Tradiciones argentinas · Unidad 177 de 252
Unidad 177 · DOCTOR P. OBLIGADO 275
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DOCTOR P. OBLIGADO 275
Vencedor en Tucumán, vencedor en todas partes, entre los oficiales de Belgrano llegó también el porteñito del presentimiento.
Dos galones en la manga, rubio bigote, hermoso rostro tostado por el sol del campamento, arrojo en el corazón y palabras de miel en los labios, era Dionisio Alvarez enamorado de profesión, dispuesto á hacer la corte á cuantas encontrara á su paso, bien fuera la Virgen de la Merced ó algunas de sus vecinas.
Los vencedores en Tucumán encontraron en Salta todas las puertas abiertas y también muchos corazones.
No podía él llegar en mejor oportunidad, pues tan parladores eran los grandes ojos, centellando pasión, de la mustia beldad, como poco mudos los labios del bigotillo dorado, por lo que con pies y con manos, con miradas y palabras, tan instantáneamente lograron entenderse, que á poco pasaron como en fuga rápida todas las notas, llegando ó casi llegando hasta lo desconocido, desde el do de pecho al si sostenido
Do-re-mi-fa-sol- la-sí
Y esto al oído, sin haber estudiado música, de afición únicamente, y sin maestro la niña, sotto-voce ensayaban largos dúos. Pero ¡qué dúos!
Letra de amor con música de besos, al claror de la luna, en la penumbre del balcón, que hacía murmurar al malicioso campanero de enfrente, cada noche que á las ocho subía al toque de ánimas:
Canela y azúcar fué la bendita Magdalena.
Pero de Dios está que no ha de haber dicha completa en este valle de lágrimas, ni en el de la Virgen del Valle, por el de Lerma, pues el mismo sacristán celoso á quien, por más plata de Güemes que diera un ayudante del mismo, no había conseguido hacer tomar á su vecina el billetito subversivo en lugar de agua bendita en la pila que él llenaba. Canturriaba en su despecho al divisar al porteñito de plantón ó centinela perpetuo:
Amor desoldado, amor de una hora: cuando toca la caja ¡adiós, señora!....
Bien pronto sonó la caja, y á su redoble todos se reunieron en torno de la bandera, ante la que los batallones de Tristán juraron- en vano no hacer más armas, y caminito de Jujuy siguieron subiendo y subiendo al Alto Perú, llegando, los que llegaron, hasta Chuquisaca y Potosí.
276 TRADICIONES ARGENTINAS
Pero ¡con cuan aviesa fortuna los vencedores de Salta atravesaron Vilcapugio, Ayohuma y Sipe-sipe, cayendo y levantando, ora vencidos ó vencedores, los diezmados batallones de Belgrano, sin él y sin Díaz Vélez, sin Rondeau, ni Balcarce, ni Arenales, regresaba uno que otro cojeando, ó al tranco de su muía de paso, habiendo dejado un brazo ó una pierna, un ojo, cuando no los dos, en defensa de una patria que, detenida en sus primeros triunfos, lo fué sólo en la hora ingrata en que malos hijos despedazaban sus entrañas!
Partió el alegre Dionisio después de dar palabra de casamiento para su vuelta, si tenía vuelta, que los soldados no siempre la tienen
Uno, dos y tres años transcurrieron sin saberse nada del que pasó.
Las viejas beatas del barrio, que la bella del delaMcrced desairara con sus misivas, afanábanse en multiplicar las angustias de aquel pobre corazoncito torturado por la duda y los temores, aunque saboreando entre sueños el primer beso del primer amor.
Una, lo sabía de buena letra, dicho del coya, chasqui en Tambo Viejo, Dionisio había muerto por Sipe-sipe. A otra habíanle escrito de la misma casa que, con las dos piernas cortadas por una bala en Ayohuma, lo asistieron hasta sus últimos momentos. Otra, la sobrina del cura, por más se ñas, decía que el curaca de Vilcapugio le vio desfilar entre los prisioneros para Casas Matas.
Pero presentimiento inquebrantable la sostenía en su última esperanza, y desde el primer momento en que malas noticias vinieron á conturbar su alma apasionada, cayó de rodillas ante el Señor de Vilque, de Sumalao, cuya imagen, entre flores y velas encendidas, tenía en suma devoción al lado de su blanco lecho de virgen, haciéndole de rodillas, y con el corazón saltando, la más solemne promesa de ir por las mismas hasta el santuario donde se venera su milagrosa imagen, á darle las gracias al día siguiente que volviera su novio bueno y sano.
Y uno, dos y tres años pasaron entre suspiros, novenas y promesas, ya con cilicios que desgarraban sus carnes, ora durmiendo sobre una vieja desnuda tarima.
En tan larga espera, al través de sus lágrimas, sólo veía ante sí, como su vida toda, desierto el camino, sin que en el más lejano horizonte se divisara el polvo del ansiado mensajero.
Ya no pedía tanto, se limitaba á desearlo bueno, últimamente aunque no bueno y sano; pero nunca dejó de pedirlo novio.
Un día llegó, ó más bien una noche de luna, semejante á aquellas de tan dulces recuerdos, cuando entre ensueños de amor arrullábanse como