Tradiciones argentinas · Unidad 32 de 252
Unidad 32 · 56 TRADICIONES ARGENTINAS
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56 TRADICIONES ARGENTINAS
SU erección. La íertilidad de su suelo produjo las más abundantes cosechas del renombrado trigo de la costa, y lo bonancible de su clima le acrecentó, á punto de que hubo época en que las familias de más auge se disputaban un palmo de las «tierras del Santo.» Desde Medrano hasta Punta Chica, tras los fundadores y la numerosa descendencia de Márquez, Espeleta. Rúa, Alvarez, por todo lo largo de la costa y sobre sus hermosas barrancas, florecieron las antiguas chacras de Beláustegui, Sánchez, Uriarte, Sáenz Valiente, Pueyrredón, Anchorena, Pelliza, Alfaro, Azcuénaga, Marín, Ibáñez^ García Zúñiga^ Cano, Llavallol, Sorondo, Parravicini, Arana, Aguirre, Carreras, Santa Coloma, Pacheco, Vernet, Escalada, Wright, Medrano, Obarrio, Elizalde, Soriano, Cazón, Bilbao, Milberg, Castro, Elortondo, Insiarte, Justo, García, Crisol, Palma, Rolón, Lezica, Gómez, Becar, Haedo y otras que vinieron á reemplazar la baja casa chata de teja colorada, rodeada de anchos corredores á los cuatro . vientos, por espléndidas mansiones de recreo: verdaderos palacios, como los de Bosch, y magníficos parques, como el del Sr. D. Juan Esteban de Anchorena.
Alrededor de su primitiva iglesia floreció el pueblo de San Isidro, que al presente, y aun después de haber dado vida á otros centros. Villa Martínez y Pueblo Mitre, en los sesenta y cinco kilómetros cuadrados que restan á su partido, de sus diez mil habitantes, mil doscientos niños concurren á sus escuelas.
Más que el «Ombú de San Martín,» á cuya sombra platicara éste con Alvear y Pueyrredón, sobre el mismo tronco en que Belgrano meditaba sus planes en las vísperas de mayo; más viejo que «Ombú de la Espera,» hasta donde llegaban alegres cabalgatas de las que iban á esperar sus cuyos, cuando en la tarde dejos sábados venían cayendo alegres puebleros, son los «tres Ombúes, » que á espaldas de la iglesia prestaron sombra amiga á tiernos coloquios, en la hora en que la luna llena se levanta majestuosa y espléndida sobre el horizonte inmenso del Plata, como subiendo á sorprender dulces misterios de amor. Ultimo representante de una raza que se extingue, como sus congéneres del bosque alegre, cae desfalleciente, ya sin savia, después de doscientos años, el inmenso espinillo dentro del ampHo patio de la casa del Sr. Anchorena, al mismo tiempo que sobre el tronco de su gemelo, calle por medio, se alza la tercera iglesia donde el generoso y caritativo capitán español fundó la primera.
¡Y he aquí para muchos incrédulos el verdadero milagro! Que un activo capitán español, llegado en busca de fortuna, la soñara rápida y cuantiosa al arribar á América, el sueño era de todas las siestas en cada uno
de los que del otro mundo llegaban alas regiones del Plata, pues convencidos venían de tropezar con mina boyante al desembarcar. Tampoco gran milagro fuera que de la tierra del oro vinieran polvos de lo mismo, en algún cambio subversivo, que transbordo en contrabando no figuraba en papeles, libros ó conocimientos. Verdadero y mayor milagro puede, sí, reputarse el que, en época de tanto indiferentismo religioso, realiza la iniciación de la piadosa señora Mercedes Aguirre de Anchorena, como las activas vecinas de la comisión que preside,, habiendo levantado en dos años ese bello templo, que deseamos cobije por otros doscientos, así al humilde labrador, como á cuantos confían en la religión de la Cruz que extiende sus brazos amparando á todos.