Tradiciones argentinas · Unidad 246 de 252
Unidad 246 · DOCTOR P. OBLIGADO 38 1
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DOCTOR P. OBLIGADO 38 1
devolverlo al día siguiente, cuando se presentó á rescatarle el comandante Buchardo, cuyo buque, por falta de agua, la víspera había retardado la victoria.
En otra obscura noche penetró en el puerto donde la escuadra imperial se hallaba fondeada, creyendo muy distante los buques argentinos. Sus marineros dormían, como en esas prolongadas siestas americanas frente á costas abrasadoras. Pasa Williams con sigilo la vanguardia, penetra sin ser sentido hasta el centro, saluda al enemigo con la doble andanada de sus cañones de babor á estribor, y sigue sereno su ruta, virando luego para observar desde lejos, á las primeras luces de la mañana, los buques portugueses bastante destruidos. En las sombras de obscura noche, creyéndose sorprendidos por el enemigo, habían combatido entre sí largas horas sin poder reconocerse, hasta que las brisas matinales disiparon el humo y el error.
De aquella honrada famiHa de Martínez que, como la de Balcarce, dio cuatro generales á la patria, D. Juan Apóstol encontrábase en el muelle divisando las evoluciones de la escuadra que bloqueaba el puerto, cuando llegaba Williams á embarcarse ya Comodoro (9 de julio de 1826).
Martínez fué uno de los más valientes oficiales del ejército de los Andes. «Con decir que cabalgó un toro con espuelas, de qué audacia no será capaz,» decía su camarada Juan Lavalle, refiriéndose á la célebre corrida de toros que en despedida del ejército se dio en Mendoza.
Al pasar, como el marino le invitara á acompañarle:
— Vamos á tener fiesta, y de las buenas — agregó Martínez, que jamás diera espalda al peligro.
Aunque nunca se había embarcado, aceptó, y subiendo á bordo de la capitana, pronto empezó el baile.
— Ahí viene un barco por retaguardia — advertía el soldado de tierra al lobo de mar.
— Deje se acerque no más, que por vanguardia llegan dos — le contestaba.
Y dirigiendo impávido el combate, anteojo en mano, no dos, ni cuatro, ni ocho, diez y seis y hasta treinta y dos buques portugueses rodearon los del comodoro Williams, interceptando espesa humareda la vista del pueblo que, coronando las barrancas y azoteas, divisaba el combate allá por los Pozos.
Después de largas horas de lucha, en que dejó á la escuadra bloqueadora de tal modo deshecha que vióse obligada á levantar el bloqueo, en-