Tradiciones argentinas · Unidad 211 de 252
Unidad 211 · DOCTOR P. OBLIGADO 327
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
DOCTOR P. OBLIGADO 327
Este gran hombre de bien que la historia señala el primer argentino, habitó sus últimos seis años en el cuarto que describimos, antes de su breve jira por Enghien y otros balnearios buscando restablecerse, hasta llegar á Boulogne, donde le sorprendió la muerte. Recordamos que en esa piadosa peregrinación acompañábamos á otra ilustre patricia, señora Isabel Alvarez de Vinal, hija del general Alvarez Thomas, y al joven Gregorio Lezama. Delante de las cenizas del general nos refirió la propia hija los últimos momentos del padre querido.
Levantado contra la voluntad del médico, en cuya casa se hospedaba, sintió de pronto un nuevo ataque, recostándose en el lecho de la hija, á cuyo aposento había pasado. En aquel su postrer día (17 de agosto de 1850) rodeábanle, á más de la hija y el Sr. Balcarce, el médico M. Jordán y su familia tan caritativa; el Sr. Rosales, ministro de Chile, y el abate Haffreingue, de la catedral de Boulogne, en cuyos brazos expiró como á las dos de la tarde. Cuando á la mañana siguiente llegaron el Sr. D. Félix Frías y D. José Prudencio Guerrico, rezaban al pie del féretro dos hermanas de la Caridad. Frías, tan patriota como piadoso, puso un crucifijo de marfil sobre ese abnegado corazón que ya no latía, como diez años antes tuvo ocasión de colocar la cruz del rosario que llevaba en toda la campaña, sobre el cuerpo tibio aún del general Lavalle, que cayera en brazos de este su devoto secretario.
La iniciativa del director de nuestro Museo Histórico, Sr. Carranza (digno sobrino del erudito historiógrafo y anticuario Dr. Ángel Justiniano Carranza, que las letras argentinas llorarán por muchos años), infatigable coleccionista de todo un pasado glorioso, acaba de restaurar con los mismos muebles el último cuarto de San Martín en el parque Lezama y en el mismo aposento del malogrado joven recordado.
Aquí llegamos al cuarto viajero, que cin moverse se echó á andar, fenómeno (aun en el siglo de la electricidad, del movimiento continuo y de las luces) á milagro mayúsculo parecido, si no aclaráramos el sucedido.
Cuando fué albacea de su buen amigo el banquero Aguado, compró San Martín la casa de campo de Gran Bourg, en el parque del marqués de Brunoy, vecina á la del trágico Taima (Luis XVIII había conferido el título de este marquesado al duque de Wéllington en agradecimiento á su victoria de Waterloo), dominando el valle que cruza Yéres, á medio camino del ferrocarril de París á Fontainebleau. Tuvo este cuarto dos ó tres