Tradiciones argentinas · Unidad 151 de 252

Unidad 151 · 234 TRADICIONES ARGENTINAS

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234 TRADICIONES ARGENTINAS

— Sigamos, aunque no sé adonde.

— Hasta la eternidad, patroncito, según la orden que dio el general de pegarle cuatro tiritos para que no siga embrollando la lista — le contestaron.

Al Sr. Benítez, que de valiente tenía ya dadas pruebas, no acoquinó la frescura del oficial, hablándole al lado en voz baja:

— ¡Hombre! Siquiera me hubiera dicho esto antes, para arreglar mi mujer y mis cosas. Tengo familia, intereses, y al fin siempre he servido de algo más que de taco de cañón, para que se me despache así por la posta con cuatro.

— Con ninguno es la intención de despenarlo, pues mi comandante repitió: «En cuanto al jefe de la revuelta, que lo lleven al desfiladero de los ladrones y le peguen una puñalada. Que lo lleven esta noche, así mañana amanecerá como asesinado por salteadores.»

— No está muy limpio eso; pero como al fin de alguna enfermedad se muere, sea mal de bala, ó mal de médicos, ya entregué mi vida á la patria cuando me di á su servicio. Más tarde sabrán quién ha servido mejor, cada uno en su esfera.

Y acaso quebrantado el oficial por más inquebrantable elegido, como verdadero valiente, no gustaba mucho de comisiones semejantes. Cuando rezando hincado al pie de la cruz vaciló si debiera despacharlo, tocado por aquella invocación: «Yo tomé aquí la primera bandera al enemigo, « medio ganado iba ya, y en voz baja seguíale repitiendo, al avanzar paso á paso, apartándose de los soldados:

— Mire, señor: como oficial de confianza me han elegido para esta fea comisión; pero yo que no he tenido asco en matar más de un maturrango en campo leal, nunca he muerto á un hombre desarmado. Yo le conozco á usted, y entre los oficiales, muchos le tienen por hombre guapo. Le vi la noche de la batalla aquella, cuando entró en la iglesia y arreó con todos los flojonazos que se escondían, y con la furibunda Goda que echaba sapos y culebras desde el pulpito, animando á los chapetones, que no se animaban. No sé cómo componérmelas, porque al fin me va la cabeza, y no es lo mismo morir peleando que matar sus propios paisanos.

— A mí no me importa tanto morir, si no pensara quién va á dar vuelta á mi mujer y á mis negocios desarreglados ¡Pobres hijos míos, todos tan chicos!

— Eso es lo de menos. A la patrona no le ha de faltar quien la dé vuelta. En cuanto á sus cosas, sus bienes, ya los arreglarán quienes se los apropien. Pero no es eso Esto de matar á un hombre guapo, á un hombre indefenso, me revuelve las entrañas. Mire, señor, usted tiene fama de