Tradiciones argentinas · Unidad 154 de 252

Unidad 154 · DOCTOR P. OBLIGADO 237

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DOCTOR P. OBLIGADO 237

subiendo. Sea que el valor contagia y la altivez siempre impone aun á los más valientes, ó porque, reconocido adversario de Güemes, creyera atraerle, ello es que, contra su costumbre, lejos de ultimarlo, le trataba con cierto respeto la escolta de Barbarucho; que siempre la educación y la entereza se abren camino. Estas apariencias dieron cierto colorido á imputaciones que luego se desvanecieron.

La partida de godos entró sin sentir en la ciudad de Salta. Güemes, sorprendido en casa de su hermana, apenas tuvo tiempo de saltar su magnífico ruano, y á uña de buen caballo galopó hasta el bosque inmediato, no sin haber sido alcanzado por balas de los asaltantes. Rodeado de sus fieles, expiró á los pocos días dentro del vecino monte. La partida de 5ar¿arucho, emboscada en el San Bernardo, se retiró por el Castañar lamentando el fracaso de la sorpresa, sin saber que quedaba mortalmente herido el caudillo patriota. Pero cuando al general enemigo llegó la noticia, le recordó Benítez, que seguía preso, cómo había sido tratado el mismo Tristán, hospedado en la Plaza, frente á su casa, y distinguido por Belgrano á punto de disgustar á sus acompañantes, cuando al salir del Tedeum entró á saludar á su condiscípulo prisionero, Barbarucho humanizado, y á ruego de otro oficial español (también condiscípulo de Güemes en España) y testigo de su denuedo, luchando juntos contra los ingleses en las calles de Buenos Aires, pidió y obtuvo se le mandara su médico al general enemigo que agonizaba en el monte.

Con menos apariencias se hizo un traidor; repitiéndose que, fracasada la conjuración contra el célebre caudillo, fué Benítez á delatar su situación para volver guiando al enemigo.

¡Cuántas veces las apariencias acusan! Aquella fiel esposa que desafió la maledicencia contra su honra, por salvar al marido; Alvarez Campana muriendo de pena el día del desagravio á su honor ultrajado; el otro empleado del Banco muerto en su destitución antes que los cien [mil pesos extraviados reaparecieran en el fondo de una caja; como otras víctimas de la calumnia recordadas en anteriores tradiciones, no son las únicas que comprueban una vez y ciento cuántas otras las apariencias acusan.

Su vida entera justifica la honorabilidad de este digno ciudadano. El Gobierno le reconoció dineros que para auxilios de la patria había adelantado. Sus convecinos, sin ser salteño, llegaron más tarde á nombrarle gobernador de Salta. Entre los hijos de esta provincia, en que se avecindó.

le llenaron de consideraciones; pero á pesar de su vida ejemplar, de su abnegación y desprendimiento, de sus servicios de toda clase, primó por algún tiempo la calumnia de los íntimos del infortunado caudillo, que el aplauso y la gratitud al primer ciudadano que arrebató una bandera.

— ¡Calumnia, calumnia! ¡Que siempre de la calumnia algo queda! — repetía Maquiavelo.