Tradiciones argentinas · Unidad 178 de 252
Unidad 178 · DOCTOR P. OBLIGADO 277
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DOCTOR P. OBLIGADO 277
dos tórtolas balanceadas sobre una misma rama_, confundidas sus sombras en la penumbra del balcón de la promesa. Recogida y triste suspiraba en su cama_, consumida por la melancolía; había ya hecho sus oraciones en aquella monótona, fría y larguísima noche de desesperanza.
Mal dormida oyó, ó creyó sentir, como una caricia entre sueños^ esta expresión:
— ¡Al fin llegó el resucitado!
Y más tardó la vieja Chola, cariñosa dueña de esta doncella, en subir tropezando para anunciar que el deseado acababa de llegar, que ella en sentir como un vuelco del corazón y saltar de su lecho.
En el ruido de sables, carabinas,, rodajas y rumor de muías y caballos á la puerta, reconoció al Dionisio de sus pensamientos, llorado por muerto, vivo, bueno y sano.
Al momento, toda agitada y antes de correr al encuentro del bien deseado por tan largo tiempo, conmovida cayó de rodillas sobre el mismo reclinatorio que años antes, y renovó entre lágrimas y suspiros la solemne promesa tantas veces repetida.
— Pues que me lo devuelves, milagroso Señor de Sumalao, á tu santuario iré de rodillas á darte las gracias por este gran consuelo que me vuelve á la vida
Y cumplió como lo dijo. Una semana no transcurriera de la noche del feliz aparecido, cuando la niña saHa de .hinojos desde el pretil de la Merced para la peregrinación prometida.
Toda la familia la acompañaba rezando y con faroles: madre, hermanas, tías, vecinas, curiosas y agregadas hacían la peregrinación á pie, que de rodillas continuaba Marta, adelantando menos de una legua el primer día, pero no avanzó una cuadra, ni andar cien" pasos ó rodillazos, el último de los sesenta que empleó en las doce leguas.
A poco andar se le desollaron de tal modo las rodillas en aquel pedregal, que fué menester adherirle rodilleras de piel de carnero, y aun ayudada con el bordón de peregrina, apenas conseguía adelantar á paso de hormiga.
Algo incrédulo el novio, en lo de milagros de amor, votos y exvotos y promesas de la misma esencia, que como tal se evapora, no acompañó á su macilenta y dilacerada prometida, pretextando listas y revistas, retretas, fajinas y asambleas, toques diarios que le detenían en el cuartel, como capitán ¿e campo.
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Fué, estuvo y regresó, ó más bien, la volvieron transportándola en una camilla, en menos de dos días, por el camino que en más de dos meses hizo de rodillas,
Y si angustiosa y larga había sido la peregrinación al santuario de la que invocó como protectora de sus amores, más larga fué la velada de muchas noches, en que la ingenua novia de las rodillas pasó curándose éstas sin poder moverse de la cama.
Tiempo tuvo el veleidoso Dionisito para emprender campaña más cerca que la de Vilcapugio y Ayohuma
Rodeaban cada noche el lecho de la enamorada doliente, entre primos y primas que tales primadas se permitían, alrededor del brasero, calentando agua para que otro tome mate, y vecinas entremetidas y dueñas curiosas.
Alegraba la reunión una joven parienta, que durante la prolongada ausencia del niño perdido había rápidamente desarrolládose, así en hermosura y gentileza como en ingenio y travesura, y era esta menorcita, que no hacía cosas de tal, á quien primero encontraba en antesala el ex muerto cada noche que entraba á preguntar por las rodillas de su ex novia, ó por la novia de las rodillas.
Tardaron tanto en curar éstas, y mimo y seducción tanta gastara Cleta en los nocturnos recibimientos de su casi cuñado, que el oficiaHto causa de la enferma, con el andar del tiempo, varió como veleta porteña, y la hermana paciente matrimonióse con el no convaleciente.
Si mucho había esperado Marta, poco tardó Cletita en substituirla, y entre la preparación de dos cataplasmas para la desinflamación, llevó su inflamado corazón á la vicaría.
Si cuando al dejar su lecho la dolorida apasionada no dejó la vida, fué sin duda porque ya no se muere de amor.
Amor, amor más fuerte que la vida, más fuerte que el honor. Creyó ella ver en tal substitución castigo del cielo por su poca fe, pues si le aconsejaba su guía espiritual que se limitara á pedir á Dios lo que más le conviniera, ella acababa así sus oraciones todas las noches:
— Permitid, Señor, que vuelva, os pido el milagro de su resurrección. Dejad que vuelva siquiera un día á mis brazos el amado de mi corazón.
El tiempo transcurrió, y la virgen de las rodillas entrabaren el convento de Carmelitas, pronunciando un año después su votos solemnes al consagrarse como esposa del Señor de San Bernardo.
En aquellos días venía al mundo la primogénita de su prima hermana, hija del Dionisio el engañador.