Tradiciones argentinas · Unidad 112 de 252

Unidad 112 · DOCTOR P. OBLIGADO 1 73

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DOCTOR P. OBLIGADO 1 73

Diez y ocho cañones resguardaban las bocacalles de la plaza, coronadas de soldados azoteas, recova y Cabildo.

Poco á poco, y después del más vivo fuego, languidecía éste, contestando con menos bríos los rifleros escoceses hasta que abandonaron la plaza, que en inmensa algazara y tropel, confundidos soldados y vecinos, fué llenada por las tropas del pueblo.

Hombres, niños y mujeres, el verdadero pueblo representado en todos sus gremios, estados y condiciones, cooperó con valor y entusiasmo á la victoria.

Hasta los muchachos de las calles se distinguieron por sus servicios: unos alcanzaban municiones en sus raídos ponchitos: otros rompían éstos para taco de cañón. Mientras que todas las puertas se abrían para recoger y atender á los heridos, todo auxilio era negado á los ingleses en dispersión.

Guardacantones, puertas y ventanas servían de refugio á bisónos soldados, y cuando los vecinos armados veían acercarla mecha al cañón, dejábanse caer al suelo, y bajo el humo de la metralla, con furor desenfrenado, avanzaban puñal en mano, haciendo retroceder á los intimidados veteranos de Albión.

Hasta las mujeres tiraban de sus balcones el primer mueble, ó pesado objeto á mano, sobre los fugitivos, y si las piedras de las calles no se levantaron en aquel día, fué porque éstas no las tenían.

Muerto un bravo arribeño al lado de su mujer que le ayudaba, tomó ella el fusil caído de sus manos y con certero tiro mató al matador de su marido.

No lejos de esta valiente Manuela la Tucumanesa, un muchacho casi niño, Montes de Oca, con no menos heroicidad, al caer el cabo de cañón y ver que avanzaban á arrebatarlo en la calle Defensa, se precipitó, recogiendo la mecha que aún humeaba cerca del muerto artillero, dando fuego^ y al disparar el último cañonazo, barrió el postrer pelotón de petos colorados.

Cuando Liniers llegaba al pretil de la Merced, viendo Berestord, parado bajo el arco de la Recoleta vieja, caer muerto á su ayudante Kennet, hizo con la espada señal de retirada, y replegando sus tropas entró el último en la fortaleza, mandando levantar el puente levadizo.

La densa bruma de un día gris, húmedo, nublado, y el humo del combate impidieron por algún tiempo divisar la bandera blanca flameando en el bastión Norte, por lo que continuaron los tiros desde todas las bocaca-