Tradiciones argentinas · Unidad 122 de 252

Unidad 122 · DOCTOR P. OBLIGADO 185

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DOCTOR P. OBLIGADO 185

del patriotismo, cuando contra este reducido vecindario se estrellaban impotentes uno y otro ejército de línea, cuando había más aquilatado patriotismo.

Después después, cuanto uno más vive, más cosas ve y, sobre todo, más iniquidades oye.

Con pesadumbre llegamos á oir: «¡Fué un error aquello de la expulsión de los ingleses!

»La revolución de la independencia, otro anacronismo.

»E1 pueblo era todavía niño, no estaba preparado para gobernarse. Doble error oponerse á la conquista. Seríamos más felices, sin duda. Sólo habríamos cambiado de idioma. Lutero y Calvino serían hoy los santos de nuestra devoción; aunque á pueblo tan variable nunca le ha durado mucho su devoción.

«Pero el país hubiera progresado más rápidamente que las colonias de Australia, y sobre todo, en vez de los desvalorizados billetes que ensucian, brillantes esterlinas sonarían en nuestro bolsillo.»

¡Pobres abuelos! Ni vaha la pena que anduvieran á capazos por legarnos una patria. Indudablemente muy viejos estarían ya los pobrecitos. Pensaban á la antigua, á la buena de Dios que es grande; dormían largas siestas y en ellas entrevieron sin duda algún dulce ensueño de patria que no tenían.

Pero sigamos con el cuento de cómo, cuándo y dónde voló, sin previo anuncio, este improvisado aeronauta, nada entendido en achaques de aerostación.

La verdad era que después de muchas horas de nutrido fuego incesante, desde el romper del alba, los petos colorados invadían, avanzaban y desparramábanse por todas partes, como innumerables hormigas del mismo color.

Al Norte, en el reducto de la plaza de toros, el capitán de navio Gutiérrez de la Concha había sido ya rendido con todos sus cañones.

Apenas el capitán de Gallegos, D. Jacobo Adrián Várela, salvó de esa chamusquina á sesenta de sus bravos, con quienes supo abrirse paso, atravesando la ciudad, para ir á reforzar á los asaltantes de Santo Domingo y desalojar de allí á los invasores. Al Oeste, posesionados de las alturas de la Piedad, los ingleses avanzaron hasta San Miguel.

Al Sur, desde San Telmo hasta Santo Domingo, muertos y heridos coloreaban los mismos á lo largo de esa calle.

1 86 TRADICIONES ARGENTINAS

Al pie de esta torre se concentró el último episodio de la defensa, y la roja bandera inglesa flameaba en sus alturas, como roja mancha desangre sobre el fondo de un nublado cielo opaco.

Aunque el triunfo definitivo parecía inminente para los invasores, ni una palabra desanimó.

Si las milicias se hallaban quebrantadas, el pueblo no estaba desalentado. Nadie hablaba de rendición.

Muertos Lasala, Balbin de Unquera, etc.; prisioneros Romarate, Michelena y demás oficiales de marina; derrotado Elío, vagando desconcertado Liniers, conmovida la línea y el pequeño círculo defensivo, el pueblo irguióse sobre sí, y á su postrer esfuerzo supremo se pronunció la victoria.

El primer obstáculo en que escollaron los veteranos de Albión fué el cuerpo de Patricios. Desde las ventanas de Temporalidades, de las bóvedas y calabozos de Oruro, hábilmente dirigidos sus fuegos por el comandante Saavedra, Viamonte, Díaz Vélez y otros inexpertos, pero entusiastas oficiales, rechazaron á los soldados de Cádogan y Pack. Huyendo éstos desde la Ranchería, subieron á fortificarse en la casa de la Virreina Vieja, por cuyos caños llegó á correr sangre

Mientras que Rodríguez y Puyrredón dirigían soldados en guerrillas por diversos extremos, las vecinas de la calle Cuyo, desde sus azoteas, achicharraban con agua hirviendo á los fugitivos que pasaban á su alcance, arrojándoles bombas de mano.

Los compadritos del alto por un lado, y los abastecedores y carretilleros en las afueras, daban cuenta de dispersos y extraviados, á la vez que dragones y blandengues, húsares y arribeños y los tercios de cántabros, vizcaínos, gallegos y catalanes, andaluces, montañeses y migueletes.

Si entre los venidos expresamente á la defensa se distinguieron, siendo oficiales subalternos, caudillos después de tanta fama cual Güemes, Bustos y López, entre los españoles el coronel Velazco, recién llegado del Paraguay, el capitán de Galicia D. Bernardo Pampillo, el de montañeses D. Miguel Fernández Agüero, no fueron los únicos que animaban con su ejemplo en la lucha, como Aguirre, Ibáñez, Garallo, Balbastro, Correa y Castex, que merecieron ascenso. Alzaga, el alma de la resistencia en la noche triste, acompañado por Azcuénaga, Villanueva, Capdevila y otros acaudalados vecinos, retemplando el valor que nunca desfalleció, robustecían la defensa abriendo trincheras en las ocho calles que desembocan en la plaza principal; acantonando las tropas bisoñas en las más convenientes alturas y convirtiendo cada casa en un castillo, por cuyos fuegos llamó el jefe invasor «estrechas sendas de la muerte>J las calles en que desfilaron atropelladamente sus soldados aterrados.

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Hombres y mujeres, niños y ancianos, naturales y extranjeros, y hasta los muchachos tirando piedras y extraviando á los asaltantes con falsas señas, coadyuvaron con eficacia á que la victoria, indecisa á las doce, se decidiese á las tres de la tarde.

El general Withelocke, pidiendo una tregua que se le negó, vacilaba en aceptar la rendición exigida, pues aún oíanse las descargas de sus soldados desde las torres de Santo Pomingo, dominando sus alrededores.

Entonces fué cuando se concentraron todos los fuegos sobre este punto.

Los capitanes Rivera y Ramos y D. José Fornaguera dirigieron los cañones del bastión Sur en el fuerte, para echar abajo la torre, al tiempo que desde la huerta de Telechea batía una pieza de á cuatro su frente, y otra pequeña, en la calle Belgrano, su costado Oeste.

Los montañeses del coronel D. Pedro Andrés García, desparramados en los más altos tejados alrededor del convento, daban cazaá cuantos asomaban sobre las bóvedas.

En un momento, los fuegos cruzados de artillería bordaron la base de la torre con más de sesenta balas de diverso calibre.

De tal modo llegó á ser conmovida, que por tres veces vaciló, apresurándose el invasor á levantar en ella bandera de parlamento.

— Quedo enterado del hecho glorioso que se conmemora en este día. ¿Pero, en tan largo paréntesis, el hombre del cuento habrá volado? — interrumpió el niño al padre, que así le hablaba el otro día desde el pretil de Santo Domingo.

— Todavía no, aunque volando en su matungo venía en tal hora como ésta por la calle hoy de \z Defensa, sin duda á entrar á galope en el convento, desde que D. Ladislao Martínez, también teniente de húsares, á quien por sus pocos años y mucho valor llamó después el jefe inglés petit Bonaparte, le anunciara que la columna de Craufurd acababa de rendirse allí.

— El traidor Pack venía en ella, según los prisioneros, y si no se lo ha llevado el diablo, á la cincha me lo llevo — dijo Leiva; y salió á escape, rayando su rosillo sobre el umbral de la portería.

Entró atropellando á todos, como buen conocedor de rincones y escondrijos de los claustros, «no en balde era sobrino de su tío, el prior del mismo nombre.»