Tradiciones argentinas · Unidad 121 de 252
Unidad 121 · DOCTOR P. OBLIGADO 1 83
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DOCTOR P. OBLIGADO 1 83
corriente progresiva, el inmigrante de la víspera que allí desembarca, llega en nuestras playas á ser el millonario del día siguiente. Bien puede profetizarse que antes de terminar el siglo en que Escobar pescara oro allí, los lotes de agua de entonces se habrán convertido en lotes de oro. '
Pero si el referido fué ó no verdadero milagro, no nos arriesgamos en tan intrincadas honduras, que mucha agua y fuerza suele traer el Plata en sus crecientes por la furiosa suestada de Santa Rosa, como cuando anegaba esas verdes toscas resbaladizas. Tal vez el milagro consistió en llegar el socorro en el instante preciso.
Los más viejos soldados del regimiento 7 1 , vencido en nuestras calles y vencedor en Waterloo, no nos supieron decir en Inglaterra si el sucedido tuvo por causa el frío ó desfallecimiento de marinero en trinquis, que en noche tormentosa dejó caer al agua una talega de onzas, ó en la casualidad de echar la red en ese mismo paraje el pescador que acostumbraba extenderla en sus alrededores.
Pero si algún lector creyere que este milagro lo es de nuestra invención, ocurrir puede á los folletines del Comercio del Plata, publicados por el decano de nuestros historiadores, que no tiene edad para mentir
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EL HOMBRE QUE VOLÓ
Tan extraordinario sucedido se anunció á cañonazos.
La torre de las balas
— Papá, papá: ¿qué significan aquellas balas en la torre de esta iglesia?
— Ellas conmemoran, querido hijo, uno de los hechos más gloriosos de nuestros antepasados; recuerdo de nuestro primer día de gloria.
— Cuéntame eso, explícamelo, que algo he oído entre los alumnos del cuarto grado, cómo unos ingleses que pretendieron tomarse esta ciudad, de la que los sacaron zapateando, diéronse más tarde á inventar empréstitos para embaucarnos mejor y hacernos luego subditos ó dependientes.
— Con mayor gusto te haré el cuento de la torre de las balas, en día que es aniversario glorioso para los hijos de esta tierra, pues noventa años cumplen que el pueblo alcanzó en las calles de Buenos Aires una gran victoria. Fué hacia su conclusión cuando, en la tarde del 5 de julio de 1807, D. José Antonio Leiva, subteniente de caballería, voló desde esa torre del convento de Santo Domingo.
— ¡Cómo! ¿Voló con caballo y todo?
— No. Sus alas de seda las bordaron rubias hijas de Albión, y desplegadas en la América del Norte, en Malta, en el Indostán, en San Juan de Acre, en el Cabo de Buena Esperanza, es decir, desplegadas sobre toda la tierra, cayeron aquí vencidas, y emprendió el vuelo el pobre húsar^ sin duda más rápido de lo que él deseara. Aunque extraordinario el sucedido, fué en época de extraordinariedades, siendo sólo una más de las que hicieron época. En aquellos tiempos, cuando los argentinos volaban en alas