Tradiciones argentinas · Unidad 191 de 252

Unidad 191 · 295 TRADICIONES ARGENTINAS

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295 TRADICIONES ARGENTINAS

á SU honorabilidad. De tal forma ajustó las cuentas en quiebra casual, que Duval quedó con buen nombre y sin casa Villanueva, por más que forcejeara en llevársela. Alegaba el fiscal que, aun cuando se reconociera deuda al Sr. Villanueva, los derechos del Fisco eran privilegiados. Ese comerciante debía tanto y cuanto por aforos, alcabalas, entradas y derechos de aduana,, suma que, sin duda, pagarla el día del juicio final, de no finiquitarla ya. Y como agregara otra cierta cuentecita (multas por contrabandos ú olvidos de Duval), todavía quedaba corto el celoso fiscal, al solicitar se adjudicara el inmueble al Estado. Así quedó sin casa Duval, Villanueva y el Fisco, como luego San Martín, por andar tomando aires de cordillera en las de Chile y el Perú.

Pocos meses después que regresara San Martín de Europa, casándose con la más linda porteña de la calle de su nombre, ocupó el solar de donde salen hoy las más nítidas ediciones del Sr. Peuser. Breve fué, brevísima la luna de miel para el héroe americano, que saltando en su brioso corcel de guerra desde el umbral de ese hogar, alcanzó en su primer galope la victoria de San Lorenzo, siguiendo á las de Chile y Perú. Al volver coronado por los frescos laureles que crecieron á las márgenes del Maipu, como débil retribución á sus eminentes servicios, el gobierno argentino le obsequió la antigua casa Duval.

Más tarde, apesadumbrado y abatido, apenas tuvo tiempo de alzar su hija, que le siguió en el largo ostracismo. Un día pasó de largo saludando al balcón al cruzar la plaza, con ella de la mano y su gloriosa espada bajo el brazo por todo acompañamiento, y cuando, concluida la contienda del Brasil, regresó rehusando bajar á tierra, desde valizas extendió poder para que se realizaran sus bienes, ubicados en tierra que no volvería á ver.

Entonces fué cuando el Sr. Escalada, cuñado del general, ofreció en venta esa finca, en tan mala época, que escasos interesados hubo. La señora Dolores Villanueva, recordando los vehementes deseos de su padre, pidió á su gentil esposo D. Miguel de Riglos la comprara. Allí continuó una segunda generación fiestas, banquetes y recepciones que su señora madre seguía, aun en su viudez, conservando en alto el tono y buen gusto de nuestra más distinguida sociabilidad, en que fué D. Miguel, como sus ilustres antepasados, de los más descollantes gentlemen.

Mi señora doña Javiera, alta, escuálida y devota, tan aficionada á los niños como toda tía que no asciende á mamá, obsequiaba con tantas flores y perfumes el altar de Santa Ana en La Merced, como con caramelos y