Tradiciones argentinas · Unidad 33 de 252
Unidad 33 · CUENTO DENTRO
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CUENTO DENTRO
DE UNA CAMPANA
Hoy se corona el hombre más poderoso de la tierra.
¿En su vasto dominio y con tanto poder, creerán ustedes que no le tiene para hacer lo que cualquier simple mortal en achaques de corazón, ni para elegir su media naranja?
El actual emperador, que se casó no sin vencer montañas de dificultades, más altas que las de Balkanes, lo hizo frente al lecho mortuorio de su padre, quien para despejar el paso anduvo apartando más de dos pares de hermosas bailarinas, prendidas como alacranes á sus faldones.
Ese mismo padre moribundo, si llegó á ser emperador por carambola, tampoco tuvo independencia para elegir su cara mitad. Por sus calaveradas y otras hierbas fallecía prematuramente, extenuado en la aurora de su juventud, el primogénito del emperador Nicolás, cuando en sus últimos momentos escribió á su hermano: «Puesto que por mi muerte dejo á ti la corona más poderosa de la tierra, te pido, buen hermano, que antes de ella tomes á quien como ninguna otra te ayudará á llevarla.»
Corona inesperada, y mujer lo mismo, enviado todo en un lote de Niza á San Petersburgo, debía pasar esta última por Dinamarca ante aquel prudente suegro de la Europa monárquica, como ha venido á resultar el decano de los reyes desde aquella isla microscópica.
Al abuelo del joven soberano que hoy se corona le sucedió algo parecido, como á su bisabuelo y tatarabuelo; y tan vieja es la costumbre de que los emperadores de Rusia, con todo su poder, no lo tienen para pasear á
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solas, ni para elegir mujer, que cual eco lejano resonando dentro de su gran campana, la tradición que en el interior de ella se nos contó comprueba lo mismo desde trescientos años atrás.
Por esto, al ver pasar al anterior soberano de la Rusia sobre el puente en que los nihilistas hicieron volar á su padre, oíamos decir á otro turista francés:
— ¿En qué se parecen los czares á los sentenciados?
— En que sólo pueden marchar entre doble fila de soldados.
Malo se está poniendo el oficio de emperador, pues que si el actual vaciló tanto como su padre para llegar á coronarse en la antigua Roma de los moscovitas, fué sin duda porque al padre como al hijo y al abuelo, igual número de trenes hicieron saltar en ese caminito.
He aquí la tradición que nuestro guía tradujo no ha mucho dentro de la gran campana de Moscow, al salir del Kremlim, donde á estas horas se corona Alejandro III.
Antigua era la costumbre de que los czares eligieran esposa entre las doncellas pobres de la baja nobleza, siendo éstas conducidas por sus madres á palacio. Presentadas á la czarina madre, se las hospedaba en el gran salón que acabábamos de visitar, quedando cada una sola con la doncella que llevaba sus vestidos de noche.
A mitad de ésta, el czar Miguel Romanoff, fundador de la actual familia imperial (en 1616), acompañado por su madre, vino á recorrer la doble fila de lechos, en dos rangos extendida: la candidata á novia en uno, y su doncella en más baja tarima á sus pies.
¡Y qué de hermosas cosas llegaría á entrever el muy ducho á través de holandas, encajes y pieles de Rusia, que encubrían á medias vírgenes temblando, menos por el frío ó rubor, que de zozobra y ambición á una corona poderosa, capaz de deslumhrar á la Eva menos tentada.
¡Poco era el cambio para la que se acostaba simple doncella y despertara reina de todas las Rusias!
Terminada la interesante incursión nocturna, grande fué la sorpresa de la czarina Marta interrogando á su hijo por el resultado de su elección, al contestarle con toda ingenuidad:
— Madre, ninguna de las nobles es de mi gusto. Prefiero la sierva de la última tarima.
Azorada, sin dar crédito á lo que oía:
— Reflexiona — le dijo la czarina — á qué extremo podría llegar el orgullo herido de los príncipes y boyardos por tal desaire. Vuelve á una segunda y más detenida inspección entre dos luces, para ser mejor ilumina-