Tradiciones argentinas · Unidad 28 de 252

Unidad 28 · DOCTOR P. OBLIGADO 5 I

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DOCTOR P. OBLIGADO 5 I

En la celebrada fábula de Pacubio ignoraba el rey quién de los dos era Orestes, y Pilades decía que él era, para morir en su lugar, y Orestes aseguraba muy de veras que era él, como así era cierto. Aplaudían los espectadores, siendo fingido, y comentándolo el elocuente Cicerón, agrega: ¿Qué harían si fuese cierto?

¡Llorar!, como lo hicieron sencillos corazones emocionados por espectáculo semejante, pero real aquí. El corazón humanp palpita por los mismos sentimientos generosos bajo toda latitud, y lágrimas sinceras fueron el mejor aplauso en esa doble abnegación.

Tan seguro quedaba Iramain de que su amigo no le dejaría colgado, como Neirot de que este su compadre dejaríase fusilar en su reemplazo. Vencido por tanta hidalguía, el enérgico jefe de la reserva en Santiago, á pesar de su omnímoda autoridad, no pudo contrariar la voluntad unánime de la noble población de esa capital.

El escéptico poeta inglés, desencantado de la amistad, exclamaba en sus postrimerías, al caer sobre aquella misma ribera del Ática: «¡Amigo! Ven, mi perro.» Pero por ese mismo tiempo. Castor y Pólux tuvieron sus mejores imitadores á través de la inmensidad y de los siglos en Neirot é Iramain^ comprobando una vez más estos humildes gauchos, entre los algarrobales de la provincia quichua, que sobre todas las zonas el corazón humano late con igual nobleza.

¡Bendita, santa amistad, en época tan versátil, en que si bien todos desean tener un buen amigo, pocos, muy pocos son los que se deciden á serlo verdaderos!

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SUEÑO REALIZADO

No es difícil soñar lo que deseamos, si lo es más realizar lo deseado. De ansias de atrapar la fortuna henchidos, llegaban todos y cada uno de los que á esta América llegaban. Si ninguno volvió desairado fué porque no volvió, no porque se satisficiera de fortuna, que mayor ansiaban cuanto más se acrecentaba.

La actividad, la energía, la perseverancia en el trabajo,, la confianza en los propios esfuerzos resultan verdaderos milagros, más cuando llovían milagros, pues como tal apreciaban cualquier hecho singular nuestros sencillos labradores en aquellos buenos tiempos.

Y con esto basta y sobra para expHcar del modo más natural un hecho que el fundador de San Isidro atribuyó á milagro del mismo.

El domingo 15 de mayo de 1698, camino de las Cañitas seguía cierto capitán de esta guarnición, y saliendo de Montes Grandes, llegó á la cima de la barranca que domina el bosque alegre, antes que las célebres cacerías de patos á cañonazos en sus riberas mancharan su verdor y su alegría, como la reputación de algunas damas que acompañaron en sus meriendas al virrey galante.

Fatigado iba el viajero, cuando acercándose á un coposo espinillo cuya sombra invitaba al reposo, mandó á su guía Antonio que tendiera el recado allí, mientras pasaban los caballos.