Tradiciones argentinas · Unidad 250 de 252

Unidad 250 · 386 TRADICIONES ARGENTINAS

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386 TRADICIONES ARGENTINAS

— No, no. De ninguna manera — contestó el noble marino, — los bravos no se persiguen. Déjenlo, que Dios le ayude. Llevado á presencia de Rozas lo sacrificaría, y tal vez el valiente Garibaldi esté destinado agrandes cosas.

Entonces baja al bote Cordero, á quien en tan encarnizado combate honró Brown regalándole su propia espada (hoy en el Museo), procurando adelantar al que de vanguardia se había desprendido, emprendiéndose entonces la memorable carrera que la tradición recuerda con el nombre de «La regata de los dos hermanos.» Ambos á un tiempo, Mariano y Bartolo, abordando el buque enemigo sobre cuyo puente humeaba la guía dispuesta para hacerle volar, córtatila con sus hachas de abordaje, salvándolo, mientras que, honrando al valor desgraciado, ven alejarse en pequeño bote á Garibaldi y su fortuna, y con él al héroe de una noble causa.

El número de. presas que hizo Brown fué tal, que el almirante Cockrane, ni el mismo Nélson, ni otro alguno, con tan escasos elementos alcanzó más ventajas del enemigo.

Cansada de tanto combatir, más de una vez la marinería extranjera, atraída únicamente por el enganche, desertó de los buques, y por mucho tiempo tuvo que echar mano de gauchos, y aun de indios destinados á bordo. Bajo tan ruda corteza descubrió buena madera para diestros marineros. Valientes y sufridos, sumisos y constantes, obedientes y decididos, en su ignorancia no sabían ni contar, menos leer, y sin embargo aprendieron á escribir por señales.

Es de admirar cómo se ingeniaba Brown para hacer conocer los nombres de velas y maniobras á sus buenos muchachos. Habiendo llegado á comprender que sólo conocían el libro de cuarenta hojas, puso á todas las vergas y velamen nombres de barajas. Así oíanse en su singular lenguaje, durante las maniobras, órdenes y voces de mando que provocaban risa en medio de la refriega: «¡Larga el as!, ¡Ata el caballo!, ¡Recoge la sota!, ¡Amarra al rey!,» por largar la mayor, recoger ri:(os, atar el bauprés ó asegurar el foque.

Y ahora, hijo mío, no te andes por las gavias, ni cuelgues de las vergas, ni quedes en la cofa. Estudia y aprende hasta llegar al tope del mástil.

Recuerdo al bravo jefe que dió nombre á la nave de guerra en que ho/í haces tu primera guardia de cadete. Alto, corpulento, tan blanco su noble rostro como el cabello que le coronaba, cejijunto, cojo, ya algo encorva-

da por el peso de sus años, de pocas palabras, reservado, algo maniático, bondadoso, raro y silencioso, el solitario de Barracas, que si nunca llegó á hablar bien el castellano, hizo retumbar las más sonoras voces sobre el Plata con los cañones de la independencia, conservo grabado el recuerdo de sus últimos años entre los primeros de mi juventud.

Ya en sus postrimerías allá por 1856, mi padre, á la sazón primer gobernador constitucional de la provincia de Buenos Aires, me mandó á saludarlo é informarme de su salud, bastante quebrantada, á su casa, especie de castillo donde por cuarenta años vivió fortificado en medio de los potreros de la Boca, á la entrada de cuyo portón, sobre la calle hoy de su nombre, aún permanecen enterrados dos de los cañones que tomó á los portugueses. Enviaba el gobernador á preguntar si podía fijar día para inspeccionar el buque mercante fondeado en la Boca, ofrecido al Gobierno. El viejo almirante en cuyo escondrijo costó penetrar, cuando supo quién me enviaba, tuvo reminiscencias gratas para tu bisabuelo, recordando que el Dr. D. Manuel Alejandro Obligado, ministro de Estado permanente en el largo directorio del general Puyrredón, fué quien le había sostenido con mayor confianza durante el primer corso, cuando se le pretendía equiparar á un pirata ante el Tribunal de Londres, para declarar mala presa las que hiciera en las Antillas, bajo bandera de una nación no reconocida.

Al fijar el día en que se hallaría sobre el bergantín Río Bamba, msinuaba al gobernador cambiar el nombre por General San Martin.

— Es uno de los hombres de la Independencia que siento no haber encontrado en mi camino — agregaba el glorioso veterano, — en tan larga carrera que ambos combatimos por una misma causa, si bien llegué á saber que en un mismo día habíamos recibido nuestro bautismo de fuego sobre el Mediterráneo, tripulando yo uno de los buques de la división naval al comando de Nelson, y él en la infantería de marina de otro buque español. Tan asendereada ha sido mi vida y tan de continuo movimiento la suya, que en sus breves estadías aquí, y en mi vida de tanto ó más movimiento que la de él, no tuve ocasión de verle. Pero recuerdo que á uno de los primeros buques que armé puse su nombre. Ya no existe ni el

El coronel Sinclair, último niar.no superviviente de la primera escuadra argentina.