Teatro y novela (artículos criticos) 1903-1906 · Unidad 13 de 35

Unidad 13 · EL8 VELLS.

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

EL8 VELLS.

Drama de Ignacio Iglesias,

/ICl teatro catalán^ pese á la prevención que existe v5r en Madrid contra todo lo que no es arte castellano y hablado en castellano, ha tenido un gran éxito en esta capital de España. Y el hecho es tanto más de celebrar cuanto que ha comenzado á gustar el teatro catalán en lo que tiene de más ideal, de más semejante á las creaciones de Ibsen ó de Tolstoi, de Maeterlinck ó de Hauptmann, de Sudermann ó de Braceo, de Mirbeau ó de Hervieu, para no citar si no á los grandes primates de la revolución artística contemporánea que preparan la revolución del porvenir.

Cierto que todavía el gusto del público se está depurando y no llegó á un grado de perfección. Cierto que agradan más los romanticismos de Terra Baixa que las hondas filosofías de Mare eterna y de Cor del poblé, pero algo es algo, y ya se van ganando tierras al mar de la insulsez, á nuestro disparatado y fantástico «género grande» y á nuestro prostituido, chavacano y cancanesco «género chico». No

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se educa el paladar de las gentes ni en un día ni en dos, y cuando se está acostumbrado al puchero nacional con sus clásicos y deprimentes garbanzos, es imposible que de pronto gusten de las sanas, suculentas y nutritivas viandas que tienen la carne, el roast'beef^ por su alimento principal. Dadle ostras á un paleto y os las tirará á la cara diciendo que él no prueba porquerías. El que está hecho al vinazo, al tintorro de las tabernas, no concibe que nadie goce bebiendo champagne.

El gusto de nuestro público, del público más selecto, está estragado, pervertido por el arte á lo Echegaray y todo lo que no sean bellas paradojas, cascadas de tropos y figuras retóricas; todo lo que no sean conflictos entre el deber y el honor, entendiendo por este último el falsísimo honor caballeresco y quijotesco; todo lo que no sean adulterios, engaños del marido á la mujer y de la mujer al marido, que es el eterno drama echegarayesco ; todo lo que no sean personajes de cartón piedra, modelados por la fantasía del autor que tiene el derecho al disparate; todo, lo que no sean tempestades en un vaso de agua que se inventan por el dramaturgo y no resisten al menor análisis del sentido común, le han de parecer forzosamente, cosas extrañas que pugnan con el ideal atávico que le han forjado á su pesar y sin su consentimiento, pero del que es esclavo.

La otra noche se me reveló de pronto la diferen^ cia substancial que existe entre el arte castellano vaciado por regla general en los antiguos moldes y el arte catalán que se inspira casi en su mayoría en los

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.novísimos ideales. Tenía Borras en su poder un ejemplar de Juan José el chef d^osuvre del gran Dicenta. Lo tenía Borras con el objeto de darle un repaso, pues ha de representar el tercer acto de Juan José en la noche de su beneficio, despedida de la compañía en esta temporada, que á mí me ha resultado cortísima. Pedí el ejemplar de Juan José^ lo abrí al azar y comencé una obra de comparación con Els Vells^ cuyo libro también lo tenía á mano.

Vedlo y comparad. En Juan José—c^uQ ya digo, es el capo laboro del teatro de Dicenta y aun del teatro castellano de nuestros días — todo son discursos. En cambio en Els Ve lis ^ aun en la escena que representa un mitin de viejos, no hay discursos y se habla con la naturalidad y la sencillez que se habla en la vida, en un diálogo corto y rápido, puesto que las gentes para entenderse jamás discursean y tienden más bien á quitarse los unos á los otros las palabras de la boca.

Todo son discursos en Juan José^ y acaso es ese el principal motivo del soberano éxito del drama de Dicenta, porque el público estropeado, pervertido por Echegaray, por el funesto aunque excelso Echegaray, quiere que se le sermonee y que se le predique y que las tablas de la escena sean un pulpito en contra de todo lo que sucede en la realidad viva donde al predicador se le impondría silencio por aburrido y latoso. Si le quitáis á Juan José los discursos soberbios, admirables, elocuentes, pero al fin irreales, absurdos, imposibles, ¿qué queda que merezca la pena de aplaudirse y de entusiasmar?

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A mí no me cabe en la cabeza y lo dije hace años, la misma noche que se estrenó Juan José^ lo que pasa en el rutilante y prodigioso drama de Dicenta que gusta y gustará por mucho tiempo. Recordarlo: Juan José ^% un obrero que no sabe leer ni escribir, lo cual supone en este siglo de enseñanza gratuita y obligatoria, un grado de mentalidad de los más inferiores, de los más bajos en la escala social. Y sin embargo, |oh ironía de las cosas! sucede que Juan José^ cerebro rústico, tosco, casi tocante en la animalidad, que no sabe leer ni escribir, discurre y habla con el verbo elocuente de un Castelár^ con la filosofía de un Salmerón ó de un Giner, con la ciencia de un Cajal y casi con la erudición de un Menéndez Pelayo. Y pregunto yo: ¿dónde dii^rQViáió Juan José todas aquellas hermosas cosas? Y si tuvo tiempo y ocasión de aprenderlas, ¿cómo es que le faltó para enseñarse á leer y escribir? Porque, francamente, saber leer y escribir es bastante más fácil y está más al alcance dé un mísero obrero que el hablar con el verbo de Castelar, la filosofía de Salmerón, la ciencia de Cajal. ¿Cómo no ha de ser falso un personaje que así procede y de tan elocuente modo charla por los codos?

Y es que Diceñta, como Echegaray, se sustituye al personaje, se mete dentro de su marionette de personaje y discurre, habla, acciona por él. Eso es contrario á la verdad, y todo lo que es contrario á la verdad resulta enemigo del arte. Podrá conmover al auditorio, lograr que el auditorio se entusiasme y delire; pero todo el entusiasmo quedará á flor

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de piel, dejando intacto el cerebro y aún el corazón, que es lo que importa interesar.

De ahí mi asombro y mi gozo. El teatro catalán de Iglesias, de Rusiñol, de Gual, de Crehuet, ha gustado más de lo que se podía esperar, porque el teatro catalán, sobre todo el de la gente joven , se aparta sustancialmente de la idea y del gusto de los espectadores acostumbrados á Echegaray, entusiastas de Dicenta.

Y escrito este preámbulo voy á intentar que el lector se interese, reflexione y sienta, conociendo el argumento, el problema planteado en Els Vells, Cuenta que Els Vells es el mejor drama de Iglesias, el mejor de los artistas dramáticos catalanes. Els Vells ha gustado en Madrid, lo cual representa un inmenso progreso del público. Verdad es que ha tenido en Borras un intérprete prodigioso, colosal, único.

Els Vells es un drama sencillísimo, sin las complicaciones y los ripios y cascotes y escombros del teatro romántico en sus antiguas y en sus nuevas formas.

Joan y Úrsula son dos viejos que viven tranquilos en compañía de Engracieta, su hija, constituyendo una honrada familia de trabajadores. Joan va diariamente á su telar de tejedor, no obstante los setenta años de edad que lleva encima de sus costillas. Con

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el jornal del padre y de la hija — también Engracieta va á la fábrica — tienen bastante los tres míseros obreros. Y así se desliza la vida sin grandes penas ni quebrantos con la sola esperanza de que Engracieta (veintitrés años) se casará pronto con Agustí (veinticinco años). Agustí pertenece á la nueva generación de asalariados que piden un poco más de justicia y de igualdad social, figurando en esa juventud revolucionaria tan reflexiva, tan consciente de sus derechos, que traerá necesariamente la renovación del mundo del trabajo.

Todos los tres actos pasan en casa de Joan, casa modestísima de obreros catalanes en que hay mucha pobreza, pero también mucho orden y aseo. En la primera escena aparecen Susagna y Úrsula, vecinas que viven en la mayor intimidad de afectos, de necesidades y de penas, porque sus dos respectivos maridos trabajan en la misma fábrica. Susagna, esposa de Valeri, se queja á Úrsula, esposa de Joan, de la soledad en que viven Valeri y ella, sin lujos, sin un arrimo para la vejez, expuestos á quedarse eií la calle el mejor día, aquel en que á su hombre le despidan del telar por anciano, inválido ó inútil. Úrsula, en cambio, se queja de que su hija Engracieta sólo piensa en el novio, y así como antes le ayudaba en las faenas de la casa, ahora le falta el tiempo para arreglarse la ropa de la boda. Además Úrsula tiene una espina clavada en el corazón, y es la conducta del padre de Agustí, del famoso gandul, maltrabaja y jugador Xalet, que se pasa día y noche en la taberna viéndolas venir. Con semejante suegro. En-

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gracieta, ni podrá ahorrar, pi menos socorrer á sus padres cuando se case.

Calentándose están junto al brasero Úrsula y Susagna cuando llaman á la puerta. Es Xalet, que viene, como de ordinario, á fumarse un cigarrillo y á echar una firmita al brasero, entreteniendo sus ocios en casa de los padres de la novia de su hijo mientras llega la hora de ir á la taberna. Se entabla la correspondiente disputa, la diaria disputa entre Xalet, el obrero maltrabaja, gandul y jugador, y Úrsula, la buena ama de casa, que odia instintivamente á su futuro consuegro. No hay medio de que se entiendan. ¡Son dos naturalezas tan distintas, hechas de tan diferente barro! Úrsula es la mujer trabajadora, arriscada, que vieja y todo es capaz de gobernar un reino, cuanto más su domicilio, y Xalet es el hombre bien conservado, que á pesar de sus sesenta años y por su constante ociosidad quiere ver lo que dura un hombre sin trabajar. Cierto que Xalet alega en defensa de su gandulería que está enfermo, que le ahoga el asma. Nadie le cree. Para Úrsula no hay más asma que el egoísmo de Xalet, capaz de oponerse al casorio de su hijo á fin de no verse privado del regalo de vivir sin trabajar.

En lo más recio de la querella de compadres y comadres están Susagna, Úrsula y Xalet, cuando se presentan Joan y Valeri, que regresan de la fábrica. Es sábaáo, día de cobranza del salario de la semana, y, sin embargo, los dos viejos, Joan y Valeri, llegan á su casa tristes, malhumorados, con cara de suprema aflicción, con la muerte en el alma. Al verlos, y tras

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un breve diálogo lleno de punzantes ironías á la pereza sempiterna de Xalet, éste y las dos mujeres se marchan, quedándose solos en la escena Joan y Valeri. |Pobrecitos! ¡Infelices inválidos del trabajo! El día tan temido llegó. Como es sábado, les han pagado la semana y después, sin piedad, sin conmiseración alguna, los han despedido por inútiles; porque su vejez ya no sirve en el telar. ¡Horrible, con traste! Xalet, que jamás trabajó, vive contento y feliz con el auxilio de su hijo, mientras que Joan y Valeri,xiue se dejaron en la fábrica sus huesos, se morirán de hambre; irán á parará un asilo. Esta es la justicia que manda hacer la sociedad actual, sin entrañas y sin ley, la feroz y dura sociedad capitalista. A los obreros viejos los planta en la calle, en el arroyo. El patrono no tiene ningún deber que cumplir con ellos, ¿Acaso no les pagó puntualmente el jornal en tanto los pudo explotar? ¿De dónde nace el derecho á la vida del obrero que ya no puede rendir su tributo de esclavo? El caballo viejo y ciego va á la plaza de toros. El trabajador ciego y viejo va al asilo ó al hospital. ¿Verdad que es muy «cristiano» el hospital? Todo esto lo digo yo, Joan y Valeri no lo dicen, porque apenas si saben quejarse y protestar. Pertenecen á la generación antigua, á la vieja escuela de los trabajadores resignados, especie de bestias de carga, que sufren los palos mientras arrean y trabajan, y cuando ya no pueden más se echan en el surco para morir. El miedo, el susto y la tristeza que sienten nace de lo que dirán sus mujeres respectivas cuando sepan que los han despedido. Quizás pensa-

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rán que riñeron con el amo ó que hicieron mala faena ó que se emborracharon... ¿Cómo lo explicarán?

La escena en que Joan le cuenta á su esposa Úrsula que lo han despachado de la fábrica, que está en la calle, en el arroyo es hermosísima. El autor de Els Vells^ el gran Ignacio Iglesias, ha sabido componer un cuadro shakespeariano, Y el actor Borras al interpretarla, alcanza las mayores cimas del arte dramáti» co. Está sencillamente sublime y admirable.

— Toma— le dice Joan á Úrsula — toma el jornal de la semana, ¡el último!

— ¡Cómo el último!

— Sí, jel último! (sollozando). — Pero qué, ¿te han despachado? .-iSí!, isí!

— ¿Por qué? ¿Qué has hecho, infelices de nosotros? ¿Te has barajado con el amo ó el capataz?

—¡No! iNo!

— ¿Habrás tenido una hora mala en el trabajo? ¿Acaso no hay ya faena?

— ¡Tampoco! ¡Tampoco!

— ^Y entonces ¿qué? ¡Dímelo, dímelo por piedad! Contesta, ¿por qué te han despedido?

— ¿Pero qué, no lo ves? ¿Pero que no ves por qué me despidieron? ¡Mira!

Y Joan se quita la gorra, la tira con rabia, se mesa los cabellos, aquellos cabellos blancos, causa de su desdicha. Llora y se desespera. El gesto es sobrio, de una sobriedad trágica, inexplicable en palabras. Al tocarse los cabellos blancos expresa un mundo de reflexiones amargas, ¡La vejez, la vejez inválida é in-

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ütil tiene la culpa de todo! La pobre bestia de carga ya no puede más. Se echa al surco para morir. Y el amo que estrujó su vida y su juventud, su salud y sus energías, lo arroja al arroyo, como al caballo ciego y viejo se le vende para la plaza de toros. Puesto que ya no es materia explotable, que vaya al hospital ó al asilo. Se acabaron los deberes del patrono capitalista. La gran ley por la lucha de la vida no tiene entrañas. Si los amos se apiadaran d^ los viejos se arruinarían. ¡Qué más pueden hacer sino pagarles á los inválidos la «última semana!»

JEl acto primero concluye así, en el gran dolor humano de una terrible iniquidad. Y luego el dolor sigue en aumento porque nunca una desgracia viene sola, ni se acaba el padecer en la casa del pobre.

Agustí, Agustinet^ como le llaman todos familiarmente, en vista de que el padre de Engracieta se ha quedado sin trabajo, aplaza el casamiento. Si se casa en seguida tendrá que mantener cinco bocas en • vez de las dos que mantiene ahora. Es un muchacho práctico, de los de su tiempo, que no se paga de lirismos y de romanticismos y sin renunciar al amor, no concibe el amor en la miseria y el hambre. Al presente son él y su padre, en lo futuro si contrae matrimonio serán : Engracieta y él, Xalet su padre, y s«i suegro y su suegra, Joan y Úrsula. El jornal no da para tanto. Labrará su infelicidad y la de los suyos, érgo debe abstenerse en algún tiempo de boda.

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Todo eso se lo dice en la forma menos dura y molesta á su novia. A otra puerta con el cuento. Engracieta no quiere mirar cara á cara la realidad, está por las fantasías y las imaginaciones propias de los enamorados, por aquello tan clásico de «contigo pan y cebolla», y atribuye á egoísmo pérfido y cruel lo que es fruto de la reflexión, del discurso de una acertada previsión. Agustinet ya no se quiere casar en seguida, luego Agustinet no la quiere, se habrá enamorado de otra. Rompe en llanto desgarrador, se desespera, pone por testigo y juez á su madre, de la conducta del infiel, del traidor, del descastado, del impío Agustinet. Madre é hija, Úrsula y Engracieta convienen en que la culpa de todo es del egoistón deXalet, el mal trabaja, gandul y jugador, padre de Agustinet.

Dicho y hecho: madre é hija, locas, desesperadas, y al par dignas, ponen de patitas en la calle al novio y al padre del novio causante de todo. En vano razona y suplica que le oigan y razonen con él, el desventurado Agustí. Por el tiempo las cosas se arreglarán, y él ganará más jornal y se podrán casar y mantener cinco bocas. Engracieta le arguye que si son cinco á gastar, serán dos á trabajar y á ganar. «No — dice Agustinet— cuando seas mi mujer, tú no irás ala fábrica, porque la esposa debe estar en casa y no en contacto con el taller ó la fábrica, lugares de perdi-' ción, ó cuando menos de tentación.»

Pese á todos los razonamientos prudentes de Agustinet, la ruptura estalla, y cada familia se separa y la boda se deshace. Los dos viejos, Joan y Ur-

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sula quedan solos con su hija, muerta la única esperanza de salvación que se cifraba en la boda de su hija. No hay palabras con qué pintar su desconsuelo, aquello no es un hogar, aquello es un cementerio de ilusiones.

Una vez más se prueba el talento, las dotes de observador, la intención sana de filósofo del gran dramaturgo Ignacio Iglesias. Otro que no fuera él resolvería el problema á la usanza romántica y lírica atrepellando por todo. Agustinet como los personajes de Echegaray, si es que Echegaray fuese capaz de crear un Agustinet, en grandes párrafos declamatorios y grandilocuentes ó en grandes tiradas de versos, hubiera exclamado que Dios protegía á los pobres entrando en el matrimonio con los ojos vendados, á salga ló que saliere, á morirse al día siguiente de hambre aunque muy enamorados. El rasgo heroico y suicida promovería el aplauso del público, pero también la risa ó el espanto de todos los espíritus bien equilibrados. El teatro no se ha hecho para eso, para arrojarse por los despeñaderos de las frases retóricas sino para educar la voluntad y la inteligencia, señalando los escollos de la navegación por la vida.

Además la cuestión social es lo que es, la más magna y honda y gravísima de todas las cuestiones, porque no solo ofende el derecho y menoscaba la justicia y produce el dolor sino que desgarra la dicha de los seres humanos con la conducta impía de los patronos.

Ved lo que pasa en el tercer acto que es tal vez el

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más hermoso de la obra. Joan despedido de la fábrica, Joan á quien se le ha frustrado el matrimonio de su hija, no quiere rendirse, é intenta un supremo esfuerzo de rebelión contra su infausta suerte. Sí, eso es: llamará á sus compañeros, á los .viejos despedidos como él de su fábrica y de otras fábricas, y todos juntos (tots plegáis) en una acción común irán á ver á los amos, á pedirles que vuelvan sobre su acuerdo. Si tal recurso fracasa, todavía les queda un medio supremo, el de interesar á los obreros jóvenes, el de lograr que éstos promuevan una huelga. Los patronos no ceden ante el derecho, pero sí ante la violencia. Veremos si se muestran tan fieros y despiadados cuando estalle esta huelga de «solidaridad» con los viejos,

Y convoca á un mitin en su casa, Presididos por Joan que tiene 70 años se reúnen: Valeri (65 años), Olaguer (80), Geroni (65), Pere (70), Menut (8o),Bó«- rra (75), Tit (70), Calderí (75), Rovellat (70), y Vador (70). Contad los años que suman todos aquellos infelicísimos viejos á los que ni siquiera la caridad ampara porque ya no están para implorarla.

El mitin de los viejos es una hermosura como escena artística sentida y dramática. Sólo se puede comparar á aquel otro mitin de El Enemigo del pueblOj^QÍ célebre'' drama de Ibsen que tan honda emoción causa en todos los auditorios por egoístas y fríos que sean.

Van entrando Els Vells convocados por Joan para celebrar un mitin de protesta, de solidaridad. Da lástima verlos. El uno arrastra las piernas, el otro no puede con sus brazos, el de acá tose de tal manera

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