Tradiciones argentinas · Unidad 233 de 252

Unidad 233 · • DOCTOR P. OBLIGADO 361

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• DOCTOR P. OBLIGADO 361

había desaparecido de su centro la laguna en la cual el general Nazar, cuando sólo era el hueco de Zamudio^ recordaba haber cazado patos en sus rabonas

De aquella inolvidable época en que la plaza del Parque con su mala banda de música y árboles sin sombra hacía competencia á la del Retiro, lugar de cita de las más elegantes domingueras, apenas se conserva la fachada del cuartel, pero sin el coronel Martínez en su balconcito, como en los días en que Monasterio y el poeta Luca fundía los primeros cañones y balas que anunciaron al mundo nuestra independencia.

Donde se alza el palacio Miró, amplio y selvático jardín de mal servido restaurant competía con el vecino café del Parque,'contiguo á la botica del mismo nombre, en cuyas glorietas no cabían tres personas.. ..

Por la soledad y tinieblas de esta plaza plagada de visnaga, antes de la llegada del tren, pocos eran los que se atrevían á cruzarla á media noche, temiendo encontrarse con la viuda del Parque, Desde entonces quedó el refrán callejero:

«Por la plaza del Parque no se puede pasar porque todos le dicen arrincónensela.»

Del propio solar (antiguo basurero) donde se levanta hoy el monumental Teatro Colón, salió la primera locomotora_, que vino á modificar costumbres y paisajes.

En lo relativo á éstos, recordaremos solamente que, donde se yergue la estatua del general Lavalle, se instaló el banco de las camelias, y en él, al caer la tarde, viejos patriotas se congregaban en la melancólica tarde de su vida á suspirar por las cosas pasadas, recordando que siempre el tiempo pasado fué el mejor.

Y al fin, pues todas las cosas tienen fin, el día del último reconocimiento, se decidió la comisión directiva á subir en cuerpo y alma, afrontando con gran valor el viaje de ensayo.

Sólo el inglés D. Daniel Gowland y Larrondé, del Directorio, había tenido ocasión de viajar en Europa en ferrocarril, pues no menos de diez mil kilómetros hubieron de recorrer para juzgarlo, llegando al más cercano del Callao á Lima, los que del Nuevo Mundo no habían salido. Dos leguas sólo medía ese primer ferrocarril en esta América en 1848. La conclusión del de Valparaíso á Santiago celebrábase por aquel mismo mes

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(agosto, 1857), trayéndonos esto el recuerdo de un oportuno brindis del ingeniero chileno D. Santiago Arcos.

^Brindo — dijo — haciendo votos porque los rieles que empiezan en esta plaza se extiendan y continúen hasta ir á enlazar su último tramo con los que ya han sahdo de Valparaíso, viniendo á formar vínculo tan inquebrantable entre los dos pueblos hermanos, como el que estrecharon las armas desde este mismo Parque, conducidas por mi padre á nuestro Chile, á cuya emancipación coadyuvaron. Y como á la ida^, en el viaje de úl tima inspección, fuera todo bien, regresaba la máquina con más velocidad, á razón de veinticinco millas por hora, cuando cerca del puente del Once de Septiembre, sin decir agua va, agua íué, por demás caliente en su descarrilamiento, cayendo desde el alto terraplén á la zanja.

Tumbado el vagón de encomiendas, las cabezas del secretario Vam Alfonso Covassi, primer maquinista de Prat y del vicepresidente Gowland chofen^carril que dirigió una máquina fuertemente, al mismo tiempo

en Buenos Aires. ' ^

que la del tesorero D. Francisco Moreno golpeaba al robusto Sr. Llavallol hasta dejarle un momento sin respiración.

El Sr. Mariano Miró, que fumaba, fué fumado, saliéndole por la espalda y no por las narices el humo, pues asustado el habano, huyó de su boca, dando media vuelta á esconderse entre ropa y carne bajo las asentaderas.

El Sr. Larrondé saltó sobre el primer caballo que halló á mano, haca rabicorta por más señas, cruzando á escape los tunales del hoy extinto Bajo de los Hornos á guardar el susto en casa, donde á poco entró de galope hasta la cocina.

Los otros señores de la comisión directiva, D. Manuel José de Guerrico, D, Esteban Rams y Rubert (catalán) y D. Francisco Balbín, salieron

mejor parados, y en asamblea improvisada á campo raso, resolvieron

no resolver nada, es decir, no decir cosa alguna á persona viviente, de aventura locomotriz tan poco edificante, y taparse oídos y boca y alguna otra cosa machucada, para que no se trasluciera algo del sucedido.

Cuando, llenas de ansiedad, sus inquietas esposas sahan preguntándoles cómo les había ido, los maltrechos y graves señores, con semblante