Tradiciones argentinas · Unidad 210 de 252
Unidad 210 · 326 TRADICIOKES ARGENTINAS
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326 TRADICIOKES ARGENTINAS
Recién llegado de Europa, y como para sentar la tama que le precede apenas da una carga de caballería en territorio argentino y no necesita dos, porque sus famosos granaderos á caballo despejan todo el campo. Pasa los Andes, y distrayendo el ejército enemigo, que se cree invadido por todos los boquetes de la Cordillera á la vez, le deshace en una sola batalla. Un año transcurren los politiqueros de uno y otro lado de la montaña entre si deben ó no auxiliar al ejército de su mando para dar el golpe de gracia en la capital de los virreyes. Mientras rencillas civiles abren más buracos que el enemigo, con refuerzos del mismo Perú, vuelven á presentar todas sus fuerzas, las mismas que, en otra batalla á orillas del Maipú, dispersa para siempre. Con figuras de contradanza, aproximaciones y círculos concéntricos, esparciendo sus guerrilleros por el interior y aproximándose paso á paso á la capital de Lima, toma ésta sin tirar un tiro.
Habíamos tenido ocasión de saludar su cuna en Yapeyú, recorriendo todos los campos de sus victorias; recordado en el de San Lorenzo al valeroso correntino Cabral que le salvó; en Chacabuco y Maipú las más bellas páginas de su historia militar; como en Lima, cuyos peruanos le aclamaron su Protector; en Guayaquil la sala del célebre abrazo; habíamos seguido las huellas de sus pasos sin alcanzar algo palpable, y hubiéramos seguido hasta el fin del mundo por tocar lo que de él restaba y prosternarnos ante sus cenizas venerandas.
¡Al fin llegamos! Entre un baile y una comida de amistad, ofrecida por su hija con la más exquisita galantería, se nos presentó la ocasión deseada. La noche del 25 de mayo de 1872, celebrando en la Legación Argentina de París el aniversario patrio, que en casa alguna se festejaba como allí, pareciendo flotar la sombra amada del padre de la patria dentro del hogar de sus hijos, el señor ministro dijo al despedirse:
— Se ha bailado, divirtiendo á los vivos, y brindado por los manes del mayor héroe entre nuestros compatriotas; mañana visitaremos sus restos.
Y así fué. El próximo domin"go el Sr. Balcarce nos esperaba en su hermosa quinta de Brunoy con su distinguida esposa la señora Josefa San Martín y Escalada, su hija Josefa Balcarce y San Martín de Gutiérrez Estrada, el esposo de ésta y la hermana del señor ministro, María Balcarce.
Atravesando 1^ quinta descendimos hacia el pequeño cementerio, y ante el sepulcro del general San Martín caímos de rodillas, contemplando la urna cineraria que guarda los restos del más grande americano. Hoy, dentro de más rico sarcófago, se custodian en nuestra catedral metropolitana.