma Dos veces me miré, cuando Aun tu voz, que me seguia, Me dejó; porque ya el viento, A quien tus acentos fias, Con la distancia, por puntos Adelgazándose iba: De suerte, que las que eran Antes razones distintas, No eran voces, sino ruido; Luégo, en el viento esparcidas, No eran voces, sino ecos De unas confusas noticias; Como aquel que oye un clarin, Que cuando dél se retira, Le queda por mucho rato, Si no el ruido, la noticia. El traidor pues, en mirando Que ya nadie hay que le siga, Que ya nadie hay que me ampare, Porque hasta la luna misma Ocultó entre pardas sombras, O cruel ó vengativa, Aquella ¡ay de mí! prestada Luz que del sol participa; Pretendió ¡ay de mí otra vez Y otras mil! con fementidas Palabras, buscar disculpa A su amor. ¿A quién no admira Querer de un instante á otro Hacer la ofensa caricia? ¡Mal haya el hombre, mal haya El hombre que solicita Por fuerza ganar un alma, Pues no advierte, pues no mira Que las victorias de amor, No hay trofeo en que consistan, Sino en granjear el cariño De la hermosura que estiman! Porque querer sin el alma Una hermosura ofendida, Es querer una mujer Hermosa, pero no viva. ¡Qué ruegos, qué sentimientos, Ya de humilde, ya de altiva, No le dije! Pero en vano, Pues (calle aquí la voz mia) Soberbio (enmudezca el llanto), Atrevido (el pecho gima), Descortés (lloren los ojos), Fiero (ensordezca la envidia), Tirano (falte el aliento), Osado (luto me vista), Y si lo que la voz yerra, Tal vez con la accion se explica, De vergüenza cubro el rostro, De empacho lloro ofendida, De rabia tuerzo las manos, El pecho rompo de ira: Entiende tú las acciones, Pues no hay voces que lo digan; Baste decir que á las quejas De los vientos repetidas, En que ya no pedia al cielo Socorro, sino justicia, Salió el alba, y con el alba, Trayendo la luz por guia, Sentí ruido entre unas ramas: Vuelvo á mirar quién sería, Y veo á mi hermano. ¡Ay cielos! ¿Cuándo, cuándo ¡ah suerte impía! Llegaron á un desdichado Los favores mas aprisa? Él á la dudosa luz, Que, si no alumbra, ilumina, Reconoce el daño, ántes Que ninguno se le diga; Que son linces los pesares, Que penetran con la vista. Sin hablar palabra, saca El acero que aquel dia Le ceñiste: el Capitan, Que el tardo socorro mira En mi favor, contra el suyo Saca la blanca cuchilla: Cierra el uno con el otro; Este repara, aquel tira; Y yo, en tanto que los dos Generosamente lidian, Viendo temerosa y triste Que mi hermano no sabía Si tenía culpa ó no, Por no aventurar mi vida En la disculpa, la espalda Vuelvo, y por la entretejida Maleza del monte huyo; Pero no con tanta prisa, Que no hiciese de unas ramas Intrincadas celosías, Porque deseaba, señor, Saber lo mismo que huia. A poco rato, mi hermano Dió al Capitan una herida: Cayó, quiso asegundarle, Cuando los que ya venian Buscando á su capitan, En su venganza se irritan. Quiere defenderse; pero Viendo que era una cuadrilla, Corre veloz; no le siguen, Porque todos determinan Más acudir al remedio Que á la venganza que incitan. En brazos al Capitan Volvieron hácia la villa, Sin mirar en su delito; Que en las penas sucedidas, Acudir determinaron Primero á la más precisa. Yo pues, que atenta miraba Eslabonadas y asidas Unas ánsias de otras ánsias, Ciega, confusa y corrida, Discurrí, bajé, corrí, Sin luz, sin norte, sin guia, Monte, llano y espesura, Hasta que á tus piés rendida, Antes que me des la muerte Te he contado mis desdichas. Ahora que ya las sabes, Rigurosamente anima Contra mi vida el acero, El valor contra mi vida; Que ya para que me mates, Aquestos lazos te quitan _(Le desata.)_ Mis manos: alguno dellos Mi cuello infeliz oprima. Tu hija soy, sin honra estoy Y tú libre: solicita Con mi muerte tu alabanza, Para que de tí se diga Que por dar vida á tu honor Diste la muerte á tu hija.
CRESPO.
Álzate, Isabel, del suelo; No, no estés más de rodillas; Que á no haber estos sucesos Que atormenten y que aflijan, Ociosas fueran las penas Sin estimacion las dichas. Para los hombres se hicieron, Y es menester que se impriman Con valor dentro del pecho. Isabel, vamos aprisa: Démos la vuelta á mi casa; Que este muchacho peligra, Y hemos menester hacer Diligencias exquisitas Por saber dél y ponerle En salvo.
ISABEL.
_(Ap.)_ Fortuna mia, O mucha cordura, ó mucha Cautela es esta.
CRESPO.
Camina. _(Vanse.)_
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_Calle á la entrada del pueblo._