Tradiciones argentinas · Unidad 152 de 252

Unidad 152 · DOCTOR P. OBLIGADO 235

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DOCTOR P. OBLIGADO 235

corajudo y por eso lo han de haber puesto primerizo en la revuelta contra mi general, para que pudiera cortar la soga si quedaba colgando. Le propongo una cosa. Voy á hacer apartar un poco los milicos, y muerte por muerte, vamos a pelear en una de estas encrucijadas. Yo le doy la espada que traigo entre las caronas, y desenvaino el alfiler éste, más corto. Si tiene la suerte de achurarme, salte en mi propio caballo y escape; si no, de todos modos morir peleando es mejor.

— Me conmueve su oferta; pero yo no tengo por qué comprometerle y menos por qué matarlo. De todas veras le agradezco su buena voluntad. Cumpla no más la orden que trae. Si ve alguna vez á mi mujercita, se la recomiendo muy mucho. Entregúele este reloj y dígale que mi último pensamiento ha sido para ella; ¡que cuide nuestros hijitos!

— ¡Caramba! Yo también tengo hijos. Mire, se me ocurre otra cosa. Usted es conocido en todas partes. En la primer pascana que lleguemos, vea de repartirles chicha brava á los milicos, y cuando los note medio almareados, salte en el caballo del sargento, que viene mejor montado, y rumbee para donde le parezca. Después, si me penan por el descuido, veremos cómo salir del paso.

Y así sucedió, pero con tan poca suerte para el fugitivo, que huyendo de los paisanos que le llevaban á fusilar, tropezó con la vanguardia enemiga que le puso en capilla para lo mismo. Conocedor de todos los caminos, tomó el menos frecuentado, en escape que no podía ir atrás sin encontrarse con partidas de Güemes, y tampoco para adelante, pues todavía merodeaban avanzadas de los españoles.

Galopando Benítez campo afuera, sobre el caballo cuyo dueño dormía la tranca, creyó asegurar mejor su evasión alejándose de todo camino frecuentado, y vaqueanazo de cuantos á muchas leguas á la redonda había, se dirigió al que en otra ocasión, por menos conocido, eligiera para conducir el ejército de Belgrano á la victoria. Cerca del general Tristán se hallaba Barbarucho, cuando al descubrir con su anteojo descolgándose de sierra inaccesible los soldados de la patria, le hiciera exclamar:

— Es preciso sean águilas para haber trepado tan alto.

Y fué por esta empinada sierra sin camino que venía bajando la misma noche obscura que iba subiendo el fugitivo. Al ser tomado éste por los vichadores:

— ¡Perra suerte la mía! — exclamó el Doctor Banderila, como le apoda-