Tradiciones argentinas · Unidad 103 de 252
Unidad 103 · DOCTOR P. OBLIGADO 1 57
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DOCTOR P. OBLIGADO 1 57
Vidal, hurgoneando su correspondencia con D. Cosme de la Cueva, ex jesuíta, como el anterior, sin llegará descubrir la hermosa americana, agazapada y muda entre las hojas de un misal.
Tal fué la «conspiración de los franceses» sin franceses, ó la «revolución de la medallita» que vino á remover el pandero. El soberbio Sr. Alzaga, que no llegó á virrey, pretendió ser rey bajo la denominación de Martín I; y en odio á los nativos, para recomendarse gor su celo, inventó motín sin amotinados, y sin llegar á la altura de Iturbide, emperador mejicano, sobrepasóle en la de horca, por ser la suya más alta.
Enseña una vez más esto, que, magistrado ó simple particular, ya se hallen en bajo nivel ó en las alturas, deben siempre proceder con justicia y rectitud. Por ocultos que parezcan sus procedimientos, entre sombras ó en las profundas entrañas de la tierra, tarde ó temprano sale á la superficie el mal producido. Procediendo con todo sigilo el alcalde, no faltaron, quince años después, tres personas que estallaran de ira en la plaza pública. Tal en nuestros días, sobre cierto magistrado que creíase á cubierto de subversivos procedimientos, no faltó uno de tantos damnificados, que, revelando su execrable conducta, púsole en expectación, y prensa, opinión pública, cámaras, meetings de indignación, poder ejecutivo, congreso, colegas, estudiantes, los heridos por su mal proceder que formaban regimiento, montaña abrumadora de cargos amontonaron, de peso tal, que sin esperar la tormenta, escabulló como por escotillón del alto puesto de magistrado, nuevo caso de cómo la conciencia acusa.
A sucedidos semejantes, cantó nuestro infortunado Cuenca:
«Todo se paga en este mundo, todo el mal que cometemos en el suelo, cuando no es en la tierra, es en el cielo, cuando no es á los hombres, es á Dios.»
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ARGENTINOS EN TRAFALGAR (tradición de 1805)
A la memoria del explorador de Rio Negro comandante de Marina D. Erasmo Obligado
Apenas habían transcurrido cuarenta años de la última batalla por la Independencia americana, cuando los jefes supervivientes en esta capital, de que salieron, no alcanzaban á una docena.
Pero este reducido número de ancianos cuyas cabezas plateaba la nieve de los años, abrillantando sus petos militares numerosas condecoraciones y cordones, aparecía como el último grupo histórico, dorado por los resplandores de la gloria.
Tres ejércitos europeos habían desembarcado en Méjico para levantar el trono efímero de un día, poco antes que una escuadra numerosa amenazara á Valparaíso y fuera rechazada en el Callao, insinuando la reivindicación para la Metrópoli de sus antiguas colonias. Ante tal amenaza y la del almirante Pizón, de que sólo hubo tregua, hasta los huesos de nuestros padres se conmovieron en sus tumbas, y los fundadores de la Independencia, cual por eléctrico sacudimiento, se incorporaron para señalarnos con el índice inflexible del deber el camino de la gloria por ellos inaugurado.
En aquellas reuniones preparatorias del gran meeting popular (12 de junio de 1864 en el Teatro Colón) para protestar contra el bombardeo del Pacífico, presididas por el general Zapiola, decano "de aquellos ilustres guerreros, cual el padre de la patria, aleccionaba á los jóvenes con el ejemplo de los ancianos. Cada uno recordaba allí las hazañas de su hermano