Tradiciones argentinas · Unidad 155 de 252

Unidad 155 · LA CASA DEL ENCUENTRO

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LA CASA DEL ENCUENTRO

Ni que anduvieran jugando á las esquinitas, no se encontraban nunca.

Ya á sus cuarenta y tres años el uno^ con algunos menos el otro, por el mismo camino en prosecución ambos de idéntico objeto, caminaban, caminaban sin encontrarse, acaso por la misma razón de seguir el uno tras del otro. Parece increíble: dos personajes de los más culminantes en la Revolución americana, saliendo de Buenos Aires, yendo á estudiar á la Metrópoli, vueltos á ésta, en tantas idas y venidas, sin andar á las escondidas, no se alcanzaban, por más que idéntico destino les impulsara por la misma senda.

¿Cuáles serán estos dos grandes prohombres de la revolución, tan calumniados como aplaudidos y tan descollantes como no hubo otros?

Entre las estaciones «Rosario de la Frontera» y «Metan» (íerrocarril á Salta), minuto antes de rodar en el largo puente sobre el Rio Yatasto, y dos minutos después, dejada la estación de este nombre, se enfrenta á la Casa del Altillo, como le llaman los caminantes.

Aislada^ triste, medio derruida en su soledad, inclinada y como lagrimando por todas sus goteras, distingüese sólo de las que á distancia se divisan por un altillo sobre el granero. Aquí se levanta cerca de la ribera la histórica casa del célebre abrazo, doscientos pasos á la izquierda, siguien-

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do en la provincia de Salta á su capital, hoy en campos de Gómez-Rincón.

No fueron las muías de Olavedolla, que al ñn resultaron de Gómez, las únicas que en este rincón pastaron; del caballo de guerra de los primeros soldados argentinos^ como de la muía de paso del cansado viajero, desmontaron á la sombra de la casa en ruinas, estudiantes luego tan célebres como D. Valentín Gómez, Vicente Anastasio Echevarría, Mariano Moreno, Vicente López, Dr. D. Manuel Alejandro Obligado, y los doctores Carrasco, Anchorena, Ocampo, Agrelo, Sáenz, Monteagudo, Gorriti, Zavalías, Zuvirías, Zavaletas, Zapatas, Zorrillas y demás letras ilustradas de Salta y Tucumán. Más tarde, las muías de viaje de Güemes, Warnes, Moldes, Zelaya, Superi, Helguera, Arenales, Alvarado, Balcarce, Puyrredón, Borrego, Holemberg, y también las de Belgrano y San Martín, pastaron en breves descansos en aquel rincón, hoy de Gómez-Rincón.

Mustia y sola, pero no muda, como abatida bajo vieja capa de ennegrecido verdín, há más de un siglo levanta allí su alto mojinete cual arrumbada cortesana de otros tiempos.

Al cruzar por primera vez el escabroso camino de nuestras primeras victorias, reflexionando íbamos cuánta fatiga, hambre, desfallecimiento y cansancio, subiendo y bajando la montaña, cuántos trabajos pasaron nuestros padres por legarnos una patria libre é independiente. Recorriendo campos donde cada árbol guarda una tradición, recordábamos en voz alta, refiriendo las proezas de Güemes, Lamadrid, Zelaya, Moldes, Warnes, Gorriti, á uno de esos oficialitos decorativos, echado en mullido asiento y arrastrado por veloz locomotora, que iba quejándose de la fatiga en ejercicio dominguero. A bala y descalzos, sin pan ni abrigo, por diez y quince años prolongaron sus ejercicios en tan vastas y áridas sierras los pobres soldados de la patria.

¡Cuan cierto es que chozas, como palacios, ciudades y regiones enteras, valen menos por sus piedras y monumentos que por lo que éstas conmemoran!

Remonta el navegante el Alto Uruguay, cuyas floridas riberas adornan palmeras y sauzales, indiferente á la monotonía del paisaje^ cuando al enfrentar á Yapeyú, señala el timonel: «Aquel es el naranjal en que un niño, luego inmortalizado por sus hazañas, ensayaba su instintiva inclinación en combates infantiles á naranjazos,» y el viajero reanimado desciende, no satisfecho hasta arrancar por su mano uno de esos bellos frutos de oro del propio árbol que dio sombra á San Martín. Tal, quien sigue el camino de Tucumán á Salta, por breves minutos que se detenga el tren en Estación Yatasto, corre á saludar esos viejos miiros que un día cobijaron los dos más grandes soldados de la Independencia.

Allá por los años de 1770, en la calle de su nombre (Belgrano, hoy número 420), vino á la vida un niño de italiana estirpe, que concluida su educación primaria en la Escuela de la patria, pasó á cursar estudios superiores en la Universidad de la Metrópoli. Ocho años después llegó al mundo, en las selvas de Misiones, otro precoz guerrillero, y mientras éste aprendíala ciencia militaren el Colegio de Nobles en Madrid, obtenía el primero sus triunfos en Salamanca y Valladolid. Como habían pasado las calles de Buenos Aires sin encontrarse, cruzaron las de la Corte.

Desde el año 1778 al 94 ambos en España, pudo más que el acaso, juntarles el propio origen que atrae; pero mientras el abogado se perfeccionaba en el estudio del derecho, de la economía y demás ciencias, se le nombró primer secretario del consulado en ésta, San Martín afilaba su futuro sable de los Andes, alcanzando los primeros laureles en Melilla y Oran, combatiendo al lado de Daoiz, y en Rosellón, Torrebatera, Castillo de SanTelmo, San Marcial y toda la estrecha zona española, donde fueron corridos sus invasores. En la víspera del arribo de San Martín á Buenos Aires, Belgrano acababa de salir á enarbolar la primera bandera en el Rosario, que pronto hizo flamear victoriosa en Salta. Fué sólo al año siguiente cuando al vencedor de Salta y Tucumán empezaron á llegarle palabras de aliento y expresivas cartas del que sólo conocía por cartas.

José de San Martín general del ejército patriota

— ¿Todavía falta mucho para llegar donde Belgrano? — preguntaba San Martín en el último relevo (28 de enero de 18 14).

— El general llegó á la posta inmediata anoche — contestó el postillón.

Y en ella fué el abrazo, abrazo más fecundo que el de Guayaquil, de dos hermanos de armas, cuyas almas entreabiertas se compenetraron al calor de. un mismo nobilísimo sentimiento, pues que estos dos grandec