Tradiciones argentinas · Unidad 237 de 252

Unidad 237 · 368 TRADICIONES ARGENTINAS

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368 TRADICIONES ARGENTINAS

época, un vecino de la Merced entraba, al pasar, en casa de su convencino el Gobernador, y le invitaba sin ceremonia ni etiqueta á acto tan trascendental con estas palabras: «Si el señor Gobernador quiere clavar hoy un pedazo de hierro, empezará la obra más benéfica para el país.;>

Hombre práctico, poco dado á frases, no pronunció largo discurso al asestar el primer martillazo en la vía férrea que hoy llega á los confines de la Repúbhca, siendo en esta América la que más extensión mide, ni derramó champagne sobre los rieles, á guisa de agua bautismal, imprescindible hoy en ceremonias semejantes.

Tenía un granito de esa fe que, sembrada desde la cuna_, germina en el transcurso de la vida, y sombra y consuelo esparce hasta en los últimos días. Por esto, al retirarse del despacho de gobierno, entró aquella tarde en la capilla de San Roque, arrodillándose sobre la tumba en que reposan los restos de su abuelo, cristiano viejo, benefactor de la iglesia, y dio gracias por haberle permitido vincular su nombre á una obra de la importancia de aquella, cuyos trabajos inauguraba.

Y encontró su primera satisíacción en esa muda lágrima del sencillo paisano que, como al paso de una cosa santa, se arrodillaba en medio de los campos para reverenciar al ferrocarril que vino á dilatar la tierra y abreviar la distancia.

MILAGRO EN LA PAMPA

Una de esas nubladas mañanas grises del frío otoño, en que todo aparece triste al través de melancólica neblina, cierto atribulado sacerdote francés hallábase en la Pampa al Sur de Buenos Aires, en apurado trance del que creía no salir con vida. Sobre árida lomada, bajo nubes encapotadas, divisaba cómo venía amaneciendo perezosamente el día, día sin noche para él, según se le había anunciado. Ebrias chusmas salvajes le rodeaban, cuyas desgreñadas brujas, más feas que un susto, azuzaban la indiada para que lancearan cuanto antes al perro cristiano, que había introducido la peste.

La noche entera había pasado el cautivo en continua oración, encomendándose á todos los Santos, y al aclarar las luces de su último día, recordando la Virgen de los campos, de que nuestros paisanos son tan devotos, hizo un voto solemne á Nuestra Señora del Lujan de consagrarse exclusivamente por toda la vida á su servicio inmediato, constituyéndose en propagador incansable de su culto y de su iglesia, si salvaba por un milagro, que no de otro modo podía salvar.

Denunciado por las adivinas ante el cacique principal de la tribu ser el introductor de la viruela, peste que á la sazón diezmaba la toldería, sin otro trámite se le condenó á ser lanceado á la salida del sol, y quemado inmediatamente, para extinguir en él germen de epidemia devoradora. De más está advertir que el pobre sacerdote atribulado, tan limpio de culpas