Tradiciones argentinas · Unidad 105 de 252

Unidad 105 · 1 6o TRADICIONES ARGENTINAS

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1 6o TRADICIONES ARGENTINAS

mismo tiempo que caían al pie del cañón, cerca de Gravina, los dos hermanos Aldao (Santiago y Francisco), y en el Trinidad, contra el que concentraban los fuegos enemigos, Cisneros, gravemente herido en medio de sus ayudantes Martín José Warnes y Ensebio Medrano, igualmente argentinos.

En otra piadosa escena se distinguió también el último de nuestros guardias marinas, un jovencito, casi un niño, Miguel Antonio de Merlo. Vinculado por el cariño sin doblez, en la primera edad, al sabio marino Alcalá Galiano, en quien más que jefe encontró un padre solícito, aún no terminada la terrible hecatombe de aquellos sangrientos funerales, dignos del último héroe del Océano, el ayudante Merlo, tropezando entre muertos y heridos, buscaba la cabeza de su jefe querido, reconocidos los restos por sus insignias. Sobre la cubierta, llena de sangre^ que la arena esparcida en previsión de resbalones no evitaba que corriera de babor á estribor por inmensos vaivenes de mar alborotado, la encontró desfigurada, rodando bajo los cañones, y corrió á llevarla al capellán, contraído á socorrer heridos, absolviendo á los valientes marinos españoles que morían sobre el Bahama.

Cual una misma densa nube de humo envolvía á todos los combatientes, la Gloria extendió sus inmensas alas sobre los marinos de las tres naciones que se batieron con igual heroísmo en Trafalgar.

Difícil es resumir en breves páginas los numerosos episodios heroicos que en las escuadras combinadas se reprodujeron, al tronar de cinco mil cañones, que á la vez resonaban en las costas del África y la Europa, por lo que nos limitaremos á recordar sólo á los jóvenes argentinos que aUí se ensayaron.

Desde antes de haber nación argentina, hijos de esta tierra se distinguieron aun en las más lejanas. Nuestros primeros guardias marinas, casi todos en su adolescencia é inexpertos (era el primer combate en que recibían el bautismo de fuego y sangre), no teniendo mando de buque, en grados subalternos, no les era dable descollar en brillantes maniobras; pero en éste, el más grandioso que presenciaron los mares, cada uno de ellos cumplió con su deber, que fué también la orden del día izada en lo alto del mástil del Victory por el almirante Nelson caído á su pie: ¡La Inglaterra espera que cada uno cumpla con su deber! Como él, todos los generales españoles, franceses, ingleses, fueron muertos ó heridos, lo que en ningún otro combate se ha repetido.

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Años después fallecía en Buenos Aires el último veterano de Trafalgar, y en el oportuno discurso del historiador de la Marina argentina, Dr. Ángel J. Carranza, recordó á otros jóvenes argentinos que, como Zapiola, Blanco Encalada, Thompson, Matías Aldao, hicieron sus primeras armas en la Escuela española, recorriendo todos los mares antes que el Océano reflejara el pabellón de su patria.

La fúnebre ceremonia fué honrada con la presencia del ministro español Pérez Ruano, por cuyo intermedio el Dr, Teodoro Alvarez obsequió al contraalmirante Lobo (autor del Manual de ¡a Navegación en el Río de la Plata) una curiosa reliquia de Trafalgar, con verdadero culto conservada por tantos años. Excelente nadador, el padre de nuestro hábil cirujano, cuando iba á zozobrar ya su nave, desprendió de su cabecera el cru- .cifijo de marfil, recuerdo maternal, y disparando el último cañonazo en Trafalgar, se arrojó al mar salvándose con él.

En vasto escenario transformaron el puente estrecho nuestros primeros guardias marinas, que iban ensanchando, como se dilataban los horizontes delante de su proa, sobre todos los mares que circundan la tierra, ya libertando esclavos á su paso de barcos negreros, ora auxiliando náufragos, y llevando siempre bien en alto por todas partes el pabellón de una nueva y gloriosa nación!. ...

El general Zapiola

El salto de Hornos