Tradiciones argentinas · Unidad 102 de 252
Unidad 102 · DOCTOR P. OBLIGADO I55
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DOCTOR P. OBLIGADO I55
Caviloso andaba el Sr. D. Martín de Alzaga, cuya fortuna le colocaba entre los más ricos de su época, é inquieto le tenía el descubrimiento de una revolución, que sin duda sólo existía en su mollera. Como su conspiración del año nueve, huera resultó ésta. El ricohome pretendía acreditarse más godo que el rey, bien
que nada justificó el susto del Ca- ^¿í';."
bildo eclesiástico trasladando el sagrario de la catedral, al chisme de la ex querida de un trances denunciando que volaría la catedral. Pero como para comprobar conspiración, preciso era inventar conspiradores, echóse mano al francés -^^^^ """^^^ de la relojería más inmediata á los calabozos de la Inquisición. La casa de Alzaga
Y tanta prisa tuvo el Sr. Alzaga en comprobar lo que no existía, que poco satisfecho con el penitenciado Antonini, á solicitud de los más celosos cabildantes, hizo pasear en bestia de albarda á uno, oprimiendo en otro los dedos á quien más sueltos y ligeros los necesitaba para mecanismo tan fino como el de su oficio.
Más de quince años se conservó el secreto inquisitorial-, revelado recién en la mañana del 5 de juHo de 18 12, cuando suspendido en la horca el acaudalado comerciante que pretendió sofocar los primeros hálitos de independencia, enajenado, fuera de sí, Antonini llegó á abrazarse de la horca. Su compañero Barbarín tiraba monedas al populacho, y hasta una de las Vieytes, víctima su prometido del mismo acto inquisitorial, corriera á empapar su pañuelo en la sangre del martirizador.
En resumen: la Inquisición establecida en Lima desde 1540 hasta 1822, en que se le regaló al general San Martín su campanilla de plata, pues ya no tenía á quién llamar, comprendía hasta los denunciados en esta plaza. Durante el tercer virrey^ y á consecuencia de la revolución de TupacAmai-ú, extendió sucursal en Buenos Aires. En la de Lima fueron penitenciados media docena de argentinos; en la de Buenos Aires, denunciados otros tantos, los dos referidos sufrieron castigos.
Muchos años después, cuando concurríamos á la escuela de D. Juan Peña (frente á la Botica de los Angelitos), al regresar en las tardes de verano, encontrábamos chupando mate al grueso Sr. Antonini, en mangas de
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camisa, tomando campo ó aire á la puerta, de codos sobre la media hoja inferior cerrada, en la antigua relojería heredada de su señor padre, bajo el noviciado de los jesuítas, á veces conversando con el Sr. Masculino, buen mozo ó dandy del barrio, sobre su caballo chileno, más braceador que el del Dr. Escarranea; otras, en charla de vecindad con el latero de la cuadra, Miseretti, llamando siempre la atención de los escueleros que miraban con cierto pavor al hijo del inquisicionado, como lo apodaba la anciana de los altos de esa esquina, madre de nuestro poeta Ventura de la Vega.
Si se criticara esta tradición de que no justifica su nombre, por dejar la conspiración en el tintero, en puridad de verdades, confesaremos que no hubo conspiración, y casi casi ni franceses, bien escasos, el pasado siglo por estas regiones. Los más notables asiduos eran en casa de las Vieytes, por ser de las pocas niñas que mejor pronunciaban su idioma. Más tarde M. Forest, coronel distinguido en los primeros ejércitos de la patria, desposó á una de las señoritas de la casa. Otro caballero francés falleció prematuramente, siendo novio oficial de la mayor de las hermanas, y Antonini y Barbarín fueron de sus frecuentadores. Hubo, sí, castigo de delito que no se cometió, sin encontrarse francés alguno en la bocamina.
Otra más grande que la catedral abortó por aquellos tiempos, conspiración de los jesuítas, desde que perdieron su reinado en ésta, para hacer saltar las colonias, facilitando su escape del trono de España. Así, desde mucho antes, á secularizados jesuítas que habían quedado en los escondrijos de su colegio, y á otros en Montevideo, Lima, Méjico, llegábales de cuando en cuando como santo y seña ó palabra de orden para el levantamiento la medallita revolucionaria cuya historia es la siguiente:
Obtenidas por los norteamericanos las primeras victorias (Saratoga y Jorkwon) en lucha por su independencia, aquel sabio hijo de América que ^arrebató el rayo al cielo y el cetro á los tiranos,» mandó acuñar en París (1783) la medalla con busto de una hermosa mujer, cabello suelto á la izquierda, asta de la Libertad y gorro frigio sobre el hombro derecho. Llevaba la fecha del 4 de julio de 1776, y por leyenda Libertas América. Lluvia de ellas empezó á caer en Méjico, Perú, La Plata, como aerolitos, y fué esto lo que encocoró el real ánimo de Su Majestad. Según el testimonio del Dr. Lamas, citado por el numismático Rosa, desde mucho antes de la imaginada conspiración apareció en el Plata la medalla de la Libertad Americana, pues ya en junio de 1789, persiguiendo una, entró el gobernador de Montevideo, rodeadoMe escribas y cartularios, en la habitación de