Tradiciones argentinas · Unidad 183 de 252

Unidad 183 · DOCTOR P. OBLIGADO 287

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DOCTOR P. OBLIGADO 287

Como que á aquella antigua casa de D. Braulio Costa, bajo el número 465 hoy, concurrían por entonces, con personajes más ó menos ligeramente abollados de la época: Alvear, Guido, Mansilla, Vélez, Sáenz Valiente, Castro, Lezica, Sarratea, Díaz Vélez, D. Pascual Costa y otros.

En una breve intermitencia de silencio, alcanzó á oir el general jugador que el mirón de la esquina de entrada decía en voz baja al mirón del lado:

— ¿Pero ha visto usted qué cambiado llegó el Sr. Rivadavia?

Lo que percibido por Facundo Quiroga, que no era otro el jugador, alzando el taco preguntó:

— ¿Y será cierto que pocas horas después de su arribo se le ha mandado reembarcar?

— Así dicen.

— ¡Qué barbaridad! ¡Si estos porteños son más veletas que sus veletas! Ayer no más andaban: Santito, dónde te pondré, no sabían qué hacer con Rivadavia, y hoy se asustan ya de su sombra.

Seguía el juego y la murmuración del prójimo, cuando, á poco de pasar frente al interlocutor, al terminar la partida, preguntó el viejo Dr. Vélez, que si no era todavía viejo, sí era ya muy doctor, y sabio por añadidura:

— Y díganos,, general, ¿por qué no quiso aceptar el mando que le ofreció el Sr Rivadavia en el ejército para la campaña del Brasil?

— A mí nadie me ha ofrecido nada

— ¿Cómo no, si yo mismo llevé el nombramiento? ¡Velay una linda ocasión para haberse lucido á la cabeza de sus llaneros! Verdadera tranca para detener la invasión extranjera hubiera sido su terrible lanza.

— ¿Cómo, cuándo, dónde? ¿Pero es cierto, mi doctor, lo que está diciendo, ó habla en broma como cuando gasta más acento cordobés?

— No hace tantos años. Recuerdo que cuando acompañé al deán Zavaleta, encargado de presentar la Constitución del año xxvi á los gobiernos de Cuyo, al llegar á Mendoza supe que saha usted de invadir á San Juan. Le mandé pedir una conferencia remitiéndole los despachos de general de la nación, que el señor presidente Rivadavia le enviaba, comisionándole armar dos mil hombres de las provincias de Cuyo é ir con ellos á engrosar el ejército como jefe de una ala, del que marchaba al Brasil, donde le esperaba en defensa de la patria campo digno de su valía .... ¡Qué linda figura hubiera hecho!

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Aproximándose Quiroga á su interlocutor, pero sin mirarle de frente, según su costumbre, sentóse á horcajadas sobre la silla inmediata, agregando:

— Ya lo creo que nos hubiéramos lucido metiendo á los riograndenses tierra adentro á punta de lanza.

Y al par que relámpagos de ira reconcentrada parecían chispear sus grandes y hermosos ojos, agregó:

— ¡Es verdad! Ahora me acuerdo. Mi secretario Ortiz me instaba abriera los oficios llegados de Buenos Aires en aquella ocasión. Nos hallamos por el Pocito. Se asaba un cabritillo. (.^Échelo al fuego, le dije. Vamos á comer. No quiero hacerme mala sangre ni quiero saber nada con los porteños ¿Con qué pataratas me vendrán ahora? Nada tengo que hacer con Rivadavia, á quien no reconozco en su presidencia usurpada » Después supe que Ortiz no había arrojado al fogón inmediato esas comunicaciones, pero nunca quise abrirlas. ¡Qué barbaridad! ¿Conque al fin me encontraron alguna vez bueno para algo? ¡Qué ocasión, caramba! ¡Mis pobres riojanos se hubieran cubierto de gloria formando la vanguardia de la nación!

El terrible caudillo de los Llanos no pudo dormir en toda aquella mgrata noche de remordimientos, acaso los primeros en su agitada vida, y encerrándose en su cuarto frío y solitario, se paseaba del uno al otro extremo. Nervioso, abatido y exasperado á la vez por el pesar y el arrepentimiento, mesábase sus largas barbas. Agarrándose con ambas manos la cabeza, tiraba de sus renegridos cabellos, que tan largos como aquéllas enmarcaban con siniestra expresión su semblante de un mate páHdo, desagradable, ceñudo y violento, acentuado por un gesto dominante

Entre exclamaciones de ira despedía chispas de rabia reconcentrada aquella su intensa mirada acerina.

Luego se paseaba agitado á pasos acelerados, cual fiera aprisionada, despreciándose al saber cómo había perdido la ocasión de elevarse y convertirse en espectable figura militar defendiendo la patria... .

Todos esos remordimientos sombríos y atormentadores atropellábanse en su interior, exaltando la imaginación del vencido caudillo, y soberbio y humillado á la vez, iracundo en su despecho, menospreciábase por la oportunidad perdida.

— Entonces mi lanza no se recordaría como la del tigre de los Llanos, sino como la del terror del Imperio — se dijo. — Porque yo no he sido fe-